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Los comienzos de la Azucarera bañezana (I)

● IBAÑEZA.ES ►Lunes, 24 de noviembre de 2014 a las 9:54 Comentarios desactivados


La proliferación de azucareras a finales del siglo XIX y principios del XX se produjo tras la pérdida de Cuba y la prohibición de exportar azúcar a España desde la isla caribeña impuesta por los Estados Unidos, y así en el periodo comprendido entre 1882 y 1960 se construyeron un total de 91 plantas azucareras (entre ellas la de Veguellina de Órbigo, en 1898), de las que apenas quedan hoy docena, una de las cuales es todavía la situada en La Bañeza.

La Sociedad General Azucarera de España nace en julio de 1903 por la necesidad de regular la que ya entonces se entendía excesiva cantidad de fábricas existentes en el país. En 1911, por la fusión de Azucarera del Jalón (constituida en 1904) y la primitiva Compañía de Industrias Agrícolas (creada en 1910) surge la nueva Compañía de Industrias Agrícolas. Aquella primera Sociedad General y esta conforman en 1931 la entidad Azucarera de La Bañeza, S.A., aunque apenas cuatro años más tarde la sociedad bañezana pasa a ser propiedad de la última compañía y se convierte en su filial.

La fábrica de azúcar de La Bañeza inició su construcción a finales de 1930, curiosamente en el prolegómeno de la primera gran crisis del cultivo de la remolacha azucarera y de la industria del azúcar por causa de haberse construido hasta entonces más factorías de las necesarias para el abastecimiento del consumo y de la exportación, realizada por la compañía de construcción e infraestructuras Cubiertas y Tejados (fundada en 1916) en el tiempo record de diez meses. Su primera campaña de molienda fue la de 1931-1932. La prensa local glosaba las grandes ventajas que su instalación reportaría a la comarca, conseguida merced a las facilidades que tanto el ayuntamiento como los particulares dueños de los solares destinados a ella brindaron para su asentamiento, que constituyó el motor económico e industrial de crecimiento y de progreso de la ciudad y su área de influencia, y el estímulo y el dinamismo a cuyo ritmo se avecindaron catalanes, aragoneses y andaluces (principalmente) con sus nuevos modos de trabajo y sus ideas de progreso, y a cuya sombra surgían, ya cuando se construía, nuevos barrios o se levantaban nuevas casas en zonas como la Cuesta de Santa Marina, conocida coma la Barriada de El Polvorín. Con la Azucarera comenzó una nueva etapa de desarrollo. Al calor de su actividad surgieron talleres mecánicos y eléctricos, transportes, fondas y otras ocupaciones y labores que hicieron que en unos años el número de habitantes de la ciudad se duplicara.

Llegar a aquella realidad comportó recorrer un camino largo y no siempre sencillo: la Cámara Oficial de Industria y Comercio de León cooperó (su delegación de La Bañeza estaba aún sin constituir “por falta de unanimidad y solidaridad profesional” en mayo de 1933) a favorecer los trabajos preparatorios de su instalación, y sin duda lo hicieron también las actuaciones de la Unión Regional de Remolacheros y de la Federación Católica Agraria de León, y llamadas como la que desde el acto de divulgación social agraria en el Teatro Seoanez de La Bañeza el 22 de diciembre de 1929 hacía la Junta Local Remolachera y Narciso Asensio Asensio, labrador bañezano y vocal de aquella Unión (socialista, al menos unos años después), “a los cultivadores de remolacha y a todos los agricultores en general a conseguir el mayor fruto en un asunto que tanto les interesa”, cuando la ciudad había crecido y faltaba ya donde y en que ganarse el pan de cada día, pasando el obrero y el jornalero del campo semanas y meses enteros sin trabajo y sujetos cuando trabajaban a los salarios de hambre que pagaban los caciques y quienes con ellos detentaban el monopolio de sus medios de supervivencia, ayunando el trabajador y el campesino sin tierra propia ni arrendada mucho más de lo que su condición de cristiano le exigía; y ayunaban con él sus hijos, su mujer, y sus ancianos padres (diría Ernesto Méndez Luengo años más tarde).

A final de enero de 1930 se creaba la Comisión arbitral azucarera de la sexta Región, correspondiente a León y con residencia en Astorga, para dirimir contiendas y coordinar intereses entre los productores de remolacha y las empresas azucareras, y de ella, entre otros, forman parte los abogados Juan Espeso González, vicepresidente, y Julio Fernández y Fernández Núñez, secretario, ambos de La Bañeza, y el clérigo astorgano Pedro Martínez Juárez, como cultivador. El último, natural de Villoria de Órbigo, sería diputado por la CEDA en las elecciones de noviembre de 1933 y de febrero de 1936, y gran favorecedor de los agricultores de la zona y de sus economías con sus intervenciones parlamentarias para sacar adelante en 1935 la Ley remolachera, que incorporaba en el establecimiento del precio del tubérculo el factor de su riqueza en azúcar. En septiembre de aquel año existe ya un Jurado Mixto Azucarero asentado en Astorga, a cuyo presidente se remite el día 11 un oficio diligenciado por el director de la Azucarera bañezana.

De aquel recorrido nos ilustran tanto las actas de las sesiones que la corporación bañezana entonces realizaba, como las noticias locales que reseñaba el semanario La Opinión en aquel tiempo:

El 10 de noviembre de 1930 acuerda el consistorio en pleno “enajenar cuatro fincas rústicas (las llevaba en arriendo Nazario de la Fuente Monje) a favor de la Compañía de Industrias Agrícolas, enclavadas entre las que tal sociedad adquiere para construir una fábrica azucarera, cuyos beneficios en pro de la ciudad y la comarca son incalculables, así como prestarle desde la alcaldía todas las facilidades posibles para que sin dificultad ni dilación alguna se implante en este término tan beneficiosa mejora”. Parecidas facilidades brindaron los vecinos, y en especial Catalina Fernández-Llamazares (debía de poseer aquí más terrenos, pues ya en febrero de 1929 se le había expropiado alguno para la construcción de la carretera de Alija), de Madrid, descendiente de la emprendedora mujer leonesa igualmente nombrada, pionera en negocios de banca y otros, y Pablo Herrero, comerciante de Astorga, proveedor que había sido de la madera utilizada en las obras del palacio episcopal y tesorero en 1928 de la Federación Católica Agraria astorgana, y a unos y a otros manifiesta su agradecimiento la corporación.

En la sesión del 27 del mismo mes se alude a lo provechoso de la instalación de la factoría en cuanto solución a la crisis de trabajo; a las entregas de los cultivadores de remolacha de sus cosechas exentas de turno y con ahorro de transporte, y al aumento de la hacienda municipal por los tributos de consumos, y se concretan las ventajas ofrecidas en la extracción de piedra y arena de las canteras y terrenos comunales sin exacción alguna y sin arbitrios de ningún tipo por edificación o establecimiento industrial. Se ceden además para los usos de la fábrica las aguas que desde tiempo inmemorial se toman del Duerna por el reguero de la Parra, en Sacaojos, y por los cauces concejiles desde el 9 de septiembre al 30 de abril, en que no son utilizadas para riegos. Las cinco fincas enajenadas se venden a la compañía al precio de 600 pesetas la hemina de regadío, y al de 100 la parte del terreno comunal de la Vega de Arriba sito entre la carretera Madrid-Coruña y la Zaya de los Molinos, respetando lo concedido anteriormente al Patronato de Turismo para la construcción del Albergue. Tales concesiones y ventas no comprometen el crédito municipal, cuyo estado es floreciente, se dice, máxime si la prosperidad de la ciudad y del ayuntamiento ha de ser favorecida con la instalación de esta industria, “lo que justifica sobradamente el bajo precio señalado”.

Así que, según sigue contando Ernesto Méndez Luengo, cierto día llegaron unos ingenieros que portaban planos y aparatos de topografía; dijeron que iban a montar una fábrica azucarera y que esto supondría trabajo y pan para todos. Cercaron el trozo de vega más rico y comenzaron su construcción con mano de obra casi regalada. Cuando terminaron las obras, todos los obreros quedaron en la calle, con excepción de un puñado de albañiles y mecánicos incorporados eventualmente a la plantilla de la empresa. Para cubrir el resto de la nómina y los puestos mejor remunerados, el trust azucarero envió personal propio de otras regiones, principalmente de Aragón y Andalucía.

El 19 de febrero de 1931 “se concede a la Sociedad Anónima Azucarera de La Bañeza (de la que son accionistas los catalanes señores Suñol y Carner, y gerente el señor Bordás) “el derecho a pasar las aguas residuales de la fabricación por el plantel del Duerna, en una faja de dos metros de anchura y de la longitud precisa para el desagüe”. La transformación de la remolacha en azúcar se habrá de conseguir mediante la corriente suministrada por Hidroeléctrica del Eria procedente de su salto de Morla de la Valdería. El 17 de agosto de 1936 los sublevados de la Junta de Defensa Nacional de España incautarán provisionalmente la factoría bañezana y las demás de la sociedad Industrias Agrícolas de la zona rebelde (las azucareras de Santa Eulalia del Campo, en Teruel; Épila, en Zaragoza, y Alfaro, en Logroño), por entenderla opuesta al interés general de la nación, sin que ello afectara al funcionamiento de la empresa y a su ritmo productivo, precipitada medida que se rectificará el 7 de noviembre quedando tan solo referida a lo que en la compañía corresponde a tres concretos socios, entre los que se hallan José Suñol Casanovas y Jaime Carner Romeo, y por lo que hacía a La Bañeza, en torno al día 25 de aquel mes el delegado militar en la Azucarera visitaba en la Casa Consistorial a Inocencio Santos Vidales, entonces alcalde bañezano.

Del libro LOS PROLEGÓMENOS DE LA TRAGEDIA (Historia menuda y minuciosa de las gentes de las Tierras Bañezanas -Valduerna, Valdería, Vegas del Tuerto y el Jamuz, La Cabrera, el Páramo y la Ribera del Órbigo- y de otras de la provincia, de 1808 a 1936), recientemente publicado en Ediciones del Lobo Sapiens) por José Cabañas González. (Más información en www.jiminiegos36.com)

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