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Frases, dichos y anécdotas simpáticos

● José Cruz Cabo ►Domingo, 10 de julio de 2016 a las 9:07 Comentarios desactivados


José Cruz Cabo

Nos contaba el señor Sierra, al que llamábamos maestro porque había sido maestro de Luis Cadenas y Pepito Carrascal, dos dichos interesantes: “En estas mañanas frías/los amigos verdaderos/ni se dan los buenos dias/ni se quitan el sombrero”; esta cuarteta era para el invierno, pero para el verano tenía esta otra: “Con estos calores que hace/ se derriten los gorriones/y hasta las mismas personas/ se fríen como tostones”.

Una cuarteta que hizo muy famosa Antonio Núñez, (Boño), rememorando esa que comienza “no hay sábados sin sol”, fue esta otra: “No hay sábado sin sol, ni corro de chapas sin Moratinos/ y si el corro es de sentados/ allí está Benito Aguado”.

Un día de hace muchos años pasaba Antonio Núñez por la acera de la Farmacia de Josefa Toral y enfrente estaba la carnicería de Ángel Fonfría y a la puerta estaba Fermín Ortiz (Niní) hablando con Kika la Tarinda. De acera a acera Niní le pregunta a Antonio por el título de la película del cine Salamanca, y Antonio le contesta “Adiós Kira” y Kika cree que es ella y dice: “adiós Antonio”.

En una librería de los años cincuenta entra un cliente y pregunta si tienen estampas del Niño de Murillo y el dependiente le contesta: “No pero las tenemos de suegras”. El problema fue que hubo que explicarle al dependiente que sí había estampas del Niño de Murillo, pero él no sabía lo que era el Niño de Murillo.

En una de las imprentas de la ciudad, una familia forastera encargó unos recordatorios de defunción y todos los que trabajaban allí leían en el nombre de la esposa del difunto, “Colatines”. En ese momento llegó un abogado de la ciudad, se le preguntó y contestó: “Colatines”. Y además dijo que sí existía ese nombre. Los recordatorios se hicieron así y cuando llegó la familia a recogerlos resultó que no era Colatines si no Catalina, con lo que los recordatorios terminaron en la papelera y hubo que hacer otros con el nombre de Catalina.

Hace años las comunicaciones eran muy difíciles y los de los pueblos como La Cabrera, no tenían más que un coche de línea cada cierto tiempo y se dieron casos de tener un familiar muy grave por lo que aprovechaban la venida a La Bañeza del coche de línea para comprar la caja para el día que se muriera y los recordatorios sin fecha de fallecimiento. Luego la ponían a mano los familiares.

Las cajas en los coches de línea solían ir en la vaca y en más de una ocasión se dio la macabra broma de uno de los viajeros que, porque llovía, se metía en la caja para no mojarse y el susto de los demás al ver salir a alguien de dicha caja era para paralizar el corazón y más entonces que tanto asustaba la muerte.

En la zona de la Valduerna hace muchos años había un médico que no ejercía, se dedicaba a la labranza. Los familiares de un vecino de dicho pueblo estaban hartos de ir a médicos, todavía la seguridad social no funcionaba como ahora, y decidieron llamar a ese médico para que mirara a ver si podía curar lo que otros les decían que no y este médico, que después ejerció unos años en nuestra ciudad, vio al enfermo, les pidió una cinta métrica o un metro, se lo dieron, midió al enfermo y les dijo a la familia, “necesitais una caja de 1,65 para enterrarlo, porque le queda poco tiempo de vida”.

No se trata más que dejar constancia de algunas anécdotas que viví y que para las nuevas generaciones les pueden resultar curiosas.

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