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La navajina, las carpetas y el nacimiento parroquial

● Polo Fuertes ►Martes, 18 de diciembre de 2012 a las 17:18 Comentarios desactivados


Cuento de Navidad

Era (bueno, es) una pequeña navaja que se la cambié a uno de los hermanos Portilla por cincuenta y tres carpetas de baraja, Un juego en el que entonces era yo un consumado erudito y ganador, en cualquiera de sus acepciones. Desde los cuatro cuadros de las ‘siete y media’, hasta el ‘monta, monta’ en la pared, pasando por el ‘robo’ en el suelo con los carpetones de goma. He de decir que las carpetas era un antiguo juego infantil, cuya materia prima, las carpetas, se fabricaban con viejas cartas de la baraja española. Se partía en dos, verticalmente, la carta y con los dos trozos se hacía lo propio de forma horizontal. Después, una complicada manipulación le daba pestañas a los cuatro trozos que se compaginaban para que la carpeta resultante tuviera una cara (la del dibujo del naipe) y una lis (la de la parte de atrás de la carta).

La navajina no tenía ninguna cosa del otro mundo, a no ser una protección dorada, que ocupaba casi todo el mango de madera, en el que el primero de los dueños había grabado con un punzón una P, como signo diferencial de su apellido. Una P que me venía también a mí como anillo al dedo, Polo (o Polito), el apócope con el que ya me conocían en La Bañeza.

Mientras que la hoja era pequeña de longitud, de poco más de cinco dedos, pero suficiente para el apaño que a mí me hacía, como era afilar varas, construir horquetas de tirador, crear tacos para lanzar balas de estopa o, si se terciaba, construir una chifla de saúco, que nunca llegaba a sonar.

El trato estaba hecho y, aunque después sus hermanos mayores quisieron deshacerlo, nunca llegó la sangre al río porque, por aquella época, yo era uno de los campeones corriendo a más no poder. Lo cierto es que, ahora mismo, aún tengo aquella navajina entre los dedos, como el mejor fetiche para iniciar este Cuento de Navidad Navidad. Cuento de Navidad que transcurre durante la colocación del nacimiento parroquial en la iglesia de Santa María, de donde era monaguillo. Justo delante del altar del Miserere, presidiendo la nave izquierda de esta imponente basílica.

Y es que la navajina era la mejor herramienta para ir colocando musgos y escorias de carbón, asentar puentes sobre ríos de cristal y papel de celofán o asentar el suelo irregular del portal de Belén, que cada año iba criando más cotra de tanto excremento del buey y la mula. Pero además, aquella navajina era un portento cortando las pajas del cuelmo que algún labrador siempre nos daba, para mullir las pisadas de los animales, o llenar el pesebre de pajas, donde acostábamos al Niño Jesús.

Hasta tal punto era eficiente aquella navajina, que en el último año que fui monaguillo, antes de entrar interno en un colegio de Salamanca, casi me rebano el dedo gordo de la mano derecha (yo siempre he sido zurdo de maniobrar), al resbalar la pequeña hoja por una falsa vara cuajada de nudos. La pronta intervención del párroco don Francisco Vitoria y un revoltijo de esparadrapo que Santi Cuervo trajo de la farmacia de don Gonzalo, hizo que cesara la hemorragia y no tuviéramos que ir a casa de don Mariano Luna, a que me cosiera el desaguisado. Desde entonces, siempre han ido juntas en el recuerdo la propia navajina y la destartalada cicatriz que luzco entre el dedo gordo y la muñeca.

Por todo ello, cuando el viejo Ratzinger soltó el otro día lo de que en el portal de Belén nunca hubo buey ni mula ni dios que lo fundo, a la estrella de los magos le cortó el rabo que las más de las veces la sostiene sobre el portal y puso a los Reyes Magos mirando para la Meca, me encorajinó. Nunca me gustó este papa ni su antecesor, Juan Pablo II. El primero por un exceso de exhibición impropio del cristianismo y el actual por su afán de notoriedad, que más que un papa parece un káiser alemán, primo carnal de doña Ángela Merkel.

A veces es mejor no leer chorradas, aunque las diga un papa, a cuya cátedra hay que quitarle la ‘EX’. Y con el alma perturbada, a pesar de mi ramalazo anticlerical, corrí al trastero de los olvidos, en busca de la navajina que, hace muchos años cambié por cincuenta y tres carpetas. Una vez quitadas unas pequeñas manchas de óxido, pase su hoja por la vieja cicatriz y me puse a cantar entre rabias aquel villancico que dice así, o parecido: “Ay del chiquirritín que ha nacido entre pajas…”. A la vez que tenía un recuerdo para aquella pareja del buey y la mula, a la que nunca he sido capaz de poner un yugo para rentabilizar su aparición en los evangelios.

Hoy, Benedicto XVI ha roto un nuevo esquema dentro de mi escudo de iconoclasta casi convencido. Después, cerré la navajina, limpié con el dorso de mi mano mi rebelde lágrima de cristiano viejo, que quedó prendida entre los nudos de aquella cicatriz que un día, hace muchos años, colocando el nacimiento parroquial a la vera del altar del Miserere, me marcó para siempre como monaguillo de la iglesia de Santa María de mi pueblo.

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