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Niemeyer y Avilés

● Ibañeza.es ►Martes, 19 de julio de 2011 a las 21:16 Comentarios desactivados


La primera vez que llegué a Avilés fue a finales de agosto de 1980. A medida que el tren se acercaba iba apareciendo ante mí la ciudad industrial. Una enorme Ensidesa oscura y humeante  que desembocaba en una ría negra y pestilente. La lluvia ponía un toque todavía más dramático a la escena de mi llegada a la estación. Esa fue la primera impresión Avilés. A la llegada me estaba esperando Pilar y el día se iluminó un poco entre risas, longaniza y sidras en “La Tataguya”, una preciosa taberna de 1845, en la primitiva plaza de ganados.

Centro Niemeyer de Avilés. / Foto: Toño

Ayer, cuando cruzaba la pasarela de acero corten hacía el centro Niemeyer, también con las negras nubes y la lluvia como testigos presenciales, no pude por menos que comparar aquella primera imagen de Avilés que os acabo de relatar, con la impresionante postal que se me mostraba ante mis ojos: el conjunto de edificios que Oscar Niemeyer, uno de los más grandes arquitectos de todos los tiempos, ha realizado en la antigua zona industrial colindante con la ría. Una inmensa plaza llena de edificios y elementos blancos con algunos toques de color amarillo, rojo o gris. Esas formas o estilemas que caracterizan a este autor, la mayoría de ellos ya mostrados en ese inmenso catálogo de formas niemeyerianas que es Brasilia y otras obras conocidas mundialmente, como la semiesfera a modo de moderno panteón romano, los juegos de curva y contracurva en sus famosas rampas o las bellas formas cóncavo-convexas del auditorio.

En fin,  el síndrome de Sthendal o algo muy parecido se apoderó de mi en esta primera mirada desde la pasarela y a medida que iba caminando por la inmensa plaza, entre la colección de esculturas abstractas y multicolores en fibra de vidrio del pintor y escultor informalista Cristobal Gabarrón. Dos series una sobre el Quijote y otra dedicada a Colón que, desde lejos, ponían una nota graciosa y colorista a la “arquitectura alegre” del genial brasileño.

Visitamos todos los edificios para disfrutar de este juego arquitectónico de belleza y originalidad. En el centro de la gran plaza, rodeado de estas moles blancas, parece que estoy en un pequeño planeta, rodeado de las grúas portuarias, de la propia ría y sus embarcaciones deportivas y a otro lado las preciosas fachadas modernistas de Avilés que se han lavado la cara para mostrar su mejor aspecto a los muchos visitantes que acudirán a esta bonita ciudad de norte que había estado enmascarada por el humo y el hollín de la industrialización.

Ya estoy dentro de la semiesfera donde se muestra la exposición “Luz” de Carlos Saura. Me gustó mucho. Muy didáctica, en ella se mezclan las maquetas, las instalaciones las proyecciones y otros artilugios que caracterizan la obra de este genio del cine. El complicado montaje, que en algunos aspectos me recordaba a los del Musac de León, está perfectamente resuelto con la dificultad añadida de las superficies curvas del edificio.

Hemos pasado la mañana en este nuevo espacio cultural para el mundo. La marca Niemeyer traerá muchos visitantes solamente por su arquitectura, a poco que la programación de actividades funcione correctamente, promete ser un revulsivo importante para Avilés y para toda Asturias.

Cruzamos otra vez la pasarela con destino a la ciudad que nos espera con su importante casco histórico prácticamente todo rehabilitado. Con una oferta que contrasta con la arquitectura contemporánea que hemos visto. Bellos edificios a partir del siglo XII, como el palacio y parque de la Marquesa de Ferrera, San Nicolás de Bari, la Capilla de los Alas, los palacios de Valdecarzana o Camposagrado, la iglesia neogótica de Santo Tomás de Cantorbery o el neobarroco Teatro Palacio Valdés. Hay muchos más y también muchos y bellos edificios civiles que sorprenden al visitante que sigue caminando por las típicas calles de Rivero o Galiana y que puede reponerse del duro acontecer viajero con la buena gastronomía de bares y restaurantes, la mayoría con precios anticrisis.

Quizás me pierda el cariño que le tengo. Son muchos años yendo y viniendo a Avilés, viendo poco a poco su transformación, pero mi visión de hoy me confirma que el futuro turístico de esta ciudad es enorme, siempre que todas las fuerzas remen en la misma dirección y se hagan las cosas bien.

Me vais a perdonar, pero tengo que echar unos culines de sidra y picar algo con unos amigos. Solo me queda animaros a venir a Avilés para poder comprobar, cualquier fin de semana, que todo lo que digo es verdad. Ah, se me olvidaba, la taberna “La Tataguya”, de la que os hablaba al principio de este artículo, ahora tiene una estrella Michelín y, claro, los precios no son los mismos que cuando yo la conocí.

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