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De Comedias y comediantes (I)

● Ibañeza.es ►Lunes, 10 de febrero de 2014 a las 9:06 Comentarios desactivados


(A quienes aún practican y mantienen esta tradición tan nuestra)

El origen del teatro en España gira en torno a dos fiestas religiosas: Navidad y Pascua de Resurrección. Al final de las ceremonias sacras solían interpretarse junto al altar algunas escenas de la vida de Jesús. Poco a poco van introduciéndose en ellas elementos profanos ajenos a la religión, convirtiéndose en verdaderas actuaciones teatrales que pasan a ofrecerse en los atrios de las iglesias. Finalmente los elementos profanos superan a los religiosos y el teatro se convierte en un espectáculo para el pueblo, representándose ya en las plazas públicas

Es muy probable que la actividad y la afición a las representaciones teatrales, a las comedias, que desde tiempo inmemorial se viene dando en nuestro pueblo, Jiménez de Jamuz, mantenida también en otros muchos lugares hasta tiempos no muy lejanos, provenga en parte de su cercanía a La Bañeza y de la imitación de las religiosas (autos, misterios, milagros o ejemplos) y de las profanas (farsas, juegos de escarnio o farándulas) que en esta villa, propiciadas por sus gremios y cofradías, ya se dieran desde la Edad Media, como sucedía el 16 de agosto de 1629, cuando en las fechas de las fiestas patronales el célebre comediante y autor de comedias Roque de Figueroa estaba con su compañía en la localidad, donde se contrataba para ir desde aquí a representar a Medina de Rioseco, una más de las muchas ambulantes que en ella recalaban a lo largo de aquellas centurias.

Hasta los finales del siglo XVIII las comedias se prohibieron durante muchos periodos, lo que había generado el abandono y el deterioro de algunos teatros o casas de comedias. Tampoco veía la Iglesia por entonces con buenos ojos la celebración de comedias en nuestros pueblos, que sus párrocos entendían como actos de disipación y desenfreno, como muestra la afirmación que el de Nogarejas pone en 1893 en boca de la condesa de Lerma, madre del duque de Uceda, señor de la jurisdicción de Castrocalbón y Nogarejas, de “preferir que la saquen muerta de las asistencias de una cocina, que del patio de las comedias…”.

Como reseñaban las publicaciones bañezanas y las provinciales, se daban veladas y funciones teatrales también en otros pueblos del contorno y de toda la provincia, pero en el nuestro llegaron a adquirir naturaleza de arraigada costumbre y carta de presencia imprescindible en las señaladas fechas de Santo Toribio y del domingo y el lunes de Pascua, en cuyas tardes se representaban las Comedias en la plaza mayor, improvisado foro presidido por un gran escenario previamente preparado y coronado por la enseña nacional que ondeaba en lo alto del más enhiesto chopo, cortado y traído para la ocasión de nuestros campos, testigo de los aplausos que el plantel de aficionados actores y actrices solía cosechar de las multitudes que desde la cercana villa y los pueblos comarcanos se desplazaban para presenciar los esperados dramas que allí se escenificaban. Alguna vez el drama sucedió fuera de las tablas, como cuando en 1890 “se armó la gorda”: se representaba una comedia de capa y espada y recalaron por la plaza un grupo de bañezanos con ánimo de burlarse de los comediantes, así que los cómicos saltaron del tablado armas en ristre y se organizó allí la de tirios y troyanos, que terminó cuando los corridos visitantes hubieron de cruzar el río Jamuz despavoridos, y no por el puente de madera que entonces lo franqueaba.

Grupo de teatro aficionado de Santa María del Páramo en 1927. Foto: Archivo particular de José Cabañas

De aquella representación en la Plaza Mayor (de la Constitución), que no se concluyó, y de los sucesos en ella desatados, en los que participó medio pueblo de Jiménez (y no lo hizo la Guardia Civil desplazada para la ocasión porque un arriesgado jiminiego sujetó las riendas de sus caballos impidiéndoselo) tenemos además la versión del abogado bañezano Gaspar Julio Pérez Alonso (que firma Zascandíl; ambas versiones serían sin duda interesadas y parciales) en su sección “Carta de La Bañeza” del periódico leonés El Alcázar del 27 de abril de aquel año, según la cual “en el escenario, como en patíbulo, habrían ejecutado los actores al autor del comedión y lucido sus habilidades tanto de interpretación como de filología y las maravillas de su indumentaria (soldados romanos con fusiles modernos y vestidos como la caballería española, a cuyo cuerpo debieron de pertenecer los “melitares” que actuaban y del que conservaban los uniformes), y bajando del tablero un comediante comenzó a repartir cachetes y puñadas a diestro y siniestro, suspendiéndose la continuación de la comedia y viéndose acometidos los bañezanos, que a su vez acometieron dignamente dando y recibiendo estacazos y contribuyendo a la momentánea dispersión de los jiminiegos, que repuestos la emprendieron a pedradas, volando sillas y bancos y convirtiendo la plaza en un campo de batalla semejante al de Agramante. En fin, se armó un tiberio monumental. Y menos mal que la entrada fue gratis, aunque así y todo, seguro que si el autor ve en Jiménez su obra reniega de escribirla o empieza a sablazos contra los cómicos y los echa del tablero”.

Durante los años transcurridos entre el final del siglo XIX y los inicios del XX se continuaron representando en nuestro pueblo mas “cumedias”, como decían los naturales del lugar (aunque a veces son dramáticas / y, no pocas sainetescas), en una tradición mantenida y realizada por gentes de aldea, cómicos que el arado dejaron / la tarde anterior, y vuelven / a la mañana siguiente / a encorvarse con la esteva, por bravos amigos del arte / a los que jamás arredra / representar cualquier obra, como dirá Nicolás Benavides Moro en el poema de igual título incluido en su libro de 1920 Por mi tierra de León, quien les recomienda que si alguien ríe vuestras frases / y vuestras obras comenta / con sorna, no le hagáis caso / y continuad con firmeza / la pintoresca costumbre / de representar “cumedias”, / que más vale que los hombres / se honren en estas empresas / que se estén degenerando / metidos en la taberna.

Por entonces, en mayo de 1916 desde el semanario bañezano La Crónica se clama contra las perjudiciales comedias pueblerinas y se pide a los maestros, sacerdotes y autoridades “que aconsejen y aún ordenen que se destierren las representadas en esos pueblos de Dios que toman el teatro como cartelón de coplas de ciegos y cuyos actores son gente inculta que no tratan más que de mostrar ellos como manejan el trabuco y llevan un cuchillo al cinto, y de salir a escena las mujeres con sombreros y cintajos ridículos, comediantes que cultivan obras tontas y fatales para su desgracia y que han de aprenderse de memoria párrafos kilométricos, a lo que han de dedicar varias horas diarias que podían emplear para instruirse un poco, y así seguramente dejarían de darse las batallas campales que con frecuencia se vienen sucediendo entre los pueblos en los que esta clase de comedias y tragedias horripilantes se representan una o varias veces en el año, sin más argumentos ni razones que el puñal y la pistola y de tan funestos resultados para los comediantes, a los que inducen y empujan a cometerlas con amigos y paisanos sin más motivo que la incultura y porque son de otro pueblo sus enemigos”.

El 31 de enero de 1926 un grupo de diletantes, dirigidos por José Marcos de Segovia, pone en escena en el bañezano Teatro Seoanez (de su orquesta era director Odón Alonso González) no una sino dos obras, como era la costumbre de la época: la primera el drama en verso de José Zorrilla El puñal del godo, seguida de la comedia lírica La chicharra, cuya interpretación fue insuperable, estando magníficos todos, ellas y ellos, Herminio Berciano Castro, Ramón Santos Prada, Francisco Miranda y Alfredo Fernández Falagán (que actuaba con frecuencia en otros grupos teatrales) entre estos.

Al remate de los años veinte del pasado siglo en numerosos pueblos leoneses se representaban comedias en plazas públicas todavía al estilo del teatro en los tiempos de Juan del Encina y Lope de Rueda, sin descanso en los entreactos para espectadores ni actores, pues en ellos cantaba el coro, oculto entre arpilleras y colchas que oficiaban de decorados y telones. En las comedias de capa y espada, las de mayor aceptación, no pueden faltar los sables y pistolones que hagan rodar por el escenario muchas víctimas (“comedia sin sables y sin víctimas es comedia perdida”), por eso se representa el Tenorio con tanto éxito y en casi todas las aldeas, sorteando incluso las dificultades de aprenderse los papeles de quienes no saben leer a fuerza de leérselos en alto los que saben, desde meses antes, después de los trabajos cotidianos (y del rosario) en las noches de ensayo, dirá en su Vendimiario Menas Alonso Llamas.

Del libro LOS PROLEGÓMENOS DE LA TRAGEDIA (Historia menuda y minuciosa de las gentes de las Tierras Bañezanas -Valduerna, Valdería, Vegas del Tuerto y el Jamuz, La Cabrera, el Páramo y la Ribera del Órbigo- y de otras de la provincia, de 1808 a 1936), recientemente publicado en Ediciones del Lobo Sapiens) por José Cabañas González. (Más información en www.jiminiegos36.com)

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