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Joyas de archivo (I)

● Ibañeza.es ►Lunes, 21 de diciembre de 2015 a las 8:45 Comentarios desactivados


La actividad humana viene generando desde que existe la escritura diversidad de documentos producto del más variado interactuar y relacionarse entre sus miembros. De hecho, las vidas de las gentes transcurren jalonadas por toda una serie de papeles de mayor o menor importancia, huellas de acontecimientos por los que pasaron en unos u otros momentos, algunos de ellos con el carácter de públicos u oficiales, y otros de índole privada. Los unos y los otros perviven o pueden subsistir y mantenerse a través del paso del tiempo, como agujeros por los que nos es dado asomarnos al pasado, en lugares de uno u otro tipo, en almacenes o en archivos. En éstos se han ido depositando los que, públicos o privados, se han considerado valiosos de unas u otras maneras para los actuales integrantes de una sociedad o para los futuros, y si bien todo archivo tiene algo de almacén, no todo depósito de papeles es un archivo.

Actividades cada vez más complejas e interrelacionadas han ido dando lugar a un cada vez mayor cuerpo de documentos oficiales en los diferentes ámbitos o instancias de los poderes públicos, también en el más cercano, en el municipal y en las variadas entidades locales que se entretejen en la vida de nuestros municipios. Así ha ido ocurriendo, lo mismo que en los demás, en nuestros pueblos, y en todos ellos o en sus consistorios se ha ido acumulando documentación histórica, “papeles”, pero no todos tales papeles son o constituyen un archivo; no en todos está tal documentación clasificada, catalogada, ordenada, seriada y detallada, descrita en su contenido, requisitos estos los precisos para que de la mera acumulación de documentos sin orden ni concierto se pase a la categoría de archivo útil y manejable, susceptible de rendir sus informaciones y servicios a quienes los precisen. Y pueden éstos ser variados y requeridos por las más diversas circunstancias o necesidades y es en ellas, satisfaciéndolas, cuando alcanza aquél su cometido de ser uno más de los servicios o prestaciones públicas al ciudadano.

Me temo que abundan en nuestra tierra más de lo que sería deseable los ayuntamientos (y otras entidades, como las parroquias) que disponen de un almacén de papeles históricos, más o menos numerosos, antiguos, valiosos…, y más o menos ordenados en algunos casos, pero que no llegan a la categoría de auténticos archivos y no son susceptibles de prestar adecuadamente tal servicio cuando alguien lo demanda, y creo que los poderes públicos debieran de buscar fórmulas para aplicarles las técnicas de la archivística y ponerlos así en valor y en posibilidades de explotación y mejor uso.

Frente al deficiente panorama descrito y del que algún caso conocemos, destaca muy positivamente el Archivo Municipal de La Bañeza, y lo hace en múltiples aspectos: por la riqueza de sus fondos y por su precisa descripción, por la cuidada catalogación de sus materiales, por el esmero con que es conservado y manejado, parejo al desplegado por sus responsables en el excelente trato a los usuarios y a quienes en petición de información a él se dirigen, todo facilidades y atenciones en las búsquedas de la información y los datos allí depositados, méritos extensibles todos ellos a quienes dirigen y gestionan la aneja Biblioteca Municipal que en el mismo edificio se ubica.

Hay en los papeles antiguos retazos de otras vidas. Ellos nos acercan a otras personas que transitaron y habitaron a veces los mismos lugares antes que nosotros; nos hablan de ellas, y a veces también nos interrogan como lo hacen desde sus ojos que nos miran los sujetos de las viejas y descoloridas fotografías; nos cuentan a su través las desventuras de sus existencias o las ilusiones que las animaron. De entre los numerosos y múltiples “papeles” custodiados con esmerado celo en este Archivo, el denominado “Conrado Blanco” en atención y agradecimiento al prócer bañezano, traemos hoy los que guardan el sueño irrealizado de dotar a La Bañeza de unos adecuados lavaderos públicos cuando la ingrata labor de lavar a mano era una más de las muchas exclusivas de las sufridas mujeres de una época ya pasada. De otro Archivo, más lejano éste, el Intermedio de la Región Militar Noroeste, en Ferrol, en el que acabó  la documentación generada por la represión militar del franquismo contra las gentes de una amplia zona geográfica, incluida nuestra tierra, acercamos el triste caso de otra mujer, Josefa Fernández Fernández, presa en el Campo de Concentración de San Marcos, en León, y el regalo que en forma de tarjeta desde allí envía a su marido, José María Fernández González, encarcelado a su vez en la Prisión bañezana.

Soñando lavaderos

Pero habremos de ir por partes, ocupándonos primero de la historia de aquellos lavaderos que no llegaron a materializarse, y que empezó ya antes de que acabara 1931, en noviembre, comenzó a activarse en La Bañeza el sueño que al cabo de los años devino irrealizado de dotar a la ciudad, tan abundante en aguas y regueros, de unos adecuados lavaderos públicos cuando la ingrata labor de lavar a mano era una más de las muchas exclusivas de las sufridas mujeres de una época ya pasada, y lo hizo cuando quienes eran el 16 de aquel mes concejales por la minoría socialista Ángel González González, Isaac Nistal Blanco, Narciso Asensio Asensio y Porfirio González Manjarín presentan al Ayuntamiento la propuesta de que se construyan tres lavaderos enclavados en la parte baja de la cuesta de Santa Marina (próximo al barrio de el Polvorín), en la plazuela de la calle de la Fuente, y en la de la Fuente de los Frailes (además de que se arregle y adecente el que ya existe en el sitio del Albergue), “cerrados con vidrios que eviten las corrientes del viento, y para que las mujeres puedan lavar de pie y con todas las condiciones higiénicas” (también en Ponferrada construir lavaderos cubiertos había sido una de las prioridades y primeras preocupaciones de su alcalde socialista, Francisco Puente Falagán).

Imagen antigua de lavanderas en el río.

En febrero de 1934 acudieron algunas señoras a la alcaldía en queja de que en las Fontanas, donde lavaban, ya no podían hacerlo por las aguas residuales de la azucarera que allí se añaden, solicitando que se limpie aquel paraje y se construyan lavaderos adecuados, asunto que se traslada a la comisión de Policía Rural para que les busque emplazamiento. Aparece en el documento que da cuenta de la queja la anotación “lavaderos invierno: Arrote. Fontanas. Uno hacía el Crucero”, que bien pudiera referirse a los que en aquel tiempo se venían utilizando (después de que en agosto de 1932 se dispusiera “la limpieza de las fuentes del Arrote y que se impida en ellas el lavado de la ropa”). La propuesta de construir lavaderos (que la corporación había desestimado) ya se había formulado antes incluyendo sus ubicaciones, como vimos, y ahora, en el pleno del día 14, se consideraba como “una necesidad de servicio público” y un asunto de urgencia (faltan lugares adecuados para emplazarlos, ya que las aguas deben ser de manantial) porque atañe a la higiene y salud del vecindario e interesa sobre todo a los obreros (dicen los concejales socialistas), ya que de no construirlos peligra la salud de sus mujeres, por lo que se encarga además a la comisión de Obras el estudio de los lugares donde deban instalarse, y al arquitecto municipal, Miguel Baz García, “un proyecto para que, derivando agua del reguero que pasa por la plaza de la Casa del Pueblo (hoy de las Tierras Bañezanas), se construya un abrevadero-lavadero y el agua vuelva a dicha alcantarilla, evitando con ello que algunos vecinos extraen aguas para ambos usos y que siguen cruzando la población”, atendiendo las indicaciones de residentes de las calles Marqués de Cubas y del Carmen que han pedido que se ejecute tal solución que proponen para evitar el curso de las aguas por dichas calles, pues se dice que existía en aquel paraje una compuerta para evitar extraer el agua, que ha desaparecido al igual que la cadena y el candado que la cerraba, y que existe otra entrada por donde puede discurrir para las citadas calles, y ha de estudiarse para remediar tal defecto.

Del libro LOS PROLEGÓMENOS DE LA TRAGEDIA (Historia menuda y minuciosa de las gentes de las Tierras Bañezanas -Valduerna, Valdería, Vegas del Tuerto y el Jamuz, La Cabrera, el Páramo y la Ribera del Órbigo- y de otras de la provincia, de 1808 a 1936), recientemente publicado en Ediciones del Lobo Sapiens) por José Cabañas González. (Más información en www.jiminiegos36.com)

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