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Otoños y pretextos

● Ibañeza.es ►Lunes, 1 de noviembre de 2010 a las 8:11 Comentarios desactivados


Charo Martínez Domínguez

Es difícil escribir sobre el otoño sin caer en los tópicos de siempre. Tenía que buscar un pretexto para describir, en unas líneas, el otoño en La Bañeza, pero no sé porque siempre he sentido una especie de pudor infundado al desnudar mi alma y encontrar las palabras para esta época del año que tanto me gusta.

El otoño son las hojas secas que alfombran el Jardinillo. Los tonos de los árboles de la Plaza de los Cacharros. La vista de la estación solitaria que evoca los pitidos de trenes que pasaron. El viejo reloj que un día se cansó de andar. Los colores de la vida que se renueva para ceder el paso. La vuelta a la rutina después del verano desordenado. El otoño son los escolares repeinados con sus mochilas a cuestas. Ojos soñolientos que se resisten a salir del mundo de los sueños.

A primera hora de la mañana, cuando aún no están puestas las calles, el silencio es tan intenso que se podría cortar. Los sonidos del silencio se rompen con unos pasos apresurados marcando el ritmo del día. Hacia el trabajo o hacia el coche de línea que lleva, tantas veces, almas angustiadas de visita, obligada, a hospitales capitalinos y laberínticos.

Los colores de las ropas dan la señal de cambio. Otro pretexto para estrenar ropa de abrigo y botas a la moda. “Habrá que prender la calefacción”, dice una abuelina menuda y vivaracha.” Y por Los Santos, la nieve por los altos y por San Andrés, nevadicas tres”.

El primero de Noviembre nos dice muchas cosas. Me resisto a admitir la fiesta calabacera del Halloween. Es el mes de las Ánimas y de los estrenos teatrales. ¿Podremos para el año próximo asistir a alguna función en el Pérez Alonso?. Tiempo al tiempo. Aquí tenemos el Otoño Coral, conmemoraciones y aniversarios. Asociaciones que celebran sus años de andadura. 25 años cumple Adelba y parece que fue ayer cuando empezaron.

Noviembre es también tiempo de sementera. Los hilos de las arañas nos atrapan. Echo de menos las castañeras y sus máquinas de asar. Los cucuruchos de papel de periódico que calentaban mis manos de niña.

Echo de menos los cuentos de las Ánimas que mi abuelo empezara tantas veces y no terminara por miedo a mis miedos.

Día de Todos los Santos, sin pretextos, hay que visitar el cementerio. Llenarlo de flores, cambiar su placidez habitual por las labores de limpieza. Lápidas brillantes. Claveles primorosos y pálidos crisantemos. Lujosos mausoleos y humildes sepulturas. La muerte, supuestamente, nos iguala a todos.

Hay dentro de mi alma una angustia agazapada que pugna por salir en estos días de mañanas de claridad helada y largas tardes de penumbra. Nostalgia de Rimas y Leyendas. ¡Dios mío qué solos nos dejan los muertos!

La melancolía me acecha. No me rendiré a su abrazo. Pondré esa música de Vivaldi que levanta el ánimo. Haré buñuelos. Buscaré la receta que guardo celosamente en un cuaderno de tapas plateadas.

Día de Todos los Santos, un pretexto más para endulzarnos un poco la vida. Eso sí. Sin pasarse, por favor.

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