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La petición de Pepi ​Belloso Ordás como Reina de las Fiestas​ en 1977

● José Cruz Cabo ►Miércoles, 4 de julio de 2012 a las 9:02 Comentarios desactivados


José Cruz Cabo

Corría el año 1977 cuando fue elegida por el Ayuntamiento para que nos representara como Reina de nuestras fiestas patronales Pepita Belloso Ordás, hija de la inolvidable bañezana y carnavalera Lucila Ordás y de José Belloso. El Ayuntamiento estaba presidido entonces por el prestigioso abogado Leandro Sarmiento Fidalgo, y el concejal de cultura de aquel año era el siempre recordado comerciante de la ciudad Delfín Pérez Linacero, que a su vez era el fotógrafo entonces de “La Hora Leonesa” y de nuestro semanario “El Adelanto”; en aquellos años, además de ser el subdirector de El Adelanto Bañezano, yo era el corresponsal de “Diario de León”, Agencia EFE y Radio popular de Astorga, hoy Cope Astorga, donde sigo todavía.

A las nueve de la noche, de un día del mes de julio, nos reunimos en la Plaza Mayor para dirigirnos al domicilio de Lucila -entonces en la calle de Astorga- Leandro Sarmiento, Delfín Pérez y un servidor para pedir el permiso de Pepita Belloso y su madre Lucila, para ser nombrada Pepi como Reina de las fiestas de aquel año. Fuimos recibidos, además de por Pepita, por su madre Lucila y la prima de esta última, otra gran carnavalera y ermitaña de la cofradía de las Angustias, Teresa Aller, más conocida por “La Curina”. A poco de llegar a su casa y dar el sí nos ponen sobre la mesa una pantagruélica cena, finalizada con los mejores dulces de nuestra ciudad de la desaparecida Confitería Baudilio, donde Pepi era dependienta; entonces, comenzó Lucila Ordás a contarnos su vida y milagros de su estancia en Sevilla, ya casada con José Belloso, y las carcajadas de todos nosotros se debían de oír en la Plaza Mayor.

Durante varias horas no paramos de reirnos y a mí me asombraba que Leandro, un hombre más bien serio y ecuánime, lloraba por no poder contener la risa que le provocaban las carcajadas que le producían las anécdotas, que con enorme gracia, contaba Lucila de su estancia en la capital andaluza. “Ya le dije a Tomás, que era entonces el jefe de la Confitería Baudilio, que me tenía que hacer los mejores dulces, incluidas las pililas de angel”, que entonces eran muy famosas. Y seguía contando anécdotas y nosotros sin poder parar de reirnos, y así estuvo hasta cerca de las dos de la mañana, pero acto seguido cogió la palabra Teresa “La Curina”, que también tenía la gracia por arrobas y nosotros sin poder dejar la risa y el tiempo se alargaba, yo tenía que comenzar mi trabajo tipográfico, del que siempre viví, en Gráficas Nino, a las ocho de la mañana, y la conversación y las carcajadas no paraban, porque para acabar la tertulia, a las tres y media de la mañana apareció el hijo mayor de Teresa, Kike Java, otro genial carnavalero, que acababa de cerrar el Tifanys y se sumó a las anécdotas y, las carcajadas, seguían sin parar y los tres visitantes, Leandro, Delfín y yo, queriendo marchar para casa a dormir porque había que madrugar. Al fin a las cuatro de la mañana, ya cansados de reirnos, nos despedimos como pudimos y finalizamos la petición de Pepi.

Nunca, en las muchas reinas que me han tocado asistir a su petición, he salido más allá de las once y media o doce de la noche, por lo que cuando ya estábamos en la calle y al recordar muchas de las anécdotas que nos habían contado, seguíamos por la calle riéndonos a lágrima viva, hasta que al llegar a la Plaza Mayor a las cuatro y cinco de la madrugada, nos separamos los tres para dirigirnos a nuestras casas. Todos los años, mientras estuvo Leandro de alcalde y después cuando Delfín y yo íbamos a recoger noticias para “El Diario” y “El Adelanto”, especialmente cuando íbamos a la petición de alguna de las reinas de las fiestas, seguíamos recordado la petición de Pepi Belloso y diciendo que como aquella no volveríamos a tener ninguna, porque hay que tener mucha labia, mucha imaginación y mucho salero, para mantener una conversación tan disparatada y tan chispeante para que unos invitados no sean capaces de moverse del asiento en casi siete horas y sin parar de reirse y y solo conteniendo la risa para comer un dulce o beber un trago de vino, después de haber comido de todo al principio de la larguísima noche. Han pasado los años, la mayor parte de los que estuvieron en esa larga velada nos han dejado, y solo quedamos dos personas para certificar aquella noche Kike Java y yo. No quería que esto quedara en el olvido.

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