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La Sociedad Deportiva Bañezana: el primer equipo que vi en La Llanera

● José Cruz Cabo ►Miércoles, 8 de febrero de 2012 a las 10:17 Comentarios desactivados


José Cruz Cabo

Siendo yo un niño, los partidos de fútbol se jugaban en una explanada que había en el Barrio del Jardín o Convento, cuando aún existían las ruinas del cenobio que hubo en nuestra ciudad desde 1695 y que desapareció con la ley de Mendizábal, al expropiar los bienes de los conventos. Ya en los años 40 se fundó un equipo titular que se denominó Sociedad Deportiva Bañezana y cuyos partidos tenían lugar en La Llanera, entonces perteneciente a Falange Española, y allí fue donde me entró el gusanillo del fútbol. Aquellos partidos contra la Hullera, el Júpiter Leonés, el Astorga, el Banavente y otros fueron metiéndome el gusano del fútbol que practiqué, pero tuve que dejar por miedo a la tuberculosis. Precisamente, hace pocos días se murió en la ciudad maragata el último de aquellos jugadores que a mí me emocionaron de adolescente, José Delgado, más conocido por ‘Pepe Gaucho’. La alineación del mismo solía ser Sines, Antonio Cebolla y Pepe Gaucho, Cubero, Julio Dúviz y Antonio Dúviz, Juanín, Llamas, Seta, Quiñones y Gerardo o Chorras.

La Llanera se llenaba de gente para animar a nuestros jugadores, dado que en aquellos años no había otras diversiones más que el baile y el fútbol, además del Pérez Alonso en cine. Y entre los espectadores más asiduos, cuando estaba en nuestra ciudad, era el sacerdote Luis “Patanín”, que finalizó su sacerdocio en Barcelona. Verle cantar los goles que metía nuestro equipo era todo un espectáculo, ya que tiraba la teja al alto, el sombrero que entonces usaban los sacerdotes y algunas veces hasta la pisaba, al no acertar a recogerla cuando caía. Aquellos domingos, en los que jugaban en La Llanera, eran una gran alegría para una gran parte de la ciudad, ya que era una forma de pasar un domingo entretenido y disfrutar del aire, la lluvia y el sol en aquel campo de fútbol de arena y piedras, ya que la hierba de ahora brillaba por su ausencia; muchos raspones me hice yo, cuando casi al final de los cuarenta jugué dos campeonatos juveniles en dicho campo.

Las grandes paradas de aquel gran portero que fue Sines Aparicio, los magníficos remates de cabeza de Seta, el gran valladar que era Julio Dúviz, que hizo famosa la frase de Lángara “balón a mí que los arroyo”, la gran calidad de Antonio Dúviz, Cubero y Llamas, la velocidad y los magníficos pases de Juanín, Gerardo o Chorras desde las bandas, la seguridad de Cebolla y Gaucho, todos ellos nos hacían vibrar cuando éramos adolescentes. Eran famosos los abrazos que cuando nuestros jugadores marcaban un gol, se daban Sines y Gaucho. Siempre que La Bañeza marcaba, Pepe Delgado se iba hacia la portería propia y Sines se adelantaba unos metros y se daban un fuerte abrazo.

La pasión de los bañezanos de entonces por su equipo era incondicional, pero al mismo tiempo templada, aunque como ahora, había partidos en que los árbitros sacaban a los más ultras de sus casillas y les llamaban de todo; en eso, como ahora, nada ha cambiado. Iban muy pocas mujeres al campo en aquellos años en que la mujer “donde mejor estaba era en casa”, pero no podemos olvidarnos en aquellos años de tres incondicionales como eran Candelas, forofa del Atlétic de Bilbao, y Matilde y María, que lo eran del Real Madrid, ya que estas tres mujeres y quizá alguna más que no recuerdo, pero de todas formas pocas, no se perdían un partido del equipo titular de entonces y luego siguieron acudiendo hasta casi su muerte con La Bañeza Fútbol Club.

Las vallas de separación del público y el campo de juego eran de madera, que había que arreglar cada poco, porque los aficionados con su euforia o su cabreo, terminaban derribándolas o rompiendo parte de las mismas. Era una época de pobreza, de frío o de calor, que no se podía quitar cuando llegabas a casa, pues aquellos braseros de picón, solo calentaban los pies y la espalda se quedaba helada. Por eso, cuando a finales de los años cuarenta comenzaron los cines El California y el Salamanca a funcionar, la gente, sobre todo la trabajadora, se iba a calentar al cine porque era donde únicamente encontraban calefacción.

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