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El ‘pucherazo’ y los caciques (y III)

● Ibañeza.es ►Lunes, 2 de enero de 2017 a las 8:28 Comentarios desactivados


Conseguido el triunfo, continuaba el engaño electoral con el reparto de prebendas y cargos entre los adictos y paniaguados y con la aplicación de las temidas cesantías en los empleos públicos, que se extendían hasta los estanqueros y los peatones postales y carteros rurales, y a las que, con sorna, se alude a veces en la prensa bañezana de la época, como se hace en El Jaleo de marzo de 1914 a cuenta de los cesantes Cástor; el sereno Vicente García (“Nanín”); Esteban el alguacil; Clemente, Porta y demás, que se consuelan de abandonar ahora sus empleos, ya que “otros los dejaron antes para tomarlos nosotros”, como dejarían los suyos de empleados de la cárcel Braulio Fernández y Joaquín de la Huerga a primeros de 1916 para ser sustituidos por Adolfo Aguilar Sieteiglesias y Carlos Gil Casquete al pasar entonces la alcaldía a manos de Leopoldo de Mata Casado.

Irregularidades se darían en las elecciones municipales del 12 de noviembre de 1905 en ambos distritos del ayuntamiento de Santa Elena de Jamuz y que llevaron a solicitar su nulidad, pues en el primero, el de Villanueva y Santa Elena, se suspendería la votación sin otro motivo que el temor del alcalde de que se derrotara su candidatura, y en el segundo, el de Jiménez, no se habría permitido acceder a los interventores a la mesa electoral ni votar a algunos electores, extendiendo después el teniente de alcalde el acta en una taberna y a su conveniencia, hechos que se denuncian ante la Comisión electoral de la provincia, que da por válidos los comicios y desatiende la reclamación.

También se recordaban las antiguas elecciones, “las anteriores a la invasión militar de la dictadura” (próximas ya las municipales de abril de 1931) en La Opinión, semanario bañezano, del 15 de febrero de aquel año, para denostarlas por sus manejos caciquiles y escamoteos burdos y porque en ellas “se llegaba a inculcar el ideal a golpes, se compraban sufragios por un cacharro de vino, y se tranquilizaban conciencias por dos pesetas”, en prácticas que llegaron a ser tan naturales que por ejemplo en El Diario de León se noticiaba en diciembre de 1909 la “visita al gobernador de muchos pequeños caciques de importantes pueblos de la provincia, dícese que para tratar de asuntos electorales” (aquellas visitas, de alcaldes y secretarios municipales, persistían y se denunciaban desde la prensa leonesa en el tiempo de la Segunda República), y que se mantenían aún en 1933 en las elecciones municipales parciales del 23 de abril (las habidas en los 2.653 ayuntamientos designados en el mismo mes de 1931 por el artículo 29, los denominados “burgos podridos”) en el pueblo leonés de Láncara de Luna, donde “a la puerta del colegio electoral están con las papeletas cuatro agentes del cacique. Dentro, otros dos hombres con un tarro de cristal lleno de ellas. En el exterior un cura con un jarro de vino convida a los presentes. El cura y el cacique cerca del lugar de los comicios. El pueblo es republicano, pero los propietarios de la mayoría de las fincas, y de las mejores, han recomendado a sus colonos la candidatura caciquil (la de los antiguos monárquicos, unidos ahora bajo las siglas de los agrarios). Los colonos les temen, y eso es todo: votan lo que manda el cura y los oligarcas dueños de la tierra…”.

En los comicios generales de febrero de 1936 se practicará también desde el ejecutivo gobernante algún “encasillado afectivo y caprichoso”, y se prepararán, al menos, contra el gobierno en este caso, “los pucherazos de ciento diez pueblos” por el gobernador de Cuenca, según consignaría al hilo de los hechos don Niceto Alcalá-Zamora en su dietario; aún entonces en lugares como el zamorano pueblo de Záfara aludirá su maestra (cuando después sea depurada) a “la indignación que le causaba ver a los incultos caciques llevar como borregos a los desgraciados labriegos a emitir su voto a la fuerza”, y ya antes, en las municipales de abril de 1931, “en Granada votaban los jesuitas una vez con el hábito, otra con ropa de calle,… y facilitaron y usaron nombres de fallecidos para votar de nuevo en nombre de los mismos, lo que originó una protesta popular”. Algunos de los caciques de entonces y de más tarde, en algunos lugares, fueron también represaliados por el franquismo después del golpe militar de 1936, pues en su apego al poder y a sus cercanías jugarían a última hora (mal y con poca fortuna) la carta del Frente Popular.

Del libro LOS PROLEGÓMENOS DE LA TRAGEDIA (Historia menuda y minuciosa de las gentes de las Tierras Bañezanas -Valduerna, Valdería, Vegas del Tuerto y el Jamuz, La Cabrera, el Páramo y la Ribera del Órbigo- y de otras de la provincia, de 1808 a 1936), recientemente publicado en Ediciones del Lobo Sapiens) por José Cabañas González. (Más información en www.jiminiegos36.com)

Una imagen de las elecciones de febrero de 1936.

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