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Y por Santágueda…

● Polo Fuertes ►Jueves, 10 de febrero de 2011 a las 8:09 Comentarios desactivados


Antaño por las nieves, casi en los tiempos de Maricastaña, en La Bañeza había diálogos desde primeras horas del día que serían ahora, en la actualidad, un tanto sofocones, casi horteras y panfilones. Pero ahí están las crónicas del boca a boca, de la tradición oral, que lo sabrán responder.

Decía así: “Buenos días, señora María (o el nombre que correspondiese a la sazón)”, proponía el caminante en cuestión. “Buenos días, tío fulano”, contestaba la interfecta (o interfecto). Y seguía el diálogo, como la cosa más natural del mundo. “¿Descansó?”, se interesaba el caminante. “Bien, ¿y usted?”, procedía a la curiosidad la interfecta. “Bien gracias a Dios”, concluía el que había iniciado la parrafada de lo que ahora, si cabe, solo se representa con un “buenos días” y gracias. Que, a veces, ni eso.

Esto que precede era lo normal. Sin embargo. Un buen amigo mío, ya fallecido, y yo pusimos en marcha otra larga salutación que teníamos a la par cuando, los sábados, nos internábamos por la vieja calle de La Verdura (Fernández Cadórniga en la actualidad), camino de tomar el penúltimo chato en la ya desaparecida cantina de ‘Casa Boño’.

Casi a la puerta de la mencionada tasca, instalaba su tendal para el mercadeo sabatino de plantones de berza, cebollas, pimientos, guindillas, escarolas y otras especies hortícolas, en los meses de invierno y los productos de la huerta, ya criados, durante los de verano, un viejo bañezano conocido, que tenía sus fincas en un pueblo de la contorna y que vamos a llamar en esta columna Juan. Porque aunque ya ha fallecido hace muchos años, sus deudos podían enfadarse por airear conversaciones cargadas de privacidad. Él había sido el autor de la parrafada que nosotros le habíamos sacado una noche, cuando la compra de vino había sobrepasado el mínimo permitido por nuestros cuerpos.

“Buenos días, tío Juan”, iniciábamos el diálogo mi amigo y yo (también quiero que quede en el anonimato mi compañero, más que nada, por cariño y por respeto). Buenos días, chavales”, contestaba el horticultor. Y aquí habría quedado todo, o seguir con la cantinela arriba descrita sino sacáramos a relucir lo aprendido en aquella noche de vino y rosas.

Unas cuchufletas cargadas de sentimiento los sábados rayando el mediodía. Allá vamos pues con nuestra pregunta siguiente, ya aprendida de memoria: “¿Por san Bras?” (el tío Juan decía que era mejor la erre que la ele en este caso, para que no fuera tan débil el santo obispo). Y él contestaba “la cigüeña verás”. ¿Por San Antón?, seguíamos nosotros con el guión. “La buena gallina pon”, sentenciaba el tío Juan. “¿Por Santágueda?”, insistíamos mi amigo del alma y yo. “La buena y la mala”, refutaba el de las verduras. “¿Y el Cristo de las enagüillas?” intentábamos resolver nosotros. “Colgado lo tienen los cofrades en la sacristía de la ermita de la Virgen de los Siete Cuchillos”.

A partir de aquí, el diálogo se convertía en intranscribible, porque los palabros se salían de tono y había que bautizarlos con el buen vino que servían las gentes del figón y cantina ‘Casa Boño’.

El tío Juan se había inventado aquel guión que podría ser muy bien un preproyecto para un cortometraje de los ahora tan en boga, dado que el famoso Cristo de las enagüillas estuvo colgado hasta hace unos treinta años. Hasta que la cofradía de las Angustias decidió bajarlo y colocarlo sobre unas andas para poder procesionarlo. Aunque mi buen amigo y yo constatamos en las alturas aquel Cristo que tenía un ramalazo románico, por las enaguas, pero que en realidad, sólo fue una especie de tapar las posibles vergüenzas (Dios me perdone) del crucificado, al subirlo a las alturas, propuesta quizá recogida en algún libro de actas de la cofradía de Nuestra Señora de las Angustias y Soledad.

Una asociación penitencial que en los últimos tiempos ha recuperado otras obras de arte, traspapeladas en un raquítico coro, ya desaparecido, lo mismo que ahora se descubre la vieja vidriera colgada en el trascoro de esta ermita.

Todo es bueno que salga a la luz. Aunque sean cosas antiguas y muchas, con escaso valor artístico. Pero no deja de ser una parte de la escasa historia cultural y patrimonial de La Bañeza. El que quiera desgarrarse las vestiduras, se las desgarre. Pero como decía mi santa madre, tiene dos trabajos, el desgarro y el cosido posterior. ¿Nos entendemos?

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