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Milagros para una Virgen (Cuentos de Nuestra Señora de la Lluvia)

● Polo Fuertes ►Sábado, 12 de mayo de 2012 a las 9:11 Comentarios desactivados


En los últimos treinta años he sido un asiduo de las distintas romerías a celebrar en el santuario de la Virgen de Castrotierra. Bien desde el aspecto religioso, como desde el laboral de la información y siempre con la bandera de disfrutar y ver disfrutar a la gente. Raro es el año que tanto en San Miguel, el Uno de Mayo, como en Pentecostés o si llega a votarse, como este año, que no me doy una escapada hasta los altos del Castro para ver flotar pendones y vírgenes por la campiña que recortan el río Duerna y el de los Peces.

Por eso, hoy traigo a colación aquella primera romería a la que, siendo un chaval de seis o siete años, asistí a esta aventura que siempre lleva implícita un milagro. Mucho de la que sigue, casi todo, es pura biografía. El resto…, son retazos de mi imaginación o el deseo ilusorio de mi fantasía. Gracias.

Aquel año había sido muy parecido a éste. No recuerdo muy bien si era mayo de 1946 o 1947. Mi madre nos había levantado muy temprano, tras dormir en casa de la abuela Anselma. Tío Agustín ya había enganchado la mula y el macho al carro que, en la tarde anterior habíamos engalanado entre todos, con colchas y cobertores y cintas de colores que colgaban al viento. A los mulos también le habían puesto cosas en los cabezales y alrededor de los cascabeles.

Íbamos a la Virgen del Castro. Otros dos primos y yo (los más mayores de la familia) habíamos sido elegidos para asistir a la romería, tras la vuelta al santuario de Nuestra Señora de la Lluvia. Sí, aquel año había sido muy parecido a éste. Un invierno seco y frío había dado paso a una primavera ventosa, en la que no había caído ni una gota de lluvia. Por eso, una semana antes había partido la procesión de Nuestra Señora de la Lluvia hacia Astorga, según nos había contado la abuela Anselma. Y, nada más salir, se habían abierto las nubes y no había parado de llover hasta el día anterior.

Los tres primos y mamá y tío Agustín arrancamos de la puerta de casa de aquella calle de Triana (hoy Lope de Vega), para vivir la aventura de la romería. Algo misterioso que aún no habíamos podido vislumbrar de las explicaciones que nos había descrito la abuela Anselma. Era una cosa muy rara. Porque había que rezar mucho para dar gracias a la Virgen del Castro y después bailar y danzar y comer de campo y cantar los cantares que nos había enseñado a todos los primos mi madre, experta en canciones populares.

El camino hasta el Castro se hizo largo y nos dio tiempo de dar alguna cabezada de sueño al salir el sol. Otros ratos, los cánticos se confundían con los relatos que mi madre y tío Agustín nos iban contando sobre los milagros que, de cuando en vez, otorgaba Nuestra Señora de la Lluvia, sin contar, que cada vez que la sacaban se terminaba la sequía.

Fue mamá la que desarrolló aquel milagro que había concedido a nuestro abuelo materno, Manuel, después de venir mancado e inválido de la guerra de Cuba: “El abuelo Manuel, nuestro padre (el de mi madre y tío Agustín) era muy joven cuando lo llevaron a la guerra de Cuba y, tras los padecimientos, llegó muy enfermo y ningún médico daba razón de su curación. Por eso, la bisabuela, ofreció subir la cuesta de la Virgen del Castro de rodillas, si curaba a vuestro abuelo”, refirió mamá a los tres primos que, ensimismados se nos fue pasando el tiempo del camino desde La Bañeza al santuario de Nuestra Señora de la Lluvia.

Y el abuelo Manuel curó. Más por su juventud que por la propia intervención virginal. Ninguno de los tres primos habíamos conocido al abuelo Manuel. El pobre murió en 1936 en un tren correo que lo llevaba a un quirófano de Madrid, para ser operado a vida o muerte de un cólico miserere, según nos contó después la abuela Anselma.

El abuelo Manuel curó y nuestra bisabuela cumplió la promesa, subiendo de rodillas la cuestona al santuario de la Virgen del Castro. Una cuesta empinada de casi un kilómetro de longitud que, en aquel entonces, estaba serpenteada de tierra arenosa y peñas desconchadas que dejaron coja a la buena mujer para el resto de su vida.

Al llegar a Castrotierra, dejamos el carro en una pradera a la vera del promontorio que sostiene el santuario de Nuestra Señora de la Lluvia. Y desde el carro pudimos ver en primera fila la larga procesión que encabezaban medio centenar de banderas enormes, de mil colores, que tanto mamá como tío Agustín nos dijeron que se llamaban pendones. Después llegaron las cruces procesionales y un sin fin de imágenes de la Virgen, detrás de cada cual, un cura revestido dirigía las plegarias en forma de letanías latinas, dando gracias al cielo por la lluvia caída, que había salvado, según tío Agustín la cosecha de aquel año.

A la sombra del propio carro, cuyos mulos habían sido estacados, comimos las viandas que habían venido en tarteras de barro y una fiambrera. Después, para bajar la comida subimos todos juntos cantando hasta la iglesia, que estaba rodeada de una cerca de piedra, en cuya contorna, mozos y mozas interpretaban bailando las jotas que tocaban varios músicos con chifla y tamboril.

Todo aquello era la romería de la Virgen del Castro. Romería en la que se combinaban los rezos con los cánticos populares y los bailes. Además, tío Agustín nos compró a los tres primos avellanas, almendras y piñones, a los que los mayores llamaron perdones. Lo cual hizo que nos entretuviéramos los tres partiendo las cáscaras con piedras al efecto.

El regreso fue más entretenido que la ida porque por el camino de la Valduerna se fue llenado de una larga cola de carros engalanados, Gentes a caballo y la mayor parte andando; mientras en la campiña seguían sonando sones de romería con olor a tortilla y escabeche encebollado, mientras grandes y pequeños ensayábamos la forma de dar en la boca con el chorro de la bota de vino.

Ya cerca de La Bañeza, una nube negra se convirtió en aguacero que calaba a carreteros y andarines, como barriendo los últimos pecados de una romería, que cientos de paisanos habíamos celebrado en el santuario de Nuestra Señora de la Lluvia, como acción de gracias a otro milagro de la naturaleza.

Las campanas de la iglesia de San Salvador anunciaron que nuestra casa estaba a la vuelta del último recodo. Mientras, en la lejanía pitaba el correo de Madrid que estaba a punto de entrar en agujas. Y la lluvia seguía calando colchas y cobertores que, ahora, servían de todo a los carreteros, a los romeros.

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