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La diferencia de la enseñanza de antes y la de ahora

● José Cruz Cabo ►Domingo, 19 de marzo de 2017 a las 9:25 Comentarios desactivados


José Cruz Cabo

Yo recuerdo que inicié mi peregrinaje por las escuelas a los seis años, ya que antes no te admitian. Recuerdo que en la Escuela Villa me acogió un maestro llamado Avelino que me puso en la primera clase, la de los más pequeños y al dia siguiente me pasaron a la segunda porque ya sabía leer y hacer palotes, gracias a mi madre Everilda que me había enseñado. En ella estuve solo dos cursos, ya que el año 1938 se murió mi madre y al finalizar el curso de este año, me llevó mi padre para Hervás, donde estuve todo el verano. En septiembre de ese año me llevaron para Puerto de Bejar, donde mi padre había encontrado trabajo. Allí estuvimos mi hermano Manolo y yo en el curso 1938-39, y allí nos enteramos de que se había terminado la guerra.

En septiembre de ese año marché para Sevilla con mis tios y tias hermanos de mi padre, y allí se puede decir que estudie de verdad. Los Maristas tenian un sistema de aprendizaje que era de animarte a ser el mejor y a que cada día supieras más. Ya que cualquier falta de uno de los alumnos de una clase se convertia en castigo para la clase entera y si algun alumno hacia una cosa bien el beneficio era para todos sus compañeros de aula. Nunca vi ni supe que castigaran o pegaran a ninguno de los alumnos. Además yo tenía la ventaja en la escritura de que no seseaba. Las eses eran eses y las ces ces. Simplemente si no sabías una cosa y otro de más atrás la sabía te ibas para mas atrás y eso dolia mas que una bofetada.

Al terminar las vacaciones navideñas de 1940, 41. En enero de este último año volví a la Escuela Villa y allí me seguí desasnando con el maestro Don Santiago Marqués, que por cierto solo una vez nos pegó, en los dos años que estuve, con una vara y a mí me tocó la mayor parte, porque se le cayó cuando estaba pegando al que estaba antes que yo. En septiembre del 42 ingresé en el seminario del Maestro Avila de Salamanca, (Los Operarios les llamaban). Nunca en la vida me volvieron a dar las palizas que me dió el rector en este seminario y todo por culpa de que me dormia en la sala de estudios y cuando iba a clase no sabía la lección, imposible saberla sin estudiarla.

El año 43 en junio, volvía para La Bañeza y estuve el último curso en la Escuela Villa. En el año cuarenta y seis comenzaron las clases nocturnas en la entonces casa parroquial, promovidas por Don Angel Riesco, teniamos buenos profesores los tres primeros cursos, y allí gané como premio por ser el que mejor redactaba, las novelas Ejemplares de Cervantes, que me regaló el maestro Enrique Alonso Sors, abogado que se volcó en enseñarnos, juntamente con mi tio Rafael Cabo y el gran juez Alberto Gutiérrez; cuando vino don Francisco Viloria de gran memoria y humanidad el año 48, seguimos con las clases en el Hospital de la Vera Cruz y allí Don Alberto, cuando yo salía de dar clase a los que estaban comenzando a aprender a leer y escribir, me sentaba en su clase y me dictaba páginas del libro de Miranda Podadera y gracias a eso aprendí toda la ortografía.

Las clases duraron hasta el año cincuenta y cinco que a Don Alberto lo ascendieron a magistrado de la Audiencia de La Coruña y se marchó de la ciudad, a la que nunca olvidó y aquí murió en Mensajeros de la Paz y está enterrado en nuestro cementerio. Nunca en las clases nocturnas hubo que pegar a nadie, el respeto de los chicos ya jovencitos, que tenían por sus profesores y por aprender, no necesitaba de bofetadas o aguantar malos modales.

Pero entonces si un padre tenía que pegar a un hijo por cuanquier falta grave, le daba unas bofetadas o como en mi caso, me ponían boca abajo y con la zapatilla me dejaban el culo caliente, pero primero me decian por qué me pegaban, y no pasaba nada y el chico o chica aprendía a respetar a los demás, porque en la escuela nos daban hasta lecciones de urbanidad y tenías que comportarte decentemente, porque si se quejaban a los padres de cualquiera, la paliza era inevitable y la enseñanza de no volverlo hacer también. Y es que sigo pensando que una bofetada a tiempo evita muchos males.

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