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Bomberos, casa de socorro y junta pro invalidez, mejoras no logradas

● Ibañeza.es ►Lunes, 1 de febrero de 2016 a las 8:53 Comentarios desactivados


Ya en 1914 se proponen desde la publicación mensual El Jaleo soluciones y remedios a las deficiencias que se padecen en el municipio bañezano, como la adquisición de un carro de la basura (la famosa cuba de años posteriores arrastrada por un decrepito jumento a cargo de Nicolás Alba Guadián, que unas veces, deteriorada, se reclamará se sustituya, y otras que sea retirada por el por tantos años pendiente y deseado alcantarillado), la existencia de servicio de bomberos, la actuación de la Junta y la Inspección de Sanidad, y la traída de las aguas que tantos años aún demoraría: en 1945 entre las creaciones que para la Rondalla Los Majos escriben los maestros Lupi y Ricardo Álvarez Acedo se incluye el siguiente cuplé: “dicen que en La Bañeza / bebemos mucho vino / y tenemos la fama  / de ser borrachos finos / pero pasando el tiempo / todo se arreglará / cuándo traigan las aguas / no beberemos más”.

El día 1 de julio de 1931 acuerdan los ediles bañezanos en el pleno comprar bombas para los pozos públicos de abastecimiento de aguas (de los que todavía se carece en los barrios extremos; en agosto se pretenderá profundizar uno en el Polvorín), y concertar el servicio de bomberos con la cuba de agua existente para el riego de las calles en verano, desechada la propuesta de comprar un tanque automóvil para ello. Aún en estos tiempos discurrían por la ciudad arroyos de agua sucia que iban (al decir de El Bachiller Pérez en La Opinión) “cantando el recorderis al pueblo muerto”. En la sesión municipal del día 15 propone el concejal de la minoría socialista Porfirio González Manjarín que se realice el amillaramiento rústico y se remedien las intrusiones llevadas a cabo en los terrenos comunales, “algunas tan descaradas como las cometidas en el Vallejo y la Cuesta de la Salgada”.

Varios vecinos habían solicitado el riego de las calles con la dotación de una cuba-automóvil, asunto que se estudiaba en el pleno del 10 de mayo de 1933, reconociendo la necesidad del servicio, y sus dificultades económicas, y acordando sacarlo a subasta para los cuatro meses de verano (de junio a septiembre), separado del de limpieza. Propone el concejal González Manjarín (habitaba el número 2 de la calle Santa Marina Baja, y el 6 de abril había nacido la cuarta de sus hijos, a la que puso por nombre Libertad) proveerse de una cuba-camión, y que se proyecte un servicio contra incendios, ya que de declararse algún fuego en los barrios sería peligrosísimo, asunto que se acuerda estudiar y considerar relacionado con el abastecimiento de aguas. La subasta para ocuparse de aquella nueva prestación municipal quedaría sucesivamente desierta hasta adjudicarse la tercera, a primeros de julio y por 1.100 pesetas, a José Rodríguez Fernández, que debía de regentar (seguramente con su madre, la viuda de Antolín Rodríguez) un puesto de pescado, ya que son ellos parte de quienes a final de marzo reciben del Ayuntamiento la devolución de las cantidades ingresadas por el arbitrio de inspección de pescados que la delegación provincial de Hacienda había anulado al Consistorio.

En el Ayuntamiento bañezano estaba actuando a primeros de marzo de 1932 como depositario de fondos municipales el oficial de la secretaria Eusebio Aragón Maroto, entretanto se nombraba reglamentariamente uno, y a la espera de que ello se produjera se hizo cargo eventualmente de la depositaría el concejal José Santos Pérez. En la sesión del día 9 de aquel mes el edil socialista y primer teniente de alcalde Ángel González González (uno de los más activos y de los que más propuestas e intervenciones realiza a lo largo de los plenos de todo el periodo republicano, y asistente regular a todos ellos) proponía establecer una Casa de Socorro o clínica de urgencias, de acuerdo para su atención con la cofradía del Hospital de la Vera Cruz (en octubre de 1933 insistirán en ello desde la minoría socialista), y en la del 16 es Porfirio González Manjarín quien reclama la desaparición cuanto antes de la separación del cementerio civil (en torno al 10 de octubre se derribaría la tapia de división, después de que el gobernador civil lo ordenara en oficio del día 8).

Se mantiene en la discusión de los presupuestos municipales para 1934 la subvención de 1.000 pesetas al Hospital de la Vera Cruz y de Juan de Mansilla. Los socialistas manifiestan de nuevo su antigua pretensión de disponer de una clínica de urgencias, pues es a veces precario el funcionamiento de aquella institución (en accidentes y atención de enfermos pobres), y de contar en ella con unas camas para enfermos tuberculosos. El concejal González Manjarín plantea que se destinen 4.000 pesetas a la creación de la clínica (que ha de ser beneficiosa para pobres y ricos), gestionada con el Hospital, lo que se aprueba (las dos diferentes subvenciones). Se acusa al Hospital de “atender y ejercer por la política”, como mostró el caso de un enfermo desatendido por la desavenencia entre el médico de cabecera y el del Hospital (Manuel Marqués Pérez). Debe “desentenderse del matiz político para que el Hospital sea de todos”, dice González Manjarín, quien afirma que enfermó y se le negó la entrada, y añade que “son los médicos los que ejercen la política, como bien sabe el secretario municipal (José Marcos de Segovia) como jefe que es del Hospital” (que es una “entidad particular y, se le subvencione o no, procederá según sus estatutos”, manifiesta el regidor Joaquín Lombó Pollán). A primeros de febrero se había acogido allí por mandato del juez de Instrucción a una joven de 17 años embarazada y en estado de abandono, posiblemente de Gijón, a cuyo juzgado se comunicaba su ingreso.

En cuanto al recurrente asunto ya tratado de la necesaria clínica de urgencias o Casa de Socorro, se acordaba en la sesión municipal del 24 de febrero de 1934 dirigirse al Juez del Hospital de la Vera Cruz preguntando en qué condiciones pudiera construirse allí. La hija de uno de los dos últimos socorridos por el ayuntamiento por enfermedades de familiares ha sido operada gratuitamente por el doctor Martiniano Pérez Arias e ingresada después en aquel Hospital, y por situaciones como aquella debe de construirse cuanto antes una clínica en la que puedan efectuarse tales operaciones, ya que los médicos se ofrecen gratuitamente a atender a los enfermos pobres. Cuando se estudió el presupuesto municipal para 1934 se consignaba cantidad para ella, pero al no ser aprobado y prorrogar el del año anterior no la hay ahora disponible, ni se concertó ni exploró posibilidad alguna con el Hospital, y de concertarse ahora podría resolverse con parte de la consignación de obras (4.000 pesetas se dice suponer que puede importar todo, incluido el instrumental). Lo importante es (en opinión de los concejales) que la clínica se cree, ya sea del municipio o del Hospital (que ya piensa en construirla, y tal vez acuda a una subvención para ello, se dirá), que siempre ha admitido y atendido a todos los enfermos sin distinción (se dice ahora), el último uno transeúnte enviado allí por la alcaldía.

Se concede en el pleno del 4 de julio de 1934 un socorro de 50 pesetas a José Villasol del Río, y se acuerda gestionar con su familia la conveniencia de internarlo en un asilo, toda vez que en el Hospital de la Vera Cruz solo se acoge a enfermos agudos. Propone el concejal González Manjarín establecer sobre los vecinos un impuesto para obtener un fondo con el que atender a casos tan lastimosos como este, aunque (le replica el concejal síndico Isaac Nistal Blanco, también socialista) el Ayuntamiento no tiene competencia para ello, y tal función es incumbencia del Estado. Plantea entonces el primero que por iniciativa de la Corporación se cree una Junta pro Invalidez, estimando que “no habrá conciudadano que se oponga a ello, pues los jóvenes deben de atender a los ancianos que no puedan trabajar”, y que se convoque a distintas representaciones para ver la forma de llevarla a efecto.

Del libro LOS PROLEGÓMENOS DE LA TRAGEDIA (Historia menuda y minuciosa de las gentes de las Tierras Bañezanas -Valduerna, Valdería, Vegas del Tuerto y el Jamuz, La Cabrera, el Páramo y la Ribera del Órbigo- y de otras de la provincia, de 1808 a 1936), recientemente publicado en Ediciones del Lobo Sapiens) por José Cabañas González. (Más información en www.jiminiegos36.com)

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