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En defensa de las alubias de mi pueblo

● Polo Fuertes ►Jueves, 4 de octubre de 2012 a las 9:25 Comentarios desactivados


Ando estos días cicatrizando una serie de cortes accidentales en mis dedos índices y medios, que me dejaron insensibles las yemas de los mismos. Unos dedos que han sido durante toda mi vida los únicos dóciles para escribir a máquina o ahora hace mover el teclado de mi ordenador. Sirva lo precedente de excusa de mi recesión en la publicación semanal de esta columna. A lo que hay que añadir la pereza propia de la entrada del otoño, que me ha hecho recordar aquellos sabañones que empezaban a poblar nuestros dedos de niños de posguerra en este mes de octubre y duraban hasta bien entrada la primavera. ¿Vale?

Hace unos días, comentaba yo a la directora adjunta de este periódico, María Ángeles Cordero una anécdota de la que fui protagonista en Madrid, hace más de 50 años, con motivo de una columna que publicaba en ibañeza.es, relacionada con la alubiada.

Celebrada en La Bañeza, el pasado 16 de septiembre. Esa serie de accidentes digitales domésticos y la susodicha pereza han retrasado este comentario que ahora he propuesto como comentario de este artículo.

Le decía yo a Geli, que viviendo yo en Madrid, descubrí cómo un tendero de ultramarinos estaba ofreciendo en el escaparate alubias ‘cuarentenas’ por alubias de ‘riñón’ de La Bañeza. Volví a casa, metí una cuartilla en la máquina de escribir y puse esta leyenda: “No son de riñón ni de La Bañeza. Más bien son de hígado y vaya usted a saber la procedencia”. Volví a los ultramarinos, entré en el local, pedí una lata de sardinas. Y mientras iba a buscarlas el tendero, introduje la cuartilla en el escaparate. Después me excusé y ni una triste lata de sardinas le compré. Sería cabrón ya en aquel entonces el susodicho tendero madrileño…

Durante dos días estuvo expuesta la cuartilla denunciadora, hasta que se dio cuenta el tendero y, no sólo retiró la cuartilla, sino también las alubias ‘cuarentenas’ que intentaba dar como gato por liebre. Hoy no sé si seguirá abierta aquella cutre tienda de ultramarinos, en frente de mi residencia militar, en la calle El Reloj, paralela a la de Leganitos y a dos zancadas de la Plaza España y de la Gran Vía. Cumplía yo entonces el servicio con la patria en el edificio de los juzgados militares, donde estaba destinado.

Quizá el pobre tendero tuvo mala suerte, al tener de vecino a un chico de La Bañeza. Lo cierto es que la alubia de ‘riñón’ y la de ‘cuarentena’ tenían un cierto parecido. Nada más. Soy de una familia que mamamos las alubias desde la niñez, en la casa labradora de mi abuela Anselma. Hasta tal punto, que mi familia materna tenía un apodo muy figurativo, como era el de ‘Fréjoles’ o sea, las vainas que guardaban y siguen guardando las alubias de toda clase y condición.

En nuestra familia conocíamos algunas clases de alubias. Incluidas las de ‘riñón’ en aquellos tiempos revueltos de posguerra. Aunque rara vez las catáramos, porque aquellas quilmas (sacos de lino largos y estrechos) blancas y largas de la codiciada alubia de La Bañeza eran para comerciar. Por lo que cuando los garbanzos diarios se cambiaban por las alubias eran las pintas, con suerte, o las ‘cuarentenas’, sin tanta suerte, las que más habitualmente se consumían en nuestras mesas.

Las alubias ‘cuarentenas’ eran unas semillas que siempre tenían a mano los labradores de estas vegas para volver a sembrar, si las primeras no nacían en condiciones. Unas alubias que en cuarenta días se ponían a tono para cosechar, con un precio casi ridículo, pero que podían salvar gastos de la sementera. Sin embargo, cuando los que marchamos pronto de casa y nos daban un fardel de legumbres como obsequio de algún favor, eran las de ‘riñón’ las que llenaban las bolsas.

Quizá por eso, los chavales de mi generación tuvimos siempre cierta reticencia a esta delicadeza que son las alubias blancas de ‘riñón’. Por supuesto, en restaurantes foráneos no pedíamos nunca ese manjar, por si acaso al cocinero de turno se atrevía a darnos gato por liebre. Tuve la suerte de casarme con una mujer de Soto de la Vega, una de las cunas de aquellas alubias de ‘riñón’, en los años sesenta del pasado siglo. Volví a sacudirme las reticencias, porque las mejores de estas alubias las guardaba mi suegro para nosotros.

Fui uno de los luchadores de vanguardia en la petición de la denominación de origen desde las columnas y foros en los que he escrito a lo largo de mi vida, sin conseguir nada, a pesar de tener detrás labradores y sindicatos agrarios que apoyaban nuestras reivindicaciones. Hasta que un día, mi pobre suegro, un hombre bueno y cabal, me dijo: “No luches más, hijo, ya no es necesario. Las alubias de ‘riñón’ se nos mueren ellas solas en las tierras. La enfermedad está acabando con ellas”.

Por eso, cuando hace unos años se conseguía la IGP Alubia de La Bañeza-León, sentí una inmensa satisfacción y homenajeé en la memoria a mi suegro, ya entonces desaparecido, en la primera alubiada que organizaba Paco Rubio, aunque estuviese pasada por más agua de la cuenta.

Hoy volvería a colocar otra cuartilla en cualquier escaparate de tienda o supermercado que nos quiera dar ‘cuarentenas’ por alubias de ‘riñón’. Ojo al dato los hombres de la IGP, que empiezo a oír ciertos cambalaches. Y el otro día comprobé de motu propio uno de estos cambalaches, con etiqueta de procedencia y toda la pesca. Que, aunque ya son muy pocos los que nos llaman ‘Fréjoles’, aún nos queda un ramalazo para distinguir el gato de la libre en alubias. ¿Vale?

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