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Gaudí y la alfarería jiminiega (I)

● IBAÑEZA.ES ►Lunes, 5 de junio de 2017 a las 8:39 Comentarios desactivados


En Astorga, lugar de paso estratégicamente situado en el Camino de Santiago y ciudad con sede y palacio episcopal desde una considerable antigüedad, la primera referencia de una mansión tal se sitúa en el siglo X. Más adelante, se tienen noticias de otro palacio que la reina Doña Urraca donó al obispo Don Pelayo dentro de las murallas de la ciudad –en el año 1120- en el terreno en el que antes se alzaba un templo pagano. Este edificio se fue modificando sucesivamente, hasta que en diciembre de 1886 el enorme caserón cuadrangular, ya viejo y poblado de numerosas y destartaladas habitaciones, sufrió un importante incendio que lo destruyó totalmente.

En aquel tiempo era obispo de Astorga el catalán Joan Baptista Grau i Vallespinós (nacido en Reus en 1832) y a él, a falta de un arquitecto de la diócesis y conocedor de la actividad creativa de su paisano Antonio Gaudí, le encargó la construcción de una nueva residencia episcopal sobre las mismas ruinas de la incendiada, lo que Gaudí aceptó en febrero de 1887 (tiempo en el que estaba trabajando en el Palau Güell y en la Cripta de la Sagrada Familia en Barcelona). El mes de marzo siguiente, el ministerio de Gracia y Justicia, organismo que debía pagar la obra, aceptó el nombramiento. Gaudí envió en el mes de junio los planos firmados al obispo, que los recibió entusiasmado. El 30 de septiembre, la Junta Diocesana de Astorga acordó despachar los planos al ministerio y éste los transmitió a la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando para su visado. Después de diversas modificaciones que molestaron a Gaudí, se aprobó definitivamente el proyecto en febrero de 1889, con la ayuda y las gestiones del notable astorgano Pío Gullón, entonces Gobernador del Banco de España. La obra se subastó en abril y se adjudicó al único concursante, Policarpo Arias Rodríguez, por la cantidad de 168.520 pesetas de la época.

Los trabajos comenzaron pronto, el día 24 de junio de 1889, y continuaron a buen ritmo. En aquel momento Gaudí casi había finalizado el Palau Güell, lo que le permitió trasladarse a Astorga y dirigir directamente el inicio de las obras (tan solo en sus realizaciones leonesas, además de en Cataluña, trabajó personalmente). Este desplazamiento en ferrocarril, y otros antes y mientras se construía (Gaudí visitó las obras en otras varias ocasiones entre 1890 y 1893), resultaron importantes porque hicieron posible que el genio conociera la arquitectura local y aplicara algunos de sus aspectos al nuevo palacio episcopal. Ya muy avanzada la construcción, murió el obispo Grau en Tábara (Zamora) en septiembre de 1893, “y feneció también el palacio episcopal que Gaudí había ideado junto a él, cuyos planos fueron recortándose al mismo tiempo que lo hacían las ganas del arquitecto catalán de luchar contra los impedimentos y aumentaban sus desencuentros con el nuevo prelado, producto de la tensión comunicativa surgida entre dos puntos bien diferenciados: la Barcelona de finales del siglo XIX con su potencial de renovación urbanística, arquitectónica y social, y una villa pequeña y rural, ancestral encrucijada del Camino a Compostela y la Vía de la Plata”.

El alfar-museo de Jiménez de Jamuz prepara piezas para la restauración del Palacio Episcopal de Astorga con los moldes originales diseñados por Gaudí.

A partir de entonces comenzaron las dificultades para Gaudí. Las labores hubieron de interrumpirse ya que la promotora Junta Diocesana se inclinaba más bien por realizar economías. El maestro no aceptó ningún cambio en sus planteamientos, y desde León, donde levantaba la Casa de Botines, renunció al inicio de noviembre de 1893 a la dirección de la obra y retiró todo el personal catalán -artesanos y especialistas- que había hecho venir de Barcelona, “suspendiéndola a la altura de la segunda planta, a punto de iniciarse la cubierta, y en tal estado siguió muchos años debido a causas que no honrarán jamás a los que las promovieron” diría en 1909 en su Historia de Astorga el entonces Cronista de la ciudad Matías Rodríguez Díez. También debió de influir en su decisión el importante retraso en el abono de sus honorarios de arquitecto por parte del ministerio de Gracia y Justicia, que aceptó su dimisión, argumentada desde la regencia episcopal en “no ser arquitecto diocesano, cuyo cargo desempeña quien lo es provincial”, disponiendo que se le agradecieran “el celo y el acierto en el ejercicio de su labor”.

Desde aquel punto se encargaron de las obras otros arquitectos que no consiguieron hacerlas progresar sustancialmente: Francisco Blanch y Pons (de enero a julio de 1894), que renunció al cabo de seis meses y Manuel Hernández y Álvarez-Reyero, que se ocupó de ellas desde 1899 a 1905 sin hacer nada significativo. Posteriormente, el obispo Julián de Diego y Alcolea, que lo fue de 1904 a 1913 y comprendía mejor la obra de Gaudí, se trasladó a Barcelona para pedirle que se hiciese nuevamente cargo de los trabajos, cosa que el arquitecto rechazó, por lo que encomendó en 1906 la dirección al arquitecto Ricardo García Guereta, que prescindió de muchas de las atrevidas e imaginativas ideas de Gaudí para dibujar los planos de terminación definitivos, acabando los tejados en 1910 y desistiendo de ella a finales de 1914, cuando solo faltaban por rematar detalles de la última planta y elementos decorativos de una obra devenida así mucho menos rotunda y palaciega que la inicialmente diseñada y proyectada para la ciudad por el genio catalán.

El edificio quedó en estas condiciones, sin acabarse del todo, hasta que en el año 1936 se convirtió en central de Falange Española en Astorga y albergue de militares de Artillería. Los numerosos desperfectos originados por esta utilización no fueron reparados hasta unos años más tarde, en 1943, por el organismo de Regiones Devastadas, después de la fallida pretensión del Cabildo de responsabilizar de tales menoscabos a los rojos astorganos. Finalmente el edificio se acabó durante las décadas de los cincuenta y los sesenta.

Sería en aquellos viajes a la capital maragata y a las tierras de la diócesis asturicense cuando Gaudí quedaba deslumbrado por la alfarería jiminiega, hasta el punto de incluir el barro vidriado alternando con la piedra granítica del Bierzo en los arcos de algunas de las estancias del palacio, rematando graciosa e innovadoramente sus finos ribetes con las piezas cuidadosamente elaboradas por los artífices del pueblo de Jiménez con la rojiza arcilla extraída de sus barreros, de modo que cabe afirmar que la mansión es por dentro absolutamente jiminiega: en las nervaturas de las bóvedas, en los arcos de las ventanas y de las puertas, y en cada uno de sus ladrillos (que son únicos, y hay miles) de roja arcilla de Jiménez de Jamuz vidriada y decorada con el baño y los trazos típicos de las realizaciones de sus alfareros.

Del libro LOS PROLEGÓMENOS DE LA TRAGEDIA (Historia menuda y minuciosa de las gentes de las Tierras Bañezanas -Valduerna, Valdería, Vegas del Tuerto y el Jamuz, La Cabrera, el Páramo y la Ribera del Órbigo- y de otras de la provincia, de 1808 a 1936), recientemente publicado en Ediciones del Lobo Sapiens) por José Cabañas González. (Más información en www.jiminiegos36.com)

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