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Los perritos de sus dueños y los excrementos de los vecinos

● A. Cordero ►Viernes, 20 de enero de 2017 a las 8:49 Comentarios desactivados


Hace un año por estas fechas estaba ultimando el pregón que tenía que pronunciar en la fiesta de San Antón, y jugando entre lo serio y lo jocoso, metí entre los versos de mi discurso algunos que hacían mención a los dueños de los perros y de lo poco que agradarían al Santo algunas actitudes tan poco sociales y tan distintas a las normas de convivencia que nos rigen y que a todos nos gustan. La intención era que el eco de mi ironía se mezclara con la bendición y llegara a alguno de ellos, a ser posible perdurando en el tiempo.

Creo que no lo conseguí, porque cada noche cuando salgo a caminar por las calles aledañas a la mía, tengo que ir pendiente de dónde pongo los pies si no quiero llevarme un recuerdo para casa. Se nota que cuando se deja de hablar de las ordenanzas municipales en materia de excrementos perrunos y de la multa que le pusieron a “Fulanito”, los dueños de los perros se relajan y continúan cada día dejando su impronta en cualquier rincón apartado donde pasa menos gente que en el centro, sin despeinarse y saltándose a la torera todo tipo de normas, leyes, conductas y comportamientos.

Ajenos al hecho de ser protagonistas de este artículo y creyéndose poseedores de una bula o similar que les deja hacer a su antojo, hacen uso de la doble vara de medir y no se paran a pensar ni por un momento en el derecho que tienen los paseantes y los vecinos del portal de tener su entrada libre de semejantes dádivas. Se parapetan detrás de los derechos perrunos y no se cortan un pelo en poner a los pobres animalitos a dejar sus deposiciones en cualquier parte, sin distinguir si el lugar elegido por el can es la puerta de la iglesia o las escaleras de una casa particular.

Quizás la proximidad de la festividad de San Antón y la devoción que me inculcaron mis padres de pequeña, me ha servido a mi como inspiración para este artículo; espero que de igual modo les sirva a los marranos (de dos patas) para tomar conciencia de lo que significa tener devoción a un santo y dejarse llevar por sus enseñanzas; o más bien, para intentar al menos meterse por un momento en la piel de San Antón e imaginar lo que éste les diría si los sorprende obsequiando a los vecinos y viandantes con este tipo de presentes.

Igual imaginan bien, porque tontos no son y eso que se imaginen es lo que desde estas líneas les recomendaría que les digan a sus hijos cuando los encaminen a la plaza del Salvador a recibir de manos de don Arturo la bendición del Santo y, claro está, ponerlo en práctica cada día, porque San Antón no descansa y es patrón todo el año…

*Dueños de dulces perritos, ¿se imaginan a sus hijos recordándoles cada día que San Antón los mira y los ha visto dejando un recadito olvidado? No, no se precipiten y piensen bien lo que les van a responder.

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