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Un puñado de folios con una grapa acaba siendo un libro

● A. Cordero ►Viernes, 8 de agosto de 2014 a las 8:35 Comentarios desactivados


Una vez mirando un cuadro hecho por un alumno de pintura en sus comienzos, alguien dijo que lo único que merecía la pena del cuadro era el marco; cada uno lo valora a su gusto y todas las opiniones son válidas. Al fin y al cabo, lo mío también es opinión y no tiene por qué ser compartida. Ese visitante, cuya opinión se inclinó más por el aspecto económico que por el artístico ha venido a mi memoria muchos años después para poder hacer una introducción elegante a este artículo.

Y como todas las cosas son según el cristal con que se miren, diré que en esta vida hay de todo: autores a los que sólo les importa lo de dentro y editores que solo ven lo de fuera, sin embargo un libro es una unión de las dos cosas y casi siempre –y muy a pesar de escritores (y escritorcillos), es el exterior el que invita a adentrarse en el libro, o quita las intenciones-, a no ser que hablemos de firmas de prestigio en cuyo caso mi teoría se tambalea, pero no es el caso; es más bien al otro grupo al que me refiero.

Tengo en mi memoria varios ejemplos a los que hacer mención, pero como soy muy educada y quiero a la familia tanto como ella a mí no los voy a desvelar. Hay libros que son un bonito adorno en la estantería y es recomendable abrirlos solo para ver el diseño que alberga en su interior, pero procurando no introducirse demasiado en el texto para evitar males mayores, (un atentado a la lingüística, al buen gusto, a la ortografía… ah, no, a la ortografía no, que el editor dedicó unas cuantas horas a corregir faltas a quienes creen saberlo todo).

Pero llega el día de presentar en sociedad ese trabajo al que el editor le ha dado imagen de libro; es decir, ha tenido que convertir en un libro un triste puñado de folios, casi siempre en formatos variopintos, sin numerar páginas, sin uniformar fuentes, con márgenes dispares, plagados de tabuladores, con archivos de sólo lectura, con anotaciones a mano… y al autor se “le olvida” reconocer que ese trabajo con tan buena pinta es gracias al esfuerzo y la dedicación de un señor que ha invertido unas cuantas horas (en algunos casos por la cantidad económica de una palmadita en la espalda y una sonrisa).

En fin, que viene a mi mente un refrán que habla de margaritas, pero que no voy a mencionar para no ofender, pero sí diré que hay autores (del grupo escritorcillos), a quienes sus textos -esos puñados de folios con una grapa- el tener en sus manos su trabajo recogido en un libro con tapas, con ISBN, con buen papel, buena impresión, buena encuadernación y con una portada de las que invitan a adentrarse en su interior, se convierte en un traje que les queda demasiado grande. Y eso un par de ellos que yo me sé, lo viven muy a menudo.

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