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La enseñanza en La Bañeza al final de los años 20

Publicado por Ibañeza.es el 14/08/2017 8:14 Comentarios desactivados

En la capital del partido judicial bañezano (según la Guía de Mourille López de 1928) hay un edificio con dos Escuelas Graduadas de bastante capacidad pero insuficientes para atender las necesidades de la población, cuyo censo escolar excede de 600 niños de ambos sexos; hay otras dos bibliotecas (la de la municipalidad y la del Casino de La Unión), además de la de dichas escuelas, cuando en 1914 no había ninguna.

Más pormenores en cuanto a la enseñanza en La Bañeza en 1927 nos aporta el Almanaque Catequístico para 1928, publicado por Ángel Riesco Carbajo, presbítero y coadjutor, desde la perspectiva de los centros educativos en los que imparten catequesis los sacerdotes bañezanos: En las Escuelas de la Villa ocupa la planta alta la graduada de niñas, con tres secciones, y con igual número la baja la graduada de niños, siendo Cecilio Sixto Toral Manjón el maestro del 2º Grado. Al Colegio de las monjas asisten a la Escuela Dominical “jóvenes de la ciudad y pueblos limítrofes que no pueden aprender de otra manera por tener que dedicarse al servicio domestico o a las labores del campo”, y en el mismo se imparte también clases a “alumnas gratuitas”, párvulos, y “del Sagrado Corazón”. El Colegio del Niño Jesús, sito en la calle de la Verdura y regentado por don Servando Juárez Prieto (licenciado en Filosofía y Letras y Maestro Nacional que publicó varias obras didácticas –Ortografía Práctica, y Nociones de Matemáticas, entre otras- además de la literaria Canción del Inclusero), reúne a más de 80 alumnos, algunos de los pueblos limítrofes, internos los de los más alejados, funcionando desde 1909, cuando después de creado al inicio del siglo en San Adrián del Valle su fundador lo trasladara a la ciudad, y había mantenido en los años en torno a 1917 alumnos subvencionados por el Ayuntamiento.

En la Escuela del Sagrado Corazón, que ocupaba una casa de planta baja de reciente construcción, inmediata a la Capilla de las Angustias y camino del Jardín, dirigida por don Justo García, cursan enseñanza elemental multitud de niños y algunas niñas, sumando más de 100. La Escuela de San José, a cuyo frente está Josefa Santiago, enseña a numerosas niñas de todas las edades y a algunos párvulos. Doña Catalina Acebes se ocupa en la Escuela de Santa Teresita, en la travesía del Barrio de Bueyes, de los benjamines de ambos sexos.

A propósito de la enseñanza de parvulitos (la que después se llamó preescolar o infantil), Everilda Cabo Valenciano pasa por ser quien estableció la primera guardería en La Bañeza, y hubieron de pasar aún muchos años hasta que la cubrieran los organismos estatales. Hasta entonces, todavía en el final de los años cincuenta algunos asistimos a escuelas privadas como la de don Gabriel Fernández de Mata (un bañezano cultivado, uno de los hijos de quien fue abogado y juez, diputado provincial y presidente de la Diputación, industrial residente en 1935 en la calle Manuel Diz, 9 con su esposa, dos hijos y criada y entonces con una economía naufragada que apenas reflotaba haciéndose enseñante), en el bajo de una céntrica casa en Jiménez de Jamuz (trasunto en la época y aquí de aquellas viejas escuelas de ferrado) en la que nos iniciábamos en “los cristos” y en “el silabario” antes de comenzar, a los seis años, en la Escuela Nacional (la de “los pequeños”) de don Jacinto Cuevas, a la que llegábamos ya así un tanto “desasnados”.

Según la estadística escolar del curso 1929-1930 que remite el director de la Escuela Graduada de niños de La Bañeza, Ricardo Álvarez Acedo (seguía ejerciendo de maestro a mitad de febrero de 1931), cuya entrega a la alcaldía dispone el 6 de septiembre del último año el gobernador civil Emilio Díaz-Moreu Irisarry, en su sección de Primer Grado hubo 50 alumnos matriculados, y asistieron 40, además de una matrícula de 30 adultos, de los que asistieron 20; en la de Segundo Grado, a cargo de Antonio Juárez Crespo, 43 matriculados y 36 asistentes, además de 16 adultos asistentes de los 30 matriculados; en la de Tercer Grado, cuyo responsable es ahora el maestro Cecilio Sixto Toral Manjón que lo era años antes del Segundo, se matricularon 35 niños y asistieron 30, y 17 adultos de los 18 matriculados. En la Escuela Graduada de Niñas, que dirige Margarita Marcos Emperador, en el Grado Primero, a su cargo, asistieron 60 alumnas, de 70  matriculadas; en Segundo Grado, a cargo de Francisca Pascua Riesco, hubo 40 matriculadas y 33  asistentes, y en el Tercer Grado, responsabilidad de Dionisia Arconada, asistieron 22 niñas, de 30 matriculadas. 800 niños componían el censo escolar en la ciudad.

A la Escuela Nacional de Primera Enseñanza de Sacaojos, regida por Horacio Martínez Blanco, asistieron 11 niños y 18 niñas, de 19 y 39 matriculados, además de 10 de los 16 adultos inscritos; su censo escolar era de 30 niños. En la Escuela Nacional de San Mamés de la Vega (cuyo censo escolar era de 29 niños), a cargo de Daniel Huerga Diéguez (seguiría rigiéndola a la mitad de agosto de 1935, cuando la intervención de Hacienda pide contestación a Oficio sobre él como maestro de la pedanía, y lo estaría hasta la mitad de octubre de aquel año, en que sería jubilado por haberse quedado ciego total), habían asistido 16 niños y 19 niñas, de 13 y 29 matrículas, además de 4 de los 10 adultos matriculados. Llaman la atención los censos escolares de las dos pedanías bañezanas, en los que parece no haberse incluido a las niñas, y que en San Mamés asistieran a la escuela más niños que los matriculados.

De las escuelas privadas, en el Colegio de las Hermanas Carmelitas, autorizado desde octubre de 1907, con 20 secciones y 12 profesores, hubo 60 niños y 200 niñas matriculados, con una asistencia media de 178 alumnos. En la escuela regentada por Claudio Joaquín Fraile Tascón, carente de autorización oficial, con 4 secciones mixtas y un solo maestro, se matricularon 18 niños y 12 niñas, asistiendo una media de 25 alumnos, además de 8 adultos, todos los matriculados. En el Colegio de Servando Juárez Prieto, autorizado desde marzo de 1907, con 6 secciones mixtas y un solo docente, se habían matriculado 45 niños y 25 niñas, asistiendo a las clases 30 de ellos, además de 35 adultos, de los que asistieron 7. Por último, en la escuela de Luisa Palau Fernández hubo matriculados 10 niños y 13 niñas, habiendo asistido al aula 18 de ellos. Hay en otros documentos referencias a las escuelas privadas de Ricardo del Río, con matrícula de 26 niños y 6 niñas, y asistencia de 22, y de Margarita Marcos, con 111 matriculados y 89 asistentes, además de la de Justo García y la de Catalina Acebes, de las que no se consignan datos.

En julio de 1930 la Corporación bañezana planeaba resolver la escasez de maestros existente en proporción a la población escolar de la ciudad y gestionaba conseguir por mediación del exdiputado Antonio Pérez Crespo el Grupo Escolar necesario para las exigencias de la educación en la ciudad, y a principios de 1931 proyectaba reformar el Edificio-Escuela para dedicarlo todo a enseñanza, perfeccionándolo pedagógicamente y estableciendo una escuela de niños y otra de párvulos, de Patronato municipal. Desde La Opinión, en casi todos los editoriales y en numerosas colaboraciones, se sigue reclamando aquel segundo Grupo Escolar para La Bañeza, ahora con el argumento de acrecer las necesidades escolares con la pronta finalización de la Azucarera en construcción y el añadido de población que el inicio de su actividad acarreará. Cifra el semanario entonces las necesidades en dos nuevos Grupos Escolares, uno de niños y otro de niñas, con seis grados cada uno, y ampliar los dos existentes al menos en otros tres grados cada cual, o cuando menos en uno destinado a párvulos. Aquellos dos Grupos Escolares seguirían siendo reclamados por las corporaciones municipales republicanas, y aún por la última, que había puesto en su consecución un especial empeño. Hasta bastantes años más tarde no se harían realidad en La Bañeza.

Del libro LOS PROLEGÓMENOS DE LA TRAGEDIA (Historia menuda y minuciosa de las gentes de las Tierras Bañezanas -Valduerna, Valdería, Vegas del Tuerto y el Jamuz, La Cabrera, el Páramo y la Ribera del Órbigo- y de otras localidades provinciales -León y Astorga-, de 1808 a 1936), publicado en 2013 en Ediciones del Lobo Sapiens) por José Cabañas González. (Más información en www.jiminiegos36.com)


Artesanos chocolateros, tejedores y fotógrafos

Publicado por IBAÑEZA.ES el 31/07/2017 8:03 Comentarios desactivados

Se dieron a lo largo de las pasadas centurias, además de la ancestral alfarería practicada en Jiménez de Jamuz (también se asentaron alfareros en Castrocalbón y en La Bañeza, en su barrio de Olleros, en diferentes tiempos) otras variadas artesanías en la comarca bañezana y en sus tierras aledañas, ocupando a sus hombres y mujeres y concurriendo a sus mercados, además de las tradicionales de cuyos productos se surtía la vida diaria o estacional de sus gentes: la de los zuecos o galochas, la del mimbre de las cestas y talegas, la del cuero de la guarnicionería y los talabarteros (presente también en Santa María del Páramo ya desde el siglo XIX en tenerías como la de Froilán Prieto González y otras), los herreros y herradores componedores en sus fraguas de las herramientas de labranza, la tan necesaria como laboriosa fabricación de carros (aún conocimos en nuestra infancia y nuestro pueblo jiminiego el industrioso “taller de los Marianos”), los hacedores de adobes y tapiales…, y algunas de ellas, como las de manufactura del chocolate o la confección de mantas y cobertores, se expandieron hasta alcanzar extensión y categoría de auténticas y afamadas industrias.

Chocolateros acreditados hubo en La Bañeza (ya en la Exposición Universal de Barcelona de 1888 recibían sendos premios por su exquisita elaboración las mantecadas y chocolates de Hermógenes Blanco, cuya tradición de esmerado buen hacer pastelero seguirían su hijo y su nieto Conrado); también en Castrocontrigo desde 1916, y en San Justo y San Román de la Vega (el acomodado Juan Geijo en el segundo, un aventurero que había hecho las Américas y tornado a su tierra natal para casarse y montar la fábrica de chocolates La Montañesa -cuyo edificio todavía se conserva- y que compartía su amor por la fotografía con su afición a los coches, siendo el primer vecino que compra en aquel pueblo un automóvil), seguramente algunos procedentes de Astorga, donde “en 1914 se censan en la ciudad 49 fábricas dedicadas a la preparación del chocolate, alguna de ellas de las más importantes de España, una saturación que hace emigrar a otros lugares a muchos chocolateros astorganos, incluso a naciones americanas, expandiendo el nombre de la ciudad y de la maragatería”, cuyos arrieros propagaron el complementario trabajo familiar de las faenas del campo y el comercio y popularidad del elaborado del cacao en la que era ruta habitual de sus desplazamientos comerciales y acarreos (una empresa de diligencias de transporte de viajeros que recorrían el noroeste de España en el siglo XIX era ya de titularidad maragata y tenía su sede en Santiagomillas), ofreciendo sus productos en los establecimientos comerciales y realizando, para los pudientes, confecciones a domicilio y al gusto de quienes reclamaban sus servicios (como hacía la viuda de Hermógenes Blanco en los anuncios que en julio de 1916 aparecían en La Crónica, semanario bañezano). Una industria artesanal que no requería, al parecer, mucho aparataje, pues cuando don Trinidad Afaba traspasa al inicio de junio de 1934 su fábrica de chocolates “La flor de La Bañeza” la componían una máquina para elaborarlo movida a brazo, otra para mondar y limpiar el cacao, un tostador y varios moldes.

Arte muchas veces familiar fue también el de la fotografía, destacando la rama de los Prieto Ferrero en la que todavía era villa bañezana cuando mediado el siglo XIX supo de su descubrimiento en Francia en 1816 por el físico Niépce y por el pintor Mandé Daguerre en 1831, lo que motivaría que Benito, uno de sus miembros, viaje a aquel país aprendiendo allí el oficio que unos años después, al regreso a su lugar natal, enseñará a su hermano Leonardo para montar entre ambos el estudio fotográfico que inauguran en 1879 y que crea en La Bañeza un negocio fotográfico familiar y una afición que Leonardo transmite a sus siete hijos, todos conocedores del oficio y tres de ellos profesionales de la fotografía (Leonardo Prieto Fernández, que continuaría con el estudio bañezano, y Julio y Gaspar en Ponferrada), dando lugar a cuatro generaciones ininterrumpidas de fotógrafos que llegan a la época actual asentados además en Astorga y Benavente. Benito (fallecido en 1944, a los 72 años, “y enterrado en una sepultura procedente de Robledo de la Valduerna”), por su parte, montó posteriormente –hacia 1880- su propio gabinete fotográfico en Ribadeo (Lugo, con sucursales en Navia y Luarca) del que derivará una progenie de artistas en la que destaca su hijo Benito Prieto Coussent (nacido en 1907; llegaría a estar preso en Tui en 1936 acusado de simpatizar con las izquierdas y de ayudar a obreros y anarquistas de la villa, en cuyo Instituto era profesor de dibujo), pintor de celebridad internacional que aprendió de él los secretos de la luz y la composición, alumno de Julio Romero de Torres y compañero de Salvador Dalí en la madrileña Academia de San Fernando. Aquel oficio tenía entonces mucho de ambulante, desplazándose los fotógrafos con sus equipos por lugares más o menos alejados de sus domicilios, y así encontramos el retrato de un grupo familiar realizado en 1907 por Leonardo Prieto Ferrero en Villalba de la Loma, pueblo cercano a Mayorga de Campos, ya en la provincia de Valladolid.

Los apreciados cobertores y mantas fueron por antonomasia los del cercano Val de San Lorenzo, cuya artesanía textil goza de larga tradición. A mediados del siglo XVIII se tejían paños y estameñas, que se usaban para las prendas femeninas, y el pardo, generalmente para las masculinas. Además de los fabricantes de tejidos había mujeres que se ejercitaban en hilar y muchas otras se dedicaban al peinado y cardado la lana. Al concluir la arriería, sus habitantes, en vez de emigrar, se aplicaron a incrementar la fabricación de paños burdos con lana de los rebaños de la zona y lino de los linares de la ribera del Turienzo. La crisis textil de la mitad del XIX incidió fuertemente en la artesanía del Val y de otros muchos lugares. Las fábricas catalanas de Sabadell y de Tarrasa eran ya a mediados de aquel siglo los más importantes centros productivos del país, que habían implantado con éxito un modelo industrial moderno y competitivo, al que tal vez, adaptándose a los nuevos tiempos, solo siguieron haciendo competencia desde Béjar.

La ciudad de Palencia, conocida desde antiguo por sus mantas, continuaba aún entonces esta producción en sus telares tradicionales cuando gentes de Val de San Lorenzo se desplazaban a trabajar a aquellos talleres palentinos. Uno de los estacionales, José Cordero Geijo, lo hizo con el empeño de sustituir la industria de paños burdos de su pueblo por la fabricación de cobertores o mantas, cuyo secreto atesoraba la ciudad castellana, regresando a los pocos meses con los conocimientos adquiridos y algunos utensilios necesarios. En 1858, el día de su Fiesta Sacramental, fueron expuestas en el Val de San Lorenzo las seis primeras mantas tejidas en este lugar. Y así comenzó una nueva era y la cosecha de galardones como el otorgado en 1900 en la Exposición Internacional de París. En 1920 un grupo de setenta y tres vecinos formaron una Comunidad de bienes e instalaron La Comunal, la primera fábrica con maquinaria moderna, destinada a cardados e hilados de lana.

Val de San Lorenzo fue por muchos años un prestigioso centro textil con tradición artesanal. Existían en 1998 alrededor de veinte familias dedicadas a tejer mantas, alfombras, y otros manufacturados, además de cuatro fábricas más industrializadas y con mayor capacidad de producción, mientras en un viejo y antiguo telar familiar se tejían aún mantas al estilo tradicional, y alguna tejedora seguía haciendo aquellos mantones negros con flecos que tanto usaron nuestras mujeres del campo en los días invernales.

El interés por el Val de San Lorenzo y por su preciada artesanía llegó antaño hasta la madrileña Escuela de Cerámica de la Moncloa (creada en 1911 como extensión de la Institución Libre de Enseñanza), de la que se desplazó en el curso de verano de 1926 un grupo de 45 personas entre profesores y alumnos que convivió durante seis semanas con sus vecinos buscando motivos de inspiración para su arte, plasmado en una excelente colección de 300 acuarelas de retratos, paisajes, artesanía textil, labores agrícolas y escenas de hogar que allí realizaron, y al menos otras 253 elaboradas en el curso posterior a partir de fotografías tomadas por el profesor Aniceto García Villar, uno de los que acompañó a los estudiantes, y de cuyas reproducciones dispondrán en el museo de la localidad. Los artífices madrileños, que recalaron entonces en el Val debido a la amistad que unía al director de aquella Escuela, Francisco Alcántara, con el pintor Joaquín Sorolla, que desde 1902 a 1911 había viajado por nuestra provincia en varias ocasiones, también realizaron algunos trabajos en arcilla, que no se conservan debido a la destrucción sufrida en la guerra civil, lo que no sucedió con las acuarelas, que fueron salvadas de los bombardeos. La Escuela pagaba diariamente a cada vecino del pueblo por posar para los artistas la cantidad de tres pesetas, algo impensable de ganar allí en aquel momento (en cinco se fijaba a finales de febrero de 1931 el salario mínimo del personal ferroviario), y fue aquella una experiencia de inspiración institucionista adelantada en sus pretensiones, planteamientos y métodos a las que unos años más tarde, en el periodo republicano, depararán las Misiones Pedagógicas también por estas tierras.

Del libro LOS PROLEGÓMENOS DE LA TRAGEDIA (Historia menuda y minuciosa de las gentes de las Tierras Bañezanas -Valduerna, Valdería, Vegas del Tuerto y el Jamuz, La Cabrera, el Páramo y la Ribera del Órbigo- y de otras localidades provinciales -León y Astorga-, de 1808 a 1936), publicado en 2013 en Ediciones del Lobo Sapiens) por José Cabañas González. (Más información en www.jiminiegos36.com)


El ferrocarril León-Braganza y otras fallidas vías férreas

Publicado por Ibañeza.es el 17/07/2017 8:33 Comentarios desactivados

Los años veinte estuvieron en nuestro país (y especialmente en lugares como León, Astorga, Veguellina de Órbigo o La Bañeza) muy ligados al ferrocarril, dado el auge alcanzado ya entonces por este medio de transporte en contraposición a las deficientes y escasas carreteras y al rudimentario y costoso tráfico de mercancías en camiones. Con base en estas circunstancias, y al socaire de la pretensión del Consejo Superior de Ferrocarriles de establecer “líneas secundarias, estratégicas y de tráfico local”, el ilustre bañezano, abogado y militar Nicolás Benavides Moro proyectó en 1925 la construcción de la línea férrea León-Braganza (Portugal). Sus estudios y propuestas movilizaron a la prensa en pro del trazado, llegando hasta dicho Consejo, que se interesó por el proyecto, y a los ingenieros de la Compañía de Ferrocarril del Norte de España, que propugnaron un ramal que colmara “intereses ferroviarios regionales” y que desde Puebla de Sanabria pasara por La Bañeza, Valencia de Don Juan, Sahagún y Saldaña, para enlazar en Mataporquera con los ya existentes del Norte hacia Asturias y de La Robla a Valmaseda.

Los bañezanos defendieron su propuesta, variante de otra de la Diputación provincial que pretendía el enlace Guardo (Palencia)-La Bañeza. Dos años más tarde don Nicolás Benavides, entonces coronel de Estado Mayor, añadió a su diseño algunas variaciones con la idea de que el trazado (“el más corto y el menos costoso”) uniera dos importantes puertos marítimos (Bilbao-León-La Bañeza-Puebla de Sanabria-Braganza-Oporto) y aproximara las cuencas mineras astur-cántabro-leonesas al norte de Portugal carente de carbón.

En 1927 otro bañezano, Vicente Fernández Alonso (uno más de los iniciales entusiastas de la dictadura primorriverista en nuestra tierra que lo sería después del socialismo), logró mediante sus intervenciones en la prensa local, regional y nacional, las adhesiones del ayuntamiento y de la Diputación leoneses al proyecto de don Nicolás, para cuya defensa y la de la línea León-Braganza se celebró en octubre una asamblea interprovincial en la Casa Consistorial bañezana seguida de un banquete popular en el que brindaron por el éxito del empeño, entre otros, el médico Mariano Andrés Luna y el Jefe de Correos Augusto Valderas Blanco.

En este asunto, “que bien lo merecía y lo merece” (se decía de él todavía a la altura de 1957) La Bañeza comenzó a ser oída en algo que le interesaba (aunque más importaba a la capital provincial y a las zonas leonesas del Páramo y zamoranas de la Carballeda y la Sanabria, aisladas y sin comunicación ferroviaria), y a su favor se sumaron muchas voces, manifestándose en contra solo una, la de “un contumaz colaborador de un periódico vecino (El Pensamiento Astorgano) que obtuvo varapalos a diestro y siniestro, tanto por lo serio como por lo bufo”. En los inicios de 1931, desde el número 5 del semanario bañezano La Opinión, Vicente Fernández Alonso llega a proponer, ante el desinterés de la capital, una línea que comience en Veguellina o en Astorga con ramal de Nogarejas a La Bañeza.

(Tal vez sean reminiscencias aún de aquellos intereses y anhelos las actuales pretensiones de conseguir ver realizada la autovía León-Braganza, cuyo trazado presenta grandes similitudes con el que antaño se pretendió para aquella tan deseada vía férrea).

Ya había habido años antes intentos de conseguir otros trazados ferroviarios que transcurrieran por La Bañeza: los regidores bañezanos acordaban en junio de 1859 dar toda clase de facilidades para la construcción del “camino de yerro” que habría de unir la villa con la capital de la provincia, en lo que ya se consideraba una decisiva apuesta de futuro. Después, se había pretendido en 1904, y se llegó a realizar para tal fin una asamblea en Veguelllina de Órbigo, el ferrocarril Grado-La Bañeza y su posterior prolongación hasta Puebla de Sanabria; en 1907 tomaron gran relieve las gestiones encaminadas a alcanzar su construcción, realizándose en mayo una reunión de representantes de los ayuntamientos enclavados en su pretendido trazado, y el desplazamiento a Madrid de una comisión formada por los dos diputados provinciales del distrito y dos concejales, que se entrevistaron con el ministro y con responsables de Fomento y obtuvieron su interés y la demanda de que se les presentase el oportuno estudio. Cuando desde La Bañeza se comunicó a los ayuntamientos de Grado y de Puebla de Sanabria el importe de aquél (70.000 pesetas), contestó el primero que no contribuiría, y el segundo ni siquiera contestó. En 1923, en el Índice de peticiones que la ciudad de León hace al Rey y al Directorio Militar gobernante para el progreso de la provincia, se dice hallarse aún en estudiado proyecto (aprobado desde junio de 1890 y considerado ya en 1864 de interés por el gobierno) la línea a Portugal por Benavente desde León, “que tantos años atrás ya fuera rechazada por la decisión de un preboste maragato”, y por la que desde la Cámara de Comercio de Gijón se abogaba en noviembre de 1930, propuesta de la que aquí se hacía eco El Diario de León a primeros de marzo de 1931.

Del libro LOS PROLEGÓMENOS DE LA TRAGEDIA (Historia menuda y minuciosa de las gentes de las Tierras Bañezanas -Valduerna, Valdería, Vegas del Tuerto y el Jamuz, La Cabrera, el Páramo y la Ribera del Órbigo- y de otras localidades provinciales -León y Astorga-, de 1808 a 1936), publicado en 2013 en Ediciones del Lobo Sapiens) por José Cabañas González. (Más información en www.jiminiegos36.com)

Estación de La Bañeza a mitad de los años 30.


Cuando solo los pobres servían a la Patria

Publicado por Ibañeza.es el 3/07/2017 8:04 Comentarios desactivados

Prosiguió en el siglo XX la guerra marroquí iniciada en 1859, “cuando España alzó banderas contra el moro” (de las iniciales campañas de aquel año y el siguiente sobrevivió el bañezano José Monroy Santos, honrado como héroe “pensionado de supervivencia” a la altura de 1916), y que tantas aprensiones y temores suscitó entre tantas generaciones de quintos sorteados y en sus familias (todavía apesadumbradas en la década de los sesenta cuando al mozo le tocaba “pa África”), y lo hizo entre escasos triunfos como Alhucemas y sonados desastres como los del Barranco del Lobo en julio de 1909 y Annual en el mismo mes de 1921, en medio de un sistema de reclutamiento que permitía a los pudientes, privilegiados, y clases acomodadas quedar exentos, rescatados, de la incorporación a filas (en 1912 se estableció el Servicio militar obligatorio, aunque persistió el privilegio de los soldados de cuota, los que mediante pago gozaban de contribuir con una prestación aligerada y reducida al solo periodo de instrucción durante seis meses), o ser sustituidos mediante el abono de un canon, que era de 6.000 reales en 1910 y de 2.000 pesetas en 1916, cantidades que desde luego no estaban al alcance del pueblo, habida cuenta que el sustento diario de un trabajador ascendía entonces a unos 10 reales -2,50 pesetas-, y que la economía de la época contaba con una muy escasa circulación dineraria, por lo que generalmente los menos acomodados eran prófugos o se autolesionaban y los adinerados se redimían o sustituían por otro mozo al amparo de las posibilidades ofrecidas por la ley.

Además, la mayor parte de los reservistas eran pobres campesinos y obreros cuyos intereses nada tenían que ver con los que se ventilaban en la contienda, padres de familia en las que la única fuente de ingresos era el trabajo de éstos. Mientras, los hijos de los ricos compraban al vástago de un trabajador para que ocupara su plaza en África, lo que con profusión y acierto era denominado en el periodo como trata de blancos. En La Bañeza en 1916 pudo permitirse tal discriminatorio privilegio el recluta Julián Fernández de la Poza, al que al inicio de aquel año solicitaban de la Caja de Recluta de Astorga “la presentación de la carta de pago de la cuota militar”, al igual que Odón Alonso González y José Cabo Valenciano en 1921.

Eran formas de eludir la “contribución de sangre” la “redención a metálico” (primero y desde 1836), además de la “sustitución personal” después, y otras exenciones (cambiar un número bajo por otro alto en el sorteo), así como las que originaron el negocio de los Seguros de Quintas que florecieron a su costa, en unos tiempos en los que las frecuentes guerras hacían de la prestación del Servicio militar un importante riesgo aun en el caso de volver de ellas con vida.

Ya en 1819 Pascual Martínez Fuertes, acaudalado de Boisán, había contratado con Joaquina Mielgo y su hijo Miguel López Mielgo, del mismo pueblo, para que éste sirva a la Patria como sustituto que reemplazará como soldado a su hijo Francisco Martínez Martínez (apodado Cuarentavacas), pagándole 10.000 reales -2.500 pesetas-, un precio elevado según los contratos similares que regían aquellos años (en Santa Marina del Rey se pagaban entre 5.000 y 6.000 reales), seguramente no menos que el riesgo que debió de afrontar el reclutado, que se encontró de pleno con la sublevación del general Riego y fue quizá llevado a América, en aquellos años tan revueltos en España y en sus posesiones de ultramar. La esposa del entonces sustituido contrataría en 1855 con Tiburcio Otero, de Villalibre de Somoza, por 4.000 reales, la sustitución de su hijo Santiago Martínez Criado (en lo que parece que era ya una costumbre famliar).

En 1847 Juan Martínez, de Jiménez de Jamuz, sustituía por 4.200 reales (“o afianzando el doble”) la suerte de soldado de su hijo Cayetano. En 1856 la viuda Agustina Vidales, del mismo pueblo, libra a su hijo Mateo Vidal Vidales “que sostenía la labranza en la familia” y había obtenido el primer número en el sorteo, cambiándolo con el del mozo Agustín López, de Villanueva de Jamuz, “exento de cupo” al sortear (solo se reclutaba a la quinta parte de los integrantes del reemplazo, y de ello venía lo de quinto), pero que servirá en su lugar los 8 años entonces establecidos y al que entregará 1.000 reales al año siguiente y un traje completo cuando se licencie. En 1858 Ambrosio Peñín sustituye a su hijo Antonio por Antonio González, de Quintana y Congosto, al que paga 5.500 reales. Felipe Pérez, de Tabuyuelo de Jamuz, se cambia por 3.000 pesetas en 1863 por el hijo del amo con el que estaba de criado para ser alistado en vez de aquel por otros tres después de haber servido ya tres años en África. El confitero bañezano Manuel Fernández Centeno halla en 1878 sustituto para su hijo Manuel en el jiminiego Jacinto García Sanjuán, al que paga 6.500 reales, y en el mismo año y por 6.600 Inocencio Santamaría Vivas, de Jiménez de Jamuz, sustituye a su hijo Pablo Santamaría Fuertes, al que necesita en los trabajos alfareros, por un mozo de 22 años de Posada de la Valduerna.

Y si cierto fuera lo que la bañezana Josefina Alonso Ruiz nos dice que oyó contar siempre en su casa, rescatado habría sido también, a la altura de 1820 y con el dinero que para ello le prestara su bisabuelo, el que llegaría a ser oficial del Ejército y perseguido liberal, además de afamado relojero londinense, José Rodríguez Losada (constructor en 1866 del reloj enclavado en la madrileña Puerta del Sol), que años después enviaba a su benefactor un reloj de oro (que aún conserva la familia) en agradecimiento por su ayuda.

Del libro LOS PROLEGÓMENOS DE LA TRAGEDIA (Historia menuda y minuciosa de las gentes de las Tierras Bañezanas -Valduerna, Valdería, Vegas del Tuerto y el Jamuz, La Cabrera, el Páramo y la Ribera del Órbigo- y de otras de la provincia, de 1808 a 1936), recientemente publicado en Ediciones del Lobo Sapiens) por José Cabañas González. (Más información en www.jiminiegos36.com)

Alhucemas. Cala del Quemado. Café en el barrio civil. De una colección de postales traída por el jiminiego Miguel Lobato Fernández de su Servicio militar en África en torno a 1925.


Gaudí y la alfarería jiminiega (II)

Publicado por IBAÑEZA.ES el 19/06/2017 8:03 Comentarios desactivados

Antonio Gaudí era un artista completo que, como tal, diseñaba e intervenía incluso en los más pequeños detalles de sus proyectos. Por ello pasaba muchas horas supervisando y modificando sus trabajos en los talleres de los artesanos colaboradores. Y así debió también de manejarse en el encargo del palacio episcopal astorgano cuyo avance seguía por fotografías y viajando frecuentemente a Astorga, donde era mal recibido por las fuerzas vivas de la ciudad y muy bien acogido por el obispo Grau, quedándose varios meses para seleccionar materiales de la zona, como tenía por costumbre, así como para contratar a los diversos artesanos que habrían de participar en la obra: herreros, carpinteros, forjadores, hojalateros, albañiles, ceramistas, o canteros (“uno de los que participaron, Yanutolo, falleció el 26 de diciembre de 1893 en Santa Colomba de Maragatería al caerle accidentalmente una piedra encima cuando dirigía una obra contratada en este pueblo”, informaba entonces La Provincia). Después de puesta la primera piedra se quedó más de dos meses; en su aposento del Seminario rehízo los planos, y recorrió prácticamente toda la diócesis, buscando canteras de granito, arenales, cal, yeso, pizarra, madera, cerámica, ladrillos, etc. Quería que los trabajos del palacio contribuyeran al levantamiento económico del país en el que se asentaba, y por ello escogió los materiales para que sólo se tuvieran que traer de Cataluña los mínimos indispensables, contando también para su obra con los vidrieros maragatos y los pizarreros cabreireses.

Visitó Astorga por vez primera en diciembre de 1888 para conocer el solar y el ambiente arquitectónico, decidiendo reformar el anterior proyecto, y por segunda en junio de 1889, y lo decepcionó la urbe con la hostilidad de su Cabildo, y toda la comarca, sumida en un subdesarrollo muy patente. Volvió tres veces en el siguiente año, en primavera, en verano, y a su final. Al repentino fallecimiento del obispo Grau en tierras zamoranas Gaudí se encontraba en Astorga dirigiendo a pie de obra su palacio, y enterrado aquél en el sencillo, singular e incomparable mausoleo que también el genial arquitecto diseñó para sus restos en la catedral, con su equipo y con gran alegría de casi todos quienes habitaban aquella ciudad levítica de poco más de 5.500 habitantes, amurallada y de calles empedradas, hubo de volverse a Cataluña desde León, que con sus casi 13.500 almas le había parecido a su llegada “una ciudad venida a menos, encerrada tras sus murallas y medieval aún, triste y afeada por sus casas ennegrecidas y sus calles mal pavimentadas, por las que deambulaban muchos indigentes”.

El alfar-museo de Jiménez de Jamuz preparó las piezas para la restauración del Palacio Episcopal de Astorga con los moldes originales diseñados por Gaudí.

Debió de contribuir sin duda su elección a impulsar las economías familiares de los alfareros de nuestro pueblo, con los que habría contactado en alguno de aquellos recorridos y con quienes en ellos trataría los detalles de todo tipo y las modificaciones del artista en aquella alfarería secular que cristalizaron más tarde en la inclusión de sus creaciones subrayando al más puro estilo mudéjar la obra del maestro como motivos decorativos en arcos de puertas y en nervaturas de bóvedas. Bastantes debieron de ser los artífices que participaron del encargo -Cándido Pastor Fernández, mi bisabuelo paterno, habría sido el principal y quien más ladrillos al parecer suministró, y diversas las familias alfareras que elaboraron aquellas piezas de variadas formas, vidriadas y con los tradicionales dibujos a la cal las más, y otras a lo basto, sin vidriar, en los moldes de madera recubiertos con latón bronceado (catorce al menos, diseñados por Gaudí para la hechura de aquellos adornos) que aún quedan, con remanentes de aquella producción, en los desvanes de algunas casas de antiguos artesanos, y depositados varios en el Alfar-Museo del lugar, en el que todavía, en el año 2002 y con ocasión del centenario del arquitecto, han sido las hormas de nuevo utilizadas como entonces: introduciendo la arcilla en ellas y después del vaciado y el secado pintando los segmentos con cal y con dibujos característicos (el ramo, la mano, el peine, el gallo, la mariposa, la hoja, etc.) antes del vidriado, menesteres ambos realizados como algunos otros en exclusividad por las mujeres, el del pintado con la preceptiva pluma del ala derecha de una gallina. Finalmente se cocían en los hornos mozárabes de tiro superior en los que como combustible se arrojaban las urces y las jaras del monte bajo de diversos lugares de la comarca de Valdejamuz como Torneros o Tabuyo.

En la elegante mansión episcopal, adornan las piezas jiminiegas los nervios de las bóvedas de crucería de las salas de la planta baja y de la planta noble, vidriadas y decoradas en algunas y en otras sin vidriar, de manera que es la cerámica del pueblo de Jiménez de Jamuz el elemento decorativo principal de su interior. Gaudí alumbró la idea genial de utilizar este producto, conjugando con el gusto y acierto que sólo a él tocaba la majestuosidad de un palacio con la sencillez y sobriedad de nuestra alfarería popular. Por cierto, en aquel edificio entonces inhabitado y sin uso se pretendió en el periodo inicial de la Segunda República (a mediados de 1933) emplazar el Instituto de Segunda Enseñanza que entonces se solicitaba para Astorga- al que se opusieron los oligarcas de la ciudad por considerar que resultaba suficiente el Seminario-, lo que hubieron de desechar los promotores de tal iniciativa al encontrarse con la negativa del obispo Antonio Senso Lázaro (que iniciaba justo entonces reparaciones y la instalación de luz eléctrica en el mismo después de muchos años de abandono, y ante la que se iniciaron las gestiones –que los posteriores cambios políticos harían inviables- para pedir su incautación al ministerio de Justicia), el mismo prelado que en el verano de 1936 lo cedería gustoso a la Falange, que lo usó como cuartel y lugar de detención, según señala El Pensamiento Astorgano del 22 de agosto de aquel año.

Tal vez inspirados por la elección del genio, también en La Bañeza fue después “adornado el artístico edificio que albergaba los obradores de la confitería la Dulce Alianza con ladrillos y remates de la fina y arábiga cerámica de Jiménez de Jamuz decorados con los estilizados trazos amarillos y barnizados con su melo cristalino y peculiar”.

Del libro LOS PROLEGÓMENOS DE LA TRAGEDIA (Historia menuda y minuciosa de las gentes de las Tierras Bañezanas -Valduerna, Valdería, Vegas del Tuerto y el Jamuz, La Cabrera, el Páramo y la Ribera del Órbigo- y de otras de la provincia, de 1808 a 1936), recientemente publicado en Ediciones del Lobo Sapiens) por José Cabañas González. (Más información en www.jiminiegos36.com)


Gaudí y la alfarería jiminiega (I)

Publicado por IBAÑEZA.ES el 5/06/2017 8:39 Comentarios desactivados

En Astorga, lugar de paso estratégicamente situado en el Camino de Santiago y ciudad con sede y palacio episcopal desde una considerable antigüedad, la primera referencia de una mansión tal se sitúa en el siglo X. Más adelante, se tienen noticias de otro palacio que la reina Doña Urraca donó al obispo Don Pelayo dentro de las murallas de la ciudad –en el año 1120- en el terreno en el que antes se alzaba un templo pagano. Este edificio se fue modificando sucesivamente, hasta que en diciembre de 1886 el enorme caserón cuadrangular, ya viejo y poblado de numerosas y destartaladas habitaciones, sufrió un importante incendio que lo destruyó totalmente.

En aquel tiempo era obispo de Astorga el catalán Joan Baptista Grau i Vallespinós (nacido en Reus en 1832) y a él, a falta de un arquitecto de la diócesis y conocedor de la actividad creativa de su paisano Antonio Gaudí, le encargó la construcción de una nueva residencia episcopal sobre las mismas ruinas de la incendiada, lo que Gaudí aceptó en febrero de 1887 (tiempo en el que estaba trabajando en el Palau Güell y en la Cripta de la Sagrada Familia en Barcelona). El mes de marzo siguiente, el ministerio de Gracia y Justicia, organismo que debía pagar la obra, aceptó el nombramiento. Gaudí envió en el mes de junio los planos firmados al obispo, que los recibió entusiasmado. El 30 de septiembre, la Junta Diocesana de Astorga acordó despachar los planos al ministerio y éste los transmitió a la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando para su visado. Después de diversas modificaciones que molestaron a Gaudí, se aprobó definitivamente el proyecto en febrero de 1889, con la ayuda y las gestiones del notable astorgano Pío Gullón, entonces Gobernador del Banco de España. La obra se subastó en abril y se adjudicó al único concursante, Policarpo Arias Rodríguez, por la cantidad de 168.520 pesetas de la época.

Los trabajos comenzaron pronto, el día 24 de junio de 1889, y continuaron a buen ritmo. En aquel momento Gaudí casi había finalizado el Palau Güell, lo que le permitió trasladarse a Astorga y dirigir directamente el inicio de las obras (tan solo en sus realizaciones leonesas, además de en Cataluña, trabajó personalmente). Este desplazamiento en ferrocarril, y otros antes y mientras se construía (Gaudí visitó las obras en otras varias ocasiones entre 1890 y 1893), resultaron importantes porque hicieron posible que el genio conociera la arquitectura local y aplicara algunos de sus aspectos al nuevo palacio episcopal. Ya muy avanzada la construcción, murió el obispo Grau en Tábara (Zamora) en septiembre de 1893, “y feneció también el palacio episcopal que Gaudí había ideado junto a él, cuyos planos fueron recortándose al mismo tiempo que lo hacían las ganas del arquitecto catalán de luchar contra los impedimentos y aumentaban sus desencuentros con el nuevo prelado, producto de la tensión comunicativa surgida entre dos puntos bien diferenciados: la Barcelona de finales del siglo XIX con su potencial de renovación urbanística, arquitectónica y social, y una villa pequeña y rural, ancestral encrucijada del Camino a Compostela y la Vía de la Plata”.

El alfar-museo de Jiménez de Jamuz prepara piezas para la restauración del Palacio Episcopal de Astorga con los moldes originales diseñados por Gaudí.

A partir de entonces comenzaron las dificultades para Gaudí. Las labores hubieron de interrumpirse ya que la promotora Junta Diocesana se inclinaba más bien por realizar economías. El maestro no aceptó ningún cambio en sus planteamientos, y desde León, donde levantaba la Casa de Botines, renunció al inicio de noviembre de 1893 a la dirección de la obra y retiró todo el personal catalán -artesanos y especialistas- que había hecho venir de Barcelona, “suspendiéndola a la altura de la segunda planta, a punto de iniciarse la cubierta, y en tal estado siguió muchos años debido a causas que no honrarán jamás a los que las promovieron” diría en 1909 en su Historia de Astorga el entonces Cronista de la ciudad Matías Rodríguez Díez. También debió de influir en su decisión el importante retraso en el abono de sus honorarios de arquitecto por parte del ministerio de Gracia y Justicia, que aceptó su dimisión, argumentada desde la regencia episcopal en “no ser arquitecto diocesano, cuyo cargo desempeña quien lo es provincial”, disponiendo que se le agradecieran “el celo y el acierto en el ejercicio de su labor”.

Desde aquel punto se encargaron de las obras otros arquitectos que no consiguieron hacerlas progresar sustancialmente: Francisco Blanch y Pons (de enero a julio de 1894), que renunció al cabo de seis meses y Manuel Hernández y Álvarez-Reyero, que se ocupó de ellas desde 1899 a 1905 sin hacer nada significativo. Posteriormente, el obispo Julián de Diego y Alcolea, que lo fue de 1904 a 1913 y comprendía mejor la obra de Gaudí, se trasladó a Barcelona para pedirle que se hiciese nuevamente cargo de los trabajos, cosa que el arquitecto rechazó, por lo que encomendó en 1906 la dirección al arquitecto Ricardo García Guereta, que prescindió de muchas de las atrevidas e imaginativas ideas de Gaudí para dibujar los planos de terminación definitivos, acabando los tejados en 1910 y desistiendo de ella a finales de 1914, cuando solo faltaban por rematar detalles de la última planta y elementos decorativos de una obra devenida así mucho menos rotunda y palaciega que la inicialmente diseñada y proyectada para la ciudad por el genio catalán.

El edificio quedó en estas condiciones, sin acabarse del todo, hasta que en el año 1936 se convirtió en central de Falange Española en Astorga y albergue de militares de Artillería. Los numerosos desperfectos originados por esta utilización no fueron reparados hasta unos años más tarde, en 1943, por el organismo de Regiones Devastadas, después de la fallida pretensión del Cabildo de responsabilizar de tales menoscabos a los rojos astorganos. Finalmente el edificio se acabó durante las décadas de los cincuenta y los sesenta.

Sería en aquellos viajes a la capital maragata y a las tierras de la diócesis asturicense cuando Gaudí quedaba deslumbrado por la alfarería jiminiega, hasta el punto de incluir el barro vidriado alternando con la piedra granítica del Bierzo en los arcos de algunas de las estancias del palacio, rematando graciosa e innovadoramente sus finos ribetes con las piezas cuidadosamente elaboradas por los artífices del pueblo de Jiménez con la rojiza arcilla extraída de sus barreros, de modo que cabe afirmar que la mansión es por dentro absolutamente jiminiega: en las nervaturas de las bóvedas, en los arcos de las ventanas y de las puertas, y en cada uno de sus ladrillos (que son únicos, y hay miles) de roja arcilla de Jiménez de Jamuz vidriada y decorada con el baño y los trazos típicos de las realizaciones de sus alfareros.

Del libro LOS PROLEGÓMENOS DE LA TRAGEDIA (Historia menuda y minuciosa de las gentes de las Tierras Bañezanas -Valduerna, Valdería, Vegas del Tuerto y el Jamuz, La Cabrera, el Páramo y la Ribera del Órbigo- y de otras de la provincia, de 1808 a 1936), recientemente publicado en Ediciones del Lobo Sapiens) por José Cabañas González. (Más información en www.jiminiegos36.com)


La aparición de El Adelanto y sus primeros tiempos (y III)

Publicado por Ibañeza.es el 22/05/2017 8:03 Comentarios desactivados

A la mitad de julio de 1935 en La Bañeza, desde El Adelanto, el sacerdote que firma K-Vernícola se sigue oponiendo a practicar la cristiana compasión con los sentenciados capitales por los tribunales que continúan juzgando a los revolucionarios de octubre del 34, algunos de los cuales eran aún perseguidos y detenidos, como Moisés Rodríguez Martínez, de 30 años, complicado en los sucesos de la cuenca del Sil y apresado al finalizar el mes por la benemérita de Valencia de Don Juan.

“Lea usted Trabajo, el periódico reivindicador de los derechos proletarios. Nada de política. Todo por el obrero y para el obrero. El gran periódico de los obreros todos, sin matiz político. 15 céntimos. De venta en La Buena Prensa. La Bañeza”, proclamaba la publicación bañezana el día 14 de septiembre del mismo año 1935, y añade que “se anuncian elecciones municipales (para el mes de noviembre se preveían una vez más, sin que tampoco entonces llegaran a realizarse), y urge una amplia inteligencia de las fuerzas de orden para llevar al Ayuntamiento una digna representación de La Bañeza y que no se vean más las corporaciones de gentes socialistas y de desgobierno padecidas hace algún tiempo que se entretenían en comprar lápidas laicas y en quitar las cruces del cementerio” (aunque en el Ayuntamiento republicano-socialista al que se aludía, al que le correspondió aplicar localmente las disposiciones legales sobre laicismo aprobadas en el Parlamento, los segundos habían estado en minoría de cuatro frente a ocho del total de doce concejales).

En su número del 2 de noviembre insiste El Adelanto en que en La Bañeza se continúa ”sin movernos” (así titula el suelto), y en que “desde los últimos escritos sobre la necesidad de lanzarse a la propaganda política y social en nuestra ciudad se han celebrado actos de tal naturaleza en León, en Astorga, y en  casi todas las poblaciones limítrofes de categoría similar, y en otras muchas muy inferiores. Todos se mueven, todos se ponen en marcha por el camino que conduce a la victoria, y nosotros seguimos sin movernos. Están equivocados quienes creen que el fermento revolucionario ha muerto; está oculto, agazapado, esperando el momento oportuno para lanzarse sobre los incautos y descuidados que pagarán muy cara su imprevisión y su descuido. Muchos, la mayoría, de los que piensan en revolucionario, y serán un día quizás puñal asesino o pistola traidora, viven en el mayor de los engaños… Hay que fomentar la propaganda. Hay que organizarse en nuestro pueblo. Cuando un día (en los de la revuelta de octubre de 1934) sonó por nuestras calles el grito de ‘!vienen los de Fabero¡’ el pánico irrumpió en todos los hogares aquella noche aciaga. Si los de Fabero hubieran venido en realidad habrían rodado cabezas de bañezanos, habría habido fusilamientos y pillajes. Las casas hubieran sido destruidas, las mujeres deshonradas y escarnecidas, los niños terriblemente mutilados, y la muerte hubiera sentado sus reales sobre este pueblo digno de mejor suerte. Pues los de Fabero se están criando entre nosotros, transitan por nuestras plazas, se codean con sus futuras víctimas. Un pueblo que crece en la ignorancia de la religión y la moralidad y es presa de prédicas continuas y disolventes es la mejor escuela de asesinos y bandoleros. ¿Qué se hace para evitar esto? Nada en absoluto”.

Miraba a primeros de diciembre de 1935 hacia atrás El Adelanto y realizaba balance de los tres años de la publicación, con ausencias justificadas de colaboradores, “por las razones que tiene esta pícara vida”, y también con deserciones injustificadas por cobardía y miedo, que hacen preguntarse a sus redactores “de los hombres que con nosotros empezaron, ¿cuántos quedan?” Cuando se trata de apoyar al periódico todos son sordos, todos son mudos, todos son mancos (dicen). Para exigir, todos implacables; para ayudar, ausentes todos, “conducta en la época que corre verdaderamente suicida, pues la revolución acecha cual pantera herida el momento de echar su zarpa sobre la sociedad, mientras esos elementos gustan más del vivir tranquilo y ciego de la ciudad alegre y confiada”.

En lo que hemos podido conocer, muy lejos estuvo la propaganda y la campaña electoral de los comicios generales del 16 de febrero de 1936 desde el periódico socialista leonés La Democracia tanto de la extensión como de los excesos, la acometividad y las agresividades, los tonos apocalípticos y los modos irrespetuosos de El Diario de León (uno de sus competidores ideológicos en la capital), y sobre todo de la además gruesa, falaz, visceral y pasionalmente incendiaria artillería desplegada por El Adelanto.

“¡Leoneses, a luchar contra los traidores y los cómplices! (los que ayudan con sus candidaturas a que saquen menos votos las derechas –porque las dividen- y por tanto ganen las izquierdas)”, llamaba el semanario bañezano en su edición del 25 de enero de 1936, insistiendo en que en las elecciones que se avecinan “dos ejércitos, dos fuerzas se disputan la posesión de España: la revolución por un lado y la contrarrevolución por otro. Los que quieren que triunfe España, y los que quieren que seamos el estado soviético número dos. Nos vamos a jugar la existencia; peligra la Patria; la Religión es amenazada. Españoles: nos quieren convertir en un pueblo salvaje, sin Dios, sin Patria, sin Familia, sin Propiedad. Nos quieren hacer esclavos… En Rusia han quitado los hijos a los padres y los han declarado propiedad del Estado; han roto la Familia, y cuántos se encuentran sin mujer, sin hijos, sin bienes, obedeciendo al látigo de un tirano… ¡A votar todos integra la candidatura de las derechas!”, aunque ya desde más de una semana antes habían publicado las izquierdas del Frente Popular su manifiesto y su programa, tan alejado de lo que propalaban aquellos insistentemente aireados e interesados y catastróficos augures y de lo que sucederá cuando estas triunfen en las urnas.

Ante ellas (según publicará El Adelanto el 22 de febrero de 1936) “se celebró el domingo pasado en La Bañeza la contienda electoral, y nos sentimos orgullosos de este pueblo honrado y progresivo, donde absolutamente todos conservaron una gran serenidad y continencia. El día de las elecciones transcurrió con toda normalidad y sosiego. Fue un gran triunfo de la ciudadanía y la cultura a la que todos contribuyeron ahogando las pasiones que en estos casos excita la política. Merecen un cerrado aplauso las diversas organizaciones por su ciudadano comportamiento. Hoy (transcurrida casi una semana de la victoria electoral general de los republicanos y los socialistas, ‘los revolucionarios’), existe en La Bañeza orden, tranquilidad y sosiego. No se ha producido altercado alguno”.

Del libro LOS PROLEGÓMENOS DE LA TRAGEDIA (Historia menuda y minuciosa de las gentes de las Tierras Bañezanas -Valduerna, Valdería, Vegas del Tuerto y el Jamuz, La Cabrera, el Páramo y la Ribera del Órbigo- y de otras de la provincia, de 1808 a 1936), recientemente publicado en Ediciones del Lobo Sapiens) por José Cabañas González. (Más información en www.jiminiegos36.com)


La aparición de El Adelanto y sus primeros tiempos (II)

Publicado por Ibañeza.es el 8/05/2017 8:55 Comentarios desactivados

Había irrumpido el nuevo “semanario católico independiente” (así se definía) combativo y beligerante, recuperando y reactivando en La Bañeza incluso controversias y pugnas que ya habían tenido su cima de algidez y su declive un año antes (como la de la laicidad de la enseñanza, exacerbada ahora) e introduciendo otras como la de la retirada de las asignaciones estatales al culto y clero que (al contrario de las respuestas en otros lugares provinciales) habían tenido aquí escaso eco, atizadas ardorosamente ahora por plumas casi siempre ocultas por pseudónimo, y entre los propósitos de actuación y metas que en su número del 31 de diciembre se marcaba El Adelanto para 1933 se hallan los de “potenciar la Acción Católica y luchar, hasta dar la sangre si es preciso, por la prensa y la enseñanza cristianas, combatiendo el esperpento, el monopolio inicuo de la escuela única, laica, atea, aborto de la masonería, que quiere descristianizar España y poner a todos los niños en manos de cuatro maestros sin Dios…, no enviando jamás a los hijos a esa escuela e impidiendo que vayan los de los parientes, amigos y conocidos, y favoreciendo por todos los medios los colegios católicos; peleando contra el divorcio (y los matrimonios civiles, que también en la ciudad se iban produciendo) como leyes injustas, heréticas e inmorales; guerreando hasta desterrar a la prensa impía, oponiendo a la prensa mala la prensa católica, favoreciéndola y reforzando este arma de combate”. Así, de acuerdo con aquellas pretensiones, traería frecuentemente a sus páginas artículos de la buena prensa de derechas, como El Debate, del que copiaba para su primer número del nuevo año el que versaba sobre la influencia masónica en las decisiones del gobierno de España.

Una oposición maniquea entre el Bien y el Mal presentes en los textos fascistas de preguerra y en el discurso de la prensa de derechas desde abril de 1931, mantendría el semanario católico independiente bañezano desde su creación y a lo largo de la época republicana, exacerbada en momentos como los electorales de noviembre de 1933 y los de 1936 y los posteriores a la revolución de octubre de 1934, y enardecida hasta la exaltación de la Cruzada después del golpe militar que desatará el enfrentamiento armado.

En La Bañeza, según El Adelanto, la Juventud de Acción Popular se proponía a finales de noviembre de 1933 iniciar la campaña electoral dando mítines y conferencias en los pueblos principales del partido, y “como estas propagandas cuestan sus buenos puñados de pesetas, se encarece a los elementos de derechas a que coadyuven en esta hermosa labor”. Se anima al triunfo, y a votar contra las izquierdas para evitar “la vuelta a los días de prisión de sacerdotes y de personas de significación católica” (alusión aquella sin duda local y muy directa, pues no estaban muy lejanas las respectivas detenciones gubernativas de los dos principales soportes del semanario, Ángel Riesco Carbajo y José Marcos de Segovia), y se seguiría haciendo en los sucesivos números, llamando a “votar contra los verdugos de España, contra los que han perseguido nuestros ideales y conculcado con sus decisiones la Religión que profesamos”, y por la candidatura agraria, cuya lista y programa presenta en las portadas, señalando a quienes se ha de votar (agrarios y personas de orden) y a quienes no: “ningún católico puede votar en conciencia a radicales”. Aunque muchos de ellos fueran conservadores ideológica y socialmente, como lo era su líder bañezano el militar y diputado Herminio Fernández de la Poza (tenido en 1939 por masón, aunque no es seguro que lo fuera), quien a pesar de sus cercanos familiares valedores no podrá evitar ser represaliado por el franquismo (al que después rendirá importantes servicios bélicos) con multa y una breve y privilegiada detención en el otoño de 1936.

Al principio de enero de 1934 se denunciaba desde El Adelanto que los lectores de El Debate y ABC de la ciudad bañezana están hartos de verse burlados por el servicio de Correos, y que no entienden que saliendo los paquetes de periódicos del mismo lugar, en la misma fecha, y por el mismo conducto, lleguen a unos destinatarios y a otros no, por no ser gratos a ciertos elementos, y se anuncia que, de no corregirse la anomalía y la arbitrariedad, desde La Buena Prensa elevarán queja documentada y firmada por los lectores al ministro de Comunicaciones contra el entorpecimiento de que son objeto las publicaciones de derechas, que no debió de cesar, pues el 17 de marzo desde el semanario se continuaba acusando de seguir siendo escamoteados y saboteados los ejemplares de El Debate por socialistas de los servicios de Correos, y de que en La Bañeza el día 13 hubo de bajarse de la estación para La Buena Prensa el paquete de aquel diario protegido por la Guardia Civil. El 14, miércoles, ya no llegó, sino que lo llevaron a Astorga, de donde lo devolvieron al día siguiente por la mañana. Ya el 25 de marzo de 1933 se habían quejado desde El Adelanto de que “algunos suscriptores de muy cerca de La Bañeza no reciben el semanario que les envían por correo”, impedimentos y obstrucciones que también se practicaron antes contra el socialista semanario Avance, en el que el 17 de septiembre de 1932 se relatan las dificultades existentes para que lleguen los ejemplares a lugares como Redelga, Bercianos del Páramo o La Nora, y como en Santa María del Páramo se agudizan, pues “hay allí cura que sale al paso de los peatones (carteros rurales) del correo y los cachea para despojarlos de la prensa mala”.

Las de El Adelanto se reproducían en enero y febrero de 1936, según cuenta su corresponsal en Destriana el día 8, en plena campaña de las elecciones generales que se celebrarían el día 16, quien señala que “desde hace más de un mes ha vuelto a llegar allí aquel semanario con retraso, como otras veces en que también se ha protestado por las trabas y estorbos que se dan en la administración de Correos bañezana”. Ya adivina el delegado en la Valduerna donde puede estar la causa, añadiendo que “el que tenga oídos que oiga y no dé lugar a que alguien se tome la justicia por su mano”. No solo se saboteaba en ocasiones, al parecer, a la prensa de derechas, pues el 25 de marzo de aquel año desde la Agrupación Socialista de Sabero se trasladaba queja al administrador de Correos de León por la repetida falta de los paquetes del periódico El Socialista que allí se envían (noticiaba La Democracia entonces).

Del libro LOS PROLEGÓMENOS DE LA TRAGEDIA (Historia menuda y minuciosa de las gentes de las Tierras Bañezanas -Valduerna, Valdería, Vegas del Tuerto y el Jamuz, La Cabrera, el Páramo y la Ribera del Órbigo- y de otras de la provincia, de 1808 a 1936), recientemente publicado en Ediciones del Lobo Sapiens) por José Cabañas González. (Más información en www.jiminiegos36.com)


La aparición de El Adelanto y sus primeros tiempos (I)

Publicado por Ibañeza.es el 24/04/2017 8:08 Comentarios desactivados

El 29 de noviembre de 1932 comunica al gobernador civil y a la alcaldía bañezana Eugenio Llamas Ferrero, director de la oficina del Banco Central, que “bajo su dirección se publicará los sábados El Adelanto” (a finales de abril de 1933 será sustituido por Santiago Manjón Martínez), aunque el regente efectivo fuera siempre el sacerdote Ángel Riesco Carbajo, coadjutor de la parroquia de El Salvador, quien tal vez no se ocupara de los trámites de la autorización del semanario para no obstaculizarla por causa de la reciente sanción gubernativa que le había sido impuesta por desafecto al régimen republicano y poseedor de escritos conspirativos contra él, y por las mismas razones pudo no ser el presbítero y si de nuevo Eugenio Llamas quien solicitara el 15 de diciembre permiso para celebrar el día 18 en la Iglesia de Santa María una reunión a la que se llamó desde la circular repartida al vecindario y anuncio en El Adelanto y que tratará de establecer (como así se hizo) en La Bañeza una Junta parroquial para ocuparse del sostenimiento del culto y clero en la ciudad, cumpliendo lo preceptuado en la pastoral del obispo de León con ocasión del inicio del otoñal mes del Rosario de “aplacar la justicia divina atendiendo a lo uno y lo otro y a seminaristas pobres, y ayudando a la buena prensa…” (de la que la nueva publicación pasaba a formar parte).

Integraron la comisión organizadora de aquella iniciativa Joaquín Nieto, José Marcos de Segovia, Mariano de la Fuente (había sido concejal en 1928, y sería uno de los 24 derechistas bañezanos detenidos entre la noche del 20 y la media tarde del 21 de julio de 1936 por su afección al golpe militar del 18 de aquel mes, y uno de los gestores municipales impuestos por los sublevados el 4 de agosto del mismo año), y el director de El Adelanto, y la Junta que recaudará, administrará y distribuirá los ingresos procedentes de la suscripción fija y voluntaria establecida: Laureano Alonso González (médico), Manuel Ramos García (comerciante), Joaquín M. Moro García (industrial), Marcelino Martínez Simón (labrador), Valentín González Castro y Francisco López Ordás (obreros), además del párroco o sacerdote delegado y Joaquín Nieto.

Surgía El Adelanto el día 3 de diciembre (sábado), propiedad de la parroquia de Santa María (regida por don Lucas Castrillo Martínez) e impulsado por don Ángel Riesco, “su director de hecho y de derecho”, para contrarrestar la influencia del semanario izquierdista Avance (editado en La Bañeza,  “contra el caciquismo y la clerecía”, desde el 12 de marzo del mismo año 1932) y para llevar las consignas y doctrinas católicas y morales a la sociedad bañezana y de la comarca, comprometidos con el coadjutor para lanzarlo y mantenerlo una pequeña plantilla de feligreses entre los que formaron los abogados Laureano Alonso y Diez-Canseco, José Santos Fernández (notario en Santander), y José Marcos de Segovia, Eugenio Fernández, Conrado Blanco León, y Agustín Quiñones (que se encargó de los deportes), todos los cuales solían escribir con pseudónimo, incluido don Ángel (que utilizaba varios, Demófilo, Dionisio, Jesús Requejo, K-Vernícola, Clarito, entre ellos), continuando además la colaboración de algunos de aquellos en La Opinión, que siguió publicándose durante los primeros meses de 1933 y en cuya desaparición influyó tal vez el trasvase de las más caracterizadas de sus firmas a la novel cabecera.

Se tiraba el nuevo semanario en la imprenta de la Viuda de Manuel Fernández (doña Encarna), en la que el tipógrafo socialista Ramón Santos Prada era maestro de taller y junto al que había un grupo de cajistas encargados de componer los diferentes artículos, así como las editoriales y anuncios. Se distribuía a suscriptores y en el local de La Buena Prensa al inicial precio de diez céntimos, e incluía desde el 10 de diciembre en sus páginas, “como atención preferente a las clases menesterosas y porque así se lo dicta su programa social y religioso”, una sección que llama “Bolsa de Trabajo” en la que darán cabida gratuita a las demandas de empleo de los trabajadores y las ofertas de los patronos. Contiene también composiciones poéticas a veces mordaces contra los planteamientos y usos de quienes serán tomados desde el principio como enemigos declarados y blanco de sus ácidas diatribas: marxistas, masones, ateos, y laicos (“los sin Dios”, en suma). Contra el laicismo precisamente se blande en la edición del día 24 (en el poema Cantares) un argumento curioso y desde luego más convincente para el sexo masculino: ¿Tú eres varón? Pues tendrás / más pasión, más ocasión; / luego necesitarás / más dosis de Religión. A la lucha y a la defensa de los intereses político-religiosos que lo animan dedicará en este tiempo y a lo largo del restante del periodo republicano el semanario el grueso de las secciones y artículos que llenan sus páginas, algunos publicados previamente por El Diario de León, y de ellas entresacamos los  retazos que siguen.

En el mismo establecimiento bañezano (regentado por María y Aurora y sito en la calle Juan de Mansilla, frente a la iglesia de Santa María) se vendía también por entonces, entre otras publicaciones merecedoras de hallarse en uno con aquel apelativo, el hebdomadario Ideas, de Acción Obrerista, partido-sindicato católico de asalariados creado en Madrid recientemente al calor de Acción Popular y su Coalición Española de Trabajadores para frenar la pérdida de preeminencia del sindicalismo amarillista y católico en favor del de clase, que anunciaba su próxima implantación en la capital de la provincia, y que llevaba la doctrina social de la Iglesia católica a los extremos de abogar por el reparto equitativo de las plusvalías del trabajo entre el patrono y los asalariados, y a pedir el salario familiar colectivo, que no tiene nada de utópico, dicen, por cuanto ya se concede en Norteamérica, y aquí, “en una fábrica harinera de Benavente llévase ya con este salario redentor la paz, el pan y la cultura, y también la gracia de Dios, a muchas familias”.

A primeros de enero de 1933 se constituirá en Astorga una sociedad obrera de esta agrupación, “que ya actúa bajo el lema Religión, Familia, Propiedad, Enseñanza, Orden y Trabajo” (decía El Diario de León), la misma que en ofensiva político-sindical se había lanzado en numerosos pueblos del sur para contar con mano de obra barata y debilitar a los sindicatos de izquierda, ofreciendo empleo, por salarios muy inferiores a los establecidos en las bases de trabajo, a quienes abandonaban las filas de la ugetista Federación Nacional de Trabajadores de la Tierra (FNTT), y que pretendía hacer de los campesinos leoneses muchos pequeños propietarios mediante el patrimonio familiar y obrero que también para ellos propugnaba. Un poco antes, al inicio de diciembre de 1932 (precisamente cuando surge El Adelanto), según el censo establecido desde el gobierno civil de la provincia, se dice que son unos 300 los afiliados al sindicato UGT en las tierras bañezanas.

Del libro LOS PROLEGÓMENOS DE LA TRAGEDIA (Historia menuda y minuciosa de las gentes de las Tierras Bañezanas -Valduerna, Valdería, Vegas del Tuerto y el Jamuz, La Cabrera, el Páramo y la Ribera del Órbigo- y de otras de la provincia, de 1808 a 1936), recientemente publicado en Ediciones del Lobo Sapiens) por José Cabañas González. (Más información en www.jiminiegos36.com)


Nudismo en La Bañeza en el verano de 1935

Publicado por Ibañeza.es el 10/04/2017 8:39 Comentarios desactivados

Publicaba El Adelanto el 6 de julio de 1935 un suelto (que titula “Por decencia y moralidad”) en el que se hace eco de protestas contra la falta de moral ya proclamadas antes desde El Diario de León, manteniendo que “en medio de la libertad, o mejor dicho de la corrupción de costumbres que sale a la superficie de la vida, ha levantado ya una reprensión unánime el desnudismo que se usa en las playas, propio de una sociedad más que paganizada, y sorprendente y chocantemente se practica en La Bañeza (hasta la fecha solamente por el sexo masculino, aunque no por ello deja de ser reprobable) sin reproche de las muchas personas decentes y cultas que han debido de observarlo”, y se llama la atención de las autoridades para que conserven el buen nombre de la ciudad que se precia de ilustrada, decente y moral y eviten tal escándalo público que se viene dando en el puente de Requejo, a escasos metros de la carretera por la que transitan toda clase de personas, cuando, sobre todo en los atardeceres, jóvenes de quince, veinte o más años, “sin más traje que el recibido por la naturaleza, algunos, y otros con un escaso taparrabos, salen del agua y pasean por las orillas del río, y hasta algunos se permiten formar tertulia con otras personas en la carretera”.

Aquel mismo día, “ante las denuncias que le eran elevadas por la práctica abusiva e inmoral y ofensiva de las buenas costumbres de baños en lugares públicos”, dictaba el gobernador civil una circular que prohibía en toda la provincia leonesa “bañarse sin vestir una prenda adecuada y permanecer fuera del agua sin llevar albornoz, excepto en los solarios preparados a tal fin con separación de sexos y aislados del resto del público de las piscinas, márgenes de ríos o playas”, prohibición en mucho similar a las que sobre la misma materia y desde el mismo ámbito se darían algún tiempo después en la provincia, instalado ya el franquismo sublevado e impuestas su rancia disciplina de cuartel y su moral de convento, desterrando desde el gobierno civil y con el beneplácito del obispado escotes, maquillajes, tintes del cabello, el fumar, vestidos provocativos, escotes, transparencias y calados, piernas descubiertas o sin medias y brazos al aire en la mujer y las niñas mayores de doce años; en las parejas las posturas poco honestas, los bailes modernos, abominables y desvergonzados (incluso los “de caridad”), y el ir por lugares de poco tránsito y escasa luz; en todos las prendas de baño indecorosas, usarlas fuera del agua y vestirlas fuera de caseta cerrada, y los baños de sol sin albornoz; y los muslos desnudos en los niños, todo ello en unos tiempos que serán “de obedecer ciegamente y respetar lo mandado”.

Finalizando el mes de agosto de 1935, en pleno refuerzo ideológico de la derecha después de su triunfo sobre los revoltosos de octubre de 1934 y su mayoritaria victoria electoral de noviembre de 1933, y formando parte del mismo, “próxima la época de producir los modelos que en otoño suelen entregarse al comercio”, la Comisión Mor Playa rogaba “a los fabricantes y comerciantes de trajes de baño se enteren de las condiciones que deben reunir los tipos que esta proyectará con su propaganda y por su organización nacional, y a cuáles hará la más viva oposición por reputarlos inmorales”.

Al cabo de un año, la intromisión de la Iglesia en el control de la moral la llevaría a crear una “línea de bañadores para que la mujer española no enseñe carne en la playa”, y en julio de 1937 en ciudades como Orense se considerará incorrecto y detestable (a pesar de los calores propios de la estación) despojarse de chaquetas y exhibirse en mangas de camisa en los paseos, calles céntricas y terrazas de los cafés “sin tener en cuenta la presencia de damas y señoritas en lugares tan concurridos, costumbres perniciosas y provocaciones que habían tomado carta de naturaleza durante los últimos años de indigna democracia”, y extralimitaciones que, según el bando del alcalde, se evitarán de manera terminante y se sancionarán con el máximo rigor, como seguían pretendiendo hacer las órdenes que sobre moralidad y buenas costumbres “prohibiendo a los mayores de 14 años el uso del traje de baño y de pantalón corto por las calles de cualquier ciudad o pueblo, por carreteras y restaurantes…”, se dictaban desde Madrid a finales de junio de 1962.

Del libro LOS PROLEGÓMENOS DE LA TRAGEDIA (Historia menuda y minuciosa de las gentes de las Tierras Bañezanas -Valduerna, Valdería, Vegas del Tuerto y el Jamuz, La Cabrera, el Páramo y la Ribera del Órbigo- y de otras de la provincia, de 1808 a 1936), recientemente publicado en Ediciones del Lobo Sapiens) por José Cabañas González. (Más información en www.jiminiegos36.com)


La desconocida Escuela Agronómica de Nogales (II)

Publicado por Ibañeza.es el 27/03/2017 8:32 Comentarios desactivados

A Eugenio García, que era además comisionado del Banco Agrícola Peninsular y encargado de su agencia en La Bañeza, y un empedernido traficante de bienes de la desamortización, que compraba para revenderlos, quizá valiéndose de los fondos de dicho Banco, le disgustó que el acomodado de Boisán y el no menos opulento de Santiagomillas Francisco Alonso Cordero compraran también una importante porción de bienes pertenecientes al convento de Nogales (que el bañezano consideraba su exclusivo feudo y cuyas totales pertenencias pretendía adquirir), por lo que desde entonces emprendió ante el juzgado de la villa bañezana un rosario de pleitos y demandas contra aquellos, que llevarán a que en 1849 permuten los unos con el otro “tres huertas en San Esteban de Nogales, que compraron a la Nación, por otras fincas también compradas al Estado por don Eugenio, todas procedentes de los bienes del convento de la localidad”. Los enrevesados contratos, pleitos, convenios, ventas, hipotecas, préstamos, obligaciones y foros urdidos en los siguientes años en torno a la adquisición de aquellas propiedades desamortizadas (afectando algunos al pueblo asentamiento del monasterio y a sus vecinos y al aprovechamiento de los montes desamortizados) debieron de estar relacionados, directa o indirectamente, con la muerte de Francisco Martínez “Cuarentavacas” el 20 de noviembre de 1854 como consecuencia de las heridas que le causara 13 días antes en una pierna un casual o intencionado tiro de escopeta cuando se hallaba en el bañezano mesón del Cabildo, una taberna y casa de comidas situada al otro lado de la calle o carretera, frente a la iglesia de Santa María.

En la que entonces seguía siendo hacienda del potentado bañezano se estableció en 1852 una Escuela Agronómica fundada por ambos y bajo la dirección de José de Hidalgo Tablada, Catedrático de Agricultura, director de la Asociación General de Labradores, inventor de algunas “máquinas aratorias”, y entre otros muchos y meritorios cargos director y propietario de la revista El Agrónomo, y se hizo “para formar en ella agricultores que dirijan en su tierra las operaciones del campo con arreglo a las leyes de las ciencias”, empresa en la que sus dos socios se aventuran sin subvención alguna del Estado.

Se da en tan saludable espacio enseñanza primaria y religiosa, acompañadas por una instrucción sólida y moral y por la práctica como principal estudio, se dice en su Reglamento, que dispone los grados de primaria elemental, agricultura práctica (en la que se forman capataces o mayordomos), y agricultura teórico-práctica superior (que forja ingenieros agrícolas), aunque por el momento imparte solo las dos primeras enseñanzas. La Escuela imita las que en abundancia existen ya en países como Bélgica, Rusia y Francia, y pretende desarrollar la riqueza agrícola del país brindando sus servicios sobre todo a los hijos de los labradores de mediana fortuna, y aún a los adultos que deseen perfeccionar sus usos campesinos y a los artesanos (carreteros y herreros, por ejemplo) de los oficios cercanos y precisos al agrícola. Se prevé hacer públicos los resultados de tan ambicioso proyecto en Los Anales de la Escuela Agronómica de Nogales, que se difundirán por entregas trimestrales.

El predio en el que se asienta es el del exmonasterio de Santa María, desamortizado como coto redondo de Nogales y adquirido por Eugenio García, y que cuenta aún con buenas habitaciones, extensos graneros, excelentes cuadras, y las oficinas precisas para la explotación que se establece. En sus inmediaciones y cercados por grandes y sólidos tapiales hay un molino harinero de dos piedras, movidas por un amplio canal derivado del adyacente río Eria, y dos huertas, además de tierras de secano, monte y prados ajenos a la cerca.

Dispone el Reglamento, además de la enumeración de los abundantes y modernos medios y herramientas con los que cuentan los alumnos, una distribución minuciosamente rigurosa y metódica del tiempo que éstos habrán de dedicar a formarse según sea en el invierno o en verano, de modo que en el último, por ejemplo, “dispondrán de 8 horas de descanso, 1 de policía y para alabar a Dios, 4 de estudios teóricos, 7 de trabajos y estudios prácticos, 4 para las comidas, y tiempo para ir y volver a los trabajos y el descanso”. Recoge también las diversas condiciones de estancia y de retribución según los grados de enseñanza, y así, abonarán 4 reales diarios los educandos de la instrucción primaria, y 2, 4 ó 6 reales los del nivel siguiente, según la clase de asistencia o “si se sujetan a los trabajos prácticos excepto las horas de cátedra”, los primeros. Desde los 8 años para el primer nivel y los 14 para el segundo acceden los internos a la Escuela (en cursos que duran desde el 1 de noviembre al 30 de septiembre), y desde los 22 los que con su trabajo en ella se pagan los estudios y alimentos en una suerte de “acceso para mayores” que les permite, según sea su nivel, agregarse a uno u otro grado. Existe también un taller de construcción de máquinas agrarias para instrucción de los alumnos, y las precisas al establecimiento, en el que en un tercer nivel de formación se instruyen durante cuatro años quienes saldrán Maestros en herrería y carreteros.

Portada de la publicación y parte de la fachada del Monasterio desde el interior.

Además de unos estipendios modestos y “previstos para facilitar la instrucción agrícola a los hijos de labradores de todas las fortunas”, se beca a uno de cada veinte alumnos del primer nivel para el segundo, y se admiten como “externos y por un módico devengo a los hijos de las familias pobres de los alrededores de la Escuela en el radio de una legua”. Se reglamenta también y con detalle el régimen de vida del internado, las modalidades de enseñanza y los tipos de trabajos prácticos que conlleva, y los exámenes, el tiempo, el orden, la distribución y las materias de estudio según los años que se cursan, y se pone la Escuela Agronómica creada y los positivos frutos que de ella se esperan a disposición del Gobierno, de las Juntas de agricultura y de las sociedades económicas y los particulares, y a las Juntas de beneficencia se ofrece “para educar a los jóvenes desvalidos que les remitan, con los solos gastos que éstos originen en el establecimiento de caridad al que pertenezcan, apartados de los pupilos procedentes de casas particulares pero bajo el mismo régimen que los demás”.

Loable y meritorio empeño progresista e ilustrado el emprendido entonces por estos dos adelantados en la feraz campiña de Nogales, en el noroeste de las tierras bañezanas, del cual desconocemos el alcance, la trayectoria y la dimensión que pudo tener en los años que siguieron. Tan solo disponemos de evidencias en algunas de las numerosas obras y tratados posteriores del erudito agrónomo que la dirigía de que al menos en 1853, un año después de ser creada, aquella avanzada Granja Escuela de Nogales funcionaba y daba provechosos rendimientos, lo que ya no ocurría en 1879 cuando por las deudas contraídas por el propietario Eugenio García (al participar en la construcción del ferrocarril de Andalucía) el monasterio y las fincas sobre las que se asentó fueron embargados por Enrique Surrentinez, de Lorca (Murcia). Habitado al poco y durante algunos años por su viuda y sus dos hijas, al cabo lo vendieron al benaventano Joaquín Núñez Grais, marqués de los Salaos, que terminó vendiéndolo a su vez en 1911 a los vecinos de San Esteban de Nogales, que acabaron de expoliar el edificio extrayendo para los dinteles y fachadas de sus construcciones variados elementos de sus muros, después de la venta que aquel hace de las estatuas yacentes de Suero de Quiñones y su esposa Elvira de Zúñiga, llevadas en 1913 a la Hispanic Society de Nueva York en cuyo museo pueden aún ser contempladas.

Del libro LOS PROLEGÓMENOS DE LA TRAGEDIA (Historia menuda y minuciosa de las gentes de las Tierras Bañezanas -Valduerna, Valdería, Vegas del Tuerto y el Jamuz, La Cabrera, el Páramo y la Ribera del Órbigo- y de otras de la provincia, de 1808 a 1936), recientemente publicado en Ediciones del Lobo Sapiens) por José Cabañas González. (Más información en www.jiminiegos36.com)


La desconocida Escuela Agronómica de Nogales (I)

Publicado por IBAÑEZA.ES el 13/03/2017 8:19 Comentarios desactivados

El largo proceso histórico, económico y social de la desamortización, iniciado en 1798 por Godoy y cerrado a finales de 1924, ya en el Directorio Militar, por el Estatuto Municipal de Calvo Sotelo, discurrió desde la emprendida por Mendizabal en 1836, de propiedades exclusivamente eclesiásticas y no compensadas, salvo los monasterios dedicados a la enseñanza o la atención de pobres, cuyos monjes irían destinados a parroquias o capellanías con un sueldo a cargo del Estado (desposesión que provocó que la Iglesia excomulgara a quienes las expropiaron y también a sus compradores), a la que siguió en 1855 la de Madoz, aplicada ahora a posesiones del Estado, la Iglesia, el clero, órdenes militares, cofradías y obras pías de beneficencia e instrucción pública, y a los bienes propios y los comunes de los pueblos, aquellos de los que desde el siglo XVI se había ido adueñando la nobleza absentista a pesar de la voluntad de los concejos de impedirlo.

Todavía en julio de 1893 el tribunal gubernativo del ministerio de Hacienda dicta resoluciones desestimando numerosos expedientes de excepciones de ventas de terrenos comunales promovidos por alcaldes pedáneos o presidentes de Juntas Administrativas de pueblos de nuestra provincia, entre ellos el de Jiménez de Jamuz, que no evita que se desamorticen y se pongan a la venta una buena proporción de “predios de monte raso, prados de secano y sardonal, y tomillares” que hasta entonces formaban parte del común. Son muy escasas las excepciones solicitadas que se conceden. En enero de 1898 la delegación de Hacienda nombra Comisionado subalterno de ventas en La Bañeza a don Toribio González, suponemos que para gestionar en el partido transacciones como estas con las que obtener liquidez para el Estado. En nuestro pueblo, diversos avatares relacionados de diferentes modos con los pagos comunales atravesaron las siguientes décadas, de manera que cuando en el otoño de 1936 se produzca la tragedia que barrerá de su suelo a 16 de sus hijos serán aquéllos en ella un factor destacado.

En la comarca bañezana afectaron aquellas desamortizaciones, y algunas exclaustraciones que como la de 1837 las acompañaron, también a los conventos del Carmen, en La Bañeza; al dominico del Sancti Espiritus, en Palacios de la Valduerna; al premostratense de Santa María de Villoria de Órbigo, y al cisterciense Real Monasterio de Santa María de Nogales, y supusieron, como en todo el país, una importante redistribución de la riqueza agraria, más bien por la adscripción de nuevas fincas a diversos terratenientes ya existentes que las compraron (la gran nobleza y la burguesía adinerada) que por la aparición de nuevos propietarios medianos, de tal modo que en la provincia de León se favorecieron generalmente hacendados burgueses locales, de la capital o La Bañeza, y algunos adinerados madrileños. Así, el potentado de Boisán Francisco Martínez Martínez (“Cuarentavacas”) adquiere bienes que pertenecían a los conventos de Carmelitas de La Bañeza (entre ellos una heredad sita en San Cristóbal de la Polantera y Matilla del Páramo) y al de San Esteban de Nogales y otros fuera de la provincia, y el acaudalado maragato Santiago Alonso Cordero, de Santiagomillas (ya uno de los primeros y mayores capitalistas del momento, residente en Madrid después de su juventud de arriero, donde llegaría a conseguir en exclusiva el transporte de los caudales del Estado), realiza numerosas e importantes compras de tierras pertenecientes al convento de monjas de Villoria de Órbigo radicadas en los pueblos próximos y en el ámbito geográfico comprendido entre dicho pueblo, Riego de la Vega y La Bañeza.

Portada de la publicación y parte de la fachada del Monasterio desde el interior.

Algún otro madrileño “negociante de la desamortización” adquirió bienes de aquel monasterio (en su caso para cederlos al natural del lugar Miguel Fernández Gironda, de la pequeña nobleza campesina, que se hizo además con las posesiones del convento en Quintana y Congosto), al igual que hicieron otros como los leoneses Genaro Bayón Luengo, con las de Turcia, y Francisco Alonso, que  cedió a Melquiades Valbuena sus adquisiciones en Antoñanes y Grisuela, o los bañezanos Mateo García, que compró fincas monacales en Villarrín del Páramo; Ignacio Fresno, en Veguellina y Acebes del Páramo; Eugenio García y Gutiérrez, en Hospital, Puente de Órbigo y San Feliz (además de las adquiridas del monasterio de Nogales y de los dominicos de León, lo que denota su gran poder adquisitivo), y Nicolás Moro, ya en la desamortización de Mendizabal, en San Pelayo, en cantidad y calidad muy inferior a las anteriores y por importe de 300 reales que ha de pagar en veinte plazos, y algunos lugareños de los pueblos (desde la nobleza rural a sencillos renteros y campesinos acomodados) que adquieren bienes en poblaciones como San Pedro Bercianos, Villazala, Santa Marinica, Valdesandinas, Castrillo de la Valduerna, Regueras de Arriba y Azares, o Riego de la Vega.

También se desamortizaron bienes de las cofradías bañezanas de las Angustias, de Jesús Nazareno, de San Roque, y de las Ánimas, establecidas las dos primeras en sus respectivas ermitas y las últimas en las iglesias de Santa María y de El Salvador (todas solicitaban indemnización por ello al Estado entre los años 1877 y 1929), y de bienes propios municipales como el predio bañezano de las Lagunas, adquirido por el acaudalado Julián Franco.

En la última abadía, la sita en San Esteban de Nogales, después del saqueo de 1807 y poco antes de la vuelta de los monjes se había producido un incendio, intencionado a lo que parece, al que siguió en el Trienio Liberal un nuevo despojo por las turbas y la ocupación en 1823 otra vez por los frailes dispersos que reconstruyen una vez más el edificio, hasta la adquisición de los bienes monacales por el bañezano Eugenio García y Gutiérrez, procurador de los tribunales casado con Francisca de Mata (el 16º de mayor riqueza territorial entre los 50 primeros contribuyentes por la misma de la provincia en el año 1871, como su vecino Ignacio Fresno lo había sido el 10º en 1855), quien se habría valido de malas artes y de la necesidad de los labradores del pueblo tras dos años de malas cosechas para añadir a aquellos muchas tierras “por un puñado de dinero y hogazas de pan”. Anticlerical, según lo pintan en el Abadologio del monasterio, habría destruido la iglesia (“los nidos para que no volvieran los pájaros”) y saqueado las tumbas de los ilustres personajes enterrados en el convento.

En aquellos años los que más contribuían por riqueza territorial en Alija de los Melones, Villazala, Valderas, Palacios de la Valduerna, Castrocalbóbn y Destriana eran respectivamente el duque del Infantado, el marqués de Campofértil, el marqués de Astorga, el conde de Miranda y de Montijo, el duque de Escalona y el marqués de Valparaiso. En cuanto a Ignacio Fresno Pérez, pintor asesinado en París al que nombraban “Monsieur Fresno”, eran sus padres Ignacio Fresno Bartolomé y Rosa Pérez Martínez, y su hermana Victoria y el progresista Menas Alonso Franco (adalid del republicanismo bañezano, alcalde de la villa a la altura de 1888, y fallecido en 1912), con quien se desposaba, serían progenitores de Aurora y de Lucas Alonso Fresno, casado este con María Ruiz García, cuyos hijos fueron: Josefina, Manuela, Victoria, Eloisa, Eudosia, Ignacio, y María Alonso Ruiz, familia represaliada por el franquismo con multas, cárceles, y el asesinato de la última, además de los cinco años que Ignacio hubo de esconderse como “topo” en la casona familiar de la calle Astorga.

Del libro LOS PROLEGÓMENOS DE LA TRAGEDIA (Historia menuda y minuciosa de las gentes de las Tierras Bañezanas -Valduerna, Valdería, Vegas del Tuerto y el Jamuz, La Cabrera, el Páramo y la Ribera del Órbigo- y de otras de la provincia, de 1808 a 1936), recientemente publicado en Ediciones del Lobo Sapiens) por José Cabañas González. (Más información en www.jiminiegos36.com)


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