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La magia de la Navidad

● A. Cordero ►Viernes, 25 de diciembre de 2020 a las 8:53 Comentarios desactivados


(Cuento de Navidad)

Javier llegó cargado con sus maletas a la casa donde hacía unos meses había cerrado las puertas para incorporarse a un nuevo trabajo que lo tendría lejos de su ciudad. Aún tarareaba mentalmente los últimos acordes del desfile de Carnaval, que retumbaban en su cabeza, cuando las calles se llenaban de gente envuelta en los disfraces más variopintos. El día que cogió el tren para marchar todavía le quedaban restos de brillantina en el pelo y recortes de confeti que se habían escondido en la capucha de su anorak y que guardó celosamente en su cartera todo el tiempo que estuvo lejos de su casa.

Volvía de nuevo por Navidad y la ilusión se había ido desvaneciendo a medida que enfilaba las calles que lo iban acercando a la casa de sus padres. Miraba a uno y otro lado y no veía a nadie. Las calles estaban desiertas y los carteles de “se vende”, “se traspasa” o “se alquila” que se repartían a ambos lados de las principales calles de la ciudad contrastaban con la bonita iluminación navideña que había colocado el ayuntamiento.

¡Qué incoherencia! –pensó- unas luces tan llamativas para una ciudad en la que las tiendas y los bares que llenaban de vida estas calles han tenido que cerrar víctimas de la pandemia. Sin embargo, sacó su móvil del bolsillo del abrigo y disparó unas cuantas fotos para subirlas a las redes sociales. Al fin y al cabo es para lo que las han puesto, se dijo a sí mismo. Sucumbiremos al embrujo de la luz y presumiremos de ciudad bonita ante mis amigos.

Al día siguiente salió de casa con la idea de tomar una cerveza y reencontrarse con amigos y conocidos de los que sólo sabía por las RRSS y, aunque sabía que no se podrían abrazar, si que sentiría el calor de su compañía mientras compartían espacio y confidencias de casi un año de ausencia, pero le esperaba la triste sorpresa al ver que el bar que atesoraba todos sus recuerdos ya no existía; era, como todos los que había visto el día anterior, un local en alquiler.

Ni el regreso a casa con los suyos, ni la magia de la Navidad podían atenuar el dolor de Javier al ver la decadencia de su ciudad y la desaparición de los lugares que amaba y no pudo evitar pensar en la ciudad de la que acababa de regresar y hacer una comparativa con la suya. Quizás si el ayuntamiento en vez de despilfarrar el dinero en esta preciosidad de luces para impresionar a no se sabe quien, hubiera ayudado económicamente a los empresarios que han tenido que bajar la trapa para siempre, esta ciudad seguiría viva y el bullicio seguiría llenando las calles que, aunque estuvieran menos decoradas, mantendrían el brillo en los ojos de sus ciudadanos.

Pero ya era tarde. Javier esperaba despertar del sueño y que la magia de la Navidad consiguiera terminar bien el cuento. Pensó que alguien le estaba gastando una broma y decidió revertir la situación. Cerró los ojos, deshizo sus pasos y volvió a casa por el mismo camino, con la intención de no dar ningún paso en falso. De pronto y, como en las películas de ciencia ficción, los escaparates de las tiendas se llenaron de artículos, los bares de clientes y las calles recobraron el bullicio que Javier recordaba.

-Menos mal- pensó. Ha sido todo un mal sueño. La cafetería de la esquina seguía ofreciendo los mismos cafés que tanto había echado de menos. El bar de José Manuel, con esa tortilla que hacía casi un año que no probaba y que nadie había conseguido igualar. Los turrones en las confiterías, los vinos, las tapas con los amigos y ese nosequé que tiene la Navidad que lo transforma todo. Abrió de nuevo los ojos y se dio cuenta de que la magia de la Navidad había obrado el milagro.

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