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Mi caballo por una nevada

● Ibañeza.es ►Sábado, 26 de enero de 2013 a las 9:58 Comentarios desactivados


Pero una nevada como Dios manda. No cuatro copos de perra gorda, que es lo que ha caído este año, mientras que el pasado, no lo hizo ni para una apuesta. Bueno, en realidad, la frase era ‘Mi reino por un caballo’ que, dicen, pronunció el rey de Inglaterra, Ricardo III en el fragor de una batalla de esas que tenían nobles, reyes y plebeyos, allá por los tiempos de ‘Maricastaña’. Pero puede valer para sostener esta columna que parece un palo, máxime, si se tiene en cuenta que en La Bañeza ya respiramos los octanajes del carnaval.

Pero hay más. Como podéis suponer mis buenos lectores, y bien supuesto está, yo no tengo reino del que hacer uso, ni tampoco caballo. Aunque cada vez que me para la Guardia Civil de Tráfico, siempre me interpelan con el “muy buenas, caballero”. Así que ni tampoco soy ni quiero ser caballero. Porque para una vez que me monté en un cuadrúpedo de marras, manso como una monja de clausura, me tiró por el pescuezo para abajo, al antojársele beber agua en un reguero que atravesaba el camino. Fueron cosas de recién casado, hace casi medio siglo.

Por eso, queridos y sufridos lectores, os he empaquetado un título muy bonito, pero sin seso. Como cualquier disfraz de carnaval, como cualquier máscara de los días que se avecinan. Además, donde debe nevar, pero nevar a cántaros, a paladas, es por detrás de la presa del embalse de Barrios de Luna, que es el lago artificial que nos dará agua en el verano. Debe nevar y llover, por ver si sube su prima de riesgo pantanal por encima de 60 por ciento.

Porque sino, no sé muy bien cómo voy a regar mis asuetos en el huerto, entre fréjoles y alcachofas, patatas y cebollas, tomates y pimientos, calabacines y pepinos, rosales y parras. Ese asueto que viene a ser mi otro carnaval de primavera y verano. Claro que daría mi caballo por una nevada de las de antes, aunque no tenga ni un caballo para mandar tocar a un ciego.

Me gustó desde siempre la nieve. Ver nevar, más bien. Después, cuando tuve que coger un coche, fue harina de otro costal. Aunque de joven se aguanta todo y, sino, se ponen cadenas. Ahora, ya de más edad, me sigue gustando, casi entusiasmando, la nieve. Pero entre visillos. El otro día, cuando me levanté y vi los tejados manchados de la blanca espuma se me alegró el día, porque podía ser el principio de una gran nevada. Casi todo era perfecto. Hasta que empezaron a parlotear los meteorólogos y la incipiente nevada quedó en una cagadita de paloma coja.

Aunque se oían también las buenas noticias de que para arriba, para la montaña, se estaba encabritando la borrasca blanca y se despachaba a gusto. Pero la prima de riesgo pantanal apenas se ha movido en sus dígitos.

Dentro de mi ya provecta edad, los recuerdos de las grandes nevadas por las que he tenido que pasar a lo largo de mi vida convergen en una espectacular en tierras salmantinas, cuando en los primeros años de la década de los cincuenta del pasado siglo estuvo más de un día sin parar, llegando a cuajar en algunos remolinos hasta dos metros y medio de altura, en los patios de aquella casona de la calle Fonseca, de la capital charra.

Otra impresionante fue, también por aquella década, tras la celebración de los prohibidos carnavales de La Bañeza y en plena Santa Misión, una que cayó en la ciudad, en la que tuvimos que abrir camino a paladas por las aceras, en la calle Astorga, donde vivíamos de niños, hasta la iglesia, para poder asistir a las sesiones de aquellos ejercicios espirituales programados.

Y por último, en Madrid de los sesenta del siglo pasado, una tormenta, al día siguiente de la celebración de los Reyes Magos, paralizó la capital de España durante un par de días. El resto de mis recuerdos son apenas cagaditas para joder la procesión y poco más.

Sí, quizá sea un poco exagerado lo del caballo por una nevada. Más que nada porque no tengo un caballo. Pero sería un poco cachondo, sin pretensiones, oiga, que, antes de que empiecen las celebraciones carnavaleras, se abriesen los contenedores celestiales de la nieve y nos recordara que también nieva al sur de California, digo de León. O sea, en La Bañeza.

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