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Angélica Falagán: una señora que arregló muchos tendones y nervios

● José Cruz Cabo ►Miércoles, 20 de abril de 2011 a las 12:05 Comentarios desactivados


José Cruz Cabo

Yo conocí a la señora Angélica sobre el año 1967, cuando me casé por segunda vez, ya que mi cuñada Pepa era vecina de ella y de sus hijos, David, Maruja y Fina, en el Barrio entonces del Convento. Y fue cuando pude comprobar por mi mismo, lo que ya me habían dicho otras personas, que si tenías un torcedura o un tendón mal, acudieras a ella que los curaba, además nunca pedía nada a cambio. Cogía lo que le dieras, aunque en mi caso nunca quiso que le diera nada y no me lo cogía.

Durante mucho tiempo, hasta el día que ya no pudo ejercer, que fue poco antes de morir, a nadie que acudiera a su casa, para que le curara dejaba de atenderlo. Tenía unas manos que parecían garfios, con cerca de noventa años, todavía, si te ponía las manos encima, veías las estrellas, pero salías prácticamente curado. Además tenía un carácter amable, cariñoso, afectuoso y el dolor que te pudiera causar, con su sonrisa y sus cariñosas palabras, lo sobrellevabas mejor. Yo tuve que acudir a ella tres veces y lo que me arregló, nunca más me volvió a doler.

La señora Angélica, además, era la que dirigía la cocción, junto a Teresa La Curina y alguna mas, y la preparación del potaje de la cofradía de las Angustias y Soledad, desde el amanecer del miércoles Santo, no en balde su marido, Esteban González, y su hijo David, fueron jueces de la cofradía de Las Angustias, y sus hijas Maruja y Fina, desde pequeñas, junto con su hijo Miguel, la acompañaban para ayudarla, no solo en ese día, sino en los días anteriores para prepararlo todo, para que al amanecer del Miércoles se pudiera comenzar a cocinar el potaje y el bacalao.

Entonces no se daba a tanta gente como ahora, pero el trabajo había que hacerlo igual. Era una devota fiel y entregada a la Virgen de Las Angustias, bajo su manto murió, y eso la llevaba a no perderse la novena ningún año que estuviera bien de salud, que mientras yo la conocí la tuvo muy buena, aunque la edad nos traiga achaques a todos los humanos, porque ya digo que, hasta poco de fallecer, seguía curando a todos los que acudían con algún golpe o algún retortijón, porque ella las roturas no las tocaba, los que llevaban algo roto, los enviaba rápidamente al médico.

Entonces en ese barrio y, concretamente, en la calle de San Julián, que era donde ella vivía con su hija Maruja y su yerno Luis Mantecón, los vecinos se conocían todos, y en los veranos por la noche salían a la puerta de casa y formaban tertulias y en cualquier momento en que tenían ocasión, charlaban a la puerta o se deban las noticias que sabían. Cuando llegaba el santo o el cumpleaños de alguna, se casaba un hijo o había un nacimiento en el grupo de amigas, ya en aquellos años de nietos o nietas, solían hacer una colecta entre todas y le hacían un regalo, que solía terminar en una merienda. Era una calle muy unida. Una vez que se construyeron las diez casas de la comunidad que se creó para ello.

La señora Angélica, era la abuela de todas entonces, y además una mujer que siempre estaba dispuesta a ayudar, a dar un consejo, a ser solidaria con los demás, y eso era muy apreciado en aquel barrio y en aquel tiempo, porque a su casa llegaban gentes de todos los sitios de la ciudad que tenían algún problema de tendones y de manera especial los futbolistas o deportistas de aquellos años, a los que ella atendía, curaba y les volvía a poner fuertes para seguir haciendo deporte. A nadie dijo no, y siempre ponía buena cara, cuando los demás necesitaban algo de ella, y además nunca pedía nada, si algo le daban, lo recogía y además lo agradecía.

Entre ayudar a los demás y trabajar para la cofradía de las Angustias, cuando la necesitaban, no solo durante el potaje, ella se sentía feliz y como dicen ahora, realizada. Fue una esposa fiel, una madre cumplidora y entregada a sus hijos y una mujer ejemplar, en todo lo que podía hacer por los demás. La señora Angélica Falagán Blanco fue un ejemplo de bañezana amante de su ciudad, porque siempre, siempre, ayudó a todo el que se lo pidió y estuvo entregada toda la vida, a la Cofradía de Las Angustias y Soledad.

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