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Antonio Colinas Hijo Adoptivo de Fuente Encalada

● IBAÑEZA.ES ►Lunes, 27 de septiembre de 2010 a las 13:47 Comentarios desactivados


Llegamos un poco antes de la una del domingo a Fuente Encalada, para asistir al acto de nombramiento del poeta Antonio Colinas como Hijo Adoptivo. Traspasamos la puerta de acceso al pequeño jardín de la casa de sus abuelos maternos, recientemente restaurada por el arquitecto y amigo Luis Carnicero. Allí nos reciben María José y Clara, esposa e hija, que ejercen de anfitrionas. La casa mantiene ese aspecto rústico, llena de rincones ideales para el retiro del escritor, donde cargarse de la energía necesaria para acometer los muchos viajes que realiza. Poco a poco fueron llegando amigos y familiares para arropar a Antonio. José Luis Puerto, Luis Carnicero y Jesús Mielgo con sus esposas, su hermano José y familia. Todos nos dirigimos a la iglesia del pueblo, recientemente restaurada. Me sorprendió el estupendo pórtico cerrado con un bonito artesonado y sustentado por unas hermosas columnas de acarreo, presumiblemente del campamento romano de Petavonium. Esta restauración dará para otra crónica.

Después de la ceremonia religiosa se procedió al descubrimiento de una placa en la calle “el poeta Antonio Colinas Lobato” y la entrega de otra placa que lo acredita como Hijo Adoptivo por un emocionado Alcalde de Fuente Encalada que, curiosamente, se llama Antonio Colino. Antonio tuvo palabras de agradecimiento para todo el pueblo, recordando a sus familiares fallecidos y añorando aquellos veranos de su infancia, mencionando la cuna que su abuelo construyó para él y que ahora figura en una de las habitaciones de la casa. Al finalizar su intervención el poeta regaló una colección de sus libros para que fuera el germen de una futura biblioteca. Esos libros en donde quedarán para siempre reflejados, muchos poemas que retratan perfectamente estas tierras.

Antonio Colinas descubre la placa de la calle que lleva su nombre.

Al acto y a la posterior comida además del Alcalde de Fuente Encalada y miembros de su corporación, asistió el Diputado por Zamora José Luis Pernía, y algunos de los Alcaldes de los pueblos limítrofes como Francisco Aldonza, de Ayoó de Vidriales; Toribio Mayo, de Brime de Sog; Claudio Delgado de Santibáñez de Vidriales y la Alcaldesa de Villageriz Mila Cristobal, además de la familia y amigos del poeta.

Después de la comida, el café y la conversación sobre estas tierras tan vinculadas a La Bañeza por razones comerciales; recordamos ese coche de Ramos que unía La Bañeza con Camarzana; esos pimientos, tomates y uvas de los valles de Vidriales y del Tera que en estas fechas llegan a nuestro mercado. Sin ir más lejos, la semana pasada pudimos adquirirlos en la Feria Agroalimentaria de La Bañeza.

Ya de paseo hacía el coche vimos a los vendimiadores pesando la uva y cargándola en camiones con destino a Galicia. Al montar en el coche aparcado frente a la casa de Antonio, los últimos rayos de sol encienden las piedras de la tapia. Antonio ha completado un círculo que le trae a sus orígenes bañezanos y también zamoramos como hemos visto hoy. La visión de su casa ha traído a mi memoria su poema “La casa de los veranos de oro”, esa casa que él ha restaurado, y con él quiero terminar esta crónica. Dejemos que la poesía ponga cierre a este importante día:

Debo escribirte para no perderte
pequeña casa de la infancia de los veranos de oro,
en la que lo más negro de ti siempre será
para mí lo más blanco:
el muro del corral de piedras negras,
el suelo de éste, con el manto oscuro,
crujiente de las hojas de la encina
y el horno con su fuego y sus cenizas,
pero siempre al amparo del hollín de su cúpula.

O aquel otro negror de la amplia campana,
la de la chimenea, por la que ascendían
el humo y el calor de nuestra sangre.
Te imagino negra, negra como las losas
que arrastraron nuestros antepasados
desde las ruinas de los castros celtas,
para fundar el lar
donde se adormecían las llamas de las jaras.

Y la escalera que ascendía brusca
al cuarto en penumbra, en el que se guardaban
en secreto mis sueños:
una espada, una lira, una lechuza.
Hasta la cuna azul en que dormí
—la cuna más humilde,
la que tallaron con ternura y calma
las manos de un herrero—
hoy me parece negra.

La casa, negra y mansa como eran las noches
en los estíos de la Vía Láctea;
Negra como más tarde
(tras infancia feliz)
suelen serlo la vida de los hombres
negra como lo es el corazón
que siente y que sueña mucho más
de cuanto debe y puede.

Pequeña casa de la infancia pura,
refugio de los veranos de oro,
hoy eres negra y mansa en mi memoria,
negra y hermosa como el firmamento
pues en ti parecía estallar
la luz de cada estrella.
Eras negra y profunda como tiempo sin fin.

Y sin embargo, como la noche,
también eras finita, presagiabas el alba,
la luz primera, pálida y suave
que siempre hubo y habrá en mí
mientras aún tiemble
cual pabilo de vela
mi vida.

(De Tiempo y abismo)

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