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Buscando en las luces el auténtico espíritu de la Navidad

● A. Cordero ►Miércoles, 25 de diciembre de 2019 a las 8:03 Comentarios desactivados


(Cuento de Navidad)

Hugo miraba por la ventana buscando algún atisbo de Navidad a través del cristal: unos copos de nieve, algún elfo de los que veía a todas horas en el anuncio de El Corte Inglés, o la típica decoración navideña que otros años colgaba de los cables en las principales calles y plazas de la ciudad. Pero los días pasaban y, a pesar de que en el calendario se estaba acercando el día en que Papá Noel tendría que llegar, tenía la sensación de que su ciudad no estaba preparada para tal evento. Hugo no sabía muy bien qué buscaba, pero creía que había algún símbolo escondido en las luces o las ramas del árbol donde se encontraría el auténtico espíritu navideño.

Apenas unos días antes, cuando Hugo ya se había hecho a la idea de que no habría iluminación navideña, gracias en parte a que su abuelo –el concejal de la Navidad– le había dicho que no había dinero para contratar las tradicionales guirnaldas de colores y luces navideñas, vio como poco a poco iban decorando algunos puntos con distintos diseños de árboles que daban a las calles y plazas ese aire navideño que la ciudad tanto necesitaba de cara a estas fiestas tan entrañables.

Ahora sí –pensó–, esto ya parece Navidad. Tras los cristales empañados por el frío de la calle, Hugo seguía buscando día tras día alguna huella, algún indicio de la llegada de esos personajes mágicos que alegran la Navidad de los niños, pero no fue hasta el día en que los mayores estaban revolucionados por el sorteo de la lotería, cuando Hugo vio algo que le hizo sonreír y fue corriendo a buscar a su abuelo que estaba afanado en mirar los números premiados y apenas prestaba atención a lo que pasaba por la calle.

–La Bañeza es la ciudad de las motos, ya lo sabes–, le dijo a Hugo con desgana. Ya las has visto más veces desde esta ventana. Yo llevo sesenta años viendo pasar la carrera por ahí, por esa calle, y espero seguir viéndola, y que tú también la veas toda tu vida, pero, ¿qué es eso?, dijo pegando la nariz al cristal. Si todos van vestidos de rojo, como Papá Noel. Hugo daba saltos de alegría convencido de que cuantos más ‘papanoeles’ llegaran, más regalos tendría, ¡y en moto!, como a él le gustaba. ¡Qué suerte tenía de vivir ahí!

–Esta es la Navidad que me gusta–, pensaba mientras miraba la comitiva pasando por delante de su ventana. Vamos, abuelo, llévame a la plaza que quiero verlos de cerca, subirme a alguna de sus motos y que me hagas una foto con el de verdad, que yo sé que tú lo conoces y sabrás distinguirlo entre tantos, porque yo igual me lío. No, Hugo, serás tú quien lo reconozca nada más verlo, –dijo el abuelo–. Ya lo verás.

El abuelo dejó las gafas encima de la mesa del salón, se puso el abrigo y la bufanda y salió con Hugo en busca del preciado personaje. No le costó encontrarlo, aunque todos ellos iban bastante bien ataviados con el traje rojo y las barbas blancas, pero el auténtico tenía algo que los demás no tenían y Hugo supo enseguida de qué se trataba. Sus ojos brillaban, no pudo contener la emoción cuando lo subió a su moto y le dijo al oído: “Esta noche iré a tu casa y te llevaré un regalo, porque has sabido encontrar el auténtico espíritu de la Navidad”.

Hugo había sido el único responsable de la decoración navideña, ya que con su insistencia había convencido a su abuelo a decorar la ciudad y, aunque tarde, lo había conseguido porque éste no era capaz de negarle nada. Hugo sabía que una buena preparación previa era esencial para que la magia de la Navidad facilitara la llegada de Papá Noel primero, y los Reyes Magos unos días más tarde y todos los niños pudieran recibir sus regalos.

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