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Si es usted tan amable póngame una de bazofia, por favor

● A. Cordero ►Lunes, 13 de junio de 2016 a las 8:33 Comentarios desactivados


Pues no, no voy a contar aquí mis experiencias gastronómicas, hoy voy a hablar de “gramática parda”. Hace unos días cayó en mis manos de forma accidental una publicación periódica de la poco querida prensa del corazón. Respetando todos los formatos –unos más que otros- y presumiendo de ser casi analfabeta en cuanto a temas de famoseo se refiere, he de alegar en mi defensa que no consumo semejante producto a no ser que me engañen o me lo edulcoren como ha sido el caso el pasado fin de semana.

Me explico: Pedí en el quiosco un periódico de reciente aparición y del que no pienso decir ni mu. Era una publicación que prometía, ya que estaba arropado por una buena campaña publicitaria y una oferta de las de ríase usted del 3×2 del supermercado, así que traje para casa –al peso- una buena cantidad de papel, apenas papel… el periódico en cuestión (del que no pienso decir ni mu, aunque lo estoy deseando), otro periódico deportivo, género que también estrenamos en casa, una revista dominical y una generosa ración de bazofia. Todo ello metido en una bolsa y por dos euros de ná.

Tras tres o cuatro días de estar la susodicha publicación sin nadie que le hiciera caso y en una de esas noches de insomnio en las que no hay entretenimiento que haga avanzar las agujas del reloj, me levanté y la curiosidad venció todas mis promesas acumuladas durante años. Cogí esa cosa por la que hay quien paga 1.70 € todas las semanas y el tacto del papel ya me dio repelús, pero nada comparado con el contenido. Pasé las páginas deteniéndome en algunas de las fotos porque me llamó la atención la nula calidad de los reportajes, la pésima calidad de las fotos y los comentarios insustanciales de los redactores; un auténtico atentado al buen gusto.

Acostumbrada que estaba yo a las pocas revistas que miro en la peluquería o en la sala de espera de algún profesional, que aquello no había por donde cogerlo. Mis anteriores (y escasas) incursiones en el mundo del revisteo del corazón, habían dado como resultado una experiencia menos traumática: personajes más o menos guapos, agradables al ojo al menos, viajes de ensueño, historias de amor o desamor, recetas apetitosas y casas con las que sueña cualquier mortal, pero aquello no se parecía en nada. Sólo aproveché el crucigrama y el autodefinido que no pude completar por incluir demasiados nombres de futbolistas que sobrepasaron mi escaso conocimiento del tema.

Fotos aberrantes, comparaciones absurdas, comentarios que incitan a sacar lo peor del género humano en unos reportajes de tres o cuatro páginas en los que cada movimiento y cada gesto de la cantante incitaba un comentario soez para deleite de los consumidores de semejante bazofia, entiendo. Afortunadamente no soñé con que yo era una de esas famosas a las que persiguen los fotógrafos de saldo que venden aquí su trabajo para arrebatarme unas fotos que si bien consiguen pasar el listón del ‘todo vale’, nunca llegarán al mínimo que la ética profesional y el buen gusto del consumidor demandan, por más que lo impriman en una publicación de tres al cuarto y lo regalen con el periódico (del que he conseguido aguantarme y no decir ni mu).

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