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El taxista (cuento de Navidad)

● Polo Fuertes ►Martes, 20 de diciembre de 2011 a las 8:33 Comentarios desactivados


Había nevado aquella tarde del día de Nochebuena de 1949. Cerca de las nueve de la noche habíamos llegado todos a casa y yo me quitaba las botas, sentado en un peldaño de la escalera que subía a las habitaciones, en aquella casa de la calle Astorga de La Bañeza. Hacía cuatro años que nos habíamos trasladado al centro, atendiendo, más que nada, a la profesión de mi padre: taxista, conductor de un coche de punto.

Los dos timbres de la caja del teléfono, que colgada en la entera de la puerta de la cocina, comenzaron a sonar a metal y madera. Mi padre cogió el micrófono-auricular, a la vez que daba vueltas a la manivela lateral del telefonillo. Era una urgencia de uno de los médicos de la ciudad. “No se preocupe, ahora voy a recogerle”, fueron las últimas palabras que oí a mi padre aquella Nochebuena de 1949.

La cena estaba ya preparada. Pero “el deber es el deber, una parturienta de San Juan de Torres parece ser que se le ha complicado el nacimiento”. Sobre la mesa camilla de la cocina de aquella casa de la calle Astorga de La Bañeza estaban ya colocada la vajilla de platos nueva, de dibujos raros en el hondón con redondeles de color azul por los bordes. Y los vasos, que en el puesto de mi padre se completaba con una copa para el vino. Y los cubiertos nuevos de mangos anchos y huecos. Y las servilletas bordadas con los mismos temas del mantel. Y…

“Vete dando de cenar a los niños, que yo en media hora estoy aquí”, apunto mi padre al salir, mientras se ponía el tabardo de cuero y la gorra. “Te esperaremos todos, para cenar juntos”, contestó mi madre, sin saber muy bien si él había escuchado.

En la radio que hacía unos días había traído mi padre y había colocado Sandín (un albañil, amigo de la familia), en un hueco practicado en la pared, se oían villancicos sin parar, muchos de los cuales los sabíamos los tres hermanos de sietesobras. Sentados alrededor de la mesa, mi madre nos fue contando el misterio de la Natividad, como si fuera un cuento del oriente lejano, a la vez que comíamos un puñado de almendras y avellanas ya peladas, para engañar el hambre de una noche que iba a ser de comida, de cena muy especial.

En la chapa de la lumbre humeaba una tartera con lombarda, como era costumbre en aquella pequeña familia de 1949. En horno, con la puerta medioabierta, se adivinaba un asador con dos chicharros ya dorados, atravesados por rajas de limón, como peinetas de bailaoras andaluzas. Y más cerca de la caldera del agua caliente, otra tartera grandona escondía los trozos de uno de los gallos que se habían criado en el corral de aquella casa de la calle Astorga.

El postre era otra historia. Claro que teníamos turrón, del duro y del blando. Pero sobre todo, había varias clases de pastelillos, que mi madre había hecho durante la tarde, con la ‘ayuda’ de los dos hermanos pequeños, mientras yo corría por los resbaletes de la cuesta del ‘Túnel’. Mamá siempre fue buena confitera, recordando años atrás, trabajando en el obrador de una confitería bañezana. Sin olvidarse de las nueces y los higos, “Que son el mejor turrón para papá”.

Todo estaba preparado. Pasó la primera media hora y la segunda. Mi madre repartió entre nuestros paltos la cena de Nochebuena, mientras ella seguía interpretando los evangelios del nacimiento de Jesús en Belén, con ángeles y pastores y la radio despepitaba villancico tras villancico… Pero mi padre no acababa de llegar.

Al acabar el postre, mi madre dijo que me cambiara porque, como miembro del elenco de monaguillos de la parroquia, tenía que ir a la misa del gallo. “Los niños (mis hermanos más pequeños) irán dentro un poco a la cama. A ver, si entre tanto llega papá”, me dijo para animar la noche.

Bien abrigado salí para el templo, donde me tocó ayudar a misa. Otros se encargaron después de asistir al cura, en los besos al Niño Jesús, limpiando, cada vez, la rodilla del infante, sin tocar la cuna de palos, que podía hacer peligrar su estabilidad en manos del párroco.

Cuando llegué a casa, mi padre seguía sin llegar y sin saber dónde estaba a aquellas horas primeras de la madrigada. Me quedé acompañando a mi madre en la cocina, mientras comisqueaba parte de aquella rica cena de Nochebuena. El sueño venía a buscarme por momentos. Y sonaron los timbres de la caja del teléfono. Era mi padre que llamaba desde León. El niño había nacido definitivamente, después de haber venido de nalgas y, además, se había salvado la madre. “Han tenido que hacer un milagro los médicos”, comentó mi padre a mi madre.

Yo, sin embargo, seguía pensando que peor lo tuvieron que pasar

María y José en aquel portal de Belén, sin mantas ni calefacción, como nos había contado mi madre y sólo el aliento de la mula y el buey como mantilla.

Mi padre llegó a casa de madrugada. Era ya el día de Navidad. Y nos contó al día siguiente las peripecias por dar a luz de una hija de un hombre rico del pueblo del Órbigo. La carretera estaba muy mala y no se podía correr. En aquel entonces, los coches de punto tenían que hacer de taxis, de ambulancias y, a veces, también de transporte fúnebre. Pero en este caso, tanto la madre como el chaval quedaron bien en el hospital.

Unos días después, un paisano de San Juan de Torres nos trajo a casa un fardel lleno de azúcar, un saco de patatas y un cacho grande de turrón de mazapán con guirnaldas y frutas escarchadas. Era como el gratias hagimus a una Nochebuena, que no llegó a tal, hasta el amanecer del día de Navidad. Adeste fideles, laeti triunphantes. Venite adoremus.

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