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Dichoso mes

● Polo Fuertes ►Lunes, 28 de noviembre de 2011 a las 17:41 Comentarios desactivados


Dentro de unos días, San Andrés dará la puntilla a este dichoso mes que comienza con Todos los Santos. Ha sido una carambola propia de comienzos de siglo, en el que el mes once es también del año once. Vaya por Dios. Pero apenas le restan días, por no decir horas.

Atrás quedará la guinda de una campaña electoral que los partidos colocaron en una precampaña de casi cuatro años. Mes de elecciones, este del 2011, que ha puesto patasarriba a las gentes de la zurda (más que de la izquierda), después de haber perdido todo un capital de votos y adhesiones. Pero así es la vida. El desierto está ahora, para las gentes del Zapatero, a la vuelta de la esquina. La travesía siempre fue difícil y, a veces, casi siempre, incomprendida para la mayoría de los cargos públicos que se han quedado a la luna de Valencia. Vale.

Dichoso mes de teatros y camposantos, de requienes y diesilles, de tenorios y jaloguines, de sanmartines y matanzas, de veranillos inútiles y hielos de madrugada, de chichas y de mondongos, del Tenorio y doña Inés, de músicos y de danzantes. Sí señor, también en este dichoso mes, que empiezas con los Santos y acaba con San Andrés, se celebra la fiesta de Santa Cecilia, patrona de la música. Una santa cuajada de leyendas más que de historia, a la que algunos descreídos anticlericales llegan a negar de su existencia, diciendo que más que una santa en el cielo es el pretérito perfecto del verbo latino cano, canis, canere, cecini, cantum, que significa cantar. Santa Cecilia les perdone y a la vez les confunda en el pentagrama del cielo.

Pobre dichoso mes que a su término empieza a dar paso a otro de constituciones e inmaculadas, de fiestas y puentes, de cariños y loterías, de navidades y turrones, de cavas y fines de año, de reyes y pastores, de alegrías y abrazos, de sonrisas, lágrimas y añoranzas.

Hará ahora 33 años que los bañezanos, como todos los españoles nos preparábamos para votar la hoy denostada, chuleada, malinterpretada y ya antigua Constitución, que habían consensuado un grupo de hombres buenos. Eran tiempos en los que todos (o casi) nos fiábamos de todos (o casi). Aquella Carta Magna, hoy se ha minimizado, era una puerta, quizá la más grande, abierta hacia la libertad. Una libertad con la que habíamos soñado decenas de generaciones, cuya aprobación ya nos iba a coger maduros (yo acababa de cumplir 38 castañas, sin haber sabido de joven qué era la democracia) como la fruta que va quedando en los árboles sin vendimiar.

Dichoso mes. Hace un par de años, escribí un largo romance sobre noviembre, del que ahora he extraído los versos del comienzo y su última parte. Aquel año, 2009, no había habido elecciones en este dichoso mes, la crisis se estaba poniendo imposible, los parados sobrepasaban ya los tres millones y el teatro municipal entraba en su recta final, después de diez años en obras. Pero noviembre había comenzado con Todos los Santos y acabaría con la fiesta de San Andrés.

“Lo dice y repite el dicho: / Noviembre, dichoso mes, / que se inicia con los Santos / y acaba con San Andrés. / Mes de teatro del miedo, / de amores, raptos y estrés, / de Don Tenorio el chulapo / que seduce a Doña Inés. / Mes de matanzas, mondongos, / de chorizos al revés, / donde se rompen espejos / e ilusiones dos o tres, / por san Martín el del gocho / y san Antonio después. / Los Santos y los difuntos / entierran los jalogüés / y brumas madrugadoras / pintan soles a las diez”.

Y terminaba; “Romance de otoño al vivo, / sin anestesias en Re, / que resuena en la caída / de las hojas de este mes, / de calaveras dulzonas / y de difuntos de a pie; / de los buñuelos de viento / y de santos un vergel, / tras comidas de cuchara / y de tenedores tres. / Romance de este noviembre, / de crisis, dichoso mes, / de un cementerio en la niebla / y en el cielo, San Andrés”.

Pero ya veis, mis queridos y nunca bien ponderados lectores, después de tanto recitar y acordarme de fiestas, tradiciones, votaciones y gastronomías, se me olvida que a mediados de este dichoso, el día 15 del mismo, es mi santo, San Leopoldo de Austria, un príncipe que nunca quiso ser rey. Pero no miréis en el calendario, que llegó otro santo mucho más importante y cultivado, San Alberto Magno y nadie me felicitó aquella mi onomástica. Mecagüenlaaaaa.

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