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El sindicalismo católico y la Federación de Astorga

Publicado por Ibañeza.es el 11/02/2019 7:05 Comentarios desactivados

Al final del siglo XIX se había ido produciendo también en nuestra tierra un asociacionismo obrero en torno e influido por la Iglesia, que ya en 1891 pretendía intervenir en la “cuestión social” a través de la encíclica Rerum Novarum de León XIII, y así fueron surgiendo: en 1893 una Congregación de Obreros Cristianos en León; en Astorga, en 1901 y para su socorro, un Círculo Católico de Obreros, y otro en Sahagún en junio de 1908, y entre 1911 y 1912 en Villarejo de Órbigo un Sindicato Agrícola Católico, además de diversos sindicatos católicos de mineros en las poblaciones de las cuencas hulleras leonesas. Ya en 1904 en algún documento socialista se decía: “…apenas forman una Sociedad los compañeros, cuando los patronos, ayudados por los alcaldes, los jueces y los curas, constituyen un Círculo Católico para dar con ella en tierra…”.

El 18 de junio de 1909 se constituyó en La Bañeza la Sociedad de Labradores, para la defensa de los intereses agrícolas de sus asociados, seguramente a raíz de la promulgación en 1906 de la Ley de sindicatos agrícolas y de su Reglamento de 1908, unas disposiciones que permitían la asociación de campesinos en sindicatos, cámaras agrarias o comunidades para la adquisición de herramientas, máquinas, tierras, animales o productos, pero no para la reivindicación de sus derechos.

A principios de 1917 se consolida el viejo asociacionismo confesional con el establecimiento sobre el mapa diocesano de Castilla la Vieja y León de la Confederación Nacional Católica Agraria, cuya peculiar interpretación de las relaciones laborales la convierten en la herramienta definitiva del control patronal, además del más idóneo garante contrarrevolucionario. En 1928 depende de aquella Confederación la Unión Católica Agraria Castellano-Leonesa, con sede en Valladolid, y a ella pertenecen las federaciones de León y Astorga (que cuentan al inicio del periodo republicano con 83 y 94 sindicatos), a las cuales se hallan adheridos, entre otros muchos, los de Castrotierra, Fresno de la Vega, Izagre, Valdemorilla, Villarroañe, Villabraz, Villamañán, Villademor de la Vega, a la Federación Católica de León; y Alija de los Melones, Audanzas del Valle, Benavides, Bustillo del Páramo, Castrocalbón, Congosto, Herreros de Jamuz, Huerga de Garaballes, Laguna Dalga, Laguna de Negrillos, Mansilla del Páramo, Navianos, Nistal, Posadilla, Priaranza de la Valduerna, Requejo, Riego de la Vega, Robledo de la Valduerna, San Cristóbal de la Polantera, San Justo y San Román de la Vega, San Román el Antiguo, Santibañez de la Isla, Toral de Fondo, Valdesandinas, Valdefuentes del Páramo, Veguellina, Villamor, Villarejo, Villoria de Órbigo, y las dos sociedades de agricultores de La Bañeza, a la Federación Católica de Astorga. Precisamente las contradicciones entre la teoría y la práctica de los sindicatos confesionales y los Círculos Católicos de Obreros llevarían a uno de sus clérigos activistas e impulsores, el candidato cunero en la provincia leonesa por Izquierda Republicana en las elecciones de febrero de 1936, Luís López-Dóriga Messeguer, a involucrarse después en los de orientación socialista.

Desde las federaciones confesionales se había hecho reciente propaganda para la constitución de la Confederación Sindical Hidrográfica del Duero y de la Sección de la Liga de Mujeres Campesinas en enero de 1928, amparada por el obispo y relacionada con la derecha clerical, con la que también tendría algo que ver la Sección de Señoras de las Conferencias de San Vicente de Paul que al menos a finales de 1929 está implantada en La Bañeza, donde al igual que en toda la provincia el sindicalismo dominante hasta la caída de la dictadura primorriverista había sido de inspiración católica

Celebraba el 10 de marzo de 1933 su asamblea anual la Federación Católica Agraria Leonesa (se manifestaba contra el proyecto de Ley de congregaciones religiosas, que entonces se debatía, noticiaba El Adelanto), a la que asistieron 53 representaciones de sindicatos federados, con el balance de haber fundado 35 asociaciones de propietarios, 23 de arrendatarios y 26 de obreros. Acabando el año existían en la provincia leonesa 445 sindicatos agrícolas, con 13.814 asociados, de los que 86 entidades y 5.852 sindicados correspondían a la Federación de León, mucho más nutrida entonces que la de Astorga, en un tiempo en el que la provincia leonesa superaba con mucho a las demás en el número de los sindicatos agrícolas formados, aunque fueran diminutos y de escasos afiliados.

Del libro LOS PROLEGÓMENOS DE LA TRAGEDIA (Historia menuda y minuciosa de las gentes de las Tierras Bañezanas -Valduerna, Valdería, Vegas del Tuerto y el Jamuz, La Cabrera, el Páramo y la Ribera del Órbigo- y de otras localidades provinciales -León y Astorga-, de 1808 a 1936), publicado en 2013 en Ediciones del Lobo Sapiens) por José Cabañas González. (Más información en www.jiminiegos36.com)

La carga, de Ramón Casas (1900). Museo de Olot.


Leonesismo desde la emigración (El Centro Región Leonesa y otros)

Publicado por Ibañeza.es el 28/01/2019 8:02 Comentarios desactivados

Según los datos del Instituto Geográfico y Estadístico, unos cien mil leoneses emigraron a América entre 1885 y 1915 (tan solo el 10 de noviembre de 1907 salieron de la estación de Astorga 600 emigrantes hacia los puertos de Vigo y La Coruña); fueron Cuba y Argentina sus principales destinos, y muchos pueblos quedaron semivacíos, como Destriana, que entre 1904 y 1905 perdió más de cien habitantes. En cuanto al país austral, en diciembre de 1922 en la revista leonesa Renacimiento se señala la existencia en Buenos Aires del gran Centro Región Leonesa, sociedad recreativa, de apoyo mutuo y cultural en el que figuran la mayoría de los numerosos paisanos que allí residen.

En nuestra tierra la emigración venía ya de lejos: El monárquico bañezano Juan Fernández de Mata había escrito el 23 de septiembre de 1893 en La Provincia: “Infinidad de hombres y mozos de los pueblos, principalmente montañeses, hanse embarcado en La Coruña en uno de los vapores para La Habana y Buenos Aires. La emigración a las Américas es cada día más numerosa, no obstante las penurias y contratiempos a que se exponen quienes abandonan la madre patria, signo evidente del malestar cada vez mayor que se advierte en ésta”. En torno a 1880 había ya asentados en lugares de Cuba y Puerto Rico emigrados parameses, como Joaquín Rodríguez Francisco (guardia civil en 1868 y dependiente de comercio por tres años), propietario en Utuado, en el segundo país, de la finca Vista Alegre y fundador de la primera tienda del barrio, y su sobrino Agustín Rodríguez Mata, de 21 años y quinto entonces reclamado, naturales ambos de Santa María del Páramo, desde donde César Santos Tagarro clamará el 8 de enero de 1913 en La Correspondencia de España contra “el hambre y la miseria de las que están ahítos sus paisanos, a los que les falta el pan que han de ir a buscar a América, emigrando para no volver jamás mientras el país se despuebla”.

Por lo que hace al leonesismo (con tan amplio y variado recorrido histórico como para que ya en tiempos de la Primera República llegara a su Asamblea Constituyente en agosto de 1873 desde la comisión de la Diputación provincial de León -integrada por el secretario y cinco diputados, todos monárquicos- y apoyada por el ayuntamiento de La Bañeza y otros como los de Valencia de Don Juan y Riaño una petición de modificación del proyecto de Constitución federal de un mes antes que permitiera a la provincia formar un Estado propio dentro de la República Federal Española), surgía en 1934 el Grupo pro León, y en el mismo año la institución regionalista el Orfeón Leonés (la masa coral más antigua de España, creada en 1888 –o en 1886, según otros, con la inauguración del Círculo de Obreros Católicos-) estrenaba el Himno a León, con letra de José Pinto Maestro (su presidente, y director del diario conservador La Mañana) y música del bañezano Odón Alonso González (el director), y con motivo de la solemne celebración del quinto centenario de la gesta del Paso Honroso (para la que la comisión presidida por Mariano Domínguez Berrueta solicitó la contribución de los ayuntamientos, aportando el de La Bañeza 100 pesetas), al tiempo que se inauguraba el 22 de julio la Biblioteca Regional Leonesa, dependiente de la Diputación, a cuya Comisión Gestora propone desde El Diario de León José Marcos de Segovia (que firma Salvador Ferreras Mansilla) que se interese por adquirir para la neonata biblioteca las obras y un retrato del bañezano prócer nacional Padre Juan de Ferreras y García, teólogo y poeta, historiador y Bibliotecario Mayor de la Academia Española que con el marqués de Villena fundara en 1713, que se sumarían en tal caso a los Apuntes para la historia del Partido Judicial de La Bañeza, de Manuel Fernández y Fernández Núñez, que él mismo acababa de donar.

De la Revista Mensual del Centro Región Leonesa. Buenos Aires. Año I. Nº 5. Junio y Julio de 1919.

El mismo autor bañezano daba el 1 de abril de aquel año en los nuevos y recién inaugurados locales capitalinos del Orfeón una conferencia muy aplaudida sobre el tema “Estampas Leonesas”, excitando en ella a la unión para defender los Fueros leoneses, declarándose contrario al centralismo, y manifestando que “debemos ir a Madrid no a rogar sino a imponer nuestros derechos”. Dos días después Luís Corral y Fue abunda desde El Diario de León en proponer la creación de un Centro Leonés de Estudios Económicos.

El leonesismo del que aquellos acontecimientos eran muestra se acrecentaba asimismo por entonces en América, donde en el mes de julio de 1934, también coincidiendo con la conmemoración de las proezas del Paso Honroso, se inaugura en el Centro Leonés de La Habana la Biblioteca Leonesa (de autores leoneses y asuntos de León) reunida desde 1927 por la Comisión de Intereses Morales y Materiales que entonces se creaba merced a donaciones particulares y a la hecha por la Diputación, a cuya formación había también contribuido el contramaestre de la armada cubana y maragato Toribio Fernández, y aquí, con el comienzo de las fiestas de conmemoración de las hazañas del caballero Suero de Quiñones (un brillante acto de afirmación del ideal leonesista), se proclama que “hay que emprender una cruzada para rescatar los tesoros leoneses que están fuera de las tierras de León, como la documentación llevada de San Marcos (con manuscritos de Quevedo) que aún se halla en el Archivo Histórico Nacional sin abrir ni catalogar”.

En el número extraordinario de septiembre de aquel año 1934 de la revista León del Centro Región Leonesa de Buenos Aires se incluían sendas colaboraciones de los bañezanos Nicolás Benavides Moro (uno de los citados como regionalista leonés por el sociólogo Díez Llamas) y Manuel F. y Fernández Núñez, una publicación de aquella entidad “de ayuda mutua, recreo e instrucción” creada en julio de 1916 que vería la luz en febrero de 1919 y desde la que la asociación de leoneses (entre los que abundan los maragatos) enviaba entonces “a la madre España su más ferviente adhesión en estos momentos de incertidumbre amarga, ocasionada por ingratitudes reprobables”.

(A algunos de los números publicados entre febrero de 1919 y mayo de 1925 se puede acceder en Internet desde la Biblioteca Digital de Castilla y León, en el enlace http://bibliotecadigital.jcyl.es/i18n/consulta/registro.cmd?id=18430).

Del libro LOS PROLEGÓMENOS DE LA TRAGEDIA (Historia menuda y minuciosa de las gentes de las Tierras Bañezanas -Valduerna, Valdería, Vegas del Tuerto y el Jamuz, La Cabrera, el Páramo y la Ribera del Órbigo- y de otras localidades provinciales -León y Astorga-, de 1808 a 1936), publicado en 2013 en Ediciones del Lobo Sapiens) por José Cabañas González. (Más información en www.jiminiegos36.com)


Altercados por el empleo (y otros sucesos) al inicio de 1934

Publicado por IBAÑEZA.ES el 14/01/2019 8:03 Comentarios desactivados

En la ribera del Órbigo al comienzo de 1934, ante el rigor de la estación climatológica (en la Azucarera de Veguellina continuaba la suspensión por la falta de remolacha al no poder arrancarla por los hielos), se preveía el próximo paro forzoso de los obreros agrícolas y de la construcción, lo que se evitaría con la pronta realización del trozo de la carretera de Valcabado a Combarros que desde el año 1923 está para subasta y que cruzará por el centro de la Cepeda (una de las comarcas provinciales con mayor necesidad de vías), activada ahora por la buena voluntad de los técnicos, dice el corresponsal en la zona de El Diario de León. El desempleo seguía siendo un problema omnipresente, también en la capital de la provincia, donde el Ayuntamiento tiene abierta hace ya tiempo una suscripción popular pro parados, y los responsables del sindicato confesional La Coalición se quejan ahora en “Carta al Director” de no poder participar de lo recaudado “por impedírselo los obreros marxistas y sus asociaciones”, por lo que piden la colaboración del periódico para que “el dinero de los católicos no sirva para dar armas a los enemigos de la familia, la propiedad y el orden”, insistiendo unos días después en denunciar que “hay una comisión que gestiona la bolsa de trabajo y que no lo concede si no se trata de obreros afiliados a la UGT o a la CNT”.

Una situación que al parecer se dio con frecuencia en bastantes lugares, y que daría ocasión a que, por ejemplo, en las Bases de Trabajo rural de la provincia de León para el año 1934 se faculte al presidente del Jurado Mixto “para imponer al patrono que seleccione obreros por razón de ideas políticas o tendencias sindicales, que haya de colocarlos por riguroso orden de inscripción en las oficinas de colocación y registros locales”, y que ayuda a entender el trasfondo de verdad de la socorrida excusa de tantos obreros represaliados después de julio de 1936 de “haberse visto obligados a sindicarse para poder trabajar”, afiliación obligatoria que fue una estrategia de las izquierdas en su intento de controlar el mercado de trabajo, un bien escaso por el que se daba una dura competencia, con la que desde la proclamación de la República los diferentes sindicatos (también los de derechas y católicos) trataron de impedir la contratación de trabajadores no afiliados, pretendiendo anular la capacidad coercitiva de los patronos en las relaciones laborales y trasladar la influencia política sobre los trabajadores de los oferentes de empleo (siempre más inclinados a las derechas) a sus gerentes, sindicatos y agrupaciones campesinas y de oficios varios. A la necesaria afiliación para obtener trabajo se refieren ampliamente los testimonios recogidos en León y Palencia por González de Prado.

Aquellos conflictos derivaban a veces en violencias, como cuando el 30 de julio de aquel año en las obras de la Azucarera de León un delegado socialista de la Casa del Pueblo, Felipe Fernández Villanueva, hería gravemente a un obrero que se negaba a cotizar y se le enfrenta ante la exigencia del pago de la cuota semanal y las amenazas de que nadie podría trabajar sin estar al corriente de su pago, o en huelgas (a veces ilegales) como la que el 28 de febrero había paralizado la rotativa de ABC por encontrarse trabajando en ella un obrero que no pertenecía a la Casa del Pueblo madrileña.

Sobrepasada la mitad de enero presentaba la CEDA en el Parlamento su propuesta contra el paro, que contemplaba la creación de un fondo de crisis con aportaciones del Estado, los ayuntamientos y las diputaciones, el fomento de obras públicas, y el seguro obligatorio contra el desempleo (según el ministerio de Trabajo, al terminar 1933 había en España 618. 947 asalariados sin ocupación), y en Astorga una manifestación de obreros en paro se dirigía al Ayuntamiento para entrevistarse con el alcalde en demanda de empleo, una situación que estallará cuando el día 23 por la mañana se reúnan los elementos patronales para tratar  de solucionar el desempleo en la ciudad y se intente en el Consistorio la distribución de trabajo, pretendiendo emplear a un parado de cada familia, a lo que se opusieron los obreros (elementos levantiscos, dirigidos por la Casa del Pueblo, según el semanario católico bañezano El Adelanto), que recorrieron las calles rompiendo lunas, impidiendo que los autos de línea descargasen las mercancías que llevaban, y obligando a cerrar el comercio, con el consiguiente perjuicio por ser día de mercado, aunque siguió realizándose en la parte destinada al ganado vacuno, pues cuando los agitadores llegaron allí se les enfrentaron los ganaderos con palos y aguijadas haciéndoles huir. Ante la falta de autoridad del alcalde socialista (que “brilló por su ausencia”) frente a los disturbios promovidos por los obreros parados (contaba El Diario de León) la Cámara de Comercio contactó con el gobernador civil, que envió desde la capital a un primer grupo de Guardias de Asalto. Cuando al medio día llegaron otros más fueron ovacionados, reduciendo a los revoltosos, pacificando los ánimos, y restableciendo el orden de inmediato, deteniéndose a Alejandro Pereira por intento de agresión al teniente de Seguridad señor Izquierdo. El día 24 se hallarían armas (dos revólveres, una pistola y una navaja barbera) en Celada de la Vega, en la taberna de Jesús González, por la Guardia Civil, que practicó un cacheo con ocasión de encontrarse allí de vigilancia por la celebración de las ferias de San Vicente.

A las protestas por la falta de trabajo se unían aquellos días las motivadas por la subida del precio del pan, contra la que lo hacían los obreros de la Casa del Pueblo de León en un oficio remitido a la alcaldía. En La Bañeza, en la sesión municipal del 31 de enero proponía el concejal socialista Porfirio González Manjarín que la Corporación se dirija al ministro de Agricultura protestando por tal subida que perjudica a todo el vecindario, y que una comisión municipal de abastos regule este precio y el de la carne y las patatas (que es muy elevado), y señalaba que (al contrario de lo que ahora sucedía) los ayuntamientos monárquicos no permitían la compra a los acaparadores hasta que no se abastecía el vecindario (lo que es corroborado por el concejal Liberto Díez Pardo, que ya lo fue en aquellos tiempos), y que durante la dictadura algún tiempo se vendieron patatas por los almacenistas bañezanos a precio reducido. Aumentaban además ahora las tarifas ferroviarias, aunque se desecha el 21 de marzo en votación la propuesta del concejal Narciso Asensio Asensio (también de la minoría socialista) de que protestara por ello el Ayuntamiento bañezano.

También se sumaban las de los escolares de la FUE, que declaran la huelga de 48 horas  por haberse clausurado el centro de Zaragoza como consecuencia de la participación de algunos de sus miembros en el atentado contra el estudiante Manuel Baselga (del SEU), cuya convocatoria llegaría también hasta la capital leonesa, donde, aunque la Federación de Estudiantes Católicos (FEC) se declaró ajena a la huelga y recomienda a sus afiliados que continúen asistiendo a las clases y así lo haya hecho la mayoría de los alumnos el día 24, a la salida se promovieron algunos incidentes al ser increpados por los huelguistas, y se dirá el 26 estar cerrados la Escuela Pericial, el Instituto y la Normal. En la Universidad de Madrid se daban por segunda vez el 12 de febrero choques violentos entre estudiantes fascistas y de izquierdas.

Se iban desgranando en nuestra tierra también otros sucesos: en los almacenes de cereales del bañezano Teodoro Santos, en la carretera de Jiménez, robaban 40 sacos de alubias seleccionadas y una máquina de escribir el día 20 de enero por la noche, todo valorado en 5.700 pesetas. Cuando la Guardia Civil investigaba el robo en Benavente y en Zamora se avisó de haber sido detenidos en San Rafael (Guadalajara) unos ocho individuos en una camioneta con los sacos robados. Fueron reclamados por el juzgado bañezano, y se creía en un principio que los malhechores tuvieran cómplices aquí, lo que resultó no ser así cuando se trasladó a cinco de aquellos sujetos (los apodados: Picardias, Sereno, Bonillo, Cubano, y Pelines; los otros tres se hallaban detenidos en Madrid), que culparon de la organización de la banda de espadistas a la que pertenecen al de alias Juanito. Todos ellos estaban también complicados en el robo de diez cerdos en Almodovar del Valle, y uno había cumplido condena en el Penal de Burgos. Los efectos robados le fueron entregados a su dueño.

A dos de aquellos maleantes (el apodado el Moreno, de Salamanca, y otro) no debió de resultarles muy confortable la destartalada cárcel bañezana, pues acabando enero se fugaban por el expeditivo método de hacer un hueco en el tabique que dividía sus celdas y, quitando ladrillos de otras paredes, llegar al patio de ronda, donde clavaron en la pared del muro exterior algunas piezas arrancadas de las marcaciones de las puertas y treparon hasta sobrepasarlo, alcanzando desde allí la libertad. El 25 de abril estarían a punto de fugarse otros dos presos de aquel Depósito, detenidos por robo y a disposición del juzgado de Zamora, sin que lo lograran al alertar de la evasión otro penado con sus voces a los transeúntes de la calle cuando los fuguistas habían roto ya un buen trozo de pared, debajo de la ventana, con un hierro del que se habían proveído, evitando su fuga la intervención de los serenos y otras gentes.

Del libro LOS PROLEGÓMENOS DE LA TRAGEDIA (Historia menuda y minuciosa de las gentes de las Tierras Bañezanas -Valduerna, Valdería, Vegas del Tuerto y el Jamuz, La Cabrera, el Páramo y la Ribera del Órbigo- y de otras localidades provinciales -León y Astorga-, de 1808 a 1936), publicado en 2013 en Ediciones del Lobo Sapiens) por José Cabañas González. (Más información en www.jiminiegos36.com)


La Izquierda Revolucionaria y Antiimperialista leonesa en 1931

Publicado por Ibañeza.es el 31/12/2018 8:07 Comentarios desactivados

El 23 de octubre de 1931 participaban en un mitin en León Victoria Kent, Gordón Ordás y Claudio Sánchez Albornoz. Asistió mucha gente y otra mucha hubo de quedar fuera del Teatro Alfageme. Se colocaron altavoces en los cafés Novelty y Central y en las entradas del teatro. Los oradores fueron silbados al llegar, y hubo interrupciones al grito de “nos habéis engañado”, que “bien podían ser de católicos como de comunistas”. Así lo contaba El Diario de León, y ciertamente no eran solo los conservadores leoneses quienes se sentían burlados en las expectativas depositadas en el régimen del 14 de abril:

Desde mitad de junio por lo menos había en León presencia del partido Izquierda Revolucionaria y Antiimperialista (IRYA), fundado poco antes por Irene Falcón con algunos otros escindidos del PSOE, y cuyo objetivo era “la conquista de la Revolución y llevar a cabo la destrucción total de los elementos reaccionarios que de manera solapada van tomando posiciones ventajosas dentro de la República”. Propagaba un boletín semanal cuyo número 6 salía el 2 de agosto (el 20 de junio había aparecido el número 2, impreso como todos en Gráfica Leonesa: Capitán Galán, 44), y en él, bajo el título de “Silencio…: culpabilidad”, se vuelven a ocupar (ya lo habían hecho en el número 3) del abandono y el olvido en que el Comité Republicano y la Juventud Republicana de la capital han dejado a José García Escudero, el joven herido en Veguellina “por arbitrario disparo de los civiles con ocasión de un mitin allí pronunciado pocos días antes de proclamarse la República”, y lo hacen “recordando sus promesas a quienes para encumbrarse se valieron de todo y de todo se han olvidado”, incluido “que quedó inútil un hombre y no se le presta la ayuda prometida, traicionando al ciudadano que exteriorizó el anhelo popular de entonces en un viva que le costó la inutilidad de un brazo”.

También reprochan a nuestros diputados “que borreguean en el Congreso y que se divierten aplaudiendo las majezas de Maurita”, no haber cumplido con el deber de hacer que se traslade de Veguellina al guardia civil que hirió al compañero, y “que estén aún sin liquidar al doctor Hurtado los gastos de curación de quien generosamente les ayudó a… conquistar la tajada de mangoneo, cuya factura sin abonar sigue en poder de Octavio Canseco, depositario que era entonces del dinero recaudado para presos y expatriados políticos”. Tampoco se supo más, pregona el boletín, de la suscripción abierta por la Juventud Republicana a favor de su afiliado, ni de la lista que La Democracia publicó el 29 de abril, ni se entregó al interesado la cantidad recaudada. Censuran la conducta de estos republicanos que están dando lugar a que el médico haya de acudir a los tribunales para cobrar sus honorarios, aunque a los redentores, dicen, nada les importaría ver en el banquillo a quien calificaron de “mártir de Veguellina.

(Trasladándonos a los antecedentes de lo que desde el boletín se recrimina, en medio de la agitada vida nacional de los primeros meses de 1931 se había producido el 10 de marzo en Veguellina la detención por la Benemérita de 22 personas que se encontraban clandestinamente reunidas, a las que se ocuparon documentos y se condujo a Astorga, hecho notoriamente protestado desde el periódico republicano y socialista La Democracia, se noticiaba entonces en El Diario de León, católico y regional, y casi un mes más tarde, el día 5 de abril, “habían estado en La Bañeza propagandistas republicanos y socialistas desplazados desde León, y a su regreso, por la tarde, se detuvieron en Veguellina para leer ante el vecindario una proclama electoral en la que se alteró el orden y se profirieron gritos subversivos seguidos del intento de la Guardia Civil de disolver la concentración y del uso de sus armas ante la negativa del público a hacerlo y el disparo contra ella que, surgido de entre los concentrados, atravesó el tricornio de uno de los números. De la descarga con la que respondió la Benemérita resultó herido por un balazo que le atravesó el pulmón izquierdo el joven de 23 años José García Escudero, de la Juventud Republicana Leonesa -creada a primeros de agosto de 1930-, al que se trasladó al Sanatorio del doctor Hurtado. Al conocerse la noticia en la capital, se formaron grupos que lanzaron consignas subversivas y que fueron disueltos fácilmente”. Así narraba lo sucedido El Diario de León al día siguiente. En la noche del día 6 fueron detenidos por aquellos hechos y conducidos a la prisión provincial acusados de agresión a fuerza armada los vecinos Francisco y Manuel Luengo Seco, Arcadio y Gerardo Corujo Costales, Antonio Peña Gallego, y José María Rodríguez Montero. El 11 de marzo habría habido en el mismo lugar “22 detenidos en un acto electoral que intentó reproducir la sublevación de Jaca”, un hecho que seguramente alguna fuente confunde con el antes narrado, y del que no hallamos otra noticia ni referencia hemerográfica alguna).

Ya habían antes reprobado desde la publicación “a los acróbatas republicano-socialistas locales que defienden su tajada electoral sin contar con el pueblo, que no tiene un problema político, sino un anhelo social”, y titulando “Sangre obrera” imputan al Gobierno tener las manos sucias y tintas en ella de trabajadores de Pasajes, de Málaga, Sevilla,… muertos por la Guardia Civil (¿aún y hasta cuándo se mantiene a la Benemérita, bastante después de la proclamación de la República?, preguntan), y le encaran el diferente trato dado a los enemigos de la patria, responsables –y aún no responsabilizados- de las calamidades y desastres desencadenados sobre el sufrido pueblo, y el dispensado a la gran masa obrera que votó a la República y barrió a sus enemigos, y haber inaugurado trágicamente sus gestiones ametrallando a los proletarios y prometiéndoles todavía más metralla de “sus” guardias civiles y “su” Guardia de Asalto, para rematar afirmando que “una República así no la queremos los obreros. Ni a tales republicanos. Así solo pueden quererla sus enemigos: el reaccionarismo, el caciquismo, el clericalismo”, y señalando a los señores ministros socialistas que “el régimen que quiere el pueblo es el mismo del que vosotros habéis renegado”, estadistas de aluvión que tan solo pretenden cambiar los signos pero sin remover los fundamentos sociales y muro de contención frente a quienes, como ellos y otros (los afiliados a la CNT y la FAI), aspiran a su derribo y a la reedificación de una nueva República efectivamente “de trabajadores de todas clases”.

Aquella radical y contestataria formación (que se disolvería en 1932, cuando se integre, junto con el Partido Social Revolucionario, en el minoritario Partido Comunista de España), cuyo comité local se hallaba en la calle Serradores, 8 de León, ya se había despachado en su segundo boletín (en el que como en los restantes llama a los trabajadores leoneses a adherirse –en agosto su sede ya ha cambiado a la calle San Francisco, 15- y a leer Nosotros, la revista afín a sus postulados creada en 1930) contra las tres fracciones republicanas en litigio, las de la conjunción republicano-socialista y los “juníperos” de la derecha liberal republicana, “cínicos partícipes en la farsa electoral (estaban convocadas para  el 28 de junio elecciones a Cortes constituyentes) enzarzados en su pugilato de ambiciones”, a los que promete hacer saber pronto “lo terrible que es la justicia del pueblo para los farsantes que piensan escarnecerle y engañarle impunemente”.

Del libro LOS PROLEGÓMENOS DE LA TRAGEDIA (Historia menuda y minuciosa de las gentes de las Tierras Bañezanas -Valduerna, Valdería, Vegas del Tuerto y el Jamuz, La Cabrera, el Páramo y la Ribera del Órbigo- y de otras localidades provinciales -León y Astorga-, de 1808 a 1936), publicado en 2013 en Ediciones del Lobo Sapiens) por José Cabañas González. (Más información en www.jiminiegos36.com)

Cabecera del Boletín semanal Irya.


Un fugaz parlamentario leonesista, y el regionalismo excluyente (II)

Publicado por Ibañeza.es el 17/12/2018 8:17 Comentarios desactivados

En 1932 la Diputación de León tratará de hacer un estatuto leonés contando con los representantes en Cortes y los ayuntamientos de la provincia, y Acción Agraria Leonesa celebra una asamblea en la que define su ideario como “agrario y leonesista” y su programa autonomista, regionalista y leonesista, que persigue una autonomía basada en la personalidad leonesa, con una Diputación y unos municipios leoneses autónomos, éstos “con la institución del Concejo abierto en la plenitud de su organización y funciones, sustituyendo en muchos casos a los artificiosos ayuntamientos existentes”, con “legislación y ejecución sólo para la esfera regional en materia de régimen administrativo y Hacienda autónoma a base de un concierto económico periódicamente revisable”. En septiembre del mismo año las Cortes aprueban el Estatuto de Cataluña; la reacción anticatalana se generaliza en todo el país, y las inquietudes castellano-leonesas, apoyadas por un sector importante de la opinión pública, se canalizan hacia la consecución del Estatuto de autonomía como solución al problema regional, impedido una vez más por el triunfo de la derecha en las elecciones de noviembre de 1933. Antes, el líder de Acción Agraria Leonesa, Antonio Álvarez Robles, lanza desde El Diario de León un proyecto que busca primordialmente objetivos económicos y potenciar la identidad cultural de la provincia, afirmando y desarrollando los valores culturales que se convertirán en 1933 en la corriente del “leonesismo cultural”.

Diputados nacionales por León en el año 1931.

En el segundo bienio republicano refluyeron las exaltaciones regionalistas del primero, con una mayoría parlamentaria de derechas obstructora del autonomismo y un gobierno que lo frenaba en Cataluña e impedía otros intentos periféricos, y en León ya desde finales de 1932 comienza a imponerse la que devendrá mayoritaria posición de esperar el momento para reclamar una prudente autonomía regionalista (contrapuesta al separatismo y al nacionalismo), sin hacer más desde la izquierda que observar el curso de los procesos que otros habían ya iniciado, mientras que los conservadores aspirantes a dirigir el leonesismo optaban por aguardar reforzando sus desdibujados trazos y diluida personalidad regional, y “tiempo habrá de formar el estatuto y de pedir la autonomía, si se ve que por el camino de los catalanes se puede llegar a alguna parte, …en tanto se estudia, se forma y vigoriza la conciencia regional”, y a ello ajustaron sus iniciativas algunas de las fuerzas vivas y culturales leonesas como el Grupo de Tradiciones Leonesas, que rescataría ceremonias como las del Foro u Oferta (las Cabezadas) y las Cantaderas, en las que la participación municipal era temporalmente suspendida por el ayuntamiento en aplicación de las leyes de laicismo, y organizará veladas en el claustro catedralicio, conmemoraciones y conferencias, y celebraciones como la del Día del Libro Leonés, todas con el apoyo de la Diputación provincial.

La actividad regionalista y el leonesismo cultural resurgen y se animan en 1934 después del acceso al poder de los radicales y hasta los sucesos de octubre, que bloquearon una vez más el proceso regional español. En 1935 la derecha (que aún respeta al régimen republicano) se manifiesta opuesta a los nacionalismos pero partidaria de una descentralización del Estado a través de la articulación autónoma de las regiones mientras ello no afecte a la soberanía nacional, lo que, junto a la inútil polémica con Castilla, frenarán aquel resurgimiento.

Por lo que hace a la provincia leonesa, donde ya Fernando Merino, conde de Sagasta, había representado una aspiración leonesista, más o menos hábil o discretamente llevada, contra la aspiración o realidad centralista encarnada por los políticos datistas o garcíaprietistas, una de las características distintivas, no obstante, del regionalismo leonesista, del leonesismo cuyas raíces e impulso se hunden en el siglo XIX, frente al castellano-leonés fue la distinta relación que uno y otro tuvieron frente a las reivindicaciones autonómicas catalanas: Cuando en diciembre de 1918 se redacta por los representantes de las diputaciones de Castilla y de León en Burgos un documento de oposición al nacionalismo catalán, el ayuntamiento de León con su alcalde socialista Miguel Castaño al frente rechazará tales acuerdos y se manifiesta favorable a las pretensiones catalanas a la vez que reclama una amplia descentralización para municipios y provincias.

(Ya en el periodo revolucionario, de 1869 a 1873, los federalistas pretendieron una descentralización del país en contraposición al religioso y tradicional arcaicismo carlista de los fueros. La Primera República recogió en su proyecto de Constitución federal del 17 de julio de 1873 la pretensión de crear un único Estado federado -dentro de los 15 proyectados- de once provincias en el valle del Duero español que además hubiera comprendido las de Logroño y Santander, como pocos años antes habían propugnado para Castilla la Vieja desde Valladolid en el Pacto Federal Castellano. Aquel proyecto será contestado por los republicanos leoneses de manera contundente, y a la Asamblea Constituyente llegó en agosto de 1873 desde la comisión de la Diputación provincial de León -integrada por el secretario y cinco diputados, todos monárquicos- y apoyada por el ayuntamiento de La Bañeza y otros como los de Valencia de Don Juan y Riaño, una petición de su modificación que permitiera a la provincia formar un Estado propio dentro de la República Federal Española. El fin del breve régimen republicano, a principios de 1874, dio al traste con una y otra iniciativa.)

Del libro LOS PROLEGÓMENOS DE LA TRAGEDIA (Historia menuda y minuciosa de las gentes de las Tierras Bañezanas -Valduerna, Valdería, Vegas del Tuerto y el Jamuz, La Cabrera, el Páramo y la Ribera del Órbigo- y de otras localidades provinciales -León y Astorga-, de 1808 a 1936), publicado en 2013 en Ediciones del Lobo Sapiens) por José Cabañas González. (Más información en www.jiminiegos36.com)


Un fugaz parlamentario leonesista, y el regionalismo excluyente (I)

Publicado por Ibañeza.es el 3/12/2018 8:32 Comentarios desactivados

En las elecciones a Cortes Constituyentes del 28 de junio de 1931 se presenta como regionalista independiente por León, como leonesista, Francisco Molleda Garcés, “conservador bugallalista hasta hace poco” e hijo de quien había sido jefe de los conservadores de la provincia desde hacía 30 años, Antonio Molleda Melcón. Obtuvo 17.230 votos, pero este único diputado nacional leonesista de la historia no consiguió refrendar su acta, no llegó a serlo, apartado de una Cámara en la que estaba llamado a compartir escaño con los representantes de los entonces incipientes regionalismos catalán, vasco y gallego, porque la Comisión de Actas del Congreso lo incapacita para ello por incompatibilidad para el cargo, debido probablemente a que a sus múltiples empleos (vocal en la Diputación provincial y Juez municipal, entre otros) sumaba el de abogado del Estado, sin que de nada sirviera su protesta alegando las incompatibilidades de otros diputados que, al contrario, no fueron apartados. Lo sustituyó el bañezano Herminio Fernández de la Poza, candidato que, sin alcanzar los votos necesarios, se había presentado en aquellas elecciones por el Partido Republicano Radical de Lerroux. Sobre tal sustitución planeó la sombra de la supuesta masonería a la que después se acusó de pertenecer al bañezano, en un Parlamento que contó con un significativo número de diputados masones repartidos entre todas las adscripciones ideológicas.

Diputados nacionales por León en el año 1931.

En 1931, en la Revista del Clero Leonés Eugenio Merino escribirá sobre una autonomía leonesa-castellana que defienda los intereses agrícolas, y J. González lo hace “sobre los fundamentos históricos del regionalismo leonés”. Ese mismo año Bravo Guarida (que ya había protagonizado en 1919 y 1922 unas avanzadas proclamaciones leonesistas) establece el Curso de Estudios Leoneses, y desde primeros de diciembre de 1931 a principios de enero de 1932 aparece en El Diario de León el documento por entregas titulado Catecismo regionalista castellano-leonés, obra del párroco F. Gómez Campos (que rechaza el matrimonio civil y demás aspectos del Estado laico recogidos en la Constitución aprobada días antes), y cuyos postulados, opuestos por igual al nacionalismo separatista y al federalismo y tendentes a una autonomía con fuerte impronta católica y tradicional, se acercan a los del carlista tradicionalista Vázquez de Mella: integración de la unidad de Castilla-León; Santander como salida natural de Castilla al mar; la Cuenca del Duero base del territorio regional, y el proyecto estatutario salvaguarda y mantenedor de la unidad y la soberanía nacional, todo ello dentro de los marcos del “regionalismo sano”.

El autor, oculto bajo aquel seudónimo pero en realidad el clérigo Eugenio Merino Movilla, rector entonces del Seminario de Valderas y destacado referente en labores histórico-arqueológicas en la región terracampina y en el ámbito del catolicismo social y obrero, propugnaba (en una pretensión que entonces fue un fracaso) la creación de un partido regionalista que luche por alcanzar las aspiraciones diferenciadoras y que amparase esencias e instituciones propias como las del Concejo y las Cortes, además de los aspectos económicos, y señala los deberes del buen regionalista (…depurar los municipios de banderías necias y de caciques vividores; …defender los derechos y justas reivindicaciones de las clases, y más de las humildes; …practicar la solidaridad mutua entre familias, vecinos, pueblos y comarcas,…) para la consecución de un regionalismo guiado por “los mejores castellanos, los habitantes de los pueblos”, y para alcanzar el ente asociado, único y de conjunto de Castilla y León, “cuya savia y sangre han de ser la Fe y la Religión”, y del que excluye a los ateos y a los socialistas.

El 28 de diciembre de 1931 se reúne en Cacabelos una asamblea de alcaldes de la provincia para tratar sobre la formación de un Estatuto Leonés. Se nombró una comisión (formada por los de Cacabelos, Mansilla, Renuedo de Valdetuejar, Villamañán y Santa María del Páramo, y presidida por el secretario de Pola de Gordón, señor Micó) para enviar a los demás ayuntamientos la ponencia presentada allí para su estudio, y redactar un reglamento para su discusión. Se convocó una nueva asamblea para, estudiado el asunto, discutirlo con detenimiento.

Del libro LOS PROLEGÓMENOS DE LA TRAGEDIA (Historia menuda y minuciosa de las gentes de las Tierras Bañezanas -Valduerna, Valdería, Vegas del Tuerto y el Jamuz, La Cabrera, el Páramo y la Ribera del Órbigo- y de otras localidades provinciales -León y Astorga-, de 1808 a 1936), publicado en 2013 en Ediciones del Lobo Sapiens) por José Cabañas González. (Más información en www.jiminiegos36.com)


La revuelta anarcosindicalista de 1933 en Veguellina y otros lugares (y IV)

Publicado por Ibañeza.es el 19/11/2018 8:03 Comentarios desactivados

El 16 de diciembre comenzaba a actuar en León el Tribunal de Urgencia para juzgar a los encartados en la subversión, compareciendo en aquella fecha Gregorio Fernández y Manuel Roces, condenados a 4 meses y 1 día de prisión, dos de los muchos apresados masiva y preventivamente en la capital y en la provincia, la mayoría militantes de la CNT, la FAI, y sus Juventudes Libertarias, en lo que bien puede pasar por magnífico prólogo de lo que sucederá tres años después (algunos volverían a ser detenidos antes, en la revuelta de octubre de 1934), cuando bien pocos sean quienes de ellos consigan escapar a la represión posterior al golpe militar de 1936. En la mañana de aquel mismo día presentaba el gobierno la cuestión de confianza y comenzaban las consultas para formar el nuevo, dándose ya su probable lista. Tres días después en la capital leonesa el mismo Tribunal absuelve a Manuel Durruti Domingo y a otro encausado, condenando a los restantes procesados.

El día 18 se resolvía la crisis de gobierno nombrando Lerroux (con el apoyo de la CEDA) un nuevo gabinete en el que entran un agrario, un melquiadista, uno de la ORGA, un progresista, uno de la Agrupación al Servicio de la República, uno de la Lliga, y siete radicales, y en el que pasa a Gobernación Martínez Barrio. El 19 Mariano Menor Poblador (del PRRS), pasa a ser el nuevo gobernador civil de León (aunque no llegaría a ejercer de tal, siendo sustituido el día 31 del mismo mes), la misma fecha en la que Gil Robles afirmaba (en un discurso tildado de fascista por las Juventudes Socialistas) que “el país debe de optar entre Largo Caballero y nosotros”, añadiendo: “queremos el poder para hacer una reforma constitucional”, y explicando que a cambio de sus votos espera obtener amnistía para los alzados con Sanjurjo en agosto de 1932 y una profunda revisión de la legislación en materia religiosa y laboral de las Cortes Constituyentes, a lo que responderá Indalecio Prieto que “frente a sus ambiciones dictatoriales de arrasar los logros republicanos no dudarán los socialistas en desencadenar la revolución para defenderlos”, presagio y germen de lo que sucederá en octubre del año siguiente.

Aún detenía la Guardia Civil de Veguellina de Órbigo el día 23 a Claudio Centeno Santiago (el “Charrero”), “reclamado por el juez militar eventual de aquella plaza” (dice El Diario de León, y tal vez se creara un juzgado específico en el lugar para encausar lo sucedido) por ser uno de los que intervino en la revuelta que allí se originara, y el 26 apresaba la de Vega de Espinareda en Sezano a uno de los complicados en los hechos revolucionarios, mientras en Cacabelos dos fugitivos de aquellos sucesos disparaban contra una pareja de la Benemérita.

El 14 de marzo de 1935 se iniciaba en el leonés Cuartel del Cid el Consejo de Guerra (presidido por el coronel del Regimiento Burgos 36 Vicente Lafuente Lafuente-Baleztena (cuyo papel en la represión en León después de la sublevación militar de 1936 le valdría el ascenso a general) contra varios paisanos vecinos de Veguellina complicados en los sucesos de diciembre de 1933 (en cuya preparación intervinieron dirigentes de allí y de la capital, se afirma en la vista) por su agresión a la Guardia Civil que protegía los trabajos de los obreros telefonistas enviados a restablecer las líneas saboteadas, de la que resultaron dos de sus números inútiles y pudo costar la vida a otros dos (dice en su crónica de aquella fecha La Vanguardia). Eran los agresores Antonio García Dueñas (alias Gatiti, considerado como autor), y sus cómplices Manuel Álvarez Silva, Hipólito Abriala Pérez, Agustín Arias Rey (“Pitillo”, que con otros ya había participado en julio en el ataque al contratista Paulino Clérigo), Francisco Fernández García, Pascual Lozano Martínez, Andrés Martínez Blanco, Leopoldo Mielgo Domínguez, Casimiro Riesco Pérez, Joaquín Vega García, Manuel Fernández García y Abundio Lozano Martínez, de Pobladura de Pelayo García (dos procesados “Pitillo” –de 27 años- y “Sindi” –de 25-  no comparecen por haberse fugado con otros cuatro presos el 27 de agosto de 1934 de la cárcel provincial). El fiscal solicitaba la pena de muerte para el primero (además de para los no comparecientes) y condenas de reclusión perpetua para los restantes procesados (excepto Abundio Lozano, para quien, como encubridor, insta seis años de prisión). Los defensores (abogados Alfonso Ureña Delás y Carlos Álvarez Cadórniga), alegando que los hechos no están probados, pidieron la absolución de todos ellos. A la mitad de noviembre de 1935 el ministerio público reclamaría también en Consejo de Guerra la pena capital para el cenetista Timoteo José Álvarez Casasola (también procesado antes en rebeldía), detenido por entonces en Zaragoza (vecino de Veguellina, era natural de Roperuelos del Páramo, y sería fusilado en León, a los 31 años, el 29 de enero de 1938 con su compañero de militancia Abundio, de 25 años, y nueve más), y el 31 de aquel mes se verá ante el Tribunal Supremo el recurso contra el fallo del Tribunal Militar de León que había condenado a Antonio García Dueñas a la pena capital, sentencia que confirmará el 4 de diciembre el alto Tribunal.

Un rebelde arrestado por la Guardia Civil en Labastida (Logroño).

[Habían despedido en Veguellina de Órbigo al comienzo de julio de 1933 a varios obreros en la obra de construcción del puente sobre la vía férrea, ocasionándose protestas contra el contratista de obras Paulino Clérigo (tradicionalista de ascendencia vasca; su hijo Restituto Clerigo Santamaría, maestro cursillista de 1935 nombrado en junio interino para la escuela mixta de San Félix de la Valdería, será en 1937 Secretario Provincial de FET y de las JONS, después de la impuesta unificación de las milicias nacionales), agredido por cinco obreros que le solicitaron empleo, a lo que no accedió por tener cubierto el cupo, y forzado a huir pistola en mano hacia el cuartel de la Guardia Civil, donde se refugió, perseguido a tiros por algunos militantes anarquistas (Agustín Arias Rey –el “Pitillo”- y Manuel Trigal Mata, entre ellos) y apedreado en el trayecto, en el que hizo uso del arma. Los agresores fueron detenidos por los guardias y puestos en libertad poco después. Los dos citados participarán en julio de 1936 en la oposición al golpe militar en Veguellina; el primero conseguirá huir, y será el segundo condenado a muerte por ello y conmutado luego por reclusión perpetua].

Algunos de los penados en marzo de 1935 ya lo habían sido el 24 de enero de 1934 por el Tribunal de Urgencia de León, que veía la causa por los sucesos de Veguellina, Hospital de Órbigo y otros pueblos durante el movimiento revolucionario contra Casimiro Riesco, Leopoldo Mielgo Domínguez y Andrés Martínez, defendidos también antes por los mismos dos letrados y por Olegario Combarros (aparece como falangista astorgano en el otoño de 1936), y condenados por reunión ilegal a dos meses de arresto mayor, y por sedición a un año y ocho meses. A tres meses se condenó por reunión ilegal a los siete procesados restantes, y por sedición a dos años y once meses, absolviendo a unos y a otros de la acusación de uso de explosivos.

Se va al rápido y total desarme en toda España, decía el ministro de la Gobernación, Rico Avello, el día 30 de diciembre de 1933 (circulares gubernamentales para la retirada de armas continuarían dictándose aún en marzo de 1936), y añade que recomendará al ministro de Justicia el rápido establecimiento de campos de concentración de vagos y maleantes (en el centro, norte y sur del país) para aplicar eficazmente la Ley que de ellos se ocupa desde el pasado agosto. El día anterior los presos sociales (denominación que la prensa obrera daba entonces a quienes eran en su mayoría asalariados) de la cárcel de León se quejaban de las pésimas condiciones del edificio y de la insuficiencia del local (se había hecho preciso trasladar a Oviedo a parte de los presos comunes para acoger a los de la revuelta anarquista, promotores de la protesta), algo que se repetirá en el año próximo a iniciarse después de la insurrección socialista de octubre, cuando vuelva a desbordar de recluidos la prisión leonesa, además de las varias de Astorga y el Depósito Municipal de Presos y Detenidos de La Bañeza que como una más de aquéllas seguía funcionando.

Del libro LOS PROLEGÓMENOS DE LA TRAGEDIA (Historia menuda y minuciosa de las gentes de las Tierras Bañezanas -Valduerna, Valdería, Vegas del Tuerto y el Jamuz, La Cabrera, el Páramo y la Ribera del Órbigo- y de otras localidades provinciales -León y Astorga-, de 1808 a 1936), publicado en 2013 en Ediciones del Lobo Sapiens) por José Cabañas González. (Más información en www.jiminiegos36.com)


La revuelta anarcosindicalista de 1933 en Veguellina y otros lugares (III)

Publicado por Ibañeza.es el 5/11/2018 7:57 Comentarios desactivados

En Valderas los obreros secundaron el lunes la huelga para volver la mayoría el martes al trabajo (excepto los ocupados en la reparación de las calles, que lo harán el día 14), animados por las noticias que les llegan de los disturbios de otras zonas y de las más cercanas, Veguellina de Órbigo entre ellas, donde la revuelta alcanzó graves cotas y “más se sintieron los horrores de la huelga revolucionaria”. Fue allí “víctima de un criminal atentado una pareja de la Guardia Civil cuando en la noche del domingo, día 10, se dirigía desarmada al cuartel del pueblo. Un grupo de desconocidos agredió a tiros por la espalda (ya a las puertas del recinto) a los guardias José Muñiz Alcoba y Manuel Guerra Martínez, presentando el primero 14 heridas de bala y 6 el segundo. El estado del uno era gravísimo, y menos grave el del otro. Ambos fueron trasladados en una ambulancia de la Diputación al sanatorio del doctor José Eguiagaray, en León, y habían mejorado ya bastante el día 16 (fecha en que lo narra El Adelanto, en un número “sometido a la previa censura”, como dispone el estado de alarma decretado, aunque los dos quedarán inútiles para el servicio, se dirá más adelante). Se practicaron algunas detenciones, después de que los rebeldes hicieran explotar varios cartuchos de dinamita y cortaran los hilos del telégrafo, teléfono y alumbrado, levantando algunos trozos de la vía férrea, y siendo milagroso que no se produjera una catástrofe a la llegada del expreso de Madrid” a aquella estación de ferrocarril, en la que trabajaría desde 1935 como factor Emilio Sanmiguel Herrero, padre de Lorenzo Sanmiguel Martínez, que tendría años después un marcado protagonismo en la guerrilla leonesa, encabezando una partida (la de “Martínez”), y sobre todo en la red de espionaje tramada en el norte peninsular y organizada por la Embajada inglesa con vistas a proveer a los Aliados de una alternativa en España al desembarco en Normandía de junio de 1944, lo que de haberse llegado a realizar hubiera cambiado radicalmente en nuestro país el curso de su historia.

Se dirá en El Combate el 23 de diciembre que “cuando los revolucionarios levantaron los raíles del tren en las estaciones de León y Veguellina cortaron al propio tiempo los alambres del disco para evitar el descarrilamiento de los trenes, pues al no poder dar con tal disco vía libre aquellos pararían, como sucedió, haciendo imposible el descarrilamiento,… aunque diga la ‘buena prensa’ (la católica y conservadora) que confundieron los cables del telégrafo (que van por arriba) con los del disco (que van a ras de tierra)”.

Cuando desde El Diario de León se cargue contra los derrotados revoltosos de octubre de 1934, se dirá el 17 de diciembre que “en la memoria de todos está en Veguellina la revolución de diciembre de 1933, en que la fábrica azucarera estuvo a punto de ser volada con la consiguiente ruina de un centenar de pueblos agrícolas; la Guardia Civil, en sanguinario asedio, se salvó de la muerte por milagro; levantados fueron los raíles del Ferrocarril del Norte con el fin de que perecieran los viajeros del exprés gallego; cortada la línea de Telégrafos y Teléfonos, y derribada la gigantesca red eléctrica de la empresa Fuerzas Motrices del Valle del Luna”, aunque nada se dijo sobre ello (tampoco sobre el derribo del tendido eléctrico) en ninguna publicación entonces, en los días de aquella algarada revolucionaria, y nada se dirá el 14 de marzo de 1935 cuando el mismo diario informe del Consejo de Guerra en el que se juzgarán aquellos hechos.

Un rebelde arrestado por la Guardia Civil en Labastida (Logroño).

Aquellos hechos sediciosos se achacan desde el semanario bañezano a “los obreros engañados por las predicaciones sangrientas de los jefes anarquistas y socialistas” (aunque los últimos no hubieran tenido participación en ellos y se hubiera tratado de una revuelta de perfil netamente libertario), algo que vendría a formar parte años después de los diversos mitos extendidos y sostenidos por los sublevados: el de que las víctimas de su represión habían sido embaucados por las ideas disolventes traídas a unas sociedades tradicionales, armónicas y pacíficas por gentes de fuera, como los forasteros, “cuatro pillos lenines comunistoides y socialeros –casi todos extranjis- que han laborado los últimos dos años y medio con engaño, huelgas, alboroto y división, explotando al pobre pueblo bañezano”, como dirá el clérigo regente que firma K-Vernícola en sus ediciones del 25 de noviembre y del 2 y 9 de diciembre, en una siembra de burla, desprestigio y odio en la que la publicación persistía, y que, convenientemente alimentados, producirían en pocos años resultados cainitas e inciviles.

Lo sucedido en Veguellina de Órbigo y en otros lugares había sido la explosión de conflictos fortuitos en los lugares en los que había militancia anarcosindicalista, coincidente con los puntos álgidos de agitación laboral, sindical y social, en acciones mayoritariamente aisladas entre ellas y sin más nexo de unión que ser la manifestación externa del descontento desesperanzado de las clases político-sociales menos favorecidas por la República; una revuelta con más rabia que ideas; un antagonismo que no es más que un frustrado intento de radicalización que ya preludia el resquebrajamiento de la sociedad en bloques enemigos y que parece indicar que en León los gobernantes, los revolucionarios y los militares ya están tomando partido antes del 18 de julio de 1936.

En la noche del martes, día 12 de diciembre, se presentaban al juez de Astorga, señor Duque, tres individuos (a quienes perseguía la Benemérita), presuntos autores de los bárbaros sucesos de Veguellina, los sindicalistas Casimiro Riesco y Manuel Martín, de Hospital de Órbigo, y Leopoldo Mielgo, de Puente de Órbigo, que ingresaban de inmediato en la cárcel en calidad de incomunicados. En la misma fecha era detenido por la Guardia Civil e ingresado también en la astorgana Prisión del Partido Antonio Peña Gallego, de Veguellina, y se ordenaba la detención de Miguel González Álvarez (“Sindi”), y de Agustín Arias Rey, a los que se acusaba de agresión. En la siguiente, día 13, dirá el rotativo leonés La Democracia que “el orden es completo en la capital y en la provincia, dándose por sofocado en su totalidad el movimiento, pues éste era el único foco que quedaba en toda España”.

De inmediato se aplicó sobre los insurgentes la represión que la ley y el estado de alarma establecían, y ya el día 14 pasaban a considerarse hechos de guerra los realizados por la fuerza pública al reducir a los intervinientes en los últimos sucesos, cuando los insurrectos aún merodean y cometen desmanes en los pueblos altos del Bierzo y llegaban a León al medio día, en dos autobuses y custodiados por guardias de Asalto, 21 detenidos de Fabero y Villafranca para ser recluidos en su cárcel por no haber sitio en las de aquellos pueblos. Al día siguiente se traslada a 16 a la prisión de Sahagún, y a la de Astorga se envían otros tantos (además de los 37 escoltados desde Bembibre el mismo día), al tiempo que el gobernador civil impone 32 multas de 10.000 pesetas (o el arresto subsidiario por dos meses en caso de insolvencia, que era el de la mayoría) a igual número de principales promotores, dirigentes y organizadores del movimiento revolucionario, además de otra de 500 al coadjutor de Santa María del Páramo, Antonio Sotillo Sanromán, “por enseñar y obligar a los niños de la catequesis a cantar canciones con la música de la marcha real” (se le levantaría la sanción a finales de enero de 1934, pues aquellos cánticos –a la Virgen- se hacían sin estar presente el sacerdote).

Del libro LOS PROLEGÓMENOS DE LA TRAGEDIA (Historia menuda y minuciosa de las gentes de las Tierras Bañezanas -Valduerna, Valdería, Vegas del Tuerto y el Jamuz, La Cabrera, el Páramo y la Ribera del Órbigo- y de otras localidades provinciales -León y Astorga-, de 1808 a 1936), publicado en 2013 en Ediciones del Lobo Sapiens) por José Cabañas González. (Más información en www.jiminiegos36.com)


La revuelta anarcosindicalista de 1933 en Veguellina y otros lugares (II)

Publicado por Ibañeza.es el 22/10/2018 7:23 Comentarios desactivados

Para que aquel ensayo de revolución del año 33 apareciera con todas las contradicciones, se promovió en el mes de diciembre, el periodo menos indicado para echarse a la calle, y mucho menos aún en regiones como las leonesas. En León, una de las ciudadelas del buen entendimiento social; con un partido republicano radical que no desertaba de su coordinación y coherencia con las tribulaciones populares; con un partido socialista exasperado por lo que tenía aquella aparición de las derechas autónomas de derrota en toda la línea de sus previsiones; y sobre todo con una Confederación Nacional del Trabajo que no había digerido todavía las defecciones socialistas durante los primeros tanteos republicanos, con aquellos barbarismos de Casas Viejas, de Arnedo, o de las deportaciones de los más significados hombres de la Federación Anarquista Ibérica, con el leones Buenaventura Durruti en cabeza, ni estaba dispuesta a que los nuevos amos de la finca les negaran el pan y la sal, fue la Revolución.

Se levantaron en armas los hombres de la mina, las gentes ácratas de Fabero del Bierzo y las de La Valcueva y las de Toreno, y más o menos todas aquellas que rumiaban en soledad sus desencantos. Y a bombazo limpio, con más coraje y corazón que cabeza, se lanzaron a la conquista del mundo. Tomaron el cuartel de la Guardia Civil y produjeron la muerte de algún representante de la Ley. Y se dispusieron a tomar Ponferrada, su proyección revolucionaria máxima, su objetivo estratégico principal. Ni fue posible la guerra, ni fue ya posible la paz, salvo la de los sepulcros.

Se inició la represión, la reconquista, y pagaron los de siempre. El gobernador civil de la Provincia, Salvador Etcheverría Brañas, impuso la ley a bandazo tronante, y las cárceles de León, de Astorga y de Ponferrada se llenaron de desilusionados y deslumbrados. Fue una guerra estúpida, un movimiento táctico criminal, y una represión desmesurada. Ni los muchachos que habían tomado lo de la revolución en serio, a lo que tenían perfecto derecho, ni las víctimas entre los Guardias Civiles merecían un tan pobre, tan triste y tan paranoico montaje. Murieron cuatro romanos y cinco cartagineses. Pero quedó en la boca de cuantos intervinieron y en los que siguieron el relato, un sabor ácido que les venía de las entrañas.

De los entresijos de aquel episodio bárbaro nadie parecía querer saber nada. Sólo los anarquistas de la CNT, los apasionados y fieles cachorros de la FAI; ni el Partido Socialista ni la Sindical del mismo apego tenían nada que ver con la tremenda refriega organizada.

A los republicanos de todos los colores les parecía inoportuno, inadecuado y negativo el ensayo revolucionario, tal vez porque si salía bien, podía extenderse el invento y dar al traste con la casta y pura doncella republicana; para los socialistas, porque como miembros de la combinación republicano-socialista, llamada a gobernar por las buenas, aquellas malas no le servían sino para descubrir sus posibles fallos ante los trabajadores; y a los núcleos victoriosos de las derechas acumuladas, tampoco les convenía comenzar su andadura gubernamental machacando masas proletarias y tiñendo las crónicas de sangre.

Solamente los encendidos e irreconciliables libertarios encontraban el levantamiento, no solo justificado, sino propicio para una posible extensión y sobre todo para una comprobación de fuerzas.

Consecuencia lógica de tantísima confusión, las carreras a pelo, las escapadas tácticas, los escondites bajo la capa del cielo. Y en León, no faltaban ni heroicos fugitivos, ni técnicos en los juegos del escondite y de la dispersión.

Así aquel Elías García Sobrino, el que escribía los mensajes y las proclamas en tiempos de huelga, hombre austero y leal entregado tan de por vida a la “causa” que en ella acabó consumido y convertido en cenizas mártires. O aquel José Rey Álvarez, tan sereno y tan entero en los momentos de mayor riesgo; o Manuel Durruti Domingo, emplazado para la muerte en el año inmediato; o Melón Prieto, que empezó por ser boxeador y acabó zurrándoselas con el viento, como el personaje de Machado, o Juan Monje Antón, de la raíz de los negrillos de la tierra, pequeño, acortezado y duro, que un día le robó un fusil al centinela del Cuartel de la Fábrica; o “El Zancajo”, que cargó a hombros con su padre enfermo y le trajo a morir al pie de casa, y que luego fuera ejecutado a garrote vil en el patio de la carcelona de Puerta Castillo, en el año de la gran derrota, en el extravío del año 36; o “El Canalejas”, que era como un César Vallejo, en pequeño, al que todos le pegaban sin que él hiciera jamás daño a nadie, y que en la canallesca bronca del año 36, fue apresado en su casa de Puertamoneda, trasladado en un coche misterioso, como eran todos los que se dedicaban a la recogida de desleales, por las milicias sin padre ni apellidos políticos registrados, a la Diputación Provincial, que era donde se había establecido el cuartel general de los guardianes del orden público y de las puras esencias de la raza, y ya nadie volvió a saber de su vida ni de su muerte.

Todos o casi todos los que en aquel trágico esperpento del año 33 fueron detenidos, interrogados o borrados del censo por paradero desconocido, cuyo fracaso derivó en la paulatina declinación del poder sindical de la CNT, de cuyos componentes, sobre todo de sus fieles de la FAI, no quedaría sino un recuerdo como de leyenda, que el feroz holocausto del año de la sublevación de los sargentos habría de afirmar, en el año 1936 (¡Apenas tres años después de que se apagaran  las llamas de la ingrata sublevación de los pobres!), acabaron no diré que de mala manera, porque de muchos ni siquiera se sabe cómo fueron suprimidos.

El 11 de diciembre se remitían a los alcaldes del partido bañezano copias de los bandos fechados el 9 y que el gobernador civil había enviado el día antes al regidor de La Bañeza y a los de las demás cabezas de partido y villas y pueblos señalados (como Santa María del Páramo, Benavides, Hospital de Órbigo, Villamañán, Valderas, Veguellina, San Cristóbal de la Polantera, o Riego de la Vega) declarando el estado de alarma en la nación, cuyos acuses de recibo se devolvían de  Pobladura de Pelayo García el día 13, de San Adrián, Destriana, Quintana del Marco y  San Pedro Bercianos el 14, y el 15 de Santa Elena de Jamuz y de Castrocalbón. El mismo día 11 se corta por algunos revoltosos la línea telefónica que une León con Galicia y la telegráfica entre Astorga y la capital, y se inicia en la mañana una huelga que afecta a todo el ramo de la construcción y a las fábricas, a la que se suman por la tarde los tipógrafos, con lo que no habrá prensa el martes día 12, aunque si parece que abrió el comercio en la tarde de la fecha anterior.

Los sucesos revolucionarios anarcosindicalistas resultarían de más aparatosa gravedad en Cataluña, la Rioja, y Aragón (entre las víctimas habidas en Zaragoza se contó al leonés de Villarejo de Órbigo Dionisio Martínez Fernández, de 19 años, muerto cuando prestaba servicio como repartidor de Telefónica), y en la provincia de León alcanzarían los chispazos de aquel movimiento (así los nombra El Diario de León) a la capital, donde declararon la huelga general los elementos de la CNT, no publicándose los periódicos y adoptándose grandes precauciones, sin que la normalidad se viera alterada (aunque la policía controlaba la situación en un par de días –dirán otras fuentes- y detenía de inmediato a los anarquistas más activos), y a lugares de la cuenca minera del Bierzo como Cacabelos, Fabero (donde los cenetistas del Sindicato Único Minero, capitaneados por el natural de Requejo de la Vega Clemente Gregorio Aparicio Pérez proclamarán el comunismo libertario), Vega de Espinareda y Villafranca, donde estallaron focos revolucionarios (principalmente en las tres primeras poblaciones), habiendo salido para Ponferrada dos compañías del Regimiento nº 36 de León (en nueve automóviles de línea requisados, a cargo de un comandante y dos capitanes, uno de ellos Eduardo Rodríguez Calleja) y una compañía de ametralladoras de Astorga, concentrándose además nutridas fuerzas de la Benemérita, acompañadas todas ellas por dos aeroplanos de la base de la Virgen del Camino. La calma se restableció, huyendo al monte los rebeldes y saliendo para Vega de Espinareda una sección de ametralladoras y 35 Guardias Civiles para reducir a los extremistas, que se hicieron fuertes en este pueblo. En Cacabelos resultó herido un Guardia Civil, y en un camión abandonado por los revoltosos se halló el cadáver de un paisano, todo ello según lo contaba el semanario bañezano El Adelanto el día 16, añadiendo que para entonces la huelga ya se solucionó en León, y reina la tranquilidad en toda la provincia y en España, según comunicaba a los periodistas el gobernador civil.

Del libro LOS PROLEGÓMENOS DE LA TRAGEDIA (Historia menuda y minuciosa de las gentes de las Tierras Bañezanas -Valduerna, Valdería, Vegas del Tuerto y el Jamuz, La Cabrera, el Páramo y la Ribera del Órbigo- y de otras localidades provinciales -León y Astorga-, de 1808 a 1936), publicado en 2013 en Ediciones del Lobo Sapiens) por José Cabañas González. (Más información en www.jiminiegos36.com)

Un joven participante en la revuelta detenido por la Guardia de Asalto en Zaragoza.


La revuelta anarcosindicalista de 1933 en Veguellina y otros lugares (I)

Publicado por Ibañeza.es el 8/10/2018 8:05 Comentarios desactivados

La española Segunda “República de trabajadores de toda clase” había decepcionado pronto a los obreros, desde que ya en junio de 1931 desencadenara la represión policial contra los cada vez más numerosos movimientos populares. Además el desgaste del gobierno republicano-socialista, que había introducido tantas rápidas reformas, sin terminar ninguna, y el aplastante triunfo en las urnas del frente antirrepublicano y antirreformista el 19 de noviembre de 1933 habían traído incertidumbre, desasosiego social y desesperanza a los grupos proletarios organizados, que veían como el rumbo de la Segunda República daba un importante golpe de timón, frente al cual florecen desde diciembre en toda España abundantes intentos insurrecciónales abanderados por los anarquistas, que también alcanzan a León, a pesar de haberse declarado el estado de prevención ya el 4 de diciembre.

El gobernador general de Cataluña pedía aquel mismo día al gobierno refuerzos de policía para que puedan descansar los que están allí, muy fatigados por los últimos acontecimientos provocados por los anarcosindicalistas. Se registraban y clausuraban en Madrid el 5 todos los círculos tradicionalistas (protestan sus militantes diciendo que las Casas del Pueblo están llenas de armas y ni se registran ni se clausuran), la oficina fascista de Falange Española y los ateneos libertarios; se retiraba (una vez más) el periódico El Socialista por orden del gobierno y por publicar un artículo violento, y se descubría en Tui (Pontevedra) un intento de sedición entre algunos marineros de la tripulación de la lancha de guerra Cabo Praderas, deteniéndose a los principales comprometidos, prolegómenos todos de actuaciones rebeldes de mayor envergadura que poco tardarían en producirse, y así se declaraba el día 9 el estado de alarma en todo el territorio nacional al estallar un levantamiento anarquista, con ramificaciones principales en Logroño, Huesca, Zaragoza y Barcelona, y con el resultado de cuatro guardias civiles muertos y once heridos, aunque “la rebelión está sofocada”, se añadía entonces.

En veinte minutos había creído el ministro de la Gobernación que se ahogaría aquel movimiento perturbador de extrema izquierda que los rumores ya anunciaban para la noche del 8 de diciembre, y en el que no intervendrían más fuerzas que las de la CNT-FAI (como dirá más adelante en el Parlamento Indalecio Prieto, desmarcando de él al socialismo, que a pesar de las retóricas declaraciones revolucionarias de Largo Caballero no secundaría la protesta), lo que no vino a resultar tan sencillo, durando cuatro días y dejando 75 muertos y 101 heridos entre los revolucionarios, 11 muertos y 45 heridos de la Guardia Civil, y 3 muertos y 18 heridos de las fuerzas de Seguridad.

Sólo a partir del triunfo conservador en las elecciones generales de noviembre comenzaron a producirse (a acrecentarse más bien, al tiempo que abundaban los intentos insurreccionales en toda España) los desórdenes en la provincia leonesa, en la que los problemas básicos que convulsionaban la vida del país (la Reforma Agraria, la cuestión religiosa y el paro obrero) no tenían traducción, y donde el sindicato UGT era reformista, sin ser faista el anarcosindicalismo, un reformismo sindical que obedecía a la cercanía de los trabajadores más a su antigua mentalidad agrícola que a su condición de asalariados. Por otra parte, el gobernador civil de León, Salvador Etcheverría Brañas, tenía ya conocimiento el 10 de noviembre anterior, por el informe del agente de Investigación y Vigilancia asistente a la misma como delegado gubernativo, de que en una reunión en el local de la CNT en la capital se acordaba declarar la huelga general revolucionaria con todas sus consecuencias si en las elecciones del 19 de aquel mes triunfaban las extremas derechas, y desde la Dirección General de Seguridad el 9 de diciembre de que el sindicato anarquista y la FAI llamaban en todo el país a la revuelta para imponer el comunismo libertario. Los anarcosindicalistas leoneses, partícipes de las consignas de los comités nacionales de una y otra organización, decidirán comenzar la huelga general el día 11, una vez conocidos los movimientos revolucionarios en Aragón y otros lugares.

Una visión cercana e interior del cómo y el porqué de la asonada que estalló en Veguellina de Órbigo (donde la CNT contaba en septiembre de 1932 con 169 asociados en su Sindicato de Oficios Varios, representados por Victoriano Fernández en el III Congreso Regional; en la vecina Astorga aún funcionaba a la altura de 1925, concebida y gestionada bajo criterios ácratas, una Biblioteca Pública Naturista) y en otros lugares del país y de la tierra leonesa nos la facilita Victoriano Crémer cuando en Ante el espejo vuelve atrás la mirada, con ojos de vencido,

hacia la que con presunción se dio en llamar “Revolución del 33” y que ni siquiera fue motín con probabilidades de éxito, sino demostración del mal humor nacional, preferentemente de los trabajadores de todas clases, salidos o sacados de sus casillas por las confusas operaciones electorales de un mes de noviembre en el cual se le dio el voto a la mujer y se perdieron todos los estribos republicanos y democráticos que nos parecía que habíamos conseguido arrancar de sus tradicionales poseedores.

Si tan sólo hacía dos años que habíamos decidido, pacíficamente, transformar la carátula del país y poner el gorro frigio a la copiosa matrona nacional, no cabía admitir que solamente dos años después, las urnas, donde se cuecen todos los engañosos juegos democráticos, hubieran dado el triunfo total a la confabulación capitaneada por Gil Robles y los caballeros de la CEDA y que, como satélite adherido, apareciera al frente del Gobierno nada menos que Alejandro Lerroux. Aquella Confederación de las Derechas Autónomas, así que se hizo cargo del mando, comenzó la tarea de desmontar los pocos signos de progreso y de emancipación de los siervos que la República había sugerido. Y la llamada Reforma Agraria quedó borrada, y las incautaciones devueltas a sus poseedores tradicionales, y los tanteos para la contención del poder militar y eclesial se tiraron por la borda de una nave que desde sus primeros avances había enarbolado la bandera de la contrarrevolución preventiva. Algo que los obreros y campesinos no acabaron de comprender por mucho que se les explicara.

Y como ya en la apenas nacida República los trabajadores se habían sentido profundamente defraudados, así que comenzaron a entrever los entresijos de una política que se anunciaba claramente, despiadadamente, impíamente revanchista se propusieron impedirlo.

Del libro LOS PROLEGÓMENOS DE LA TRAGEDIA (Historia menuda y minuciosa de las gentes de las Tierras Bañezanas -Valduerna, Valdería, Vegas del Tuerto y el Jamuz, La Cabrera, el Páramo y la Ribera del Órbigo- y de otras localidades provinciales -León y Astorga-, de 1808 a 1936), publicado en 2013 en Ediciones del Lobo Sapiens) por José Cabañas González. (Más información en www.jiminiegos36.com)

Un joven participante en la revuelta detenido por la Guardia de Asalto en Zaragoza.


Huesos al borde del camino (III)

Publicado por Ibañeza.es el 24/09/2018 8:17 Comentarios desactivados

José Simón Alejo Barrios. Tenía 20 años, soltero y jornalero. Natural de Zaragoza (creemos que de Caspe), hijo de José y de Catalina, y vecino de La Bañeza. Trabajador de La Azucarera, en la que era uno de los abundantes afiliados al Sindicato Nacional Azucarero, afecto a la UGT.

Archivo de José Cabañas.

Patricio Martínez Castillo. Del Reemplazo de 1929, alistado en la Caja de Recluta de Astorga. Natural de La Bañeza, soltero. Trabajaba en La Azucarera bañezana, al igual que otro de sus hermanos, Agapito, fusilado en León el 18 de febrero de 1937 con el grupo de los 17 bañezanos.

Eugenio Carnicero Alonso. Nacido el 13-07-1904. Del Reemplazo de 1925, alistado en la Caja de Recluta de Astorga nº 113, y adscrito al regimiento de Regulares. Vivía en la calle Pablo Iglesias. Trabajaba en La Azucarera. En 1935, según consta en documento, habría estado preso en la Cárcel del Partido, seguramente a resultas de hechos acaecidos en octubre de 1934.

Norberto Ángel Martínez Mielgo. Natural de Hospital de Órbigo, nacido el 07-06-1905, hijo de Fernando y Francisca, tenía 31 años. Perito Mercantil (formado seguramente en la Escuela de Comercio de León), había sido Interventor de Fondos del Ayuntamiento de La Bañeza (donde lo habían apodado, por su disposición a ayudar, como “el pan de los pobres”), nombrado el 08-10-1934, y socio del Círculo Mercantil. Afiliado a Izquierda Republicana. En julio del 36 era Jefe Interino de la Sección de Presupuestos de la Diputación de Palencia, cargo por el que había dejado vacante el de Interventor en La Bañeza, y al que renuncia por motivos de salud, según escrito enviado al Ayuntamiento el 30-09-1936. Detuvieron a su padre, Fernando Martínez Rodríguez, en San Marcos, el 5 de octubre de 1936 para que se entregara su hijo, lo que hizo Norberto entre esa fecha y el 9 de octubre. Al entregarse, su padre fue liberado y regresó a Hospital de Órbigo. La familia siempre supo que había terminado asesinado en Izagre y enterrado al lado de la carretera, e incluso su padre habría estado allí en alguna ocasión.

Transcurrió la exhumación en Izagre desde el día 2 de septiembre de 2008 hasta el 11, y no sin dificultades se localizó el lugar de enterramiento, a pesar de las facilidades y la ayuda prestada por tantas personas del pueblo, Ayuntamiento y Alcaldía, vecinos, y propietarios de los terrenos (además de los valiosos datos que doña Gloria Begué Canton, hija de Juan María Begué, nos facilitaba por teléfono), como ardua resultó la tarea arqueológica de recogida de los restos de las víctimas dada la dureza del terreno, incluso con la colaboración tenaz y entregada de un buen número de voluntarios desplazados desde lugares tan diversos como Ponferrada y El Bierzo, Pontevedra, Ourense, León, Barcelona y Bilbao (desde donde se sumó con entusiasmo Roberto, bisnieto de Isaac). Las escenas de profundo respeto ante lo que el lugar significaba, de emoción contenida y de recogimiento ante la fosa se prodigaban a medida que la delicadeza y la precisión de los arqueólogos y los voluntarios iban sacando a la luz los huesos de los asesinados y lo que de aquello que los acompañaba en el momento del martirio la tierra había respetado, la suela o la goma de unas botas, unas gafas, un zapato, la piedra de afilar la navaja, o un pendiente, objetos todos consignados con los respectivos restos a la espera, con ellos, de ser tratados y analizados por los especialistas pertinentes, Antropólogos Forenses (también voluntarios), con el objetivo de identificar los huesos, de ponerles nombre y apellidos, para ser así entregados a sus respectivos familiares, y la emotividad siempre presente se desbordaba cuando alguno de estos se acercaban a la compartida tumba de los suyos.

De la fosa de Maire, que en su cementerio acogió los cuerpos de los bañezanos Toribio Santos Santos y Ángel González González (último Alcalde republicano de La Bañeza),  habíamos ya constatado la imposibilidad de su exhumación, dadas las alteraciones posteriores del camposanto, y hubimos de conformarnos con precisar el exacto lugar en que en la mañana del 23 de septiembre de 1936 aparecieron sus cadáveres. Indagamos también por enterramientos clandestinos y fosas de otros bañezanos en lugares como Pinilla de la Valdería, con el resultado de haber contribuido a exhumar allí a víctimas de otras procedencias. En cuanto a la “fosa de los estudiantes” en Albires, exhumada a continuación de la de Izagre,  habíamos conseguido avanzar los primeros datos pocas fechas antes de iniciar aquella, las identidades de dos posibles integrantes, jóvenes de Villarroañe, cuyas familias reclamaban ahora la recuperación de sus restos. Con la azarosa implicación y con la ayuda, que tan útil y provechosa nos ha venido a resultar, de un experto bañezano en Historia y en Archivos como es Alejandro Valderas Alonso, pudimos poner algunos nombres más a las víctimas de aquella fosa, asesinadas en torno al 20 de agosto de 1936, y, lo que vino a ser más importante, se pudo constatar la laguna existente en el conocimiento de la represión ejercida en León en el verano y otoño de 1936 sobre el colectivo estudiantil, sobre los alumnos de las Escuelas de Veterinaria, de Magisterio y de Comercio, y a partir de aquí, con la colaboración de diversos estamentos universitarios comenzar a colmar ese vacío, algo que desde entonces se viene ya haciendo.

Archivo de José Cabañas.

Y hubo más aún: estaba ya prevista la exhumación de otra fosa común en Faramontanos de Tábara (Zamora), cercano a Benavente, de la que apenas se sabía quienes la integraban, y fruto de esta cadena de acontecimientos y de las colaboraciones suscitadas se consiguió saber bastante más: los 12 cuerpos de muchachos y muchachas asesinados de la fosa (exhumada a mediados de octubre) corresponderían a otros tantos estudiantes leoneses, posiblemente de Magisterio y de Valderas, y ya, culminando la progresión de favorables encadenamientos, en la prospección de ésta se vino a conocer de la existencia en la misma zona de otras dos fosas, colectiva una, con otro grupo de malhadados estudiantes, e individual la otra, en la que se cree haber localizado al Diputado socialista por Jaén, catedrático y profesor de su Escuela Normal, Enrique Esbrí Fernández, del que nada se sabía más allá de su desaparición en León aquel fatídico verano después de haber formado parte del tribunal en las oposiciones de Magisterio que a la mitad de julio se habían realizado.

De todo este cúmulo de acontecimientos y de relaciones, y de la evidencia de este hueco histórico por explorar (la represión universitaria al inicio del golpe de Estado), o no explorado todo lo a fondo que se merece, llegó a derivar la pretensión y la previsión de crear en la Universidad de León un Grupo de trabajo de especialistas para acometerlo, y que iba a estar presidido por una señera figura de la investigación y la docencia universitaria leonesa. Más tarde, se optó por investigar en el mismo campo desde la integración de este Grupo leonés en otro Universitario estatal, más extenso y que pretendería abarcar el mismo objeto y ámbito de estudio para todo el colectivo estudiantil y universitario del país.

Además de los posibles y provechosos frutos que estas iniciativas puedan ir deparando, se producirán otros más inmediatos y cercanos si las previsiones con las que trabajamos se nos cumplen: en el mes de abril se habrán producido las identificaciones de los bañezanos asesinados en Izagre, y se contempla realizar la entrega de sus restos en el marco de unas Jornadas de Memoria y Homenaje a todas las víctimas bañezanas del franquismo, a celebrar en fecha adecuada y en el transcurso de las cuales se producirían las inauguraciones de un monolito en Izagre, en el Lugar de Memoria en el que durante tantos años estuvo la fosa, y un monumento a todos los represaliados en algún lugar de La Bañeza. Para acometer unas y otras actividades hemos solicitado en su momento la correspondiente subvención al organismo competente.

Un añadido posterior (13-03-2010).-

Además de los contratiempos habituales para ubicar la fosa de los bañezanos, se dio en ella una sorpresa: se constató haber sido once los allí asesinados, contra la asentada convicción que fue durante tanto tiempo transmitida de que lo habían sido diez, con lo que vino a resultar que la identidad de uno de los varones nos era desconocida. Mediado octubre de 2008 recibí de acreditados testimonios (doña Gloria Begué Cantón) la certeza de que once habían sido, efectivamente, las víctimas, y a través de la prensa bañezana solicité ayuda a sus lectores, sin que obtuviera resultado, para asignarle a aquél un nombre.

Ya en mayo de 2009, por datos obtenidos del Archivo Histórico Municipal de La Bañeza y contrastados con los procedentes de otras fuentes, hemos podido atribuirle filiación con un alto grado de certeza: Creemos que se trata de Miguel Miguelez Fernández, vecino de Sacaojos (hoy Santiago de la Valduerna), soltero, de 30 años, hijo de Bernardina Fernández Martínez, hermano de Emilia y Victorina, cuñado de José González González (uno de los hijos de quien ejerció de último Alcalde republicano, cuya familia fue dura y extensamente perseguida), todo ello según el Padrón de 1935 y los listados de recluidos en octubre de 1936 en la Prisión del Partido bañezana. Probablemente era trabajador de La Azucarera, uno más de los muchos que siéndolo fueron de variadas maneras castigados.

Una nueva actualización.-

En los campos de Villafer, frente a una viña en la cuneta de la carretera de Campazas, serían hallados el 12 de octubre de 1936 los cuerpos de tres asesinados sacados dos de ellos antes de la cárcel de La Bañeza, dos vecinos de la ciudad (Antonio Núñez Valderrey, de 41 años, panadero, y “un hermano mayor de Teresa, oficiala costurera en la academia de corte y confección de Matilde Mañanes”, al parecer Eugenio Carnicero Alonso, que creíamos haber sido asesinado el día 10 del mismo mes con otros diez bañezanos en Izagre, posiblemente arrancado de su domicilio, pues no figura entre los muchos entonces recluidos en aquella atiborrada ergástula) y un maestro en varios pueblos de la Valdería desde 1932 a marzo de 1936, Hermenegildo Cebrones Pedrosa (de la promoción de 1925 a 1926), ejerciente desde entonces en Magaz de Arriba, enterrados los tres en la parte civil del cementerio de la localidad, a la derecha de su entrada. De haber sucedido así, conforme a lo que ahora conocemos, en Izagre habría sido asesinado con los restantes bañezanos no Eugenio Carnicero sino Francisco de la Fuente Martínez (de Sacaojos, hermano de Miguel e hijo de Miguel de la Fuente Arribas y Micaela Martínez Carracedo), preso en La Bañeza al menos desde finales de septiembre y sacado de allí en la tarde del 9 de octubre con algunos de aquellos para “sumariarlos” en León, desde donde con otros que ya se hallan presos en la capital son conducidos a Izagre en la madrugada del día siguiente.

Se cumplen ahora diez años desde que la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica (ARMH), a petición de algunos de sus familiares, exhumó al inicio de septiembre de 2008 los restos de quienes, asesinados en el otoño de 1936, terminaron arrojados en el pueblo de Izagre a la que desde entonces se conoció allí como la fosa de los bañezanos. En memoria de las víctimas traemos hoy aquí lo que con ocasión de aquel acontecimiento publicábamos unos meses más tarde en la jiminiega Revista Cultural JAMUZ. Más información en www.jiminiegos36.com


Huesos al borde del camino (II)

Publicado por Ibañeza.es el 10/09/2018 7:30 Comentarios desactivados

En San Marcos, ya en la madrugada del día 10 de octubre de 1936, sobre las tres de la mañana, sacan a las víctimas para Izagre; 11 personas, de las cuales se encontraban ya allí desde el 16 de agosto Abraham Becares y José Simón Alejo; desde el 5 al 9 de octubre Norberto Ángel Martínez, y desde el mismo día 9 Juan María Begué. En la mañana del 10 de octubre son hallados sus cadáveres en el campo, en la cuneta a un lado de la carretera León-Valladolid, a la derecha, por los primeros campesinos que se dirigen a las labores de la sementera. Conocido el hecho en el pueblo, acuden al lugar el cura, el maestro, y otros vecinos de Izagre. Entre las víctimas hay una mujer, una bañezana, María Alonso Ruiz; lleva aún el pelo corto por el rapado que los falangistas le han aplicado en la Prisión del Partido y se cubre la cabeza con una gorra. Begué Arjona, Registrador de la Propiedad, es el único que porta Cédula de identificación, y una estilográfica marca Schiffer y un anillo de boda que uno de los lugareños que ayudan a enterrarlos, en el lado opuesto de la carretera a aquel donde los hallan, se apropia. Algunas mujeres, familiares de algunas de las víctimas, solo pasados tres días de su traslado consiguen viajar hasta León y desde allí a Izagre. Llegan, pero nada pueden ya hacer sino tomar nota y memoria del lugar de la fosa en la que han terminado sus seres queridos, señalada con piedras, con forma semicircular, y cuya zona no fue labrada en muchos años, pagando para que así se hiciera a los dueños de las fincas. Las familias de algunos asesinados inscribieron la defunción de los suyos en el Registro Civil de La Bañeza en los años siguientes, fuera de plazo, y por lo que respecta a la de Begué Arjona, desde su inscripción intentó su esposa, Olimpia Cantón Blanco, la exhumación de los restos de su marido, lo que consiguió en el año 1959, con la aquiescencia de las autoridades del momento. Los restos de Begué Arjona fueron depositados en una sepultura del cementerio de Izagre hasta 1971, en que los trasladan al panteón familiar en Madrid. También recuperó su familia la estilográfica y el anillo que aquél llevaba cuando fue asesinado.

Archivo de José Cabañas.

No resultó fácil conocer las identidades de los “paseados” en la fosa de Izagre. Partíamos de saber que allí se encontraban María Alonso e Isaac Nistal, con otros más, y de hecho no conseguimos avanzar en la asignación de filiaciones a los demás asesinados hasta pocos días antes de iniciar la exhumación (de Norberto solo la conocimos cuando, ya iniciada, se presentó allí su sobrino Fernando Calzado), después de entrevistarnos a lo largo del verano con personas de Izagre que habían vivido la aparición en el pueblo de los cadáveres (Ángel Garrido y su esposa, y Claudio Puertas, cuya ayuda resultó tan valiosa tanto en la exhumación de esta fosa como en “la fosa de los estudiantes”, en el cercano pueblo de Albires), y con familiares de algunas de las víctimas bañezanas, como Vicente Nistal, hijo de Isaac, Josefina Alonso, hermana de María, Pilar Fernández, sobrina de Julio, y María Bécares, hija de Abraham. También nos supuso considerable ayuda disponer de los datos obtenidos de las Actas Municipales del Ayuntamiento de La Bañeza, que consultamos previamente, y de los del Registro Civil, que habían puesto a nuestra disposición los compañeros y amigos de AERLE. Nada útil para nuestro objetivo obtuvimos de los documentos de la Prisión de San Marcos y de la Prisión del Partido de La Bañeza, que también amablemente nos facilitaron desde aquella Asociación y que igualmente consultamos. Señalamos que no aparecen en el Registro Civil de Izagre anotaciones de ninguno de los asesinados en el lugar en esta fecha.

Archivo de José Cabañas.

Hasta el momento (febrero de 2009) no hemos conseguido conocer más que las filiaciones de diez de los once integrantes de la Fosa de Izagre, de los cuales fueron exhumados los restos de diez, después de haber sido retirados en 1959 los de Begué Arjona. De los varones identificados de la fosa, solamente de uno de ellos, Patricio Martínez, hemos obtenido datos de su expediente militar en el Archivo General Militar de Guadalajara; de los restantes, de Julio, Isaac, Eugenio, y Abraham, nos han aportado algunas informaciones de los expedientes de Quintas y otros del Archivo Municipal de La Bañeza. De los asesinados, cinco estaban procesados en el Sumario que se instruía por “los hechos de julio” en La Bañeza (por la mera contestación al golpe militar con el mantenimiento del orden público, por la escasa organización de una resistencia que ni siquiera llegó aquí a materializarse), María, Isaac, José Simón, Juan María, y Abraham, y el  “paseo” de algunos de ellos pudo obedecer a que los represores consideraran que no iban a poder achacarles en el proceso cargos suficientes como para “justificar” su asesinato “legal”, como asesinarían fusilándolos el 18 de febrero de 1937 en León a 17 de los con ellos encausados. Sus últimas declaraciones en el Sumario llevan fecha del 3 de agosto las de José Simón, del 6 las de María, del 7 las de Isaac, y del 28 de julio las de Abraham; el 3 de septiembre declaraba Begué Arjona ante el Juez Instructor, y en dicho Sumario, del que sustraen y desaparecen a varios procesados, no hay después de la fecha de sus asesinatos ni el más mínimo rastro de pesquisa o interés del Juez militar que lo instruía por saber lo que ocurrió con aquellos justiciables a su cargo.

Juan María Begué Arjona. Tenía 38 años y era natural de Bujalance (Córdoba); casado con una bañezana, Olimpia Cantón, tenía tres hijas, Olimpia, María Luisa, y Gloria, y un hijo, Juan María; había estudiado en los Agustinos de El Escorial, era Registrador de la Propiedad desde los 23 años, y había ocupado esta plaza en La Bañeza (aquí ejercía a la altura de 1927), además de en Pola de Laviana (Asturias) y en Guía de Gran Canaria, su último destino. Se encontraba en La Bañeza con baja por enfermedad cuando se produjo el golpe de estado. Detenido el 23 de agosto hasta el 29 en la Prisión del Partido; en esta fecha es puesto en libertad, después de haber enfermado gravemente, y permanece en su domicilio hasta el 1 de octubre, fecha en que de nuevo es detenido por la Guardia Civil y conducido en un coche a León, al colegio de los Agustinos, donde queda internado y le toman declaración los días 4 y 5 de dicho mes. El día 9 lo trasladan a San Marcos, de donde lo sacan a las tres de la mañana, con los demás, para con ellos ser asesinado en Izagre. Había sido avalista años antes para la construcción de la Casa del Pueblo bañezana, y para la adquisición de un proyector de cine en la misma. Del Sumario cabría deducir que no se le perdonó en La Bañeza que siendo de clase acomodada se hubiera acercado al socialismo y hubiera tomado partido por los humildes.

María Alonso Ruiz. Presidenta del partido Unión Republicana, tenía 32 años, estaba soltera y era hija de Lucas y de María. Fue encarcelada en los primeros días de agosto. Tenía cinco hermanas, Josefina, Nela, Eloísa, Victoria, Eudosia (esposa de uno de los fusilados de La Bañeza, Joaquín Perandones Franco), y un hermano, Ignacio, que pasó cinco años escondido, como “topo”, en la casa familiar de la calle Astorga. La familia tenía un negocio de guarnicionería. Sus hermanas y su madre fueron encarceladas varias veces, en el verano-otoño de 1936, y de nuevo en el invierno de 1939, como represalia por la “huida” de Ignacio, que había sido de las Juventudes Socialistas.

Isaac Nistal Blanco. Hijo de Cecilio y de Águeda, nacido el 03-07-1882, en Villamañan. Reemplazo de 1902. De 54 años, estaba casado con Baldomera González Castro y tenían 8 hijos, seis varones y dos mujeres. Había sido emigrante en Nueva York y en Cuba. Albañil, contratista de obras, y socialista. Fue Concejal en el Ayuntamiento de La Bañeza, por la minoría socialista, en todas las Corporaciones desde 1931. Ejerció de alcalde en el Pleno del 8 de julio de 1936 por ausencia por enfermedad del titular Ángel González González, (quien lo era por la dimisión de Joaquín Lombó Pollán el 20 de mayo de 1936, a quien sustituyó, como Teniente de Alcalde Primero que era, en funciones de alcalde) y por ser el concejal de mayor edad. Entre los días 18 y 21 de julio de 1936 ejerció ocasionalmente como alcalde, sustituyendo de nuevo las ausencias por enfermedad de Ángel González González. El 28 de julio estaba ya encarcelado en la Prisión de La Bañeza.

Abraham Bécares Rodríguez. De 29 años, del Reemplazo de 1928 y adscrito al Regimiento de Infantería nº 77. Vivía en la calle del Teatro. Tipógrafo en la imprenta de Doña Julita, y había accedido, por oposición, a una de las tres plazas de subalterno del Ayuntamiento convocadas en el verano de 1936, iniciando su desempeño a primeros del mes de julio. Natural de Canales-Coomonte (Zamora), hijo de Jerónimo y Adelaida. Casado con María Cubero Rubio, con quien tenía 2 hijos, María Luisa y Juan Manuel. Fue quien parlamentó, por orden del Ayuntamiento, ante el Jefe de las tropas rebeldes que tomaron La Bañeza. El 28 de julio estaba ya encarcelado. Su esposa acompañó a la de Begué Arjona varias veces en sus viajes a Izagre, algunas también acompañadas por la mujer de Ángel González Nadal, y otras por familiares de aquélla.

Ángel González Nadal. Estaba casado y tenía un hijo (al menos); era trabajador de La Azucarera. Natural de Astorga, donde tenía una hermana. Fue encarcelado el 18 de agosto, dos días después del asesinato en Astorga de su Alcalde, Miguel Carro Verdejo, en cuya fecha él regresó de allí a La Bañeza.

Julio Fernández Martínez. Nacido el 11-03-1903. Del Reemplazo de 1924 y alistado en la caja de Recluta nº 56. Tenía 33 años, y era albañil. Hijo de Manuel Fernández Monroy y de Elvira Martínez Castro. Trabajaba en La Azucarera bañezana. Vivía en el barrio de El Polvorín, en la Cuesta de Santa Marina. Estaba casado con Francisca Nadal García (un hermano de ella, Felicísimo, fue también “paseado” en otra fecha y lugar que aún desconocemos), y habían tenido un hijo que les murió al poco de nacer. Su hermano Andrés y su esposa Agustina Ramos Rebollo fueron los padres de Pilar. Lo nombraban Julio “el de los alambres”, por su padre, que había trabajado en el tendido del telégrafo.

Se cumplen ahora diez años desde que la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica (ARMH), a petición de algunos de sus familiares, exhumó al inicio de septiembre de 2008 los restos de quienes, asesinados en el otoño de 1936, terminaron arrojados en el pueblo de Izagre a la que desde entonces se conoció allí como la fosa de los bañezanos. En memoria de las víctimas traemos hoy aquí lo que con ocasión de aquel acontecimiento publicábamos unos meses más tarde en la jiminiega Revista Cultural JAMUZ. Más información en www.jiminiegos36.com


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