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Los quintos que parieron las madrinas de guerra

● Polo Fuertes ►Martes, 2 de agosto de 2011 a las 17:40 Comentarios desactivados


El pasado domingo, un nutrido grupo de quintos del 61, o sea, los nacidos en 1940, celebraron, celebramos las bodas de oro con el servicio militar. Medio siglo desde que botamos el gorro por las calles de La Bañeza, cuando de verdad se botaba el gorro, tras haber sido tallados en el Ayuntamiento y sorteados en la caja de reclutas de Astorga, por ver si la mili la cumplías en tierras de la península o te tocaba para África y te despedías de familia y novias durante catorce o quince meses.

¡Ay Dios que pena! “No siento marchar a África / ni que el moro me tutele, / lo que siento es mi morena / que un chulo me la camele”, se cantaba en aquella fiesta, en la que por primera vez, un burro que nos alquiló Turiel, el’Andarín’ nos hizo de mascota y se achispó un tanto, como los botantes del gorro que, al final, ni botaba ni dios que lo fundó.

A lo largo de todo el domingo miles de anécdotas de nuestro paso por los cuarteles de España salieron a relucir durante la comida de hermandad, lo mismo que un improvisado coro ponía música a los chistes que cada cual contó o relató. Antes ofrecimos una misa por los quintos difuntos, que ya completan una larga lista. Seguíamos siendo los quintos del 61, los que siempre, en estos cincuenta años, nos llamábamos por ese grado militar, más que por el nombre o el apellido, tanto los que vivimos en la ciudad habitualmente, como los que sólo pasan unos meses cuando vienen de vacaciones.

Y es que somos unos quintos un tanto singulares, una hornada que nacimos en 1940 y que nuestros padres nos concibieron aún, con el susto entre los sueños, con congojas en el alma, tras la finalización de la guerra incivil en la que habían luchado. Había sido, tuvo que ser un acto de amor inconstante, aún con pólvora entre las uñas y los recuerdos, temblando…, de los tiros y cohetes que había tirado y recibido. Fuimos una hornada singular que esperó la concepción entre besos lejanos y cartas a la novia, a la madrina de guerra que esperaba la paz para poder seguir amando, para poder seguir besando, para poder seguir viviendo. Una guerra de la que nunca quisimos saber nada porque, de alguna forma, había marcado nuestra llegada a este mundo.

Los quintos del 61 fuimos los hijos que parieron aquellas madrinas de guerra y que el pasado domingo nos reunimos en camaradería los que quisimos, o los que pudimos, porque, ya digo, un numeroso grupo ha seguido ya el camino de las estrellas, el camino del cementerio.

Muchos de los quintos que el otro día nos reunimos llegaron de tierras lejanas, de donde apenas han podido regresar, lo que hizo que los abrazos se confundieran muchas veces con las emociones, los recuerdos y las añoranzas de aquellos niños de posguerra que sabíamos como nadie saltar huertas, pescar cangrejos a mano y barbos a ojete o cascar alguna jícara del tendido eléctrico con los tiradores (tirachinas que dicen ahora).

Alguno vino ex profeso desde tierras vascas y casi marchó de inmediato, con el último trago de café sin dar vueltas de cucharilla porque, aunque por la edad tendría que estar jubilado, “tengo aún una pequeña empresa con más de 250 empleados que no puedo dejar aún en la estacada” (coño, Manolo, ¿cómo son las grandes empresas en Bilbao?), me apuntó Manolo Fernández, nuestro ‘Manolito Cachas’, uno de los más rebeldes de nuestra niñez.

Por eso, amigos lectores, dejadme apuntar unos versos que, con tal motivo, me apresuré a crear apresuradamente para la ocasión, con el título ‘Bodas de oro de los quintos del 61′, para brindar en este día tan señalado:

“De nuestro servicio a España / cumplimos cincuenta años. / Bodas de oro y laureles / con las que nunca soñamos. / A África fueron unos, / otros aquí nos quedamos, / también fuimos voluntarios, / los tragos todos pasamos.

Quintos del sesenta y uno, / medio siglo hemos pasado / llamándonos todos quintos, / quintos…, o casi hermanos. / Singular fue nuestra hornada / que el porvenir nos buscamos / por los caminos del mundo, / las mil sendas que pasamos. / Singular fue nuestra hornada, / amasada mano a mano, / fruto de amores sentidos, / de amores casi asustados, / tras una guerra incivil / que nuestros padres lucharon. / Hubo pólvora de amores / y besos siempre lejanos.

Quintos del sesenta y uno, / cumplimos cincuenta años, / y en este que está pasando / a setenta y uno vamos. / Aunque dicen las mis nietas: / “Que son diecisiete, yayo”, / cambiando el uno y el siete / como un simple garabato.

Quintos del sesenta y uno, / que medio siglo ha pasado. / permitidme recordar / a otros quintos que marcharon / camino de las estrellas, / camino del Campo Santo.

Quintos del sesenta y uno, / cumplimos cincuenta años, / brindemos todos unidos / levantando nuestros vasos. / Hoy es un día de fiesta, / que medio siglo ha pasado, / llamándonos todos quintos, / quintos…, o casi hermanos”.

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