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Primavera sonámbula

● Polo Fuertes ►Sábado, 24 de marzo de 2012 a las 16:03 Comentarios desactivados


Cuando escribo esta columna, los andaluces (bueno, también los asturianos, pero eso es otra historia) están a punto de votar un nuevo gobierno. Sin embargo, sigue sin caer ni una gota de agua en La Bañeza. Mi cabeza empieza a retrotraerse hacia páramos desiertos, mientras mis napias siguen fabricando mocos acatarrados. Sin embargo, cuando hoy despierto, casi a la vera de mis entendederas, encuentro este engendro ¿literario? sin saber si lo soñé o, como decía el poeta, me lo contaron las estrellas.

La tarde anterior, casi de noche, había estado recitando, declamando, casi de memoria, el ‘Romance sonámbulo’ del Romancero gitano, de Federico García Lorca. Quizá fuera eso, que mi primavera, esta primavera secorra, estropajosa se haya vuelto sonámbula, con brotes verdes y toda la pesca.

Cunetas verdes, terraplenes verdes, campos verdes por la acción de las lluvias caídas, con la intercesión o no, de la Virgen de Castrotierra (“Flores verdes hoy, / mañana seréis mies”, a algo por el estilo, que ya hace tiempo, no repaso al bueno de Góngora), en cuya comitiva primaba el color verde de las franjas en los pendones. Todo es verde en la campiña estos días del mes de marzo.

Verde amigo, que te quiero verde. Hace un rato, paseando por La Bañeza en esta mañana dominguera, me encontré con un grupo de adolescentes jóvenes, aún muy verdes, casi sin madurar, cargados de respectivas borracheras verdes. Apenas si se tenían en pie, tras salir de una discoteca aledaña. Querían, intentaban entrar en un coche del que salían estridencias bakaladeras verdes. Y pedí al Altísimo que no le arrancara el coche (esta vez era de color rojo, como matojo de amapolas), que mandara un rayo verde galáctico, para que no hicieran un estropicio por la carretera. Y me escuchó.

Casi al momento, llegó una patrulla verde Guardia Civil, y yo pude seguir mi camino verde de pisaverde mañanero, con la conciencia un tanto más tranquila, pero verde.

Verde esperanza, verde claro, verde oscuro, verde… Mi película fotográfica de cuatrocomía se ha vuelto verde al disparar. Como las imágenes que divisan en sus pantallas los pilotos de los cazabombarderos que están sacudiendo estopa en Siria y aledaños. Le zumba el mango, verde y gualda. Como los mítines de las opciones políticas andaluzas y asturianas que aspiran a poder mandar y gobernar sus predios, en los que siempre se escucha, algún latiguillo verde, algún chascarrillo verde, tirando a amarillo, porque el verde no deja de ser una combinación de azul y amarillo (algún día tendré que sacar a la luz la cantidad de barbaridades oídas y recogidas en estos años de democracia, durante estas concentraciones de mi vida periodística, en las demarcaciones de La Bañeza y Astorga). Algunos de estos chascarrillos verdes no vienen al caso, no tienen nada que ver con la cosa pública, porque ‘verdean’ altas rencillas partidistas, que sueltan los líderes de medio pelo, para poder dar un titular al corresponsal de turno, que haga, incite a leer la información; la cual, que al final, no tiene nada que ver con las necesidades y soluciones públicas.

Todo es verde estos días en mis entresijos, esperando, añorando, buscando, recorriendo, arañando el calendario, para que pase pronto de mí este cáliz verde, hasta llegar otra vez a la normalidad. Cuando entro en casa, casi sonámbulo (o a lo mejor del todo), las puertas han cambiado de mediorojas a verdes. Y vuelvo a Federico: “Compadre, quiero cambiar / mi caballo por tu casa, / mi montura por tu espejo, / mi cuchillo por tu manta. / Compadre, vengo sangrando / desde los puertos de Cabra. / Si yo pudiera, mocito, / ese trato se cerraba, / Pero yo ya no soy yo, / ni mi casa ya es mi casa… / Verde, que te quiero verde. / Verde viento. Verdes ramas. / El barco sobre la mar, / y el caballo en la montaña. / Con la sombra en la cintura / ella sueña en la baranda, / verde carne, pelo verde / bajo la luna gitana, / las casas la están mirando / y ella no puede mirarlas”. Qué grande fuiste, Federico. Después, desperté bañado en sudor. Pero seguía sin llover.

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