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Crispin d’Olot dio una lección de gran actor

● Ibañeza.es ►Martes, 9 de agosto de 2011 a las 9:32 Comentarios desactivados


José Cruz Cabo

No cabe duda que nuestro cada día más famoso juglar, Crispin d’Olot, se ha convertido en un actor consumado y de gran calidad, pues lo demostró el pasado viernes y sábado, con su primera actuación en el Teatro Municipal. Una persona que es capaz de tener a la audiencia pendiente de un solo actor, durante una hora y cincuenta minutos, solo él en el escenario sin que la gente se abur ra y se marche, quiere decir que su saber estar en escena y las cosas que hace en la misma, no solo agradan al público, puesto que en la segunda función, que fue la que yo presencié, llenó el patio de butacas y la mitad del resto del teatro y la gente no solo salió satisfecha y agradecida, sino que se volvió loca aplaudiendo, no solo cuando finalizó, sino cada una de las partes de la misma.

El título de su puesta en escena era “Versos y Bardos” y su misión en el escenario era contar a los espectadores, la historia de los juglares a través del tiempo, unas veces con canciones, acompañadas con distintos instrumentos musicales y otras recitando o explicando como fue evolucionando tanto los trovadores como las canciones a lo largo de los siglos, desde la edad media hasta el siglo dieciocho. Al parecer está preparando una segunda parte hasta nuestros días. Comenzó recitando las “coplas a la muerte de su padre” del gran poeta Jorge Manrique y a partir de ahí se remontó al siglo mil cien, recitando romances, explicando y cantando los romances, los cantares de gesta, unas veces se acompañaba de un antiguo laud, del mortero, de la guitarra, de una tabla o de un rabel.

Para él todo es música, y sus canciones tienen la picaresca de los siglos en los que los juglares se reían de todo, así como líricos o festivos. Fue engarzando los romances, los cantares de gesta, el mester de clerecía, La poesía trovadoresca, El libro del Buen Amor. La lírica sefardita, los padres de la Celestina, los libros de caballería, la picaresca, la primavera lírica, el teatro nacional, con una canción de Lope de Vega, las luchas entre la poesía de Francisco de Quevedo y Luis de Góngora y finalizó con su famoso “El loro, el moro, el mico y el señor de Puerto Rico”, que es un trabalenguas del siglo diecisiete.

Sus movimientos en el escenario o en el patio de butacas, las dos veces que bajó a buscar, primero un espectador que le ayudara y, luego, un pañuelo de señora, estaban siempre medidos, bien calculados para que toda su actuación demostrara un dominio impecable de la escena y en todo momento atraer la atención del público a lo que estaba realizando, para que nadie se aburriera o perdiera el hilo de la historia, que fue contando a lo largo de una hora y cincuenta minutos sin descansar. La verdad es que Crispin D´olot, nos demostró que es un actor como la copa de un pino y con la enorme constancia que le acredita, ha sabido ir rompiendo moldes, sorteando barreras, hasta conseguir ser reconocido como juglar, en estos tiempos en los que no se le ocurre a nadie serlo, o decirlo.

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