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El tren de los sueños, el que llega por Navidad

● A. Cordero ►Lunes, 25 de diciembre de 2017 a las 9:03 Comentarios desactivados


(Cuento de Navidad)

Aquellas iban a ser unas navidades vacías. Tan solo una semana antes había tenido que enfrentarse a una dura prueba y no estaba demasiado receptiva a felicitaciones de esas que van de un WhatsApp a otro, incluso de aquellos contactos que año tras año van quedando al final del listado y solo emergen a la superficie los días previos a la Navidad, como el anuncio del turrón; felicitaciones vacías de esos, apenas conocidos, que atesoran números de teléfonos y direcciones de correo electrónico como un triste coleccionista de cromos polvorientos que en esas fechas se transforman al compás de los villancicos y las luces de colores y van repartiendo felicitaciones por todas partes.

Aquellas navidades echarían por tierra todos los sueños atesorados durante años aprovechando la magia que emanan y que, de repente, y como si de un truco de un prestidigitador se tratara habían perdido todo el encanto en los días posteriores a una fatídica llamada. No, no podía sumarse a las celebraciones tradicionales de la Navidad, ni podría ofrecer la mejor de sus sonrisas, porque aunque tratara de sonreír, sus ojos se encargaban de desvelar parte de lo que escondía detrás de su sonrisa.

Decidió comprar un billete de tren sin importarle demasiado el destino, tratando de escapar de las guirnaldas navideñas que atiborraban las calles y de todos aquellos conocidos que le tendían su mano para ayudar a mitigar algo que sólo el paso del tiempo curaría. Deseaba esconderse entre desconocidos, con un cuaderno y aquel bolígrafo que desprendía mucho más que tinta convertida en palabras y escapar del escenario del dolor. Dar pena nunca formó parte de sus predilecciones y en ese lugar, del que no sabía ni el itinerario ni la situación en el mapa, conseguiría dejar de ser el centro de las miradas.

Se subió al tren y cuando llegó al final del recorrido tomó otro, y otro, y otro y después de muchas lágrimas, muchas hojas de calendario agotadas, algunos relatos inacabados, poesías desgarradoras y unos cuantos trenes sólo de ida, llegó el momento de coger alguno de vuelta, sólo por saborear de nuevo algunas sensaciones y por volver a sentir el calor de algunos abrazos que no consiguió olvidar. Y cogió otro tren. Y allí, en el asiento de al lado estaba él.

Sintió un escalofrío cuando su mirada se cruzó con la suya y notó que en el fondo de los ojos de aquel hombrecillo había algo que le era familiar. Soy tú, le dijo. No temas, llevo tiempo esperándote y por fin estas aquí. Tras intentar, sin éxito, zafarse del magnetismo de aquel personaje, se dejó convencer por la curiosidad que le provocaba y decidió escuchar lo que tenía que decirle.

“Digamos que vengo del país de los sueños; soy el guardián de tus sueños, tu conciencia… llámame como quieras, conozco todos tus pensamientos y quiero devolverte la ilusión que tenías en la infancia, cuando esperabas a los Reyes Magos en tu casita a la orilla del río. Súbete al tren de los sueños y déjate contagiar de la magia. Protagonizarás este cuento que te voy a contar. Escucha atentamente…” Cuando despertó se sintió feliz. Algo había pasado en aquel tren mientras se sumergía en las palabras de aquel hombrecillo que, por cierto, había desaparecido. ¿Lo habría soñado?, o quizás ese tren también formaba parte de la magia de la Navidad.

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