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Por el humo se sabe donde está el fuego

● Polo Fuertes ►Sábado, 9 de marzo de 2013 a las 17:48 Comentarios desactivados


Era aún muy tierno infante cuando vi por primera vez como el fuego destruía una casa en lo alto de la cuesta del ‘Túnel’. Salíamos de la escuela de Don Ricardo, que estaba al principio de la citada cuesta, cuando nos topamos con todo el follón de calderos que pasaban de unas manos a otras para tratar de atajar las llamas que salían por los aleros del tejado, mientras en la estrecha calle de peña y barro se amontonaban enseres domésticos, entre los que se podía ver una máquina de coser.

Siempre hubo una máquina de coser a la vera del fuego de una casa. Y alguien que lloraba desconsoladamente, mientras fluían los calderos de mano en mano, hasta que se apagaba el fuego o se acababa el agua.

Después he sido testigo de muchos fuegos. En algunos hasta he intervenido arrancando cables, o enchufando la manguera hacia el origen de las pavesas. Otras, solo he quedado mudo ante la catástrofe, como una vez cuando en un pueblo cercano a La Bañeza se calcinó toda una manzana, sin que los bomberos de León llegaran a hacer acto de presencia.

También he colaborado, casualmente, a salvar alguna vida, como ocurrió una vez, en San Esteban del Molar, Zamora, cuando iba a Madrid con mi primo Victorino Santos en su camión. El humo nos cegó momentáneamente. Aparcamos a la vera de la misma carretera y comenzamos a dar golpes en la puerta, hasta que logramos poner en aviso a sus moradores. Eran las seis y media de la mañana.

Es cierto. Por el humo se sabe donde está el fuego. Aquellos fuegos de los años cuarenta, cincuenta y sesenta del pasado siglo eran dramáticos, trágicos como los de ahora. Los tiempos y las ciencias han adelantado, desde entonces, que es una barbaridad. Pero en cuestión de apagafuegos seguimos en carnetas como entonces. Y además, el Ayuntamiento de León, donde está uno de los dos parques de bomberos de la provincia, ha empezado a poner impedimentos, a racanear para que sus dotaciones salgan a paliar los siniestros. Ya no digo nada cuando el fuego es un siniestro forestal. Que también los he vivido muy de cerca.

Hace trece o catorce años, en una rueda de prensa de las de antes, cuando el político de turno se dignaba contestar a las preguntas de los informadores, pregunté en Astorga al entonces titular de Medio Ambiente de la Junta de Castilla y León, José Manuel Fernández de Santiago, ¿para cuándo un parque de bomberos en la capital maragata o en La Bañeza?

Iluso de mí. Los políticos contestaban. Daban un titular de puta madre. Al día siguiente salía en los periódicos y en las emisoras de radio y…, buena va barbero. La respuesta fue tajante: “Está ya muy adelantado el estudio de viabilidad para construir un parque de bomberos en el polígono industrial de Riego de la Vega, que atenderá a las dos comarcas”. Viva la madre que te parió, consejero.

Pero, después de trece o catorce años, quisió, el parque de bomberos astorgano-bañezano sigue en la procelosa mente de aquel consejero medioambiental y del actual titular y sonriente Antonio Silván. Qué pena.

Sí, ya sé que tanto Astorga como La Bañeza tienen sendos servicios de extinción de incendios, cubiertos de voluntariosos voluntarios, que empiezan a echar agua a las llamas en cuanto llegan al lugar del fuego. Bien por los voluntarios y por los consistorios. Aunque la mayor parte de las veces tengan que hacer milagros para poner en funcionamiento el material y los medios de los que constan esos servicios de extinción.

Pero esa no es la solución, querido Silván. Y tú lo sabes. Aquí ya no valen paños calientes ni chamuscados, echando balones fuera como si estuviéramos ganando el partido o la partida. En los últimos ocho meses, casi una decena de fuegos han sido el mejor altavoz para saber que estás confundido. En algunos han tenido que volver a los calderos y a la fila de vecinos para llegar con el agua al siniestro. Aquí no valen ahorros ni recortes, amigo Antonio. No voy a especular con el fallecido que hace unas semanas tuvimos en La Bañeza. Fue una mala suerte.

Pero ¿por qué no te das un garbeo por la comunidad autónoma, por la provincia de León y, sin excitarte demasiado al hablar, empiezas a poner solución a estos problemas? Sí, ya sé que estamos en época de vacas flacas, en tiempos de crisis y tal. Pero el ser político no es dar, sin hablar, como a la conturbada, un titular a la prensa. Sino para dar devanar la madeja, aunque tengan que ser milagros. Que según el dicho, en hacer milagros, si se es un buen político, se hacen al instante. En las cosas imposibles se tarda un poco más.

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