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Los indignados, la lucidez y el voto en blanco

● Ibañeza.es ►Viernes, 27 de mayo de 2011 a las 8:56 Comentarios desactivados


«Mal tiempo para votar, se quejó el presidente de la mesa electoral número catorce […] Pasaba la medianoche cuando el escrutinio terminó. Los votos válidos no llegaban al veinticinco por ciento […] Todos los otros, más del setenta por ciento de la totalidad, estaban en blanco.» Son extractos del primer capítulo del Ensayo sobre la lucidez de Saramago. El libro del escritor portugués podría encuadrarse en casi cualquier punto del mundo occidental y en casi cualquier momento de nuestra historia moderna. El argumento es tan universal como el descrédito que acumula la clase política, el del hartazgo de los ciudadanos a sus insanas costumbres, a sus pérfidas maneras.. No son las de todos, pero hieren como las de ninguno.

Desde el 15 de marzo las redes sociales han provocado un fenómeno en el centro de nuestras ciudades. Miles de chicos salen a la calle y acampan en nuestras plazas. Gritan consignas, agitan pancartas, levantan los brazos e intercambian propuestas. He oído de todo. He oído que están convocados por la extrema izquierda, para orquestar una especie de campaña ilegal contra la derecha. He oído que son un movimiento de la derecha, para derrocar al Gobierno y provocar el adelanto de las generales. He oído que son la prolongación de las protestas árabes, como si fueran un pueblo con ganas de democracia subyugados por una especie de Gadafi. He oído que son antisistema, perroflautas, ocupas, vagos y maleantes. He oído de todo y la verdad es que me ha hecho gracia. Qué osada es la gente cuando no entiende.

Lo más gracioso es que todo esto nos haya cogido por sorpresa cuando llevamos años esperando que los jóvenes tomen las calles y se dejen las gargantas. Hay quienes dicen que hay otras fórmulas y que nuestra democracia las recoge. ¿Pero cómo tomar parte de un sistema que se ha empeñado en excluirte? Claro, nos encanta la fórmula paternalista, donde el estado rige las horas de vigilia y los dormidos sueñan sin salirse de las directrices. El otro día leí una pancarta colgada en la Puerta del Sol: «Sino nos dejáis soñar, no os dejaremos dormir». Yo cuando me harto escribo, los protagonistas del libro de Saramago votan en blanco y los jóvenes de nuestro país se echan a la calle. No hay que alarmarse ni retorcerse ni imaginar conspiranoias absurdas. Cuando a Alex DeLarge lo someten en La Naranja Mecánica al tratamiento Ludovico (que consiste básicamente en un visionado permanente de imágenes violentas) éste pierde por completo la capacidad de ser violento, pero además, le generan un efecto secundario: no puede escuchar la Novena Sinfonía de Beethoven (la música con la que acompañaban las imágenes). Cuando permanente vemos mierda en la televisión (corruptelas, fraudes, estafas y ordinarieces) y las vemos en su mayoría acompañadas por tipos con corbatas y cargos, el efecto en nosotros (secundario o no) es el asqueo, de los unos y de los otros.

«No podemos preguntarle si oyó los dos tiros sucesivos, yace muerta en el suelo y la sangre corre y gotea hasta el piso de abajo. El perro viene corriendo desde dentro, olfatea y lame la cara de la dueña, después estira el cuello hacia arriba y suelta un aullido escalofriante que otro tiro inmediatamente corta. Entonces un ciego preguntó, Has oído algo, Tres tiros, respondió el otro, Pero había también un perro dando aullidos, Ya se ha callado, habrá sido el tercer tiro, Menos mal, detesto oír los perros aullando.»

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