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Una libertad de expresión y una ignorancia confusas

● A. Cordero ►Miércoles, 7 de marzo de 2018 a las 9:07 Comentarios desactivados


En estos tiempos en los que parece que vale todo y la libertad, tanto de expresión, como la que nos permite hacer en cada momento lo que nos de la gana, parece ser que prima por encima de las obligaciones y del respeto hacia ciertos lugares, momentos, tradiciones y personas; (no sé si debo explicarme más o dejarlo así), a veces –demasiadas veces– nos pasamos de la raya y atravesamos límites que jamás se deberían traspasar.

Quizás debería morderme un poco la lengua en determinadas ocasiones, pero amparándome en que yo también poseo la libertad para expresarme y si estas líneas me lo permiten, me voy a dejar llevar por la ironía carca y refunfuñona de una tal Doña Rogelia para decir ciertas cosas. Otro día adoptaré el papel de Pepito Grillo, que este entrañable personaje también tiene mucho que decir…

Da igual que hablemos de un acto religioso, que de uno municipal, que de uno popular, de esos que dicen que se celebran con rigor pero el rigor se manipula constantemente, ya que siempre hay alguien que se piensa poseedor de una bula pontificia para hacer lo que le da la gana y saltarse las normas establecidas diciendo que “para eso hay libertad de expresión”.

Pero hay ocasiones en los que la libertad de expresión se confunde con una ignorancia de lo más atrevida y una falta de saber estar, de educación y de ética cuando uno se mete en lugares a los que no debería ni siquiera imaginar. Tal es el caso de ciertas críticas y burlas hacia algunos aspectos religiosos y políticos aprovechando que –desgraciadamente, y gracias a una mal llamada libertad de expresión- todo vale. Bueno, todo no, cuando atentan a nuestros derechos y libertades nos ponemos en pie de guerra para defenderlos, pero eso es otra historia.

El caso es que ahora que llega la Semana Santa, también llega el momento de que cada uno haga “de su capa un sayo” y haga uso de su libertad de expresión a sus anchas, cruzando por el medio de una procesión, comiendo pipas y dejando llena de cáscaras la entrada de la capilla, acompañando al cortejo con gafas de sol y tal y tal… Y tal, hasta el punto de confundir unas vestiduras sagradas con un traje de carnaval, un presbiterio con el escenario de un teatro de poca monta o la casa de Dios con la de “Tócame Roque”.

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