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Pendones de ida y vuelta… enseñas infinitas

● A. Cordero ►Domingo, 8 de agosto de 2010 a las 10:34 Comentarios desactivados


Hace varias décadas que se han vuelto a sacar del baúl parte de las tradiciones que conservaban nuestros antepasados. Una buena parte de ellas se dejaron perder cuando llegó la modernidad y lo viejo no servía. En aquella época sólo se apreciaban aquellos enseres que no tenían historia, ni ese olor a rancio y humedad que acompañaba a las prendas con solera. Algo así pasó con muchos de los pendones que representaban a las localidades; habían dejado de servir como enseña para manifestar la llegada a guerras y emboscadas, y las iglesias se habían cansado de custodiar aquellos harapos polvorientos y pasados de moda. Algunos necesitaban grandes sumas de dinero para seguir manteniendo buen estado y el sitio que ocupaban era considerable comparándolo con la labor que estaban desempeñando. De ese modo, lo más fácil fue deshacerse de aquellos pendones y limpiar el rincón de telarañas y polvo.

Pero en esta vida todo cambia y nuestras costumbres se volvieron más tradicionalistas. Pasados los años -y con el daño ya hecho- volvimos la vista atrás y recordamos aquel pendón que teníamos y que sólo unas viejas fotos dejaron constancia de su existencia. Algo se nos movió dentro y sentimos esa añoranza por lo que ya no está; ese amargor punzante y esa culpabilidad por sentirnos responsables de algo que habían hecho nuestros antepasados. Sentimos esa rabia interior por haber dejado que otras generaciones desecharan lustros de historia a la basura y nos dejaran huérfanos de algo que sentimos como nuestro: esa seña de identidad por haber nacido leoneses;  bandera que nos representa a todos los que hemos tenido la suerte de nacer en esta hermosa tierra.

Una especie de envidia sana se apodera de nosotros cuando vemos esas congregaciones de pendones en las que la fiesta es el sentimiento reinante y las ganas de pujar ceden ante cualquier otro deseo, cuando pasan ante nuestros ojos surcando el cielo con sus varas y tiñendo el ambiente de los colores de León, pasamos lista mentalmente y no está nuestro pueblo, no hay una insignia que lo represente. Algo nos dice que nuestro pueblo no está porque, tal vez se encuentre en ese grupo de los amantes de lo moderno y un pendón milenario les sonaba un poco a rancio…, pero, mientras pasan ante nuestros ojos nos empapamos con ese colorido y el ambiente festivo que acompaña al recorrido, disfrutando del momento y pensando que, tal vez, nuestro pueblo sea uno de esos que poco a poco y cuando las aportaciones vecinales o alguna institución lo permita, sacarán del archivo las viejas fotos y encargarán algo parecido para volver a revivir aquellas procesiones en las que el pendón abría el paso y todos elevaban la vista al cielo buscando los colores de su pueblo, de su pendón.

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