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Cuando lo mejor de la tele acaba siendo la publicidad

● A. Cordero ►Martes, 29 de mayo de 2018 a las 7:52 Comentarios desactivados


Un día que por motivos personales no pude dar mi rutinario paseo nocturno, pensé que era buen momento para acomodarme en el sofá y echar un vistazo a la denostada televisión. Aprovechando que se trataba de una de esas noches en las que la mejor opción era una taza de leche caliente con cacao de Santocildes que decidí acompañar con el murmullo de la cariñosamente llamada ‘caja tonta’; pensé que estaría bien para hacer ruido en uno de esos ratos perdidos en los que tendría muchas posibilidades de quedarme dormida antes del primer intermedio.

Pero no. Agoté todas las teclas del mando  sin poder encontrar en la parrilla un solo programa que mereciera algo de mi atención y me hiciera sumergirme por un rato en lo que pasa al otro lado de la pantalla pero a medida que iba pulsando uno a uno los números del mando a distancia (incluido el cinco, rompiendo uno de mis principios pero probé suerte en el canal de la bazofia por excelencia), iba engrosando el montón de la basura cual papelera atiborrada de documentos inservibles…

Ya a punto de terminar la leche, al relamerme los bigotes de chocolate, pensé que aquello era una especie de ‘telepacto’ entre cadenas para evitar que yo pudiera malgastar mi tiempo una vez terminados los informativos. He de reconocer públicamente que mi escasa cultura televisiva me impedía conocer las estrategias de las cadenas, tanto las estatales como las privadas que se habían puesto de acuerdo (léase copiado) para emitir similar basura a la misma hora, y eso que no sabía que los grandes grupos: RTVE, AtresMedia y Mediaset están sentando las bases para establecer una especie de acuerdos sobre la programación que –desconfío– prometan más de lo mismo, en fin, yo pienso seguir paseando por las noches.

El caso es que justo antes de abandonar mi periplo por las dimensiones del mando para sumergirme de lleno en mi dosis diaria de Facebook y tal y tal, me quedé un rato mirando la pantalla viendo algunas –casi obras de arte si las comparamos con las apuestas de las cadenas para el prime time– y me convencí que después de los informativos, el tiempo, alguna serie de calidad y poco más, lo mejor de la tele eran los anuncios; algunos llamativos, otros sugerentes, otros útiles y todos ellos muy currados y con las imágenes y palabras justas para cumplir su objetivo. Con razón la publicidad es una carrera universitaria a la que los alumnos dedican varios años de su vida… pero eso lo voy a dejar para otro día.

Así, –como sigo con mi teoría de que las cadenas están confabuladas–, hice otro recorrido por las teclas del mando y me quedé un rato mirando los anuncios, sí, queridos lectores, los anuncios. Coches, perfumes, ofertas de supermercados, antigripales y diversos artículos que acapararon mi atención más tiempo que los mal llamados periodistas, tertulianos y fauna variada, algunos de los cuales no se me ocurre nada bueno para definirlos; aspirantes a captar la atención del pobre televidente y que campan a sus anchas por los platós de televisión a cambio de sueldos millonarios por mostrar al mundo sus miserias.

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