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La aparición de El Adelanto y sus primeros tiempos

Publicado por Ibañeza.es el 24/04/2017 8:08 Comentarios desactivados

El 29 de noviembre de 1932 comunica al gobernador civil y a la alcaldía bañezana Eugenio Llamas Ferrero, director de la oficina del Banco Central, que “bajo su dirección se publicará los sábados El Adelanto” (a finales de abril de 1933 será sustituido por Santiago Manjón Martínez), aunque el regente efectivo fuera siempre el sacerdote Ángel Riesco Carbajo, coadjutor de la parroquia de El Salvador, quien tal vez no se ocupara de los trámites de la autorización del semanario para no obstaculizarla por causa de la reciente sanción gubernativa que le había sido impuesta por desafecto al régimen republicano y poseedor de escritos conspirativos contra él, y por las mismas razones pudo no ser el presbítero y si de nuevo Eugenio Llamas quien solicitara el 15 de diciembre permiso para celebrar el día 18 en la Iglesia de Santa María una reunión a la que se llamó desde la circular repartida al vecindario y anuncio en El Adelanto y que tratará de establecer (como así se hizo) en La Bañeza una Junta parroquial para ocuparse del sostenimiento del culto y clero en la ciudad, cumpliendo lo preceptuado en la pastoral del obispo de León con ocasión del inicio del otoñal mes del Rosario de “aplacar la justicia divina atendiendo a lo uno y lo otro y a seminaristas pobres, y ayudando a la buena prensa…” (de la que la nueva publicación pasaba a formar parte).

Integraron la comisión organizadora de aquella iniciativa Joaquín Nieto, José Marcos de Segovia, Mariano de la Fuente (había sido concejal en 1928, y sería uno de los 24 derechistas bañezanos detenidos entre la noche del 20 y la media tarde del 21 de julio de 1936 por su afección al golpe militar del 18 de aquel mes, y uno de los gestores municipales impuestos por los sublevados el 4 de agosto del mismo año), y el director de El Adelanto, y la Junta que recaudará, administrará y distribuirá los ingresos procedentes de la suscripción fija y voluntaria establecida: Laureano Alonso González (médico), Manuel Ramos García (comerciante), Joaquín M. Moro García (industrial), Marcelino Martínez Simón (labrador), Valentín González Castro y Francisco López Ordás (obreros), además del párroco o sacerdote delegado y Joaquín Nieto.

Surgía El Adelanto el día 3 de diciembre (sábado), propiedad de la parroquia de Santa María (regida por don Lucas Castrillo Martínez) e impulsado por don Ángel Riesco, “su director de hecho y de derecho”, para contrarrestar la influencia del semanario izquierdista Avance (editado en La Bañeza,  “contra el caciquismo y la clerecía”, desde el 12 de marzo del mismo año 1932) y para llevar las consignas y doctrinas católicas y morales a la sociedad bañezana y de la comarca, comprometidos con el coadjutor para lanzarlo y mantenerlo una pequeña plantilla de feligreses entre los que formaron los abogados Laureano Alonso y Diez-Canseco, José Santos Fernández (notario en Santander), y José Marcos de Segovia, Eugenio Fernández, Conrado Blanco León, y Agustín Quiñones (que se encargó de los deportes), todos los cuales solían escribir con pseudónimo, incluido don Ángel (que utilizaba varios, Demófilo, Dionisio, Jesús Requejo, K-Vernícola, Clarito, entre ellos), continuando además la colaboración de algunos de aquellos en La Opinión, que siguió publicándose durante los primeros meses de 1933 y en cuya desaparición influyó tal vez el trasvase de las más caracterizadas de sus firmas a la novel cabecera.

Se tiraba el nuevo semanario en la imprenta de la Viuda de Manuel Fernández (doña Encarna), en la que el tipógrafo socialista Ramón Santos Prada era maestro de taller y junto al que había un grupo de cajistas encargados de componer los diferentes artículos, así como las editoriales y anuncios. Se distribuía a suscriptores y en el local de La Buena Prensa al inicial precio de diez céntimos, e incluía desde el 10 de diciembre en sus páginas, “como atención preferente a las clases menesterosas y porque así se lo dicta su programa social y religioso”, una sección que llama “Bolsa de Trabajo” en la que darán cabida gratuita a las demandas de empleo de los trabajadores y las ofertas de los patronos. Contiene también composiciones poéticas a veces mordaces contra los planteamientos y usos de quienes serán tomados desde el principio como enemigos declarados y blanco de sus ácidas diatribas: marxistas, masones, ateos, y laicos (“los sin Dios”, en suma). Contra el laicismo precisamente se blande en la edición del día 24 (en el poema Cantares) un argumento curioso y desde luego más convincente para el sexo masculino: ¿Tú eres varón? Pues tendrás / más pasión, más ocasión; / luego necesitarás / más dosis de Religión. A la lucha y a la defensa de los intereses político-religiosos que lo animan dedicará en este tiempo y a lo largo del restante del periodo republicano el semanario el grueso de las secciones y artículos que llenan sus páginas, algunos publicados previamente por El Diario de León, y de ellas entresacamos los  retazos que siguen.

En el mismo establecimiento bañezano (regentado por María y Aurora y sito en la calle Juan de Mansilla, frente a la iglesia de Santa María) se vendía también por entonces, entre otras publicaciones merecedoras de hallarse en uno con aquel apelativo, el hebdomadario Ideas, de Acción Obrerista, partido-sindicato católico de asalariados creado en Madrid recientemente al calor de Acción Popular y su Coalición Española de Trabajadores para frenar la pérdida de preeminencia del sindicalismo amarillista y católico en favor del de clase, que anunciaba su próxima implantación en la capital de la provincia, y que llevaba la doctrina social de la Iglesia católica a los extremos de abogar por el reparto equitativo de las plusvalías del trabajo entre el patrono y los asalariados, y a pedir el salario familiar colectivo, que no tiene nada de utópico, dicen, por cuanto ya se concede en Norteamérica, y aquí, “en una fábrica harinera de Benavente llévase ya con este salario redentor la paz, el pan y la cultura, y también la gracia de Dios, a muchas familias”.

A primeros de enero de 1933 se constituirá en Astorga una sociedad obrera de esta agrupación, “que ya actúa bajo el lema Religión, Familia, Propiedad, Enseñanza, Orden y Trabajo” (decía El Diario de León), la misma que en ofensiva político-sindical se había lanzado en numerosos pueblos del sur para contar con mano de obra barata y debilitar a los sindicatos de izquierda, ofreciendo empleo, por salarios muy inferiores a los establecidos en las bases de trabajo, a quienes abandonaban las filas de la ugetista Federación Nacional de Trabajadores de la Tierra (FNTT), y que pretendía hacer de los campesinos leoneses muchos pequeños propietarios mediante el patrimonio familiar y obrero que también para ellos propugnaba. Un poco antes, al inicio de diciembre de 1932 (precisamente cuando surge El Adelanto), según el censo establecido desde el gobierno civil de la provincia, se dice que son unos 300 los afiliados al sindicato UGT en las tierras bañezanas.

Del libro LOS PROLEGÓMENOS DE LA TRAGEDIA (Historia menuda y minuciosa de las gentes de las Tierras Bañezanas -Valduerna, Valdería, Vegas del Tuerto y el Jamuz, La Cabrera, el Páramo y la Ribera del Órbigo- y de otras de la provincia, de 1808 a 1936), recientemente publicado en Ediciones del Lobo Sapiens) por José Cabañas González. (Más información en www.jiminiegos36.com)


Nudismo en La Bañeza en el verano de 1935

Publicado por Ibañeza.es el 10/04/2017 8:39 Comentarios desactivados

Publicaba El Adelanto el 6 de julio de 1935 un suelto (que titula “Por decencia y moralidad”) en el que se hace eco de protestas contra la falta de moral ya proclamadas antes desde El Diario de León, manteniendo que “en medio de la libertad, o mejor dicho de la corrupción de costumbres que sale a la superficie de la vida, ha levantado ya una reprensión unánime el desnudismo que se usa en las playas, propio de una sociedad más que paganizada, y sorprendente y chocantemente se practica en La Bañeza (hasta la fecha solamente por el sexo masculino, aunque no por ello deja de ser reprobable) sin reproche de las muchas personas decentes y cultas que han debido de observarlo”, y se llama la atención de las autoridades para que conserven el buen nombre de la ciudad que se precia de ilustrada, decente y moral y eviten tal escándalo público que se viene dando en el puente de Requejo, a escasos metros de la carretera por la que transitan toda clase de personas, cuando, sobre todo en los atardeceres, jóvenes de quince, veinte o más años, “sin más traje que el recibido por la naturaleza, algunos, y otros con un escaso taparrabos, salen del agua y pasean por las orillas del río, y hasta algunos se permiten formar tertulia con otras personas en la carretera”.

Aquel mismo día, “ante las denuncias que le eran elevadas por la práctica abusiva e inmoral y ofensiva de las buenas costumbres de baños en lugares públicos”, dictaba el gobernador civil una circular que prohibía en toda la provincia leonesa “bañarse sin vestir una prenda adecuada y permanecer fuera del agua sin llevar albornoz, excepto en los solarios preparados a tal fin con separación de sexos y aislados del resto del público de las piscinas, márgenes de ríos o playas”, prohibición en mucho similar a las que sobre la misma materia y desde el mismo ámbito se darían algún tiempo después en la provincia, instalado ya el franquismo sublevado e impuestas su rancia disciplina de cuartel y su moral de convento, desterrando desde el gobierno civil y con el beneplácito del obispado escotes, maquillajes, tintes del cabello, el fumar, vestidos provocativos, escotes, transparencias y calados, piernas descubiertas o sin medias y brazos al aire en la mujer y las niñas mayores de doce años; en las parejas las posturas poco honestas, los bailes modernos, abominables y desvergonzados (incluso los “de caridad”), y el ir por lugares de poco tránsito y escasa luz; en todos las prendas de baño indecorosas, usarlas fuera del agua y vestirlas fuera de caseta cerrada, y los baños de sol sin albornoz; y los muslos desnudos en los niños, todo ello en unos tiempos que serán “de obedecer ciegamente y respetar lo mandado”.

Finalizando el mes de agosto de 1935, en pleno refuerzo ideológico de la derecha después de su triunfo sobre los revoltosos de octubre de 1934 y su mayoritaria victoria electoral de noviembre de 1933, y formando parte del mismo, “próxima la época de producir los modelos que en otoño suelen entregarse al comercio”, la Comisión Mor Playa rogaba “a los fabricantes y comerciantes de trajes de baño se enteren de las condiciones que deben reunir los tipos que esta proyectará con su propaganda y por su organización nacional, y a cuáles hará la más viva oposición por reputarlos inmorales”.

Al cabo de un año, la intromisión de la Iglesia en el control de la moral la llevaría a crear una “línea de bañadores para que la mujer española no enseñe carne en la playa”, y en julio de 1937 en ciudades como Orense se considerará incorrecto y detestable (a pesar de los calores propios de la estación) despojarse de chaquetas y exhibirse en mangas de camisa en los paseos, calles céntricas y terrazas de los cafés “sin tener en cuenta la presencia de damas y señoritas en lugares tan concurridos, costumbres perniciosas y provocaciones que habían tomado carta de naturaleza durante los últimos años de indigna democracia”, y extralimitaciones que, según el bando del alcalde, se evitarán de manera terminante y se sancionarán con el máximo rigor, como seguían pretendiendo hacer las órdenes que sobre moralidad y buenas costumbres “prohibiendo a los mayores de 14 años el uso del traje de baño y de pantalón corto por las calles de cualquier ciudad o pueblo, por carreteras y restaurantes…”, se dictaban desde Madrid a finales de junio de 1962.

Del libro LOS PROLEGÓMENOS DE LA TRAGEDIA (Historia menuda y minuciosa de las gentes de las Tierras Bañezanas -Valduerna, Valdería, Vegas del Tuerto y el Jamuz, La Cabrera, el Páramo y la Ribera del Órbigo- y de otras de la provincia, de 1808 a 1936), recientemente publicado en Ediciones del Lobo Sapiens) por José Cabañas González. (Más información en www.jiminiegos36.com)


La desconocida Escuela Agronómica de Nogales (II)

Publicado por Ibañeza.es el 27/03/2017 8:32 Comentarios desactivados

A Eugenio García, que era además comisionado del Banco Agrícola Peninsular y encargado de su agencia en La Bañeza, y un empedernido traficante de bienes de la desamortización, que compraba para revenderlos, quizá valiéndose de los fondos de dicho Banco, le disgustó que el acomodado de Boisán y el no menos opulento de Santiagomillas Francisco Alonso Cordero compraran también una importante porción de bienes pertenecientes al convento de Nogales (que el bañezano consideraba su exclusivo feudo y cuyas totales pertenencias pretendía adquirir), por lo que desde entonces emprendió ante el juzgado de la villa bañezana un rosario de pleitos y demandas contra aquellos, que llevarán a que en 1849 permuten los unos con el otro “tres huertas en San Esteban de Nogales, que compraron a la Nación, por otras fincas también compradas al Estado por don Eugenio, todas procedentes de los bienes del convento de la localidad”. Los enrevesados contratos, pleitos, convenios, ventas, hipotecas, préstamos, obligaciones y foros urdidos en los siguientes años en torno a la adquisición de aquellas propiedades desamortizadas (afectando algunos al pueblo asentamiento del monasterio y a sus vecinos y al aprovechamiento de los montes desamortizados) debieron de estar relacionados, directa o indirectamente, con la muerte de Francisco Martínez “Cuarentavacas” el 20 de noviembre de 1854 como consecuencia de las heridas que le causara 13 días antes en una pierna un casual o intencionado tiro de escopeta cuando se hallaba en el bañezano mesón del Cabildo, una taberna y casa de comidas situada al otro lado de la calle o carretera, frente a la iglesia de Santa María.

En la que entonces seguía siendo hacienda del potentado bañezano se estableció en 1852 una Escuela Agronómica fundada por ambos y bajo la dirección de José de Hidalgo Tablada, Catedrático de Agricultura, director de la Asociación General de Labradores, inventor de algunas “máquinas aratorias”, y entre otros muchos y meritorios cargos director y propietario de la revista El Agrónomo, y se hizo “para formar en ella agricultores que dirijan en su tierra las operaciones del campo con arreglo a las leyes de las ciencias”, empresa en la que sus dos socios se aventuran sin subvención alguna del Estado.

Se da en tan saludable espacio enseñanza primaria y religiosa, acompañadas por una instrucción sólida y moral y por la práctica como principal estudio, se dice en su Reglamento, que dispone los grados de primaria elemental, agricultura práctica (en la que se forman capataces o mayordomos), y agricultura teórico-práctica superior (que forja ingenieros agrícolas), aunque por el momento imparte solo las dos primeras enseñanzas. La Escuela imita las que en abundancia existen ya en países como Bélgica, Rusia y Francia, y pretende desarrollar la riqueza agrícola del país brindando sus servicios sobre todo a los hijos de los labradores de mediana fortuna, y aún a los adultos que deseen perfeccionar sus usos campesinos y a los artesanos (carreteros y herreros, por ejemplo) de los oficios cercanos y precisos al agrícola. Se prevé hacer públicos los resultados de tan ambicioso proyecto en Los Anales de la Escuela Agronómica de Nogales, que se difundirán por entregas trimestrales.

El predio en el que se asienta es el del exmonasterio de Santa María, desamortizado como coto redondo de Nogales y adquirido por Eugenio García, y que cuenta aún con buenas habitaciones, extensos graneros, excelentes cuadras, y las oficinas precisas para la explotación que se establece. En sus inmediaciones y cercados por grandes y sólidos tapiales hay un molino harinero de dos piedras, movidas por un amplio canal derivado del adyacente río Eria, y dos huertas, además de tierras de secano, monte y prados ajenos a la cerca.

Dispone el Reglamento, además de la enumeración de los abundantes y modernos medios y herramientas con los que cuentan los alumnos, una distribución minuciosamente rigurosa y metódica del tiempo que éstos habrán de dedicar a formarse según sea en el invierno o en verano, de modo que en el último, por ejemplo, “dispondrán de 8 horas de descanso, 1 de policía y para alabar a Dios, 4 de estudios teóricos, 7 de trabajos y estudios prácticos, 4 para las comidas, y tiempo para ir y volver a los trabajos y el descanso”. Recoge también las diversas condiciones de estancia y de retribución según los grados de enseñanza, y así, abonarán 4 reales diarios los educandos de la instrucción primaria, y 2, 4 ó 6 reales los del nivel siguiente, según la clase de asistencia o “si se sujetan a los trabajos prácticos excepto las horas de cátedra”, los primeros. Desde los 8 años para el primer nivel y los 14 para el segundo acceden los internos a la Escuela (en cursos que duran desde el 1 de noviembre al 30 de septiembre), y desde los 22 los que con su trabajo en ella se pagan los estudios y alimentos en una suerte de “acceso para mayores” que les permite, según sea su nivel, agregarse a uno u otro grado. Existe también un taller de construcción de máquinas agrarias para instrucción de los alumnos, y las precisas al establecimiento, en el que en un tercer nivel de formación se instruyen durante cuatro años quienes saldrán Maestros en herrería y carreteros.

Portada de la publicación y parte de la fachada del Monasterio desde el interior.

Además de unos estipendios modestos y “previstos para facilitar la instrucción agrícola a los hijos de labradores de todas las fortunas”, se beca a uno de cada veinte alumnos del primer nivel para el segundo, y se admiten como “externos y por un módico devengo a los hijos de las familias pobres de los alrededores de la Escuela en el radio de una legua”. Se reglamenta también y con detalle el régimen de vida del internado, las modalidades de enseñanza y los tipos de trabajos prácticos que conlleva, y los exámenes, el tiempo, el orden, la distribución y las materias de estudio según los años que se cursan, y se pone la Escuela Agronómica creada y los positivos frutos que de ella se esperan a disposición del Gobierno, de las Juntas de agricultura y de las sociedades económicas y los particulares, y a las Juntas de beneficencia se ofrece “para educar a los jóvenes desvalidos que les remitan, con los solos gastos que éstos originen en el establecimiento de caridad al que pertenezcan, apartados de los pupilos procedentes de casas particulares pero bajo el mismo régimen que los demás”.

Loable y meritorio empeño progresista e ilustrado el emprendido entonces por estos dos adelantados en la feraz campiña de Nogales, en el noroeste de las tierras bañezanas, del cual desconocemos el alcance, la trayectoria y la dimensión que pudo tener en los años que siguieron. Tan solo disponemos de evidencias en algunas de las numerosas obras y tratados posteriores del erudito agrónomo que la dirigía de que al menos en 1853, un año después de ser creada, aquella avanzada Granja Escuela de Nogales funcionaba y daba provechosos rendimientos, lo que ya no ocurría en 1879 cuando por las deudas contraídas por el propietario Eugenio García (al participar en la construcción del ferrocarril de Andalucía) el monasterio y las fincas sobre las que se asentó fueron embargados por Enrique Surrentinez, de Lorca (Murcia). Habitado al poco y durante algunos años por su viuda y sus dos hijas, al cabo lo vendieron al benaventano Joaquín Núñez Grais, marqués de los Salaos, que terminó vendiéndolo a su vez en 1911 a los vecinos de San Esteban de Nogales, que acabaron de expoliar el edificio extrayendo para los dinteles y fachadas de sus construcciones variados elementos de sus muros, después de la venta que aquel hace de las estatuas yacentes de Suero de Quiñones y su esposa Elvira de Zúñiga, llevadas en 1913 a la Hispanic Society de Nueva York en cuyo museo pueden aún ser contempladas.

Del libro LOS PROLEGÓMENOS DE LA TRAGEDIA (Historia menuda y minuciosa de las gentes de las Tierras Bañezanas -Valduerna, Valdería, Vegas del Tuerto y el Jamuz, La Cabrera, el Páramo y la Ribera del Órbigo- y de otras de la provincia, de 1808 a 1936), recientemente publicado en Ediciones del Lobo Sapiens) por José Cabañas González. (Más información en www.jiminiegos36.com)


La desconocida Escuela Agronómica de Nogales (I)

Publicado por IBAÑEZA.ES el 13/03/2017 8:19 Comentarios desactivados

El largo proceso histórico, económico y social de la desamortización, iniciado en 1798 por Godoy y cerrado a finales de 1924, ya en el Directorio Militar, por el Estatuto Municipal de Calvo Sotelo, discurrió desde la emprendida por Mendizabal en 1836, de propiedades exclusivamente eclesiásticas y no compensadas, salvo los monasterios dedicados a la enseñanza o la atención de pobres, cuyos monjes irían destinados a parroquias o capellanías con un sueldo a cargo del Estado (desposesión que provocó que la Iglesia excomulgara a quienes las expropiaron y también a sus compradores), a la que siguió en 1855 la de Madoz, aplicada ahora a posesiones del Estado, la Iglesia, el clero, órdenes militares, cofradías y obras pías de beneficencia e instrucción pública, y a los bienes propios y los comunes de los pueblos, aquellos de los que desde el siglo XVI se había ido adueñando la nobleza absentista a pesar de la voluntad de los concejos de impedirlo.

Todavía en julio de 1893 el tribunal gubernativo del ministerio de Hacienda dicta resoluciones desestimando numerosos expedientes de excepciones de ventas de terrenos comunales promovidos por alcaldes pedáneos o presidentes de Juntas Administrativas de pueblos de nuestra provincia, entre ellos el de Jiménez de Jamuz, que no evita que se desamorticen y se pongan a la venta una buena proporción de “predios de monte raso, prados de secano y sardonal, y tomillares” que hasta entonces formaban parte del común. Son muy escasas las excepciones solicitadas que se conceden. En enero de 1898 la delegación de Hacienda nombra Comisionado subalterno de ventas en La Bañeza a don Toribio González, suponemos que para gestionar en el partido transacciones como estas con las que obtener liquidez para el Estado. En nuestro pueblo, diversos avatares relacionados de diferentes modos con los pagos comunales atravesaron las siguientes décadas, de manera que cuando en el otoño de 1936 se produzca la tragedia que barrerá de su suelo a 16 de sus hijos serán aquéllos en ella un factor destacado.

En la comarca bañezana afectaron aquellas desamortizaciones, y algunas exclaustraciones que como la de 1837 las acompañaron, también a los conventos del Carmen, en La Bañeza; al dominico del Sancti Espiritus, en Palacios de la Valduerna; al premostratense de Santa María de Villoria de Órbigo, y al cisterciense Real Monasterio de Santa María de Nogales, y supusieron, como en todo el país, una importante redistribución de la riqueza agraria, más bien por la adscripción de nuevas fincas a diversos terratenientes ya existentes que las compraron (la gran nobleza y la burguesía adinerada) que por la aparición de nuevos propietarios medianos, de tal modo que en la provincia de León se favorecieron generalmente hacendados burgueses locales, de la capital o La Bañeza, y algunos adinerados madrileños. Así, el potentado de Boisán Francisco Martínez Martínez (“Cuarentavacas”) adquiere bienes que pertenecían a los conventos de Carmelitas de La Bañeza (entre ellos una heredad sita en San Cristóbal de la Polantera y Matilla del Páramo) y al de San Esteban de Nogales y otros fuera de la provincia, y el acaudalado maragato Santiago Alonso Cordero, de Santiagomillas (ya uno de los primeros y mayores capitalistas del momento, residente en Madrid después de su juventud de arriero, donde llegaría a conseguir en exclusiva el transporte de los caudales del Estado), realiza numerosas e importantes compras de tierras pertenecientes al convento de monjas de Villoria de Órbigo radicadas en los pueblos próximos y en el ámbito geográfico comprendido entre dicho pueblo, Riego de la Vega y La Bañeza.

Portada de la publicación y parte de la fachada del Monasterio desde el interior.

Algún otro madrileño “negociante de la desamortización” adquirió bienes de aquel monasterio (en su caso para cederlos al natural del lugar Miguel Fernández Gironda, de la pequeña nobleza campesina, que se hizo además con las posesiones del convento en Quintana y Congosto), al igual que hicieron otros como los leoneses Genaro Bayón Luengo, con las de Turcia, y Francisco Alonso, que  cedió a Melquiades Valbuena sus adquisiciones en Antoñanes y Grisuela, o los bañezanos Mateo García, que compró fincas monacales en Villarrín del Páramo; Ignacio Fresno, en Veguellina y Acebes del Páramo; Eugenio García y Gutiérrez, en Hospital, Puente de Órbigo y San Feliz (además de las adquiridas del monasterio de Nogales y de los dominicos de León, lo que denota su gran poder adquisitivo), y Nicolás Moro, ya en la desamortización de Mendizabal, en San Pelayo, en cantidad y calidad muy inferior a las anteriores y por importe de 300 reales que ha de pagar en veinte plazos, y algunos lugareños de los pueblos (desde la nobleza rural a sencillos renteros y campesinos acomodados) que adquieren bienes en poblaciones como San Pedro Bercianos, Villazala, Santa Marinica, Valdesandinas, Castrillo de la Valduerna, Regueras de Arriba y Azares, o Riego de la Vega.

También se desamortizaron bienes de las cofradías bañezanas de las Angustias, de Jesús Nazareno, de San Roque, y de las Ánimas, establecidas las dos primeras en sus respectivas ermitas y las últimas en las iglesias de Santa María y de El Salvador (todas solicitaban indemnización por ello al Estado entre los años 1877 y 1929), y de bienes propios municipales como el predio bañezano de las Lagunas, adquirido por el acaudalado Julián Franco.

En la última abadía, la sita en San Esteban de Nogales, después del saqueo de 1807 y poco antes de la vuelta de los monjes se había producido un incendio, intencionado a lo que parece, al que siguió en el Trienio Liberal un nuevo despojo por las turbas y la ocupación en 1823 otra vez por los frailes dispersos que reconstruyen una vez más el edificio, hasta la adquisición de los bienes monacales por el bañezano Eugenio García y Gutiérrez, procurador de los tribunales casado con Francisca de Mata (el 16º de mayor riqueza territorial entre los 50 primeros contribuyentes por la misma de la provincia en el año 1871, como su vecino Ignacio Fresno lo había sido el 10º en 1855), quien se habría valido de malas artes y de la necesidad de los labradores del pueblo tras dos años de malas cosechas para añadir a aquellos muchas tierras “por un puñado de dinero y hogazas de pan”. Anticlerical, según lo pintan en el Abadologio del monasterio, habría destruido la iglesia (“los nidos para que no volvieran los pájaros”) y saqueado las tumbas de los ilustres personajes enterrados en el convento.

En aquellos años los que más contribuían por riqueza territorial en Alija de los Melones, Villazala, Valderas, Palacios de la Valduerna, Castrocalbóbn y Destriana eran respectivamente el duque del Infantado, el marqués de Campofértil, el marqués de Astorga, el conde de Miranda y de Montijo, el duque de Escalona y el marqués de Valparaiso. En cuanto a Ignacio Fresno Pérez, pintor asesinado en París al que nombraban “Monsieur Fresno”, eran sus padres Ignacio Fresno Bartolomé y Rosa Pérez Martínez, y su hermana Victoria y el progresista Menas Alonso Franco (adalid del republicanismo bañezano, alcalde de la villa a la altura de 1888, y fallecido en 1912), con quien se desposaba, serían progenitores de Aurora y de Lucas Alonso Fresno, casado este con María Ruiz García, cuyos hijos fueron: Josefina, Manuela, Victoria, Eloisa, Eudosia, Ignacio, y María Alonso Ruiz, familia represaliada por el franquismo con multas, cárceles, y el asesinato de la última, además de los cinco años que Ignacio hubo de esconderse como “topo” en la casona familiar de la calle Astorga.

Del libro LOS PROLEGÓMENOS DE LA TRAGEDIA (Historia menuda y minuciosa de las gentes de las Tierras Bañezanas -Valduerna, Valdería, Vegas del Tuerto y el Jamuz, La Cabrera, el Páramo y la Ribera del Órbigo- y de otras de la provincia, de 1808 a 1936), recientemente publicado en Ediciones del Lobo Sapiens) por José Cabañas González. (Más información en www.jiminiegos36.com)


Maniobras militares de los Montes de León en septiembre de 1934 (III)

Publicado por Ibañeza.es el 27/02/2017 9:10 Comentarios desactivados

El general López de Ochoa elogiaba el día 29 en su alocución en Astorga el alto espíritu demostrado por las tropas en los días de maniobras, resaltando “la inutilidad de las propagandas subversivas que solapadamente se intentaron hacer cerca de ellas”. El mismo general trasladaría después a Destriana “la satisfacción y el reconocimiento personal de las unidades que permanecieron en ese municipio”, y su gratitud a La Bañeza y al pueblo bañezano por su colaboración de aquellas fechas y por la buena acogida que se dispensó a los allí acantonados, a la que se responderá desde la novel alcaldía el 18 de octubre (calmadas ya las alteraciones del orden público que la revuelta socialista también por aquí había traído) indicándole que “el comportamiento de este vecindario no merece tan alto reconocimiento, pues no hizo más que cumplir con un deber de ciudadanía”.

El 30 de septiembre continuaban en Hinojo los aparatos de aviación que han venido a tomar parte en las maniobras militares, y se cuentan por millares las personas de La Bañeza y de los pueblos comarcanos que van a aquel lugar todos los días para verlos volar (informaba El Adelanto), y el 2 de octubre en Astorga sigue realizándose el embarque de las tropas, que prosiguen pasando por León de regreso a sus destinos, finalizadas ya las maniobras con toda normalidad. También para Madrid ha regresado el general López de Ochoa, acompañado del general de brigada Toribio Martínez Cabrera, el verdadero organizador desde su reciente puesto de director de la Escuela Superior de Guerra de aquellas maniobras militares (que serían la antesala de lo que hoy es el campo de tiro militar de El Teleno) precisamente en su cuna maragata, decisión que con la de llevar la carretera hasta su pueblo merecerá el agasajo de los prohombres del país y que lo reconozcan y lo nombren, pasados tantos años, Hijo Predilecto de la Región de Maragatería. Fueron las de 1934 las más grandes previas a la guerra civil, después de las del Pisuerga de octubre de 1932 (“que habían servido para comprobar la maniobrabilidad del Ejército en terreno llano y fangoso por la lluvia, mientras estas la evaluarían en un territorio escarpado, inhóspito, con escasas vías de comunicación y recursos, y rudimentarios modos de vida”, se indicaba en las Instrucciones que las preparan y desarrollan”) y las del Segre de 1933, y anteriores a las de Llano Amarillo, en Marruecos, de julio de 1936.

La normalidad referida había estado salpicada por algunos incidentes, como el sucedido el 1 de octubre cuando en el nacimiento de la carretera de Santa Colomba de Somoza una motocicleta perteneciente al 5º Grupo de Intendencia ocupada por un cabo y un teniente coronel de Estado Mayor de la Jefatura del Servicio de Arbitraje de las maniobras militares atropelló a un carro de bueyes, con el resultado de sufrir heridas los militares y el destrozo de los dos vehículos, o el que se dio al día siguiente en Foncebadón al arder diez pajares repletos de hierba y paja, “se cree que por la colilla arrojada por algún soldado de los que están de maniobras”.

También en La Bañeza llegaba en la misma fecha al juzgado de Instrucción la notificación sobre los hechos ocurridos entre un suboficial y el sereno Eugenio Blanco García, altercado en el que participarían además Arturo Agustín (Álvarez) del Álamo, casado, factor de la estación de La Bañeza, y Baldomero Lodeiro Sánchez, soldado de Ingenieros, dedicándose a cantar por la ciudad el 2 de octubre, después de finalizar las maniobras militares, por lo que los llamó al orden el sereno, al que lejos de obedecer maltrataron de palabra y de obra hasta el punto de verse este obligado a hacer uso de su arma disparando un tiro contra ellos (según la vista que contra ambos y por atentado a la autoridad se celebra ante el Tribunal de Urgencia de la Audiencia Provincial el 11 de noviembre de 1935, que los condena al pago de 15 pesetas de multa, habiéndose decretado por el juez de Instrucción la prisión incondicional de los dos el 13 de junio y el traslado del primero a la cárcel de León el 1 de octubre), y desde su alcaldía se enviaba el día 13 de octubre de 1934 a la Comisión de Indemnizaciones de Madrid y a la de Valladolid la relación de los daños causados por las tropas y ganados. Además, las estaciones de los Ferrocarriles del Norte y del Oeste se congestionaron por las maniobras militares, y la Federación Católica Agraria no podía servir en los primeros días de octubre abonos a sus sindicatos asociados y a los labradores que preparaban entonces las labores de la sementera.

Entre tal cantidad de tropas y pertrechos bélicos acumulados en aquel escenario alguno debió de perderse o despistarse, al menos así ocurriría en La Bañeza, pues del Parque de Intendencia de Valladolid solicitan a su alcaldía el 19 de octubre se les indique quién hizo entrega de 18 bultos que contenían 42 equipos de tiendas individuales de montaña, e insistían aún en ello el 20 de noviembre, aunque más azarosa y agitada habría de ser la trayectoria aquí del carro-cuba enviado el 19 de septiembre (uno de los flamantes auto-aljibes utilizados para el abastecimiento de aguas, un servicio que por primera vez se ensayaba, hermanado acaso con el vetusto y sufrido que apodaban “Nicolasa” de los detritus bañezanos) a juzgar por las requisitorias que a su cuenta al regidor se hacen: de Valladolid, de Intendencia, solicitan ya el 8 de octubre que se devuelva un carro-cuba que se halla en esta plaza; por su paradero se interesan el 23 desde la comandancia militar de Astorga (a cuyo jefe se comunica “hallarse en esta estación férrea”), insistiendo el 13 de noviembre, para terminar requiriendo el 6 de diciembre desde la Jefatura de Transportes Militares “que se envíe el carro-cuba y se indique el número de atalajes y cajas en la documentación”, lo que se haría al poco, remitiéndolo por fin (se dirá) a la sede en Burgos de aquella Jefatura, aunque no debió de ser así, pues todavía a la mitad de enero de 1935 de la Inspección General del Ejército pedirán datos sobre el famoso carro-cuba enviado desde Zaragoza, y se contestará por entonces al Jefe del Batallón de Caballería nº 7 de Salamanca que el tal aljibe móvil por el que se interesa “se halla en la estación de esta ciudad”, y al coronel Jefe de Estado Mayor de Madrid que el día 15 ha sido facturado (definitivamente, y con su equipamiento) al 7º de Zapadores, poniendo fin (suponemos) a sus enrevesadas peripecias.

En las inmediaciones de Astorga desarrollarían también en el otoño de 1935 las fuerzas de la Octava División su plan de maniobras y las Escuelas prácticas militares, y allí se volverán a concentrar entonces 4.000 hombres de 4 batallones de Infantería procedentes de los regimientos que guarnecen las plazas militares de La Coruña, Lugo, Ferrol y León, además de dos baterías de Artillería y una compañía de Intendencia, en unas operaciones desplegadas en los mismos emplazamientos que las del pasado año y que durarán del 14 al 30 de septiembre, dirigidas por el general que las comanda y bajo la inspección del general Manuel Goded, jefe de la 3ª Inspección del Ejército, que revistaría, acompañado del coronel del Regimiento Burgos 36, el Cuartel de Santocildes cumplimentado por el general Toribio Martínez Cabrera. El cuartel general de las maniobras militares, al mando del general Fernando Martínez Monje, se establecerá esta vez en el Hotel Moderno, y todas las tropas participantes en ellas se desplazan en tren, excepto el batallón de guarnición en León, que lo hará por carretera, dejando allí solamente las fuerzas indispensables para el servicio de la plaza.

Del libro LOS PROLEGÓMENOS DE LA TRAGEDIA (Historia menuda y minuciosa de las gentes de las Tierras Bañezanas -Valduerna, Valdería, Vegas del Tuerto y el Jamuz, La Cabrera, el Páramo y la Ribera del Órbigo- y de otras de la provincia, de 1808 a 1936), recientemente publicado en Ediciones del Lobo Sapiens) por José Cabañas González. (Más información en www.jiminiegos36.com)

Antiguo plano de maniobras en los Montes de León.


Maniobras militares de los Montes de León en septiembre de 1934 (II)

Publicado por Ibañeza.es el 13/02/2017 8:42 Comentarios desactivados

Aquellas unidades saldrían para Astorga y otros pueblos próximos a Foncebadón, y se esperaban para el día 22 los escuadrones Pesado (con sus mandos, 75 individuos de tropa y 20 carruajes) y Ligero (mandos, 80 soldados, 24 carruajes y 95 cabezas de ganado), el de Artillería, y la Sección Veterinaria (mandos, 15 de tropa, 3 carruajes y 17 animales). Aquel mismo día pernoctará en la ciudad para trasladarse después a Destriana (cuya Corporación acordaba en pleno municipal en esta fecha “prestarle por parte de todo el vecindario la mayor facilidad y comodidad posible para el desempeño del cometido que les está encomendado”) el Regimiento de Infantería n º 21 de Cáceres (con sus 41 jefes y oficiales y 1.138 soldados), y el día 23 el Grupo de Artillería Pesada (10 jefes y oficiales y 211 de tropa). En la tarde del 24 llegará el Taller Móvil de Artillería, y el 25 su Plana Mayor. Todo aquel movimiento de tropas y materiales, aunque La Bañeza está situada en un extremo, destinado al campo de las maniobras, cuya línea de fuego quedaba constituida entre esta ciudad y las de Astorga y Ponferrada (decía El Adelanto).

En las “maniobras militares en los montes de León” (a las que asiste una misión militar portuguesa) toma parte muy activa la aviación. El Grupo 21 del aeródromo de la Virgen del Camino ha establecido su base en Hinojo, a tres kilómetros de La Bañeza, y para este punto salían ya el sábado, día 23, los 20 vehículos del escalón precursor rodado, y el domingo tres aparatos de la Plana Mayor con el jefe de Grupo, el comandante Ricardo de la Puente Baamonde, 9 Breguets de reconocimiento y bombardeo, y una escuadrilla de caza (dos según otra nota del mismo día de El Diario de León) formada por 7 aviones Nieuport llegados de la base de Tablada (Sevilla), seguidos del escalón de retaguardia. La aviación del ejército enemigo, o bando rojo, tiene su base en Sarria (Lugo), y la componen una patrulla de 4 aparatos de bombardeo del aeródromo de Logroño, y una escuadrilla de caza de 11 aviones de la base del Prat (Barcelona). A media tarde del día 25 se estrellaba en Sarria un avión Nieupórt de los de la escuadrilla de caza del Prat, muriendo el oficial piloto teniente Eduardo Dalias Chartres, que había estado destinado en la Virgen del Camino en 1930. El comandante del aeródromo leonés, primo carnal de Francisco Franco, sería al poco procesado y suspendido del Ejército por su apoyo a la revolución de Asturias (se mantuvo leal cuando la sublevación militar de julio de 1936, al mando de las Fuerzas Aéreas en Marruecos, y fue fusilado el 4 de agosto sin clemencia alguna por parte de su directo familiar). En cuanto a la “coloración” de los contrarios, creemos que el redactor se equivocaba, pues según el planteamiento, o Tema, de las maniobras en sus Instrucciones y Memoria, el simulado ejército enemigo, e invasor desde Galicia, sería el bando azul, y el propio el bando rojo, al que pertenece el Segundo Cuerpo de Ejército, el ejecutante de las maniobras. Así lo noticia también ABC el 15-09-1934.

Aquel mismo día 25 de septiembre terminaba la concentración de tropas en Astorga, que presenta un aspecto singular, especialmente en las horas de la comida, en que se reúne el cuartel general en la población (después, en enero de 1936, en un epigrama crítico con el general Martínez Cabrera, dirán desde El Combate que “entonces hizo el caldo algún fondista”); el resto del tiempo las fuerzas salen por los pueblos próximos. Muy impactante hubo de resultar tal acumulación de personas (23.000, según La Vanguardia del día 28) y de impedimenta militar (6.750 caballos y mulos, 496 vehículos, 91 motocicletas, 598 carros y 88 camiones-aljibes y carros-cuba) en el paisanaje y el paisaje, tanto rural como urbano, de una tierra sembrada de pequeñas poblaciones y en la que sus mayores núcleos, Astorga, con poco más de 8.000 habitantes, y La Bañeza, con algo menos de 4.300, eran habitados por algo más de la tercera parte, el uno, y el otro por no mucho más del triple de los contingentes que entonces los visitan, o el incremento en un lugar como Destriana de los casi 1.200 efectivos del Regimiento que acoge, tantos como entonces eran los vecinos del lugar.

El ministro de la Guerra (Diego Hidalgo Durán) presenciaría la última parte de las maniobras, del 28 al 30, y para visitarlas también saldrá el día 28 de Madrid el presidente de la República. El primero llegaba a León el 27 por la noche, con la previsión (cumplida) de asistir a las maniobras y volver a pernoctar en el Hotel Oliden. La del viaje del segundo era llegar a León el 28 (acompañado del jefe del gobierno, Ricardo Samper), deteniéndose apenas en la ciudad, almorzando seguramente en el campo (se informaba el día antes), para regresar de Astorga al anochecer, haciendo la cena y el almuerzo en el Oliden en la intimidad con los altos jefes y las personas del séquito presidencial. Los planes del alto mandatario cambiaron a última hora, y don Niceto Alcalá-Zamora iría solo y directamente a Astorga (haciendo una breve parada en La Bañeza y recibiendo Imperiales como obsequio), donde los jefes y oficiales le ofrecerán una recepción y banquete en el Casino, sin pasar por León hasta el 28 por la noche, hospedándose en el Hotel Oliden y saliendo para Salamanca el sábado 29 por la mañana para asistir allí al homenaje tributado a don Miguel de Unamuno.

El viernes día 28, sobre las 13 horas, pasaba en automóvil acompañado por otras personas de su comitiva el presidente de la República. Una nutrida representación de la Corporación bañezana y autoridades se destacó (en dos coches de punto –tres, según otra fuente-) al límite de la provincia en la carretera Madrid-Coruña, cerca de Pobladura del Valle, donde con otras comisiones oficiales provinciales cumplimentó al Primer Magistrado de la Nación. El alcalde accidental de La Bañeza, Ángel González González (el titular, Juan Espeso González, disfrutaba desde mediados del mes de un permiso), obtuvo don Niceto el favor de que se detendría en la ciudad, lo que cumplió, peandose en la Plaza Mayor, donde numeroso público lo recibió con efusión y respeto (y con la Banda de Música y aplausos), parando unos breves momentos y continuando después viaje a Astorga acompañado de las delegaciones oficiales referidas para asistir al colofón de las Maniobras Militares de los Montes de León que se venían desarrollando desde días antes. “Algún joven bañezano distinguido lo saludó a su paso con el brazo en alto y el puño cerrado”, diría El Adelanto. Corta fue la parada del presidente en La Bañeza, pero aún así hubo ocasión y tiempo de que dos jóvenes, Conrado Blanco González (hijo de Conrado Blanco León) y Julio Fernández Casado (vástago de Herminio Fernández de la Poza), le agasajaran, a él y a sus acompañantes, con unas cajas de los afamados productos de confitería bañezanos.

En el Consistorio de la ciudad episcopal se ofreció el mismo viernes al presidente de la República un vino de honor después de ser aclamado en la Plaza Mayor al medio día (aludiría el alcalde, Miguel Carro Verdejo, en su discurso “a la solidaridad que une al Ejército con el pueblo y a la conciencia nacional que repudia la guerra porque es la negación del espíritu humano”), al tiempo que los jefes (el general Franco entre ellos, invitado a las maniobras por el titular de la cartera militar como su asesor personal) y oficiales obsequiaban con un ágape en el Hotel Moderno a los informadores de Madrid, León y Astorga y a los delegados y observadores militares venidos de Portugal, México, Alemania, Francia, Italia y Estados Unidos, y se brindaba el sábado un banquete al ministro de la Guerra. Se le honró también con una función de gala en el Teatro y se organizaron variados e interesantes festejos populares. Estaba previsto que el mismo sábado el ministro revistara a la Octava División en Foncebadon, y el domingo a la Séptima en la explanada de El Ganso, cerca de San Esteban de Somoza, lo que hubo de ser suspendido por la lluvia, sin que tampoco pudiera ser recogido por los cameramans de la casa Fox, que se hallan en Astorga con el objeto de impresionar una película sobre las maniobras.

Del libro LOS PROLEGÓMENOS DE LA TRAGEDIA (Historia menuda y minuciosa de las gentes de las Tierras Bañezanas -Valduerna, Valdería, Vegas del Tuerto y el Jamuz, La Cabrera, el Páramo y la Ribera del Órbigo- y de otras de la provincia, de 1808 a 1936), recientemente publicado en Ediciones del Lobo Sapiens) por José Cabañas González. (Más información en www.jiminiegos36.com)

Antiguo plano de maniobras en los Montes de León.


Maniobras militares de los Montes de León en septiembre de 1934 (I)

Publicado por Ibañeza.es el 30/01/2017 8:03 Comentarios desactivados

El 19 de mayo de 1934 se recogía ya en la prensa que en septiembre se realizarán unas importantes maniobras militares conjuntas del Ejército y la Marina, en las que tomarán parte cerca de 30.000 hombres. Sobrepasada la mitad de junio, ante el anuncio de las maniobras que se preparan para el otoño (ya solo del Ejército) se presentaban dos tendencias, partidaria una de que se celebren en Astorga, y en León, en Ferral del Bernesga, la otra. Las comisiones de Estado Mayor han dictaminado que la primera opción es mucho mejor que la segunda, pero desde El Diario de León estimaban lo contrario por varias razones, entre ellas que la zona de Astorga tiene pueblos dentro del área de fuego; está cruzada por la carretera Madrid-Coruña y por la vía férrea, además de por numerosos caminos, y tiene escasez de agua (es sabido que para abastecer el cuartel de Santocildes es preciso cortar algunas horas el agua a la ciudad).

Tal vez porque (como sostienen algunos autores) desde el Gobierno se preveía cada vez con mayores probabilidades de certeza el estallido de un movimiento revolucionario en Asturias, se decantaba el ministerio de la Guerra ya en julio por los terrenos astorganos y de los Montes de León para realizar las maniobras, más similares a los asturianos en relieve y condiciones (contempladas, según aquellos, como medida preventiva y con la finalidad política -además de la estrictamente militar- de contrarrestar la sombra de la insurrección armada de la izquierda), y se pedían así de la 3ª Inspección General del Ejército a final de aquel mes a la alcaldía bañezana “detalles sobre la vida y medios que puedan proporcionarse a las tropas en la zona de operaciones”, un país en el que, en todo caso y según el apartado que en las Instrucciones para la preparación y desarrollo de las Maniobras Militares en los Montes de León la Dirección de Estado Mayor dedica a la psicología, “sus habitantes son virtuosos en todos los órdenes, acogedores, trabajadores, y en modo alguno toleran la exagerada licencia entre los sexos, … son veraces, honorables, no transigen con la mentira ni con la adulación, ni toleran tratamientos autoritarios”.

Se anunciaban oficialmente al comenzar agosto aquellas maniobras (una circular del BOP se referirá a ellas el 31 de aquel mes), con duración desde el 22 de septiembre al 2 de octubre, bajo la dirección del Inspector del Ejército, general Eduardo López de Ochoa, y participando más de 20.000 hombres de las divisiones Séptima y Octava, mandadas por los generales Nicolás Molero Lobo en Valladolid y Pedro la Cerda y López-Mollinedo en La Coruña. Siete de las jornadas se dedicarán a la concentración y dislocación de las distintas unidades, y las cinco restantes al desarrollo de los temas y los supuestos tácticos.

“Durante todo el mes de agosto, marchas e instrucción preparatorias, sin descansar noche y día. Instrucción hasta el día 20 de septiembre. El 22 salimos para Astorga; después a pie, hacia las montañas, muertos de sed y de cansancio de tanto caminar, cargados como mulos. Llevábamos de equipo, en el morral de espaldas: la tienda de campaña, la muda, el traje de repuesto, el tabardo, los clavos de la tienda, el casco de hierro, los zapatos, y otras alpargatas; en el de costado: el plato, la cuchara, tenedor, jarrillo, toalla, peine, jabón, el fusil, los correajes con tres paquetes de munición, la manta, el palo de la tienda…”, dirá uno de los soldados de reemplazo, malagueño, enviados desde Zamora a aquellas maniobras, “regresando el 2 de octubre, el día 3 lo tuve franco y el 4 nos acuartelaron” (para destinarlos a pacificar Asturias).

Ya el 3 de septiembre la 4ª División de Estado Mayor requería de la alcaldía bañezana datos sobre el alojamiento de las tropas y demás en las previstas maniobras, y de la 7ª División Orgánica, de Valladolid, avisan el 4 de que los días 19 y 20 llegarán tropas a la ciudad, comunicación que se repite el 11 desde la dirección de las maniobras militares, en Madrid, avisando del estacionamiento de otras unidades el 21, 22 y 23. A la mitad del mes el ministro de la Guerra desmentía que por la mala situación económica se fueran a suspender las maniobras militares, y el día 20 salían las tropas de La Coruña para tomar parte en ellas. Dos días más tarde fuerzas militares de Segovia, Madrid, Valladolid, Palencia y Burgos pasan por León en dirección a Veguellina y Astorga para sumarse a las que ya también desde otros lugares se desplazan; en total once trenes militares especiales serán los que transiten hacia la ciudad maragata por la estación férrea leonesa, llegando por carretera Intendencia y los parques de Artillería

El día 15 desde Valladolid informan al alcalde de que, contra lo previsto y notificado unos días antes, el Batallón de Zapadores no pasará por La Bañeza. El 16 remiten desde Burgos, de la Jefatura de Transportes Militares, las guías del material de campaña para las maniobras; el día 17 piden desde Valladolid, de la Jefatura de Administración de Maniobras Militares, relación de precios de artículos de primera necesidad, cebada, paja y tabaco (avisando de que el 25 al medio día llegarán más tropas), y el 18 de Badajoz envían las guías del material de guerra que se transporta por ferrocarril, a la vez que remiten de la Aviación Militar, de Madrid, las del material con destino al Aeródromo de Hinojo (también para esta base aérea provisional expedirán un talón por material el 29 desde la Aviación Militar de León). El día 19 enviaban desde Transportes Militares, de Zaragoza, la guía del que será después tan traído y llevado carro-cuba destinado al Regimiento de Zapadores nº 7, quizá el de los mismos soldados que por mandato del general Toribio Martínez Cabrera, y a cuenta de su bolsillo, construirán la carretera de Turienzo a Andiñuela de Somoza, patria chica del militar benefactor (después, en enero de 1936, en el semanario socialista astorgano El Combate se versificará que el camino concluye en una finca / que -¡qué casualidad!- resulta suya).

El 12 de septiembre la Corporación bañezana en su pleno de tal día decidía condonar a los carniceros los arbitrios de consumo de la carne de las reses que se sacrificarán para servir a las tropas con motivo de las maniobras militares, pero no los de degüello de las que se consuman fuera del término y se conduzcan cuarteadas en los camiones de la Intendencia. Tres días después se contrataban cinco vagones de harina para los militares movilizados en Astorga a la fábrica de Miguel Delgado en Santibañez de Vidriales, y el alcalde de La Bañeza emite un bando llamando a “mostrar atenciones y consideraciones a los servidores de la Patria que llegarán a la ciudad para las maniobras militares, y a ejercer cultura y hospitalidad en la agradable visita de los huéspedes”. En otro edicto exhorta a los comerciantes y exportadores a abstenerse de hacer en la estación facturaciones al detalle en pequeña velocidad, para evitar aglomeraciones y facilitar el desembarco de las unidades del Ejército entre los días 19 al 23. Mientras tanto, se está nivelando por numerosos obreros el campo de Hinojo para que sirva de lugar de aterrizaje de los aviones de la Base de la Virgen del Camino, de modo que se establecerá en él un verdadero campamento de aviación, “por considerarse punto muy estratégico, ya que dado el carácter abrupto y accidentado de la zona de maniobras, solamente las márgenes del río Órbigo ofrecen llanuras y planicies aptas para establecer bases aéreas”.

Con motivo de las maniobras militares son acogidos en La Bañeza ya desde la tarde del día 19 de septiembre un Grupo de Intendencia compuesto de oficiales, suboficiales y 210 individuos de tropa, 32 carruajes y 100 cabezas de ganado, y una Columna de Subsistencias formada por oficiales, suboficiales y 114 soldados, 20 carruajes y 23 cabezas de ganado. Todos los pertrechos y animales se hallan acampados en los terrenos que dan vista a las eras, en la proximidad de la carretera de Jiménez, donde se han instalado dos hornos para fabricar pan, y en cuyas inmediaciones tienen almacenados los víveres y otros suministros. La tropa ha sido alojada en domicilios particulares, y parece ser que se hallan satisfechos de estar en la ciudad, que también se halla animadísima.

Del libro LOS PROLEGÓMENOS DE LA TRAGEDIA (Historia menuda y minuciosa de las gentes de las Tierras Bañezanas -Valduerna, Valdería, Vegas del Tuerto y el Jamuz, La Cabrera, el Páramo y la Ribera del Órbigo- y de otras de la provincia, de 1808 a 1936), recientemente publicado en Ediciones del Lobo Sapiens) por José Cabañas González. (Más información en www.jiminiegos36.com)

Antiguo plano de maniobras en los Montes de León.


Cuando se quiso poner tasas al toque de campanas

Publicado por Ibañeza.es el 16/01/2017 8:53 Comentarios desactivados

A finales de 1932 se promulgaba la Ley de contribución general sobre la renta (un impuesto aún muy limitado y de escaso poder recaudatorio, tímido primer paso en la creación de la moderna fiscalidad), cuando la renta per cápita alcanzaba las 1.083 pesetas. En La Bañeza, en los extensos debates sobre los presupuestos municipales para 1933 los socialistas habían pretendido la incongruencia (que les señala desde el local semanario La Opinión su director) de recuperar el impopular y ya suprimido impuesto de consumos, una carga indirecta y nada progresiva contra la que tantas protestas y motines había habido en el pasado, y tratado de establecer un gravamen por el toque de campanas (“asesorados por algunos entre los cuales hay fervorosos monárquicos hasta el 14 de abril de 1931”, dirá El Adelanto), que rechazaron los demás miembros de la corporación. También en León fue desechada la propuesta socialista de incluir en los presupuestos del año próximo a iniciarse una tasa anual por el tañido de campanas (150 pesetas por una, 200 por dos, 300 por tres o más), pero prospera gravar con 25 céntimos los carteles que anuncian funciones religiosas y cobrar impuestos por tirar cohetes y tocar organillos.

En La Bañeza, en realidad las discusiones y la elaboración de aquellos presupuestos (en múltiples y maratonianos plenos) fueron bastante más complejas y ajetreadas: la minoría socialista decidía el 23 de noviembre contar con sus representados antes de entrar a discutirlos, y lleva enmiendas en la sesión municipal del 28 al proyecto que presenta la comisión de Hacienda, basado en el percibo de ingresos por arbitrios (como el de 1932, al que supera considerablemente), que perjudica al vecindario (se dice), opuesto al de ingresos por consumos (como lo fue aún el de 1931), de mayor recaudación y por el que los forasteros pagan más, y derogado por una de las disposiciones transitorias del Estatuto Municipal y otras legales. Se acuerda por mayoría (los cuatro concejales de la minoría socialista, José Santos Pérez y Joaquín Lombó Pollán) obtener los ingresos por consumos, con lo que se rechaza el proyecto de la comisión de Hacienda; el alternativo de la minoría socialista también era por arbitrios, por lo que procede confeccionar uno nuevo basado en ingresos por impuestos de consumos.

Antigua postal de la Iglesia de Santa María de La Bañeza.

En el pleno del 7 de diciembre se revoca el anterior acuerdo (volver al sistema de consumos) y se desecha el proyecto de presupuestos de la comisión especial surgida de la anterior sesión, según votación en la que solo opta por no hacerlo el concejal Joaquín Lombó. Los socialistas aclaran su pretensión de reemplazar los arbitrios de 1932 por otros más justos, y de rebajar algunos como el de la carne, que consideran alto, para que deje de regir lo que manifiestan que algún concejal habría afirmado (“el que no pueda comer carne, que coma bacalao”), y que es desmentido por el alcalde (Juan Espeso González), sustituyendo con otros gravámenes lo dejado de recaudar por ello. Por mayoría se acordó presentar otro nuevo proyecto en el pleno del lunes próximo, confeccionado por la comisión de Hacienda una vez más. En cuanto a las carnes, a pesar de haberlas clasificado por categorías ya en enero de 1933 y de haber rebajado sus arbitrios, no han bajado sus precios los carniceros, lo que expondrán algunos concejales como queja en el pleno del 18 de aquel mes.

El día 12 de diciembre se entra por fin a estudiar y discutir el proyecto de presupuestos para 1933, en su apartado de Gastos, y se hace por artículos, partidas y capítulos. Se retira la partida de 480 pesetas del teléfono del alcalde (ya hay uno en secretaría) y el del cuartel de la Guardia Civil. Se destina una partida para el deslinde y amojonamiento de los terrenos comunales (en la fecha determinada en que se revisan anualmente las marras o mojones municipales), otra para salarios de los 15 vigilantes de arbitrios que habrán de atender el servicio junto con los serenos, y una más destinada a retribuir las nuevas plazas de arquitecto y de maestro de obras que se crean.

El pleno del 14 de diciembre, cuando cerrado ya el capítulo de Gastos se discuten los arbitrios que habrán de generar los Ingresos, conoce debates sobre si las bicicletas son artículo de lujo (como afirma el concejal socialista Porfirio González Manjarín), o no lo son, pues las usan mucho los obreros (según argumenta David González Moratinos). Y no debían de serlo, ya que se aumenta su canon, quedando en 6 pesetas anuales. También se establece una tasa a la circulación de perros, y un arbitrio por los anuncios o carteles que se exponen. Algunos concejales alegan haber determinado gravámenes elevados para las carnes de cerdo y de ternera, que consumen los ricos, para que los presupuestos no sean tachados de burgueses; los socialistas exponen por su parte que su tendencia no es obrerista, y abogan en prueba de ello por la rebaja de tales gravámenes.

Propone el edil Porfirio González Manjarín el impuesto de 100 pesetas anuales por cada una de las 11 campanas de la ciudad, consideradas como anuncios. La comisión elaboradora del proyecto pensó en ello, se dice, pero observó su ilegalidad (en la que coincide la Revista de la Administración Pública del mes de la fecha, que se consulta en la sesión). Hay empate en la votación (a favor, la minoría socialista y el concejal Toribio González Prieto), que se repite por dos veces, y decide la cuestión el voto de calidad del alcalde-presidente, rechazando la propuesta. El edil Joaquín Lombó Pollán vota en contra, pero añade que vería tal impuesto con satisfacción por vivir cerca de la Iglesia, y que vota como lo hace porque ha visto que la tasa no se impone en ninguna población (en la mayoría de las que la establecen, las delegaciones provinciales de Hacienda la revocan después, como sucedería en Huelva finalizando el siguiente mes de enero, o en marzo en Ponferrada), además de que “el asunto se resolverá cuando se promulgue la Ley de congregaciones religiosas, por la que los templos pasarán a ser propiedad del Estado, sobre cuyos bienes no se pueden imponer arbitrios” (parecida argumentación se había manejado en su momento en el consistorio leonés). El concejal David González Moratinos alegaba que en tal caso debería de gravarse también el timbre del Teatro y la sirena de la Azucarera.

Finalizaba la elaboración del presupuesto municipal para 1933 con la asignación de Ingresos en superávit sobre los Gastos, y se debate entonces si aplicarlo a rebajar las tasas de las carnes o al aumento de sueldo que los empleados municipales habían solicitado, sobre lo que hay empate y resuelve, en contra de la subida de salarios, de nuevo el voto del alcalde. Queda aprobado el presupuesto de Ingresos en 234.166,06 pesetas, con superávit sobre el de Gastos en 5.377,26 pesetas, que asciende a su vez a 228.788,80 pesetas.

Del libro LOS PROLEGÓMENOS DE LA TRAGEDIA (Historia menuda y minuciosa de las gentes de las Tierras Bañezanas -Valduerna, Valdería, Vegas del Tuerto y el Jamuz, La Cabrera, el Páramo y la Ribera del Órbigo- y de otras de la provincia, de 1808 a 1936), recientemente publicado en Ediciones del Lobo Sapiens) por José Cabañas González. (Más información en www.jiminiegos36.com)


El ‘pucherazo’ y los caciques (y III)

Publicado por Ibañeza.es el 2/01/2017 8:28 Comentarios desactivados

Conseguido el triunfo, continuaba el engaño electoral con el reparto de prebendas y cargos entre los adictos y paniaguados y con la aplicación de las temidas cesantías en los empleos públicos, que se extendían hasta los estanqueros y los peatones postales y carteros rurales, y a las que, con sorna, se alude a veces en la prensa bañezana de la época, como se hace en El Jaleo de marzo de 1914 a cuenta de los cesantes Cástor; el sereno Vicente García (“Nanín”); Esteban el alguacil; Clemente, Porta y demás, que se consuelan de abandonar ahora sus empleos, ya que “otros los dejaron antes para tomarlos nosotros”, como dejarían los suyos de empleados de la cárcel Braulio Fernández y Joaquín de la Huerga a primeros de 1916 para ser sustituidos por Adolfo Aguilar Sieteiglesias y Carlos Gil Casquete al pasar entonces la alcaldía a manos de Leopoldo de Mata Casado.

Irregularidades se darían en las elecciones municipales del 12 de noviembre de 1905 en ambos distritos del ayuntamiento de Santa Elena de Jamuz y que llevaron a solicitar su nulidad, pues en el primero, el de Villanueva y Santa Elena, se suspendería la votación sin otro motivo que el temor del alcalde de que se derrotara su candidatura, y en el segundo, el de Jiménez, no se habría permitido acceder a los interventores a la mesa electoral ni votar a algunos electores, extendiendo después el teniente de alcalde el acta en una taberna y a su conveniencia, hechos que se denuncian ante la Comisión electoral de la provincia, que da por válidos los comicios y desatiende la reclamación.

También se recordaban las antiguas elecciones, “las anteriores a la invasión militar de la dictadura” (próximas ya las municipales de abril de 1931) en La Opinión, semanario bañezano, del 15 de febrero de aquel año, para denostarlas por sus manejos caciquiles y escamoteos burdos y porque en ellas “se llegaba a inculcar el ideal a golpes, se compraban sufragios por un cacharro de vino, y se tranquilizaban conciencias por dos pesetas”, en prácticas que llegaron a ser tan naturales que por ejemplo en El Diario de León se noticiaba en diciembre de 1909 la “visita al gobernador de muchos pequeños caciques de importantes pueblos de la provincia, dícese que para tratar de asuntos electorales” (aquellas visitas, de alcaldes y secretarios municipales, persistían y se denunciaban desde la prensa leonesa en el tiempo de la Segunda República), y que se mantenían aún en 1933 en las elecciones municipales parciales del 23 de abril (las habidas en los 2.653 ayuntamientos designados en el mismo mes de 1931 por el artículo 29, los denominados “burgos podridos”) en el pueblo leonés de Láncara de Luna, donde “a la puerta del colegio electoral están con las papeletas cuatro agentes del cacique. Dentro, otros dos hombres con un tarro de cristal lleno de ellas. En el exterior un cura con un jarro de vino convida a los presentes. El cura y el cacique cerca del lugar de los comicios. El pueblo es republicano, pero los propietarios de la mayoría de las fincas, y de las mejores, han recomendado a sus colonos la candidatura caciquil (la de los antiguos monárquicos, unidos ahora bajo las siglas de los agrarios). Los colonos les temen, y eso es todo: votan lo que manda el cura y los oligarcas dueños de la tierra…”.

En los comicios generales de febrero de 1936 se practicará también desde el ejecutivo gobernante algún “encasillado afectivo y caprichoso”, y se prepararán, al menos, contra el gobierno en este caso, “los pucherazos de ciento diez pueblos” por el gobernador de Cuenca, según consignaría al hilo de los hechos don Niceto Alcalá-Zamora en su dietario; aún entonces en lugares como el zamorano pueblo de Záfara aludirá su maestra (cuando después sea depurada) a “la indignación que le causaba ver a los incultos caciques llevar como borregos a los desgraciados labriegos a emitir su voto a la fuerza”, y ya antes, en las municipales de abril de 1931, “en Granada votaban los jesuitas una vez con el hábito, otra con ropa de calle,… y facilitaron y usaron nombres de fallecidos para votar de nuevo en nombre de los mismos, lo que originó una protesta popular”. Algunos de los caciques de entonces y de más tarde, en algunos lugares, fueron también represaliados por el franquismo después del golpe militar de 1936, pues en su apego al poder y a sus cercanías jugarían a última hora (mal y con poca fortuna) la carta del Frente Popular.

Del libro LOS PROLEGÓMENOS DE LA TRAGEDIA (Historia menuda y minuciosa de las gentes de las Tierras Bañezanas -Valduerna, Valdería, Vegas del Tuerto y el Jamuz, La Cabrera, el Páramo y la Ribera del Órbigo- y de otras de la provincia, de 1808 a 1936), recientemente publicado en Ediciones del Lobo Sapiens) por José Cabañas González. (Más información en www.jiminiegos36.com)

Una imagen de las elecciones de febrero de 1936.


El ‘pucherazo’ y los caciques (II)

Publicado por Ibañeza.es el 19/12/2016 8:40 Comentarios desactivados

En cuanto a las trampas que los caciques urdían para conseguir los votos, iban desde la simple y sencilla compra, al saco de cebada que por cada voto conseguido ofrecía en 1921 el senador por la provincia de León y diputado a Cortes por el distrito de Sahagún Juan Barriobero Armas Ortuño y Fernández de Arteaga (barón de Río Tovía, casado en 1919 con María Josefa Pérez de Soto Vallejo, viuda superviviente del naufragio del Titanic), o a las añagazas al parecer también utilizadas en la comarca bañezana de mercarlos a cambio de media peseta o de una sola alpargata; la otra o el resto del billete los entregaba el cacique después de la constatación de habérsele votado, o a la captación de votos, a la antigua usanza, mediante la entrega a los electores de vales de comida que se denuncia desde las páginas del semanario Yunque de Lugo en junio de 1931. De otras artimañas puestas en juego por los llamados muñidores de los caciques nos ilustra las utilizadas por Genaro Blanco y Blanco (“Genarín”, el santo laico de aquel León humilde y viejo de los finales de los veinte con sabor y regusto aún a pueblo grande) en beneficio del diputado conservador y maurista Bernardo Zapico Menéndez, que lo fue a Cortes por León de 1919 a 1923, consistentes en “hablar bien en público de su patrocinado durante la campaña electoral, espiar a los candidatos rivales y reventar sus mítines, y comprar para él los votos de los convecinos invitándoles a merendar escabeche y huevos fritos”.

A tales o parecidos manejos se alude y de ellos se hace chanza en los números 4 y 14 de el mensual bañezano El Jaleo, del 1 de marzo y del 6 de diciembre de 1914, con los versos -¿No vas a votar, mujer? / -¿Yo a votar? Sería bueno / Los hombres son los que votan. / – Y los niños y los muertos, y con un satírico anuncio que da cuenta de que “se venden Votos para elecciones a diputados a Cortes, provinciales y de concejales”, y a las frecuentes mudanzas de ideología y de facción, al abundante transfuguismo de los políticos de la época, señalando el trueque de los ayer conservadores de Valencia de Don Juan en liberales merinistas hoy, y fustigando al que pasó de radical / a conservador maurista / siendo después socialista / y al presente liberal, prácticas que continuaron produciéndose también en los tiempos siguientes.

Era el pucherazo otro de los métodos de manipulación electoral usados principalmente durante el periodo de la Restauración borbónica para permitir el turnismo, la alternancia pactada previamente entre el Partido Liberal y el Partido Conservador, dentro del modelo caciquil de dominación política local (sobre todo en las zonas rurales y las ciudades pequeñas). Fraude por antonomasia, para llevar a cabo la maniobra se guardaban papeletas de votación (por ejemplo en pucheros; de ahí la popular denominación), y se añadían o se sustraían de la urna  electoral a conveniencia para el resultado deseado (se hizo por los cargos municipales sagastinos de La Pola de Gordón en diciembre de 1880, y también en las elecciones locales de 1893 en Laguna de Negrillos). Otros métodos consistían en la colocación de las urnas en lugares de imposible o difícil acceso para los opositores o el amaño de las votaciones con lázaros (votos de fallecidos que, al menos sobre el papel, resucitaban como el de los Evangelios) y cuneros (electores que se inscribían irregularmente en una circunscripción que no les correspondía).

Empañaban también la pureza del sistema electoral el control del Congreso para repartir actas de diputados, un procedimiento que incluía el encasillado o selección de los candidatos concertados para ocupar los puestos a elegir por las circunscripciones más adecuadas entre las de libre disposición del gobierno, que se aseguraba así la elección de sus amigos, y la capacidad de interferencia de los ayuntamientos en el censo electoral y en las votaciones, sobre todo a través de las Juntas Electorales y de Escrutinio del Partido. Una de las formas de falsificación más utilizada consistía, por ello, en alterar el contenido del censo electoral (en “adobarlo”), incluyendo en él a personas que no debían estar y excluyendo a otras que legalmente poseían derecho al voto, falsificación en la que jugaba un primordial papel la justicia municipal como instrumento de manipulación y control de las poblaciones por los caciques y los conservadores locales. Gerald Brenan describe así en El Laberinto español la confección de alguno de aquellos censos:

…en tales listas figuraban únicamente aquéllos electores a quienes se suponía habían de apoyar a los candidatos oficiales, y si su número era insuficiente, se repetían los mismos nombres una y otra vez. Hasta los muertos eran conjurados en sus tumbas y, en una ocasión, un cementerio entero, setecientos muertos en total, dio su voto, resultando edificante ver que aunque en vida estos setecientos votantes habían sido absolutamente analfabetos, todos ellos habían aprendido a leer y escribir después de muertos…

Tales manipulaciones, y otras, como dividir y subdividir el distrito modificando las cabeceras de sección para llevarlas a los pueblos más proclives a un candidato (fraude realizado en las elecciones de febrero de 1840, lo que motivó el abandono de los diputados leoneses burlados Santiago Alonso Cordero, Pascual Baeza, y Miguel Antonio Camacho) se explican porque las Juntas municipales del censo, elegidas por bienios, estaban en manos de las oligarquías, las cuales al dictado de sus intereses no dudaban en falsificar los padrones siempre que lo creyeran necesario.

El control sobre los electores de los notables locales y la corrupción del sistema dificulta tanto la lucha a los candidatos de oposición que éstos se retraen y dejan el campo libre a los aspirantes del gobierno. Son frecuentes los sobornos, las invenciones para el desprestigio de los oponentes, las amenazas, los excesos de autoridad, el ejército de agentes y delegados gubernativos recorriendo los pueblos en días de elecciones arrancando votos con dádivas de grano, vino o bacalao, y promesas que nunca se cumplían (el liberal Pío Gullón Iglesias sellaba en el distrito de Astorga elección tras elección idénticos compromisos de proveer campanas para iglesias o mazapanes de Toledo para rifas), y la suplantación de firmas en las actas del escrutinio. O métodos más expeditivos: informa El Campeón el 14 de abril de 1886 de que el juez de La Bañeza puso en libertad unos días antes de las elecciones últimas a un alcalde procesado por robo en cuadrilla; también excarceló por entonces a 14 presos, electores muchos de ellos, parientes y allegados otros de gente con voto. Además, prendió el viernes antes de la votación al guarda mayor de los montes del duque de Uceda y al alcalde de barrio de Destriana, que eran amigos del candidato de oposición, aunque la prisión no fue muy larga, poniéndolos en libertad el día 4 de abril, domingo, después del escrutinio.

Del libro LOS PROLEGÓMENOS DE LA TRAGEDIA (Historia menuda y minuciosa de las gentes de las Tierras Bañezanas -Valduerna, Valdería, Vegas del Tuerto y el Jamuz, La Cabrera, el Páramo y la Ribera del Órbigo- y de otras de la provincia, de 1808 a 1936), recientemente publicado en Ediciones del Lobo Sapiens) por José Cabañas González. (Más información en www.jiminiegos36.com)


El ‘pucherazo’ y los caciques (I)

Publicado por Ibañeza.es el 5/12/2016 8:28 Comentarios desactivados

Todo el entramado político de la Restauración se sustentó en la alternancia en el poder de los dos partidos mayoritarios (conservadores y liberales), facilitada por el sistema caciquil, que con su influencia y el uso de los resortes del gobierno falseaban la voluntad popular, sobre todo en los distritos rurales donde los caciques de aldea, alcaldes, delegados gubernativos, jueces municipales, capataces, prestamistas, párrocos y otros notables, completaban la red caciquil jugando un decisivo papel en la farsa electoral que no estaba exenta con frecuencia de arbitrariedades y atropellos. Todo valía para asegurar el triunfo del candidato adicto: multas, amenazas, detenciones y traslados forzosos de los votantes, incluso la violencia física y otras brutalidades contra ellos y sus propiedades que el gobierno no dudaba en emplear para conseguir la mayoría.

En el distrito de Murias de Paredes se intimidaba a los electores de la oposición con amenazas de cortar las orejas de sus caballerías; en Nogarejas hubo en 1893 un muerto por arma blanca en una refriega electoral; en Astorga, en las elecciones de aquel año, desde la gullonista publicación La Verdad se recomendó votar a Antonio Crespo Carro “porque es liberal y porque lo manda don Pío” (Gullón), favorecedor de algunos intereses del distrito a la vez que artífice de cesantías impuestas, promesas incumplidas, destierros de cronistas molestos, y persecuciones de candidatos opositores. Las partidas de la porra funcionaban a discreción en los pueblos del sur de la provincia leonesa, controlados a través de sus muñidores por Demetrio Alonso Castrillo (obstaculizado en otras ocasiones -como en 1891- por los conservadores del gobierno), y más de una vez hubo tiroteos y altercados en Valderas, Villamañán, Laguna de Negrillos y algunos pueblos coyantinos.

Era el cacique rural tirano de los de abajo, esclavo de los de arriba, y sanguijuela de todos. Contando con él, el juez municipal convierte el juzgado en comedero; el maestro municipal se arregla sus famélicos bolsillos; el alcalde hace sus apaños en el ayuntamiento; en suma, todos los que pueden meter la mano entran a medias con el cacique, que extiende sus brazos y chupa con sus insaciables ventosas como el pulpo. Uno de los principales sostenes del caciquismo rural es el municipal impuesto o reparto de consumos (arbitrario arbitrio muchas veces), cuyas cuotas se subirán hasta arruinar sus propiedades a quienes no voten en las mesas constituidas por sus secuaces según lo que al cacique plazca y le convenga. Por medio de elecciones ganadas de este modo agrada el cacique a su protector (generalmente el diputado del distrito), que por un centenar de votos hace la vista gorda y cubre con el tupido velo de su influencia los desmanes de sus protegidos. Un sistema parecido, por cierto (y de ahí el arraigado término que lo define) al otrora utilizado para gobernar a los indios ingenuos e ignorantes de nuestras colonias en América.

Genarín, santo laico, pellejero leonés, y muñidor de caciques.

Con el nuevo siglo alcanzó su plenitud un caciquismo que terminó siendo endogámico, de manera que ganar un acta, en los distritos rurales sobre todo, era cuestión de dinero, llegando a cotizarse los votos hasta a cien pesetas, como en 1903 en Sahagún y Grajal, además de “escabeche y cuba de vino abierta a disposición de los votantes”. Con frecuencia el pueblo negociaba con el candidato el precio del voto, pagado en dinero o en víveres y provisiones (un vagón de grano en La Vecilla o dos libras de merluza y un cántaro de vino en Murias), arreglo de carreteras, escuelas, iglesias o fuentes, o la exención de quintas (como alguna vez hizo para Valencia de Don Juan, su pueblo, el citado cacique Demetrio Alonso Castrillo, que al pasar en 1905 a senador vitalicio legó el acta a su hijo Mariano, que la mantuvo hasta la dictadura del general Primo de Rivera). Se dice en Castrocalbón que el puente de hierro que allí se construyó en 1917 lo consiguieron merced a la promesa electoral que un cacique local hizo, y en Murias de Paredes en las elecciones municipales de 1922, últimas antes del pronunciamiento militar del año siguiente, “se pagaron por los votos hasta 50 duros, y a 20 duros el que menos”.

Transcurriendo los años, los diputados se convierten en perpetuos e intocables (reelegidos muchas veces por unanimidad con el apoyo del artículo 29 de la Ley electoral de 1907), como lo fue desde 1905 hasta 1923 Antonio Pérez Crespo en La Bañeza, abogado nacido en Santa Colomba de Somoza, muchas veces por el Partido Liberal, y otras por el Partido Liberal Democrático escindido de aquél; que ocupó altos cargos en la Administración (director general de Prisiones; de los Registros y del Notariado; de Comunicaciones, y subsecretario del ministerio de Gracia y Justicia); que en la dictadura primoriverista sobrevivió a la Restauración, y que siguió en política a través de las plataformas agrarias de la II Republica para ser de nuevo en ella diputado. No desapareció el caciquismo con la llegada de la democracia republicana, y muchos de nuestros pueblos continuaron dominados por “los de siempre” y siendo reductos de caciques que dificultaban o impedían las reformas emprendidas.

La vida rural y lo que de atraso económico y cultural y extendida ignorancia para tantos ella venía a representar propició y mantuvo en parte el sistema caciquil, que campó y fue consustancial y elemento clave en todo el periodo de la Restauración a la corrupción y al reparto del poder político que en ella se ejecutaba. No fue menor en los amaños y componendas electorales de los caciques la capacidad de influir para lograr desde los ayuntamientos exenciones más o menos fraudulentas o discrecionales al Servicio militar, que establecía la permanencia en filas por tres años en unos tiempos recorridos por frecuentes guerras y por los riesgos que ellas conllevaban. Afectando la quinta a los más desvalidos, muchas familias se arruinaban, dispuestas a caer en las garras de los usureros antes que perder al hijo. En los niveles de corrupción que rodeaban a los sorteos de quintas de los llegados a la edad prescrita debió de ser importante la presencia eclesiástica, refrendando con su autoridad tantos manejos en tiempos anteriores a la existencia de registros estatales y en los que el párroco y los libros parroquiales de bautismo eran testigos fehacientes para aquellas suertes, aunque eran también en ocasiones los secretarios de ayuntamiento quienes se prestaban a realizar en ello componendas ilegales y otras corrupciones caciquiles.

Del libro LOS PROLEGÓMENOS DE LA TRAGEDIA (Historia menuda y minuciosa de las gentes de las Tierras Bañezanas -Valduerna, Valdería, Vegas del Tuerto y el Jamuz, La Cabrera, el Páramo y la Ribera del Órbigo- y de otras de la provincia, de 1808 a 1936), recientemente publicado en Ediciones del Lobo Sapiens) por José Cabañas González. (Más información en www.jiminiegos36.com)


La revuelta de octubre de 1934 en La Bañeza (y IV)

Publicado por Ibañeza.es el 21/11/2016 8:47 Comentarios desactivados

También por fuentes municipales conocemos la suspensión de funciones (en virtud del artículo 189 de la Ley Municipal de 1877, según el oficio que llegaría el día 10) del primer teniente de alcalde, Ángel González González, regidor accidental desde mediados de septiembre por permiso del titular, alegando posiblemente para ello (como se hizo en Madrid o León) el abandono de sus obligaciones y la falta de cooperación y asistencia al poder público. Sabemos además que el día 6 de octubre se cerró una de las armerías de la ciudad, y se ordenó por el alcalde (ya posiblemente el sustituto Manuel Martín Martín o el concejal –Joaquín Lombó Pollán, seguramente- en quien delega, dada su enfermedad que lo obliga a permanecer en su domicilio) al comandante del puesto de la Guardia Civil –teniente Pérez Renedo- se informe de quién lo dispuso, para proceder a su detención, así como la de cualquier persona sospechosa. Además de los números del cuartel bañezano debieron de concentrarse aquellas fechas en La Bañeza abundantes guardias civiles (aunque hay fuentes que mantienen que “se bastó el puesto de la Guardia Civil para mantener el control sobre la villa”), pues se abonaba a primeros de noviembre al hostelero Fernando Delgado Fernández 357 pesetas por camas de la fuerza en las concentraciones de los días del movimiento revolucionario (unas 200 pernoctas, según el importe al que sabemos se le facturaban unos meses antes), además de las 86 pesetas que se le satisfacían pocos días después “por camas y cenas con motivo de las concentraciones de presos”, y la cuenta que a final de diciembre queda pendiente de saldar a Pedro Calvo “por camas para la Guardia Civil cuando hizo vigilancia en el Depósito”.

Portada de una publicación de entonces. En portada la imagen del Cristo de Bembibre que los revolucionarios respetaron “por ser rojo”.

Se informa al día siguiente al gobernador civil de la detención de 14 individuos por reunión clandestina (en las canteras); a los dueños de imprentas y a los directores de los semanarios Avance, El Adelanto y La Hojita Parroquial se les comunica cumplan con la previa censura decretada, y a Manuel Fernández Raigada, encargado del Depósito Municipal de Presos y Detenidos, se le insta a cumplir con su régimen de funcionamiento para evitar sanciones, bonificándolo el día 23 con 100 pesetas por el tiempo dedicado a la atención de los presos, cuyos racionados o socorros, adelantados a la Prisión Provincial por el ayuntamiento, importarán este mes de octubre la inusual y enorme cantidad de 2.300 pesetas, dado el excepcional exceso de detenidos que ha causado que el responsable de atenderlos no pueda dedicarse además a su trabajo (calculando a la baja, de aquellos y otros datos obtendríamos una ocupación media del Depósito para los días de octubre del 6 al 31 en torno a las 70 personas, para una capacidad máxima de 32 y un numero de recluidos que no solía exceder de la docena, en unas instalaciones muy deterioradas).

El día 9 informaba la alcaldía al sereno Rufino Blanco Arija haberlo suspendido de empleo y sueldo (se le repondría al poco como policía municipal, aunque el criterio de la nueva Corporación será “cambiarlo a otra ocupación, dado que es analfabeto”) y a los alcaldes del partido de la obligación de incautarse de los camiones de carga y coches de viajeros de su jurisdicción para que sus dueños los presenten a disposición de la autoridad militar en la Auto Estación de León el día 11, fecha en la que el de San Adrián del Valle comunica haber recibido el aviso; notifica el de Castrillo de la Valduerna que “el auto de viajeros de B. de la Fuente está en reparación, pero se presentará tan pronto esté en condiciones”, y el de Bercianos del Páramo indica que en aquel municipio no existen tales coches, extremos todos que se trasladan al gobernador civil, añadiendo “poner de manifiesto que por informes muy veraces los alcaldes de Riego de la Vega, Castrocontrigo y Destriana no han notificado de la requisa a los interesados”, lo que si debieron de realizar días más tarde, pues al menos en el lento proceso posterior de indemnización por las incautaciones de aquel periodo, en las correspondientes a vehículos aparecen, junto con otras a satisfacer en León a Ángel Beltrán Álvarez o a los dueños de dos camionetas en Valencia de Don Juan y un camión en Astorga, las de los autocamiones de los vecinos de Destriana Ricardo Josa Luengo y Domingo de la Iglesia. En cuanto a los vehículos requisados en La Bañeza, aún a la mitad de junio de 1935 se hacían desde la alcaldía bañezana consultas a la Intervención de Guerra de León sobre los que lo habían sido al servicio del Ejército. Julio de la Torre, propietario del leonés Palacio del Hielo, hará entonces una reclamación de 30.000 pesetas al Estado y a su Comisión de Requisas “por el tiempo (seis meses) que ha tenido ocupados sus locales almacenando allí material de guerra y otros objetos, explosivos entre ellos, lo que hizo que se le marcharan los inquilinos que ocupaban la casa”.

Se remitía al gobernador civil el día 18 un escrito expresando “la adhesión de la Corporación bañezana al gobierno por el acierto en la defensa de la indivisibilidad nacional, así como en la contención del movimiento anárquico”, y el 23 al teniente jefe del puesto de la Guardia Civil se transmitía “nuestra gratitud por su intervención y a las fuerzas a sus órdenes en los días pasados”. En la misma fecha se participaba a la alcaldía desde el gobierno civil que se ha abierto una suscripción para recompensar a la fuerza pública y premiar su abnegación, valor y patriotismo, y una semana después desde el Consistorio de Oviedo piden ayuda con motivo de los sucesos revolucionarios desarrollados en la ciudad que causaron su ruina económica.

Al acabar octubre se confirmaba con satisfacción que la familia del juez de Primera Instancia de La Bañeza, José María Fernández Díez Faes, residente en el asturiano pueblo de Moreda de Aller (donde se había producido el 6 de octubre alguna víctima de derechas) ha resultado ilesa en los sucesos del movimiento revolucionario, al igual que los padres y hermanos de su esposa, que viven en Oviedo, de algunos de los cuales se dijo que habían perecido (si perecieron el 8 de octubre, fusilados por los revolucionarios, un sacerdote y ocho hermanos de las Escuelas Cristianas en Turón, uno de los cuales -Benito de Jesús- había sido profesor en el astorgano Colegio de La Salle de 1929 a 1933; todos ellos fueron canonizados en 1999). El 24 de aquel mes es encausada por el comandante juez instructor de la Caja de Recluta de León Vicenta Avelina Turrado Alonso, de 36 años de edad, natural de Redelga de la Valduerna y vecina de La Bañeza, juzgada a final de enero de 1935 en consejo de guerra en el leonés Cuartel del Cid por insulto a la fuerza armada cuando el 9 de octubre la Guardia Civil llevaba detenido a su marido y ante su negativa, al preguntarle por el delito cometido, dijo a los guardias: “estos canallas de estos tíos vienen a mangonear el pueblo y se va a armar una más gorda; hay que quemarlos vivos”, considerándose su actuación como delito comprendido en el bando de guerra que el general López de Ochoa había firmado y emitido. Defendida por el joven abogado Carlos Álvarez Cadórniga, alegará el defensor que “su frase se refería a los propagandistas de la revolución que aquellos días andaban por La Bañeza, ya que los guardias eran los del puesto de la ciudad”.

Ya en noviembre, el día 8, del Monopolio de Petróleos comunican desde León que las facturas presentadas por el encargado del surtidor de la calle Astorga, Santiago Vidales Manjón, por gasolina y aceite empleados en desplazamientos con motivo del movimiento revolucionario sean abonadas por el Ayuntamiento, y se liquidarán más tarde por el ministerio de la Guerra.

A finales de diciembre, el día 26, en el puesto de la Guardia Civil de La Bañeza, a raíz de haber sido detenido como complicado en los sucesos revolucionarios un tal Miguel Antonio, se recibía una confidencia acerca de la desaparición de un cajón que contenía al parecer cosas importantes. Se hicieron pesquisas que condujeron a la detención de dos jóvenes vecinos de Sacaojos, Felipe Martínez Álvarez y Manuel de la Fuente Martínez, de 22 y 24 años de edad, que declararon que el cajón estaba enterrado en una cantera de aquel pueblo, de la cual fue extraído por la Guardia Civil, hallando en su interior una bandera comunista, libros, revistas y folletos de venta prohibida, tres porras de goma y otros objetos. El tercero de los detenidos, Manuel de la Fuente, casado, albañil, padecerá prisión después de julio de 1936, y también su esposa Elpidia; su hermano Francisco de la Fuente Martínez sería uno de los once paseados y echados a la “fosa de los bañezanos” en Izagre el 10 de octubre de 1936). El segundo, Felipe Martínez –el mayor de los seis hijos de Horacio Martínez Blanco, maestro en aquella pedanía-, será responsable de una de las secciones de la Casa del Pueblo (ya lo era en 1934) cuando en julio de 1936 se produzca el golpe militar, y uno de los que participe en la leve oposición al mismo en La Bañeza.

Del libro LOS PROLEGÓMENOS DE LA TRAGEDIA (Historia menuda y minuciosa de las gentes de las Tierras Bañezanas -Valduerna, Valdería, Vegas del Tuerto y el Jamuz, La Cabrera, el Páramo y la Ribera del Órbigo- y de otras de la provincia, de 1808 a 1936), recientemente publicado en Ediciones del Lobo Sapiens) por José Cabañas González. (Más información en www.jiminiegos36.com)


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