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Virgencita, que me quede como estoy

Publicado por Polo Fuertes el 23/01/2014 15:37 Comentarios desactivados

Adelantaba hace unos días este periódico la noticia de una nueva solución para la calle Magistrado García Calvo, proponiendo dos direcciones de entrada y salida a ninguna parte, con la instalación de semáforos y toda la pesca. Una peregrina idea que se le ocurrió al concejal de la cosa, Juan Francisco Gobantes y se quedó como un reloj.

Decía el abogado y periodista Javier Nart que el político está para crear problemas y luego tratar de resolverlos. Cosa que no siempre, por no decir nunca, sucede. La citada calle Magistrado García Calvo no deja de ser un desahogo del embudo que forma la avenida Vía de la Plata en su primer tramo y desde hace la tira de años, ha sido bienvenida esta solución por vecinos, viandantes y automovilistas. Salvo…

Siempre hay un pero. Desde que entró en funcionamiento la urbanización de la plaza Obispo Briva Mirabent. Hace veinte años aproximadamente, ha sido esta calle uno de los mejores aliviaderos para su entrada y salida. Excepto los sábados por la mañana, con la instalación del mercado semanal en la también nominada avenida Vía de la Plata. O cuando se cierra esta avenida por eventos festivos.

Los que vivimos en la nombrada ya plaza del Obispo Briva Mirabent hemos solicitado al concejal Gobantes que ponga un pequeño letrero en la señal de dirección prohibía a la entrada de García Calvo, avisando que excepto residentes y visitantes, ese día por la mañana se deshace la dirección prohibida.

Sencillo, verdad. Pues después de veinte años, el letrerín está sin poner y ahora sale el sesudo concejal con la instalación de semáforos y toda la pesca.

No dejará de ser una atracción más para los residentes de la Birva Mirabent, ver cómo se forman colas, esperando la apertura del semáforo. Aunque quedaremos a verlas venir lo que respecta en la otra parte de este tramo de calle, Porque no todo se podrá ver desde nuestros balcones y miradores. Un atasco que llegará hasta la plaza de los churros (Fray Diego Alonso) por un lado y hasta la esquina oeste del Instituto Ornia, por el otro. Qué mentes más privilegiadas hay que tener para ser concejal, para ser político.

Pero hay más (o como dicen las diligencias judiciales otro sí digo). Hace media docena de años, con la construcción del edificio que hace de Y griega a la salida de la plaza y un pequeño encontronazo entre dos coches, se solicitó la instalación de un espejo, para los que saliéramos de Briva Mirabent no tuviéramos que adelantarnos más de la cuenta y ver los coches que se acercaban desde la plaza los churros (Fray Diego Alonso), con la intención de evitar males mayores.

¿Lo colocaron? No señor, era cargo de conciencia. Hay que esperar a que atropellen a alguien o que dos vehículos se ‘besen’. Así y todo, como se dice en estos casos: Virgencita, Virgencita que me quede como estoy.


Adiós, Conrado, recuerdos a Charo

Publicado por Polo Fuertes el 16/01/2014 14:34 Comentarios desactivados

Me llamó Palazuelo, el alcalde a primera hora, para darme la noticia: “Se murió Conrado”. Escueto y sobresaltado. Porque como alcalde, sabe que se va el más importante mecenas de la cultura bañezana. Para mi se va un AMIGO, con mayúsculas. Aunque él me llamaba primo, porque una vez se lo contó mi tío Paco y después mi tío Agustín, que nuestras familias estaban emparentadas por parte de mi abuelo Manuel, el padre de mi madre.

Sí, se va una parte muy grande de mi vida. Desde hace muchísimos años hemos estado unidos por todo. Yo me aprovechaba de sus investigaciones para documentar algunos de mis reportajes y él me ¿consultaba? alguna noticia que leía en los periódicos. Por eso, hoy sólo puedo decir adiós Conrado, dale recuerdos a Charo.

Porque esa era su principal razón para seguir viviendo. Las conversaciones que todos los días tenía con su querida esposa. “Casi la siento cuando le cuento cómo he pasado el día, con quién he hablado. Algunas veces hablamos de ti, amigo Polo. Porque Charo también te quería mucho”.

Conrado ha muerto. No me atrevo a escribir su obituario, porque hoy, en este momento en el que mis lágrimas fluyen entre las teclas de mi ordenador, me dejaría muchas cosas sin decir, sin escribir. Tiempo habrá para que el recuerdo de este amigo de todos los bañezanos, de todos los que quisieran a La Bañeza, de todos los que ensalzaran esta tierra, nunca se pierda.

Hoy mi recuerdo es un sentimiento de la última conversación que tuve hace unas semanas, cuando me dio muchos ánimos en la nueva intervención que me iban a practicar. “Algún día, cuando te repongas, nos tenemos que sentar y hablar de lo que me apuntaste hace unos meses, para seguir sacando los nuevos Capiteles Para la Historia Bañezana, y seas tú quien escoja entre tus numerosos artículos aquellos que hablan de las historias de la historia de La Bañeza”. No pudo ser, Charo te quería a su lado, porque ya habíais pasado mucho tiempo separados. Físicamente, nunca espiritualmente.

La Bañeza hoy se pone de luto. Porque Conrado Blanco González es una parte muy importante de la ciudad, de su cultura de su historia, de su sentimiento más íntimo. Un luto que los amigos, que éramos muchos, llevaremos en el corazón durante mucho tiempo. Sin alharacas, sin espavientos. Porque los gritos y plañidos del alma, apenas tienen sonidos.

Adiós, Conrado, dale recuerdos a Charo.


Año nuevo envuelto en nieve

Publicado por Polo Fuertes el 31/12/2013 20:30 Comentarios desactivados

Cuento de navidad con un poco de retraso

Había llenado el coche de gasolina a la salida de Madrid. Era media tarde y mi intención y mi deseo llegar a casa para celebrar la cena de año viejo, después de casi tres semanas de curso intensivo, para aprender a regular los cuatro carburadores en línea, de un Seat 124 sport, que ponía el motor a 5.000 revoluciones, a poco que tocaras el eje que unía los cuatro carburadores.

Tras llenar el depósito. Entré en la cafetería de la estación de servicio, a tomar un café. Después me senté en mi Seat 124 azul celeste y comencé mi andadura de 303 kilómetros para llegar a La Bañeza. En el cielo se dibujaban nubes preñadas de nieve, sobre el puerto del León (en aquel entonces no existían los túneles que, previo pago abusivo, te quitan de resbalar por las roderas de nieve que habían hecho algunos camiones al pasar con nieve recién caída.

Fue una odisea llegar al alto del León en la Nacional VI y se avecinaban nuevas aventuras por las cuestonas del oeste del puerto, a poco que no te cruzaras con la Guardia Civil de Tráfico. Tuve suerte, no vi ningún uniforme hasta llegar a Arévalo que, ya sin nieve en la calzada, me pararon para preguntarme cómo estaba el puerto (las comunicaciones en aquellos últimos años de la década de los ochenta del pasado siglo, dejaban todavía mucho que desear, y más en los organismos pobres de la Administración, como siembre ha sido el cuerpo benemérito).

Les conté que se estaba poniendo muy mal, pero que había aprovechado las roderas de los camiones para poder salvar el puerto. Para compensar que había rodado lo peor de mi viaje, entré a tomar otro café en un bar de carretera y a evacuar mi vejiga. Fue entonces cuando comprobé que no traía la cartera. El conato de drama me paralizó la micción. Volver atrás era imposible de todo punto. La barrera de la nieve me ponía en el brete de olvidarme de las diez u oncemil pesetas que tenía en la cartera y de los carnés de conducir y de identidad. Quizá quedó en el mostrador del bar de la estación de servicio. Quizá se me cayó cuando entré en el coche. Quizá…

No había más solución que seguir adelante con todas las consecuencias. Al fin y al cabo el depósito estaba lleno y era suficiente para llegar a casa. La cartera y el dinero ya se sustituirían en los días sucesivos.

El viaje fue tranquilo, escuchando villancicos por la radio, o poniendo la pieza más codiciada de mi hija la menor, como era una cinta del radiocasset de Las Grecas, a pesar de que tanto a su hermana la mayor, como a su hermano les reventaban las palabrejas cales con las que estaban compuestas las estrofas.

A la salida de Benavente comenzó de nuevo a nevar. Había que apretar un poco más el acelerador, para poder llegar a La Bañeza con la seguridad debida. Pero la nevada era persistente y casi a paladas. En la cuesta de Valle me hizo el coche la primera cabriola. Tranquilo, Polo, tranquilo, que todavía son las nueve de la noche.

Pero la nieve era tozuda como una mula, cayendo sin desparpajo. El coche jugaba a cruzar la carretera, mientras que por el carril de enfrente los posibles competidores se habían quedado en casa, que era donde mejor se estaba. Nieve, nieve y más nieve. Estaba rodeado de nieve en la soledad de la carretera, cuando llegué, por intuición, a San Martín de Torres. Fue como si se me abriera el cielo, porque estaba a apenas tres kilómetros de mi casa.

Seguí adelante. Es un decir. Hasta que bajando la cuesta del ‘Parador’, el 124 se cansó de jugar con la nueve y se estrelló en una cuneta en la que la nueve no había hecho bien sus deberes. Bajé del coche y comencé a andar hacía mi casa. En mis oídos seguían sonando la los sones de las Grecas, mientras me sacudía en el portal el abrigo y las botas, que olían a frío: “Testoy amandu locamente, pero no sé cuandu te lo vo a decir”. El resto entra dentro de mi privacidad. Sólo decir que la cartera estaba al día siguiente entre los dos asientos de adelante del coche, debajo del freno de mano.


Aquella primera matanza

Publicado por Polo Fuertes el 15/11/2013 10:07 Comentarios desactivados

He tenido que echar mano de mi depauperada memoria. Pero creo que fue la primera matanza del cerdo a la que asistí, en la que fui cogiendo datos para documentar aquella fiesta, a la que después asistí, como parte activa, aunque sólo una vez me tocó meter el cuchillo en las gorjas del marrado. Aquel año en el que murió mi suegro y yo era el hombre de la casa.

Sí, pero la primera matanza fue en las postrimerías de los años cuarenta del pasado siglo, con apenas ocho o nueve años, lo que hacía que la aventura fuera algo que quedó grabado en mi memoria para siempre. No sé porque (nunca más volvió a haber matanza en aquella casa de la calle Astorga), pero lo cierto es que a última hora de aquel sábado apareció mi tío Agustín y mi padre con un cerdo de grandes dimensiones (al menos eso me pareció a mí). Atravesaron el comedor de la entrada, el pasillo y la cocina, para desembocar en el corral.

A tal efecto, y de forma un tanto secretísima, mi padre había construido con estacas y tablas un corralito en la huerta, donde quedo instalado el marrano.

Al día siguiente la fiesta comenzó temprano. Tío Agustín y tío Paco ya estaban en la cocina, al amor de la chapa encendida, comiendo pastas que había hecho mi madre dos días antes, y bebiendo un licor blanco, que con el tiempo supe que era el orujo de la ‘grapa’ mañanera. Y coger fuerzas para la matanza. Durante el sacrificio, mi madre nos prohibió salir al corral y vimos la faena desde la barrera de los cristales de la puerta que daba al espacio abierto.

Después ya fuimos testigos de todo el proceso. Desde la quema del cerdo que llenó su piel de burbujas. Hasta ka limpieza de todos los rincones, con tejas y guadañas viejas, que dejaron al finado animal como una patena y sin rabo, que entre todos los chavales le habíamos cortado.

También fue la primera autopsia cerduna a la que asistí, viendo como vaciaban el cocho de todas las entrañas u vísceras, mientras mi madre y mis tías manipulaban la sangre recogida del sacrificio, para poder aprovecharla para la comida a base de patatas con sangre e hígados o para después hacer las morcillas.

Estoy escribiendo con la memoria bajo mus ojos, como viendo cada paso de hace casi setenta años. Al final de la mañana el cocho quedaba colgado por los cuartos traseros en una larga escalera, para seguir el proceso al día siguiente.

Tras la comida, las mujeres siguieron trajinando, mientras los hombres se fueron a sus labores. Había que hacer el unto, lavar las tripas. Asar la manteca y probar los chicharrones que iban saliendo de la olla de barro.

No perdí ripio. Como al día siguiente, cuando empezó la disección del cerdo. Y empezaron a salir las hojas de tocino y montones de carne que se iban cortando en largas tiras y se vaciaban en una de las artesas. Y el redondeo de la parte superior de un jamón que sería las delicias de la chavalería de casa en los últimos días del verano. Y vi como se desmontaban los pellejos y la carne de la cabeza, desarticulando todo el sistema esquelético de huesos que se amontonaban en otra artesa, a la que de vez en cuando se echaban varios puñados de sal. Y… el sistema de, picado de la carne, con una máquina al efecto que había traído mi tío Paco. Que siempre era el conseguidor de todo.

Al final, mi madre y mis tías se fueron arrodillando alrededor de las artesas, donde estaba la carne picada, dividida para chorizo, para salchichón y para sabadiego. Mientras mi abuela Anselma hacía de gurú echando pimentones, especias y ajos picadines a aquellas artesas que siempre me parecieron enormes.

Era el segundo día de fiesta en aquella casa de la calle Astorga que, a pesar de no estar habilitada para un jolgorio como aquel, tras las sopas de cucharada y paso atrás y unos filetes de lomo amarrados a un zoque de pan y que todos comimos sin plato, comenzaron los cánticos de la matanza y las jotas, con el sólo acompañamiento de una pandereta. Jotas que nunca volví a olvidar y que muchos años después fui uno de los principales iniciadores en otras matanzas de mi vida.

El tercer día era el choricero y el acopio de huesos descarnados que debían ser lo primero en consumirse, antes de que se pusieran demasiado de rancios, colgados en un rincón del desván donde llegaban las puntas de los varales en los que se colgaba, las tripas de chorizo, salchichón y sabadiegos.

Cuando todo estuvo colocado y recogido. Con la trampilla del desván entreabierta, para que entrara el viendo curativo de la madrugada, volvió la juerga, con la barriga llena de chichas y sopas de ajo, ambas de cucharada y paso atrás.

Nunca más se volvió a matar en aquella casa de la calle Astorga. Pero pocos fueron los años en los que yo no celebré aquella fiesta invernal de la matanza. Primero como arrimado y después ya dentro de la familia de mi esposa. Familia de agricultores, en los que se criban siempre un par de cerdos o tres. Pero la fiesta nunca faltó alrededor de artesas choriceras, de ollas con comidas de sobra, o de tarteras de barro llenas de sopas de ajo o de chichas rojonas y, a veces, picantonas. Ahora es otra historia, un poco más triste y, carente de fiesta espontánea. Sólo un pequeño recuerdo, con reparto de chichas y el monótono sonido de la dulzaina y el tambor. Porque, al parecer, el cocho sufre al morir. Amén.


Mermelada de remolacha

Publicado por Polo Fuertes el 10/11/2013 9:21 Comentarios desactivados

Alto ahí, que nadie me pida la receta, si es que la había, porque fue para el otro mundo con mi madre. Y es que mi madre era una de las más prestigiosas confiteras de la ciudad, allá por los años treinta del pasado siglo. En el obrador de don Conrado Blanco León se preparaban los más dulzones melindres, de la mano de aquel confitero y poeta, que antes marcaba los versos que preparaba las masas. Porque la poesía y el obrador pastelero siempre fueron primos carnales.

Tuvo buen maestro mi madre. Maestro de dulces y cariños que cuando dejó el obrador para casarse, al finalizar la guerra incivil, mi madre siguió asistiendo a la trastienda de don Conrado y doña Julia, aunque sólo fuera para no olvidar aquellos postres de repostería sin fin que, después, cuando empezaron a llegar los chicos, o sea, nosotros, siguió la amistad y el cariño eternos. Era un truco más para pasar aquellos años de hambre y desolación.

Pero no me pidáis la receta de la mermelada de remolacha porque, a parte de ser un negado para figones y tarteras, sólo puse interés en probar las delicias que hacía mamá sobre la mesa camilla de aquella cocina de la calle Astorga donde nos criamos los tres hermanos mayores. Sé que tenía remolacha, que le echaba azúcar y que luego se inventaba unos pastelillos de hojaldre, que tenían figuras diversas.

Lo cierto es que me viene a la memoria esta repostería casera, porque está a punto de iniciarse la campaña azucarera en nuestra ciudad. Y volverán los olores a pulpa mojada, a jarabe dulzón y a otras indelecias que ahora conlleva esta campaña.

Pero yo camino unos cuantos años atrás, cuando los cuarenta del pasado siglo estaban pintando sus postrimerías. Eran años de carros tirados por bueyes y caballerías, que patinaban sus herraduras sobre el adoquinado de la calle Astorga. Y en ese patinaje de resbaletes, era cuando nosotros podíamos hacernos con la materia prima de la mermelada de remolacha, arramplando con algunas de las raíces que caían de aquellos carros desvencijados.

Las remolachas no eran tan enormes como las de ahora. Apenas cuarto y mitad y vas que chutas. Pero suficiente para hacer una molienda, camino de una enorme olla de hierro fundido que perpetuaría después sobre la cocina de carbón, la cocienda y los desespumados constantes que mi madre practicaba para que la mermelada quedara lo más pura posible.

Eran tiempos de miseria, pero también de imaginación. Con aquella remolacha que habías guindado de un carro que ranqueaba por los adoquines de la calle Astorga, cuya fechoría casi ni había que confesarla; un pequeño puñado de azúcar y después una masa trabajada con el rodillo hasta hojaldrarla primorosamente, se hacían unos pasteles que valían de postre y también para merendar.

Pero todo esto son batallitas de un setentón que vivió varios años en la calle Astorga y le vienen a la memoria, en estas fechas, aquellas aventuras culinarias que compartíamos con mamá, alrededor de la mesa camilla, haciendo pasteles y melindres caseros, pero con mucho sabor comercial. Además, los caminos de la remolacha han cambiado, así como el transporte. Y aquellas setenta u ochenta toneladas de campaña, se han convertido en casi un millón. Aunque este año hayan mermado la mitad por causa de la tardanza en la siembra. Nunca llueve a gusto de todos.


Homenaje a una familia que inventó el fútbol en La Bañeza

Publicado por Polo Fuertes el 11/10/2013 9:15 Comentarios desactivados

Perdona, mi querido y admirado José Cabañas. Sin ánimo de enmendarte la plana ni nada por el estilo, permíteme meter baza en tu último artículo sobre el fútbol bañezano. Y con ello, rendir un homenaje a una familia de esta tierra que fue la inventora del balompié en la ciudad. O al menos, la principal propulsora de su práctica. La familia González Dúviz, o mejor dicho, los hermanos Antonio, Vicente y Julio.

Me hubiera gustado ser un ratón de biblioteca como tú. Pero el pan nuestro de cada día me hizo estar más pegado a la actualidad que a la investigación. Pero te envidio sanamente, Sin embargo, hace unos veinte años, a alguien de La Crónica de León se le ocurrió confeccionar un libro sobre el origen del fútbol en la provincia. Sin grades alharacas, pero con un cierto aire de investigación, que no pasó más allá de preguntar a la gente mayor que había jugado al fútbol, cuyas respuestas te dejaban poco margen de relación histórica.

Se hizo lo que se pudo, lo más completo fue la relacionado con León capital, porque había mucho publicado en los periódicos de la ciudad, no así en la provincia que, hasta mediados de los años treinta, con la fundación de El Adelanto Bañezano. En resto de los años atrás nos quedaron en la nebulosa del olvido. Mientras que en la prensa astorgana (las dos ciudades me tocaron a mí como delegado del periódico en las dos comarcas).

Tuve la gran suerte de contactar con el entonces director del Archivo Diocesano, Miguel Ángel González, que me puso en la pista de varias páginas del antiguo Faro Astorgano, y de una de aquellas páginas es la anécdota que a continuación voy a relatar, casi de memoria, en la que entran en liza los tres hermanos González Dúviz, he de constatar que sólo Vicente se acordaba algo de aquel robo clamoroso que los astorganos le hicieron del partido

Eran las fiestas de Astorga de 1920. Ni en la capital maragata ni en La Bañeza ni en Bembibre había todavía un equipo estable. Pero el festejo del nuevo deporte merecía la pena buscar un triangular de la categoría de las tres ciudades, del que se encargaron los estudiantes que lo hacían fuera de sus pueblos respectivos, para montar el espectáculo. Y entre esos estudiantes destacaron los tres hermanos Dúviz.

El lugar de los encuentros, la bajada de Los Bolos, desde el cruce de Cuatro Caminos, Muy cerca de donde hoy se levanta el complejo de Cosamai. Un rastrojal que los empleados municipales no lograron limpiar ni enderezar sus desniveles, Pero que valía al efecto.

Empezaron bien las cosas para los bañezanos, que vapulearon a los bercianos, quedando para el día siguiente la final entre los de Astorga y los de La Bañeza. Y comenzó el partido. Hasta dos a cero endosaron a los maragatos en el primer tiempo. Una victoria por todo lo alto para los visitantes.

Lo jodido fue cuando salieron los contendientes en el segundo tiempo. ¿Habían cambiado el equipo por otro de refresco? Qué va. El sustituido fue al árbitro, por orden del señor alcalde de la ciudad. Y ante eso no había nada que se resistiera. Ya en aquel entonces,

Y aquellos tres hermanos bañezanos hubieron de sufrir en sus carnes lo que fue el principio de la eterna rivalidad entre las dos ciudades hermanas. Gracias por dejarme meter baza en algo que tu dominas y perdona mi atrevimiento.


La obra de Toño Odón nunca será efímera

Publicado por Polo Fuertes el 21/09/2013 0:01 Comentarios desactivados

Antonio Odón Alonso, Toño Odón para los amigos, es como esos cantos populares, que los de mi generación aprendimos en las tabernas o en las romerías de montes cercanos. Canciones populares que huelen a fiambrera de tortilla cubierta de pimientos fritos y que muchas veces, he tenido ocasión de cantar con él. Toño Odón es un artista completo y, sobre todo, un amigo de sus amigos, como es mi caso.

Por eso, cuando hace dos o tres años (ya ni me acuerdo), me explicó la iniciativa que quería poner en marcha, dándole un contenido literario, una explicación personal, una pirueta poética a sus innumerables carteles, que a lo largo de su vida ha sabido confeccionar para toda clase de eventos, me puse a su disposición sin dudarlo. Unos días después me mandó la carátula del cartel anunciador de los carnavales de 1990, “más que nada para que vayas pensando una de tus columnas”.

Para mí fue fácil, porque sólo tuve que echar mano de mis notas periodísticas y saber cómo había vivido aquellos carnavales de casi veinte años atrás. Lo que no supe hasta ahora, es que tuviera tantos carteles donde escoger y, más que nada, amigos de los que echar mano para completar esta obra maestra que está a punto de salir a la calle, con toda clase de detalles técnicos, pictóricos y la puesta en escena de algo que seguirá completando eso que suelo llamar yo como las historias de la historia bañezana.

Cerca de doscientas personas hemos puesto nuestro granito de arena a una obra maestra de la pintura, de la cartelería de Toño Odón, con el que tengo un pequeño desacuerdo, porque la obra de Toño, tanto la pictórica, como la musical, la poética o la teatral nunca será efímera.

El libro hay que verlo, hay que leerlo, hay que acariciarlo, hay que ponerlo en el dosel de una obra que, hace más de medio siglo, comenzó por su cuenta y riesgo a escribir en El Adelanto Bañezano, el cronista oficial de La Bañeza, Conrado Blanco con sus artículos titulados ‘Capiteles para la historia bañezana’ y que, desde 1986, viene recogiendo en una ya larga colección, en la que sigue la filosofía de contar las historias de la historia de la ciudad, las historias de los bañezanos.

Precisamente, la fundación que con su mecenazgo ha creado, ha sido la encargada de editar el precioso libro de Toño Odón, igual que ha hecho con otros autores, tales como textos sobre la Coral del Milenario, o los poemas de Antonio Santos, o Napoleón en La Bañeza, de Domingo del Prado o ahora este de Toño Odón.

Hoy aquellos capiteles para la historia bañezana, que Conrado publicó en un principio en El Adelanto Bañezano, ya no sólo son una columnata jónica, corintia, románica o gótica, son ya un claustro de doble o triple altura, como la torre parroquial de Santa María para tener una medida de referencia.

Y es que la historia de La Bañeza será siempre la historia de quienes nacieron, nacimos, vivieron y vivimos en la ciudad. La historia de nuestras anécdotas, de nuestros desvelos, de nuestras cuitas. Las historias de la historia de lo que debería (o no) ser la oficial. Una historia de la que también se ha encargado nuestro querido Conrado. Pero eso es ya otra historia, contenida en cientos de carpetas azules del cronista oficial, a las que alguien tendrá que echar mano algún día. Hoy sólo cabe la enhorabuena a otro contador de historias, como es Toño Odón.


Septiembre, ese mes de paso

Publicado por Polo Fuertes el 8/09/2013 10:12 Comentarios desactivados

Septiembre se abre camino / oteando en su mirada / los calores ya pasados / desde junio a la agostada, / con redobles de tormentas, / aguaceros de otoñada, apresurando el abrigo, / los guantes y la bufanda. / No hay otoño placentero / en esta parte del mapa. / Vendrán algunos días buenos, / cual engañosas palabras. / Pero otoño se hace invierno / a poco que el tiempo pasa.

Pero septiembre es ferial / de fiestas de temporada, / de cosecha en el campal / y recogida hortelana / varales medio vacíos / y exposición de matanza. / Septiembre es fiesta de cristos / y advocaciones marianas; / de alubias y de vendimias, / de gaitas y lagareadas. / De ancestrales romerías, / romeros en retirada. / Y se airean las escuelas / tras unos meses cerradas, / por volver a las lecciones / que abren puertas y ventanas / de enseñanzas a destajo / a toda la chiquillada,

Septiembre es imprevisible / lo es todo y es casi nada. / Se multiplican las bodas, / ¡Ay bodas de dulces hadas! / Y también los nacimientos / de concepciones heladas, / allá por las navidades / que están más frías las camas. / Septiembre es todo eso / y algo más que se me pasa.

Pero septiembre es también / la Feria Agroalimentaria / que, cada año en mi pueblo, / mi Bañeza bien amada, / trae a cientos de feriantes / que en varias calles se instalan, / para mercar sus productos / de alimentos de campada. / Terminando cada año / en una magna Alubiada, / que aderezan con esmero / cocineros de esta plaza, / dirigidos por un chef, / un chef que es también de casa, / y aunque nacido en Madrid / en La Bañeza se casa, / donde aprendió de este oficio / las cuatro reglas sagradas. / Francisco Rubio es su nombre / y Paco Rubio le llaman.

¡Ay alubias de riñón! / Alubia blanca, más blanca / que aderezan cocineros / desde temprana mañana. / El menú para este año / es suave como la lana. / Alubias de primer plato / y pulpo a la gallegada / como segundo en remate, / a manera de ensalada. / De postre habrá melón / que remata la Alubiada, / a la que esperan llegar / seis millares de gargantas. / Servidas por gente ilustre / y hasta de media polaina, / vestidos todos de blanco / y con mandiles de alpaca. / Ediles de blanca luna / y autoridades sin banda.

¡Ay alubias de riñón! / Mis alubias bañezanas. / Cuán larga se hizo la espera / de conocer tu bonanza, / Tu Alubiada de septiembre / rubrica la alimentaria / que soñaron nuestros padres / mientras alzaban la vara, / para sacar las alubias / de entre las pajas y vainas, / bajo soles de septiembre / y tormentas de amenaza. / Con un León por delante / hoy ya están denominadas / junto a otras variedades, / que refuerzan su bonanza.

Septiembre se abre camino / oteando en su mirada / recuerdos de romerías, / fiestas de cristos marianas. / Y en La Bañeza, mi pueblo / ¡Ay mi Bañeza del alma! / Se preparan estos días / para la magna Alubiada.


Si no llueve hay que regar

Publicado por Polo Fuertes el 1/09/2013 9:10 Comentarios desactivados

No va por ahí la cosa. No nos confundamos. El campo es el campo y la ciudad es la ciudad. De momento, en el primer caso, este año hay agua de sobra en los pantanos para regar maíces, remolachas y demás cultivos que aún persisten en las tierras. No así el riego de la ciudad, porque persisten los orines de diez días de fiesta en plazas y aceras, según hemos podido comprobar los que hemos cambiado el coche por las zapatillas. Las más de las veces, por fuerza mayor.

Hemos tenido mala suerte, amigo alcalde Palazuelo. No ha llovido ni una gota después de las fiestas. Unas fiestas que fueron ante todo un trajín incesante de gente, según cuentan las crónicas (Yo esos días tenía reuniones periódicas con los hospitalarios de la capital). Ya no te digo nada el último fin de semana con las competiciones de velocidad en el único circuito urbano que hay en España para los vehículos de dos ruedas.

A lo que hay que añadir los cientos, miles de motos de paseo que llenaron plazas, calles y soportales de La Bañeza, durante dos días y medio. Todo un éxito de asistencia, de fiesta motera y de gamberros haciendo circulitos en las calles. Pero ese gentío deja, inexorablemente, las calles y plazas cochambrosas. A pesar del número de bares y cafeterías, no hay baños suficientes para tanta defecación en la ciudad. Porque es como esas tormentas veraniegas que descargan no sé cuantos litros por metro cuadrado en pocas horas o minutos.

Pero no hemos tenido suerte, amigo alcalde Palazuelo. No ha llovido ni una gota. Y, digo yo, tanto presumir de nuestros tres ríos, tanto programar las adjudicaciones de la limpieza y recogida de residuos, No hay alguna forma de baldear las aceras de las calles más céntricas. Sin contar la Plaza Mayor. Que ese espacio lleva buenos tutes de agua a chorro. Pero también existen las otras calles aledañas al centro geográfico de dicha Plaza Mayor, que también tienen derecho a que se limpien sus orines, sus cacas y sus cochambres.

Estamos a final de mes y principio de septiembre. Hasta los de la diáspora también han marchado a sus respectivos destinos de los cuarteles de invierno. Es hora, amigo alcalde Palazuelo, de poner un poco de orden en esos urinarios públicos que son las aceras de las calles céntricas, ante la imposibilidad de que el cielo nos mande una catarata de agua.

Un agua que se puede sacar de la traída, Pero si no se quiere hacer un gasto excesivo, creo que no sea muy difícil habilitar un lugar donde los camiones de baldeo puedan extraer agua de uno de nuestros ríos. O acaso ¿también hay que pedir permiso por escrito a la Confederación Hidrográfica del Duero? Aunque cuando hay desbordamientos de los ríos a causa de alguna tormenta o temporal, hay que echarles una mano para que los daños que están produciendo SUS ríos no sean cuantiosos,

Es cuestión de hablarlo. Pepe Valín, presidente de la citada Confederación, que es buena gente y seguro que no negaría el permiso. Pero es evidente: si no llueve habrá que echar mano de los baldeos o andar a la manga riega. Vamos, digo yo, amigo alcalde Palazuelo. Al menos, para no meter en casa orines forasteros o de propios que, al fin y al cabo, huelen igual.


Carta abierta a Lolo ‘Friuras’

Publicado por Polo Fuertes el 19/08/2013 0:01 Comentarios desactivados

Me dio la noticia Arturo, el cura de San Salvador. Triste noticia para todos los bañezanos, en general y muy triste para mí, en particular, amigo Lolo, amigo ‘Friuras’. Nunca supe, ni falta que hace, el por qué de ese apodo. Porque frío, lo que se dice frío lo pasamos todos los chavales que nacimos en la guerra y en la posguerra.

Siempre te recordaré tras el mostrador de la farmacia de don Gonzalo. Atendiendo a la gente, sonriendo a todo y a todos. Eras el clásico mancebo que, casi con ver cómo despachabas, se aplicaba la fórmula de la purga Benito. A los dolores se le caían los palos del sombrajo y al Piramidón, los efectos secundarios.

Han pasado ya muchos días desde tu fallecimiento. Pero lo cierto es que he estado muy ocupado con médicos y enfermeras en la décima planta del hospital Princesa Sofía, tratando de curar este cáncer que me asusta cada poco. Sí, ya sé, que no tengo que asustarme, que de esto no me voy a morir. Así me lo dijiste uno de los últimos días de julio, cuando te enteraste por mí. “Yo también tuve cáncer, hace ocho años, y no pienso morir de eso”.

Por ello, cuando ahora me pongo a mandarte esta carta al cielo, sabes que llegará siempre a tiempo. Como las fotos (tu otra pasión de coleccionista) que me decías que te consiguiera. A veces, tardaban meses y meses. “Pero siempre llegan a tiempo”.

Eras ese amigo que siempre conseguías lo que te pedían. Nunca supe cómo lo conseguías. Pero al final, venías y lo entregabas con la cara de satisfacción del deber cumplido. Aunque no tenías ningún deber que cumplir. Sólo pasaba que eras amigo de todo el mundo.

Luego estaba lo de la música. “Mira, Polo, cómo me sangran las manos de los palillos”. Fuimos compañeros en una improvisada ‘banda’ de cornetas y tambores que prepararon los hermanos Toral (Claudio y Pito) para inaugurar la Procesión del Silencio de la Amargura. Fueron tus lecciones las que me metieron en mi mollera de iniciado los toques del tambor que me asignaron. Siempre solícito, siempre al quite para dar todo lo que sabías, que era mucho, y poder sacar adelante la iniciativa.

También me contó Arturo que tu última actividad fue el concierto de la Patrona. Marcando los compases con tu caja y tus palillos. Como siempre. Después llevaste a tu compañero del alma, Benigno ‘Tarines’, porque ya está mayor y volviste por tu mujer y tu hermana. Luego, como cada día, te quedaste mirando la televisión y así cumpliste el axioma con el que me habías animado unos días antes. “Estoy seguro que ni tú ni yo moriremos de cáncer”. Gracias, amigo ‘Friuras’. Tú siempre tenías razón.


Flavius, el Beduniense (cuento)

Publicado por Polo Fuertes el 1/08/2013 18:31 Comentarios desactivados

En agosto de 1997, el Centro de Estudios Astorganos ‘Marcelo Macías’ de Astorga organizó su ronda literaria alrededor de la defensa de la auténtica Vía de la Plata, con la literatura como mejor arma arrojadiza contra los que querían y siguen queriendo robar el patrimonio, la historia y la cultura de este camino entre Mérida y Astorga. Un grupo de escritores, poetas y periodistas fuimos los encargados de levantar nuestras voces contra los usurpadores.

Para ello, yo escogí un cuento, fruto sólo de mi imaginación, algo que advertía al principio del relato. Aunque después supe que muchos eruditos de la Historia habían buceado en códices y armarios, en busca de nuevos documentos. He de decir que en 1997, Google estaba aún en carnetas en España.

El relato comenzaba así:

Desde hace casi un siglo, una estatuilla, incrustada en la torre, preside la iglesia parroquial de Quintana del Marco. Una estatuilla a la que los vecinos de este pueblo definieron como la imagen de san Pedro, y como tal se venera. Sin embargo, la vieja estatuilla de san Pedro no deja de ser parte de los hallazgos encontrados, allá por el año 1899, en la finca de los Villares, en la que mosaicos y una pléyade de estos ‘santos’ salieron a relucir. Aunque la desidia de las autoridades de entonces y las de ahora, han dejado que muchos de estos restos arqueológicos se perdieran y otros fueran a parar a huertos, portales de casas solariegas o, como el san Pedro de la iglesia de Quintana del Marco, a un nicho en una torre de campanario

Así y todo, recientes investigaciones, a las que he tenido acceso, dan al traste con la advocación sanpedrina y empiezan a poner luz en esta figura. La traducción y posterior redacción apresuradas, componen el siguiente relato, con las consiguientes lagunas que, el paso de los siglos ha borrado.

“Me llamo Pergo de nacimiento. Nací esclavo. Y durante la mayor parte de mi juventud estuve en las brigadas topográficas que recorrían el ‘Iter ab Emerita Augustam’, a las órdenes del gran patricio agrimensor e ingeniero Flavius Severus, verdadero artífice de esta vía. Los portes de tesoros escoltados por centurias armadas hasta los dientes discurren desde Asturica Augusta a Emerita Augusta, una vez clasificados en justos valores en la civitas”.

“Mi pericia en lo tocante a la construcción y posterior conservación del ‘Iter ab Emerita Asturicam’, me valió, con el pasar de los años y la adquisición de experiencias necesarias, la llegada de la hora de la libertad, desde la benignidad de ni señor Flavius Severus. El Conventus Juridicus Asturicenses me puso al frente de la primera Mansio, en este entronque de vías, a unas veinte millas de la salida de Asturica Augusta, en mi tierra natal, Bedunia. Un entronque de caminos parecido a la salida de una fusta de cuadrigas, cuyo mango siempre soportó y mantuvo la Urbs Asturicensis, y de donde salen los ramales para Caesar Augusta (por levante), Bracara (por el sur) y Emerita (por el mediodía). En honor de mi señor tomé el nombre de Flavius de liberto. Y desde entonces se me conoce como Flavius el Beduniense…”.

“En mi casa de Bedunia, muy cerca de las instalaciones de la Mansio, se han fraguado los más insólitos convoyes, cargados de toda clase de mercancías y mercaderías, hacia todas las partes de Hispania, una vez hechos los correspondientes ajustes, trasvases y transbordos consignados en la Urbs…”.

“Un completo mecanismo burocrático dio las claves precisas para que más de cien esclavos fueran organizando las cargas, siempre bajo mi supervisión y organización… Ello me ha supuesto un estado social sumamente importante en Bedunia y en la capital Asturica. Además, empezaron a llegar a la Mansio toda clase de artesanos, músicos y retóricos, como corresponde al camino de patricio, iniciado por mis buenos hados”.

“Uno de estos artesanos esculpió dos bustos exactos de mi persona. Uno de ellos le fue enviado a mi amada Algricia Aurelia, que seguía siendo esclava en la quinta de Marco Aurelio a un tiro de honda de Bedunia, en el mismo ‘Iter ab Emerita Asturicam’…”.

Marco Aurelio fue el nuevo ingeniero y agrimensor, encargado de este itinerario emeritense, a la muerte de mi dueño Flavius Severus. A su mando los administradores de Asturica Augusta pusieron varias cohortes, para tratar de perseguir el bandidaje, que hacía peligrar los transportes, a causa de las constantes incursiones, robos y pillajes contra mercancías y carretas… Todo fue un discurrir de felicidades, camino de la opulencia y del poder que me otorgaba mi puesto y mi posición…”.

Hasta que llegó la catástrofe. Hace unos años, con la llegada de una gran riada de los ríos Torto, Ornia y Urbico, que confluyen a la entrada de Bedunia. La gran inundación se llevó parte de la Mansio, arrasó mi casa e hizo desaparecer a mi amada Algricia Aurelia para siempre. Sin saber nunca dónde han ido a para sus restos… Mi vida ha sufrido un desgarro y se va consumiendo entre el ajetreo diario y el recuerdo de la tragedia. La concentración de agua hizo cambiar los emplazamientos de la primera Mansio, para vial desde Asturica y de mi casa, a los altozanos de Bedunia…”

“Por dichos altozanos tienen que subir desde entonces las carretas cargadas de metales preciosos, arrancados en los montes medulios del gran dios Tileno. La desesperación busca, a veces, las soledades de las lágrimas para no llegar al suicidio… Sólo el recuerdo de mis amores frustrados por la tragedia repentinamente me sostiene, mirando al busto gemelo que, un artesano de paso, duplicó para mi amada Algricia y para mí… Con el que quiero que me entierren el día del tránsito… Una muerte que veo ya muy cercana por mi desconsuelo”.

Hasta aquí las citas que corresponden a las primeras transcripciones de los pergaminos que, en forma de diarios, fueron encontrados recientemente en una necrópolis beduniense, en la que, juntamente con los restos humanos, apareció también un busto idéntico al que desde hace más de un siglo preside, como un san Pedro, la torre parroquial de Quintana del Marco.


Chilla, vencejo, chilla

Publicado por Polo Fuertes el 23/07/2013 17:50 Comentarios desactivados

La plaza en la que vivo, Doctor Briva Mirabent se acuesta y despierta, en este tiempo, chillona como una jaula de monos. Los vencejos se han adueñado de su espacio aéreo, bombardeando chillidos para cazar al vuelo (nunca mejor dicho) todo mosquito que se pone por delante. Por eso, en estos días de sofoco, más que de calor, no deja de ser un alivio que estos veloces pajaritos nos quiten de en medio esos insectos draculianos, que te pueden poner el cuerpo como una pintura impresionista.

Esta tarde-noche, mientras veía evolucionar a velocidad de vértigo a los vencejos, me acordé de mi amigo y compañero Felipe Pérez Pollán, que anda el hombre buscando pastores para que traigan de nuevo al redil a lo vencejos poetas, que han cambiado los versos por cazamosquitos, en la plaza que lleva el nombre del obispo ilustre astorgano.

Veintiocho años ya desde aquella noche en la que sentados alrededor de la escalerilla que lleva a tus habitaciones en el castillo de los Bazán de Palacios de la Valduerna, escuchamos unos cuantos, los últimos poemas de Antonio Colinas, en su propia voz. Tres años después (este se cumple el primer cuarto de siglo), Conrado Blanco González creaba su Premio Nacional de Poesía, en memoria de su progenitor, Conrado Blanco León, para poner el broche de oro a aquellas tardes del primer domingo de agosto, de Poesía para Vencejos.

He sido un asiduo de todas las ediciones y, por eso, he visto que se le han escapado los vencejos a Pollán, para matar mosquitos en mi plaza de Briva Mirabent. Esta edición, cuando llegue el cuatro de agosto, haré un esfuerzo para que dejen de chillar, al menos durante unas horas de la tarde, a la vera de mi ventana, para que vuelvan a volar en derredor del viejo torreón del castillo, donde volverán las musas a poner en la boca de los poetas, los versos que llevan su nombre, Poesía para Vencejos. Amén de entregar el galardón del Premio Nacional de Poesía, Conrado Blanco, a uno de los poetas asistentes, Francisco García Marquina, que, con su Poema Insomne se llevará el laurel y los seis mil euros del Premio nacional de Poesía, Conrado Blanco León.

Y volverán a chillar los vencejos mientras hacen rubricas volanderas alrededor del torreón de Pérez Pollán y del paredón que sujeta una docena de troneras desvencijadas de aquel castillo medieval de Palacios, en cuyo patio de armas, Felipe ha creado uno de los jardines botánicos más completos de la provincia. Un castillo de recreo que los Bazán prestaban a reyes y nobles, para pasar sus veraneos a la vera del río de los Peces, cuando los vencejos se unían a los juglares para cantar gestas y batallitas de monta y media.

Por eso, desde hoy y hasta el día cuatro de agosto, estaré amedrentando a estos pájaros volanderos, gritándoles desde la pequeña ventana del mirador de mi salón: “chilla, vencejo, chilla”, para que los poetas tengan una música chillona mientras recitan sus poemas, mientras cuentan sus versos, mientras estrujan sus tropos, sus vidas interiores.

Gloria pues, a los vencejos de mi plaza que, a través de sus chillidos poéticos, he reconocido que son de los que han venido a pastar mosquitos desde el torreón del último castellano en León, Felipe Pérez Pollán, allá donde los últimos patricios augustos de Astorga iniciaban sus penitencias, para aplacar las iras del dios Teleno. Chilla, pues, vencejo, chilla con ganas, que la poesía sigue muy vida en estos tiempos de crisis, en estos tiempos de desesperación.


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