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Pueblos bañezanos en 1919 según Fernández y Fernández Núñez

● Ibañeza.es ►Lunes, 28 de julio de 2014 a las 9:30 Comentarios desactivados


En 1919, en sus Apuntes para la historia del Partido al que da nombre La Bañeza, señala el autor que en el valle regado por el Duerna existen multitud de molinos harineros y pisones, y en Castrillo (aparece nombrado en aquel año como “de los Nabos”) existió por entonces una fábrica de curtidos cuyos productos se enviaban a la Corte, tenerías surtidas por las aguas de ríos que más allá, en Palacios, eran apropiadas para el riego diariamente por mitad y compartidas por turno las restantes con los pueblos de Castrillo, Robledo, Robledino, Fresno y Castrotierra.

Los habitantes del valle del Eria comercian sus productos de la tierra en los mercados de Benavente, Castrocontrigo y La Bañeza, y en el cauce del rio asientan algunas moliendas de harina y de aceite de linaza (usado antaño como combustible de alumbrado en las casas humildes). En la estrecha hondonada del Jamuz (también con abundancia de molinos) productora de trigos y centenos pasta ganado cabrío de cuya leche se surte La Bañeza, y en los pueblos de Jiménez y Santa Elena de Jamuz existen hornos de alfarería en el primero y en el segundo de tejas, ladrillos y baldosa, una industria esta última desaparecida hace unos 65 años después de haber durado cientos de ellos contribuyendo con su no escasa rentabilidad y unos ingresos complementarios a los de la labranza de las familias que en ello se ocupaban (unos 15 tejares llegó a haber en funcionamiento), cerrados a la postre por la conjunción de diversos motivos (el de Laureano Turrado fue el que hasta más tarde se mantuvo) y poniendo fin a unos trabajos artesanos por tantos años florecientes.

La Presa Cerrajera fertiliza y hace productiva una línea angosta y extensa del Páramo, que se añade a los terrenos antes casi infecundos y hoy feraces gracias a las norias que la industria ha proveído, y el Cauce de los Cuatro Concejos, que se sangra también del Órbigo en San Martín de Torres, corre por los términos de sus pueblos propietarios (San Juan de Torres, Villanueva de Jamuz, Quintana del Marco y Genestacio de la Vega) y muere de nuevo al mismo río cerca de La Nora. Para aquellas tierras paramesas auguraba un mejor porvenir Miguel Medina Bravo en 1930 en su Tierra leonesa. Ensayo geográfico sobre la provincia de León, fiado en el afloramiento del abundante agua del subsuelo con las norias y pozos artesianos y las modernas bombas eléctricas que habrían de llegar. Hoy sabemos que estuvo cerca el fiasco y el desastre de las escasas cosechas al final de los años 40, al agotarse casi los acuíferos, y que la salvación vino del agua embalsada del río Luna.

De las casas de los pueblos y aldeas de la comarca valida aún el autor lo que ya en 1845 dijera Pascual Madoz en su Diccionario, y de los aldeanos dice que “son muy poco cuidadosos de su aseo, abandonados y contrarios a los preceptos de la higiene”. La situación de las viviendas, “con paredes de barro salpicado de paja, que sostienen la tierra y el césped de la techumbre, a dos vertientes; que en Ardoncino carecen de chimeneas en las campanas de sus cocinas, marchándose el humo por entre las tejas lentamente; y que así están hoy, como en el siglo X, y como antes de la Era Cristiana”, es corroborada por el arquitecto Gustavo Fernández Valbuena en 1922, y en poco difiere de la que la medievalista Margarita Torres documenta para estas mismas tierras en el siglo XI.

El tráfico de gramíneas, cereales, patatas, garbanzos y alubias hacia y desde los almacenes bañezanos constituye el principal elemento de riqueza para el partido y la ciudad. Doce horas lleva viajar en tren hasta Madrid, a donde conduce también la nacional desde Coruña, que transita por lugares de antiguas paradas de Postas como la de Pozuelo del Páramo y ventas como las de Moscas y San Antón, en Toral de Fondo. Estaban en construcción las carreteras que conducirían a Camarzana (terminada solo hasta Castrocalbón, y cuyo trazado inicial se había variado allí en enero de 1916) y a Sanabria por Herreros de Jamuz. Se proyectaba construir caminos vecinales a Destriana, Alija de los Melones y Bustillo del Páramo, solicitados por los ayuntamientos a la Diputación, y enlazaba con la ruta León-Caboalles la vía que había construido el bañezano Gabriel Fernández Cadórniga para conectar la población con Veguellina y su estación de la línea férrea Coruña-Madrid (en 1913 estaba aún sin realizar todo el tramo Rionegro-La Bañeza, y solo construido hasta Destriana el trazado Astorga-Puebla de Sanabria). Los restantes caminos del partido judicial son de herradura y se hallan en lamentable estado, y no lo hay propiamente hasta León, a donde se viajaba en tren pasando previamente por Astorga o desplazándose a cogerlo en Veguellina.

Se celebran mercados semanales en La Bañeza, Laguna de Negrillos y Castrocontrigo los sábados, domingos y viernes (y en el último la feria de las Cruces por Santo Toribio), a los que concurren campesinos cuya única fortuna son los productos que allí llevan y donde no faltan acaparadores y defraudadores que explotan sus apremios. Hay tantas romerías como santos patronos en las parroquias de los pueblos, siendo notables las de Santo Tirso, Palacios de la Valduerna y Castrotierra, y las rogativas de este lugar por sequías u otras calamidades públicas, a las que acuden con cruces y pendones todos los pueblos de siete leguas en contorno.

Son los naturales de esta tierra sencillos, tímidos y crédulos, apegados a las tradiciones de sus padres y exactos en el cumplimiento de sus promesas y contratos, respetuosos con la autoridad y amantes de las leyes, y de golpes en quimeras de mozos y de algunas raterías de poco valor se suelen ocupar sus tribunales. Frugales en la alimentación, dice el autor, que vuelve a traer a su tiempo lo que ya señalara Pascual Madoz 65 años antes, y añade que según referencias del bañezano Gaspar Julio Pérez Alonso (abogado) se ha desatado en La Bañeza y en varios pueblos de poco a esta parte la afición al viñedo, y hay más extensión de viñas con plantas americanas que nunca, y que en la cabecera del partido y por algunos aldeanos de pueblos limítrofes se perfeccionaron desde hace algunos años los sistemas de recolección y siembra con aparatos y máquinas modernas. También hay propietarios con miles de frutales cuya fruta compran los murcianos para enviarla a Londres, donde pasa por murciana siendo leonesa.

Pesan aún sobre los habitantes de estos pueblos deudas enormes contraídas con implacables usureros que sin piedad les cobran desorbitados intereses (no ya tantos, por fortuna, como en tiempos pasados), y este inmoral tráfico ha alterado su natural nobleza, y de confiados y leales los ha tornado huraños y recelosos. Opuestos a asociarse para cualquier empresa, nadie intentó el esfuerzo de una colectividad para fines agrícolas ni pretendió ninguna otra que les reportaría positivos resultados e indudables ventajas y terminara con el abuso de los fuertes capitales. La política se concretó siempre para ellos –con muy excepcionales casos- en ser instrumento de caciques egoístas interesados solo en sus particulares miras, y los gobiernos desoyeron una vez tras otra sus razones y sus quejas, envileciéndose los pueblos y viviendo sin ideales ni aspiraciones, sin esperanza de un porvenir venturoso, esclavos de su deber y ciegos móviles de un superior mandato, y así la emigración aumenta en alarmantes proporciones dejando huérfanos lugares y aldeas, donde escasean los brazos de labranza, creando una crisis de difícil solución y que traerá con el tiempo la ruina del partido.

De quienes habitan sus lugares decía en enero de 1917 el ilustrado bañezano Elisardo Moro García, maestro e industrial funerario y titular de una fábrica de ceras que ejercía entonces de fiscal en el juzgado municipal: “… no sé cómo viven en los pueblos; ¡cuánta ignorancia, cuánta maldad y cuánta esclavitud y miseria al mismo tiempo! Tan embrutecidos viven que da pena el pensarlo, y sin embargo son dignos de lástima, y es necesario mirar por esas pobres gentes a fin de que no les atropellen y esclavicen tanto”. No era la miseria exclusiva de los pueblos, pues en el mismo dietario, en julio de aquel año, nos acerca la estampa de niñas de tres a cuatro años, anémicas y desamparadas de toda mano protectora, mendigando limosna por las casas de la ciudad comarcana.

Del libro LOS PROLEGÓMENOS DE LA TRAGEDIA (Historia menuda y minuciosa de las gentes de las Tierras Bañezanas -Valduerna, Valdería, Vegas del Tuerto y el Jamuz, La Cabrera, el Páramo y la Ribera del Órbigo- y de otras de la provincia, de 1808 a 1936), recientemente publicado en Ediciones del Lobo Sapiens) por José Cabañas González. (Más información en www.jiminiegos36.com)

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