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Pobre de mí, que llega septiembre

● Polo Fuertes ►Viernes, 26 de agosto de 2011 a las 9:31 Comentarios desactivados


Se acabaron las fiestas de la Patrona y se termina de un momento a otro el mes de agosto. Agosto, bendito mes que empiezas con San Alfonso (María de Ligorio) y acabas con San Ramón Nonato (lo que hace tener un martirologio a mano). Lleno de fiestas a tutiplé, de juergas hasta el amanecer, de encuentros en la tercera y cuarta fase con amigos de los que ya ni te acordabas, de “toma la penúltima que estamos de vacaciones y vale todo”. Joder, bendito mes.

Pero pobre de mí que llega septiembre con la rebaja y el cinto a medio enganchar, para que los zurriagazos suenen entre las piernas a poco que te quedes parado en cualquier esquina de la pereza. Pobre de mí, que viene septiembre y el otoño caliente en el panorama político y económico, con la espada de Damocles sobre… Sin embargo, no, no voy a dar ideas, porque el flete de la Moncloa está dando los últimos bandazos y puede que eche mano de cualquier cosa para seguir jodiendo a diestro y a siniestro. Aquí no se salva nadie. Sino, sólo hay que ver las escaramuzas del PSOE cuando, apenas hace unos meses, unas semanas, unos días, todo quisque decía que ZP era el mejor.

Pobre de mí. Ni una idea, aunque sea mala. Por eso, hoy, en esta tarde de agosto ventosa, vuelvo la vista a atrás. Muy atrás, y recuerdo aquellos septiembres de mi niñez, cuando mamá compraba ya los zapatos de invierno, de una marca que creo recordar eran de la casa ‘Segarra’, para que duraran todo el curso por venir; remendaba unos pantalones, volvía el cuello de dos o tres camisas y…

En aquel entonces, las familias no tenían el rollo ese de esperar a ver qué editorial era la escogida por los distintos colegios para poder ir a comprarlos, dejar un pastón en el mostrador o esperar a que lleguen nuevas remesas para completar el ‘ajuar’ de los escolares que después, transportan cada día entre casa y la clase, con artilugios de ruedas que más bien parecen viajantes de comercio en recorrido de establecimientos.

No, en aquel entonces el libro era el grado correspondiente de la enciclopedia de ‘Álvarez’, una pizarra nueva si llegaba el caso, un cuaderno rayado para hacer dictados, otro de caligrafía (según los conocimientos), un pizarrín (mamá se encargaba de confeccionar el borrador de trapo, con una cinta atada al agujero de la pizarra), un palillero para las plumas y uno o dos plumines. No había más. El resto era cosa del maestro y sus sapiencias.

Pobre de mí que llegaba septiembre. Un escarceo con un maestro de la ‘Escuela Villa’ me puso de patas en la calle de las escuelas públicas. Ese inicio curricular me frenó mi entrada en el colegio de las monjas (uno tiene su historia de trasto hasta en la escuela). Lo que hizo que tuviera que entrar en una escuela privada, regentada por un maestro represaliado que ejerció con nosotros la pedagogía de la Escuela Libre de Enseñanza, clave, después, para mi formación académica.

La escuela de Don Ricardo García estaba en la primera esquina de la cuesta del ‘Túnel’, cuando aún no existían las barriadas del Jardín, de Santa Lucía o de San Julián. Desde los primeros días de septiembre, a partir de las nueve de la mañana, este menda cogía el camino desde la calle Astorga hasta aquella casa con huerto a la entrada. Regresaba para comer y vuelta a la escuela a las tres, hasta la seis. Y entre medias, iba echando un vistazo a las huertas que, por entonces, ya exhibían la tentación de la fruta madura de toda clase y condición.

Don Ricardo era un hombre grandón al que nunca vi sonreír, Serio hasta el no va más, que sabía muy bien a quién tenía que calentar las posaderas, a poco que te salieras del sendero pedagógico establecido. Para ello, a la entrada del huerto de aquella escuela, de la primera esquina de la subida de la cuesta del ‘Túnel’, había una mimbrera, escoltada por una higuera, que surtía de materia prima para varas de alto rendimiento.

Pobre de mí. Qué añoranzas, qué recuerdos me vienen de aquel buen hombre que hizo de mí un estudiante casi ejemplar en los años sucesivos, tan sólo con las enciclopedias de ‘Álvarez’, una pizarra, dos cuadernos, dos plumines, su sabiduría y poco más. Eran otros septiembres. Pero como veréis, mis queridos lectores, siempre llevaban delante un pobre de mí.

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