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Gonzalo de Mata: un gran médico y mejor persona

● José Cruz Cabo ►Viernes, 18 de febrero de 2011 a las 7:49 Comentarios desactivados


José Cruz Cabo

Aunque ya hacía años que sabía de sus andanzas, no conocí e intimé con Don Gonzalo de Mata Ferrero, hasta los años sesenta y la primera vez que hablé con él, fue en la Plaza Obispo Alcolea, donde tenía Víctor de la Fuente, el estudio de fotografía, hoy es el Infanta Cristina y la Plaza del Centenario. Había comprado él un magnetofón recién puestos a la venta, y quería registrar el sonido de un pedo. Estuvo más de una hora con esa cantinela pero no lo consiguió grabar.

Poco tiempo después de aquello, los de Acción Católica, me hicieron viajar con él para dar unas charlas sobre el seminario en las iglesias de Regueras y Azares, yo entonces no tenía carnet ni idea de tenerlo, y a pesar de lo cerca que íbamos, pasé todo el miedo que quise, porque me iba hablando y soltaba el volante.

Después, en los años setenta, se hizo colaborador de nuestro semanario, “El Adelanto Bañezano” siendo yo ya entonces subdirector del mismo, y sus artículos eran muy simpáticos, ya que siempre escribía en broma y, en uno de ellos puso, hablando de las mujeres, “las reinas de la casa” y nosotros nos confundimos y pusimos “las ruinas de la casa”, lo que provocó otro artículo más hilarante aún, porque Gonzalo de Mata Ferrero, todo lo tomaba a broma, menos su profesión y la religión, ya que era un médico muy preocupado por sus pacientes y cristiano a macha martillo. No permitía bromas sobre la religión. Pero el tiempo que estaba en la imprenta, cuando nos traía los artículos suyos, eran de pura broma y de tratarle de tú, si no se enfadaba, aunque fue uno de los pocos médicos que era Doctor en Medicina, no solo Licenciado, como la mayoría.

Después un día tuve un problema de salud, era sábado por la tarde, no había todavía urgencias en el primer centro de salud que tuvo nuestra ciudad, y le llamé a su casa. Me contestó, “te espero dentro de media hora aquí”. Llegué y me mandó pasar a su despacho-clínica, y me hizo el reconocimiento más perfecto que me han realizado en mi vida y me dijo “no tienes nada de importancia”, te compras esto y te inyectas una al día, durante cuatro días y efectivamente los problemas se me pasaron, cuando le dije “qué te tengo que dar por la consulta”, casi me pega. “Anda Pepe, marcha y no te preocupes del pago”. Varias veces, mientras ejerció la medicina y ya jubilado, fui a su casa y nunca quiso cobrarme nada, a pesar de hacerme hasta análisis rápidos de orina.

Hubo muchos domingos, o fiestas de guardar, que nos encontrábamos en la Plaza Mayor por la mañana, y paseábamos un buen rato, su conversación era muy amena y te contaba anécdotas de su vida, ya que estuvo a punto de ser médico militar de la Marina Española, luego le adjudicaron varios pueblos de la zona de Maragatería y posteriormente de La Cabrera, hasta llegar a ser nombrado especialista de la piel para los centros de salud de La Bañeza y Astorga, donde se jubiló, a los setenta años. Por tanto era una persona que tenía muchas vivencias y las solía contar con mucha gracia.

Ya jubilado, le tocó vivir los años de la apertura democrática de España y ponía a los políticos a caldo, porque permitían muchas inmoralidades, ya que él era un inconmovible defensor de la ética y la religión y decía que esas incongruencias de los políticos, le iban a traer muchos quebraderos de cabeza a nuestra nación. Fue también un defensor a ultranza de los grajos, ya que en los muchos árboles de su huerta, tenía una enorme cantidad de nidos de estas aves y decía que eran muy buenos para la agricultura, porque solo se alimentaban de los bichos que perjudicaban a las plantas.

De todas las maneras, los vecinos estaban enfadados con él, porque decían que en la primavera y el verano, el chillido de estos pájaros les tocaban diana muy pronto y al final se decidió por vender los árboles, pero le causó mucha pena, ya que él la gozaba contándonos la diferencia de los grajos de su huerta, con otras especies del mismo pájaro, porque había traído a unos ornitólogos para que los estudiaran. La verdad es que el Doctor en Medicina, Gonzalo de Mata Ferrero, fue un hombre entregado a su profesión, profundamente católico y enamorado de su tierra bañezana, donde descansó al final.

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