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Don Arturo, o la ‘carpanta’ de Santo Tirso

● Polo Fuertes ►Jueves, 25 de noviembre de 2010 a las 19:34 Comentarios desactivados


Dice mi buen amigo José Luís Martín Rubín que Arturo Cabo Carrasco, Don Arturo, el párroco de San Salvador, merece una medalla de plata de La Bañeza, una calle y lo que sea menester. Estoy con él, porque ambos hemos compartido muchas ilusiones, muchas de sus fantasías, de sus iniciativas, de sus recuperaciones, de su…, amistad. Es más, yo me atrevo a pedir, a exigir, no una medalla de plata, sino de ORO de la ciudad. Y en lo relacionado con su nombre para una calle, ahí va mi propuesta: Que la gran avenida de la carretera de Madrid, se empiece ya a llamar de Párroco Arturo Cabo (entre el Chipén y el Puente de la Reina), o al menos uno de sus tramos. ¡Ole ahí!,  con salero.

La amistad hace estos extraños. Pero si hay alguien que lo merece, entre unos pocos, es Arturo. He sido testigo de sus milagros, porque eso han sido muchas de sus iniciativas. U os creéis vosotros ustedes, mis sufridos lectores, que fue fácil sacar adelante una coral como la del Milenario, en la que muchas de nuestras orejas musicales eran la negación intrínseca del sonido, como decía su primer director, Don Rogelio. Pensáis, o lectores amigos, que organizar un Milenario de la Iglesia de San Salvador, en la que se dieron unas 40 conferencias de toda clase y condición y muchos actos más, durante todo el año 1986, era moco de pavo. O que la asociación jacobea Ornia, la del Polvorín, el belén parroquial…, fueron un simple soplo de aire a una pluma de ave en volandera…

Podría seguir y seguir y agotar el espacio (casi infinito) que tengo en ibaneza.es. Ya sé que siempre tuvo y sigue teniendo un grupo de amigos, de colaboradores, de ayudantes a los que supo siempre ilusionar y después organizar para sacar las iniciativas adelante. Pero ahí están los resultados. Y muchas veces (eso también lo sé, porque lo sufrí) con las zancadillas de quien menos esperabas.

Sin embargo, no todo fueron éxitos. Algunas ideas, algunas ilusiones, algunas iniciativas tuvieron que quedar en el camino por la incomprensión de a quienes iban dirigidas y más iban a beneficiarse. Entre ellas (pocas, oye), tengo que destacar el intento de recuperación de la que fue una de las concentraciones romeras más importantes de la comarca bañezana a lo largo e varios siglos, como había sido la romería de Santo Tirso, Una incomprensión dimanada de las entidades menores de Navianos de la Vega y Altobar de la Encomienda, que quisieron llevarse el gato al agua, sin haberse enterado de que lo que pretendíamos desde el Milenario de San salvador y el Círculo Mercantil, que se unió a la iniciativa, era poner en marcha una romería que se había perdido para siempre.

Pero no pudo ser. Después de reuniones intensas con los pedaneos respectivos, una preciosa conferencia del historiador de la comarca, Augusto Quintana Prieto y el entusiasmo de las dos entidades organizadoras, tuvo que posponerse todo, para que no hubiera guerra entre las dos entidades menores citadas (Navianos y Altobar), en medio que cuyos términos vecinales se había alzado la ermita de Santo Tirso.

Un templo, cuyos escombros ya sólo existían en su solera, y que pudo haberse reconstruido si la iniciativa hubiese salido adelante. Aquel antiguo templo en el que se veneraba a Santo Tirso y al que, cada Lunes de Pentecostés, llegaban las multitudes de las comarcas de Astorga, La Bañeza y Benavente para celebrar una gran romería en el denominado Monte de Mestajas, un encinar que separaba y unía los términos vecinales de Navianos, Altobar y Valcabado del Páramo.

Romería de fiambrera y rezos, chifla y tamboril, chirimía y bombo, castañuelas y panderos, mantones y refajos, jotas y bailinas. Romería con la excusa de un santo milagrero, Santo Tirso que, según la leyenda, daba dones a sus devotos, fertilidad y marido a quienes pasaran por  el ‘agujero’, un pasadizo angosto que existía en la nave derecha de aquella vieja ermita.

Pero todo se vino al traste. A pesar de que en un último intento, representantes de la organización, con Arturo Cabo a la cabeza, realizamos una noche un viaje a Navianos y a Altobar, para ver la forma de romper asperezas entre las dos entidades. Sin embargo, el pedaneo de el primer pueblo ya nos avisó que “si queréis ir, allá vosotros, porque os están esperando hasta con ‘carpantas’ (por pancartas)”. Y era cierto. ‘Carpantas’, voces de ladrones, “que nos queréis llevar una romería” e insultos varios.

La noche acabó pidiéndoles perdón a todo el vecindario que se había reunido en la Casa del Pueblo, a la vez que Arturo, con la voz velada por el llanto reprimido, pronunció algo que nunca olvidaré: “Una misa, una romería nunca servirá para suscitar la guerra entre dos pueblos. Nos hemos confundido y os pedimos perdón”. Después el regreso fue silencioso, hasta que alguien dijo que muy bien, pero que todos habíamos actuado de buena fe para recuperar una tradición.

Entonces, alguien entonó las primeras notas del ‘Vengo de Santo Tirso’, que ensayábamos en la Coral del Milenario por aquellos días, con una de sus estrofas punteras que nos venía como anillo al dedo: “Vengo de Santo Tirso, / bonito sitio, morena, / con la cabeza rota / por cinco sitios, morena, / dile que no voy / que estoy mala, / dile que no voy, / que se vaya…”. Y es que por poco, nos la rompen en Altobar. La cabeza, oiga.

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