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Como no todo el año es agosto, hay que estudiar el viento

Publicado por A. Cordero el 19/08/2019 8:30 Comentarios desactivados

Ahora que se terminaron las fiestas llega el momento de empezar a trabajar o seguir trabajando, depende del caso, de hacer balances y comprobar si el negocio sigue siendo rentable o por el contrario dar la cara ante la plantilla y reconocer –si es el caso– que se avecinan malos tiempos y que hay que tomar medidas drásticas para seguir manteniendo a flote el barco que quita el hambre a tanta gente.

Quizás el puesto de empresario o de director general sea uno de esos que más se ambicionan cuando se piensa en la nómina que recibe a final de mes o en el coche que conduce y en las corbatas que lleva, pero cuando se tiene que poner a dar explicaciones, a dar la cara cuando hay problemas o a asumir culpas que no siempre son suyas, es cuando empiezan los malos rollos.

Algunas empresas acaban cerrando sus puertas al público después de un periodo de fiestas que –inicialmente pensaron que le iban a solucionar todos sus problemas– porque hay empresarios que se piensan que todo el año es agosto y al llegar septiembre se dan de bruces con la realidad, con las facturas, las nóminas, los seguros sociales –entre otras cosas– y se llevan las manos a la cabeza intentando entender qué hicieron mal, cuando es demasiado tarde.

Dicen que cualquier momento es bueno para revisar las cuentas, las estrategias y las negociaciones para asegurarnos de que se están haciendo las cosas bien, de lo contrario no quedaría más remedio que cambiar las unas para sanear las otras, cambiar de proveedores, de clientes, o de gestores.

Tal vez después de unas fiestas en las que igual nos hemos pasado un poco todos, sea buen momento para tomarse el asunto en serio, fijarnos bien de dónde sopla el viento y remar en la dirección correcta. Quizás no salvemos la tripulación, pero al menos intentemos salvar el barco.


Quince días y un punto y final a los escaparates de humo

Publicado por A. Cordero el 26/05/2019 8:00 Comentarios desactivados

No hace falta ser psicólogos, ni sociólogos; solo hay que tener un poco de vista, un poco de sentido común, y dejar transcurrir el tiempo de la campaña electoral para ver que a medida que pasan los días esperando el momento de contar las papeletas y comparar con las encuestas, esas tan criticadas y puestas en tela de juicio por los menos favorecidos, los hay que pierden los nervios, y las buenas formas a medida que avanza la campaña.

Quince días de sonrisas, apretones de mano y promesas, quizás a algunos les parezcan pocos para conseguir esos votantes que no saben bien a quien confiar su voto para gobernar durante cuatro años, pero a mi modo de entender –siempre muy particular, he de reconocer–, si la campaña hubiera durado tres o cuatro días muchas meteduras de pata, pataletas e incoherencias se habrían evitado y los escaparates de humo en que se convirtieron algunos programas electorales no habrían llegado a las manos de los votantes, con el peligro que ello supone…

A pocas horas de que se desvelen los resultados y se vayan cayendo del guindo todos aquellos que nunca tuvieron los pies sobre la tierra, apenas queda la opción de dejar de soñar para coger la calculadora y comprobar de primera mano que todas las cábalas que hacían en la red los que ni van en la lista ni se juegan gran cosa, quedaron atesorando dos o tres caretas y la satisfacción de haber engañado a Facebook y haber protagonizado por unos días unos insulsos diálogos –monólogos en algunos casos–para matar el tiempo e imaginarse las papeletas del color de sus sueños.

El problema es que en las redes sociales no se contabilizan los votos –aunque a los que les vale todo se piensen lo contrario– y la urna está a punto de destapar la realidad. Es entonces el momento de dejar a un lado los juegos y ocuparse de las cosas serias para entender que ser alcalde dista mucho de ser un juego y no se debe tratar al votante como si fuera tonto. Pero será el domingo a última hora y, queridos lectores, ya será demasiado tarde, el humo se habrá desvanecido y las caretas de las redes sociales habrán dejado al descubierto la dura realidad, la de gobernar una ciudad, en serio.


¿Diecisiete entre seis?, no sé si me saldrán las cuentas

Publicado por A. Cordero el 19/05/2019 9:15 Comentarios desactivados

Dice la calculadora –que es la que más sabe de estos asuntos– que son 2,8333333… y como no vamos a poder partir a nadie en trocitos para hacer las cuentas exactas, nos tendremos que conformar con hacer un reparto aproximado y colocar los culos en los sillones manejando otros criterios que poco o nada tengan que ver con las matemáticas, que dicho sea de paso, aquí no funcionan del todo bien.

El caso es que yo siempre me fío más del sentido común que de las ciencias exactas y, como el calendario me dice que ya han pasado cuatro años y volvemos otra vez a enfrentarnos a las papeletas, habrá que buscar en ellas los nombres nuevos, los de otras veces y ciertas caras cambiadas de bando con apretones de mano y abrazos desmedidos, que no vienen a cuento y con demostraciones de cariño desorbitadas que se exceden, en muchos casos y acaban haciendo una clara demostración de hipocresía.

Pero los tiempos cambian y las campañas electorales se adaptan a ellos, aquello que decían de que un apretón de manos era un voto, quizás haya que cuestionarlo. Ahora, antes de llegar a las urnas, ya se baten en duelo las páginas con las candidaturas aspirantes al sillón y al mismo tiempo que proliferan éstas, lo hacen ciertos “seguidores” cuyo perfil, de reciente creación, contribuye a hacer política de chirigota y baratillo, confiados en que el hecho de colocar un nombre falso o un personaje de comic, garantiza el anonimato para crear debate y asegurar la zona más visible a cuantos seguidores hayan conseguido captar.

Y algunos en lugar de salir a la calle a pegar carteles y a hacer campaña puerta a puerta (como nos gusta en los pueblos), con apretón de manos y palmadita en la espalda incluida, se parapetan en su página, sonríen desde la foto mientras esperan que los votos le lleguen por arte de magia, y se frotan las manos mientras hacen las cuentas, evidentemente con resultados distintos a los míos, convencidos de que la división se hará entre dos y a ser posible al alza y se imaginan a sí mismos ocupando el sillón presidencial del salón de plenos.

Y otros, los que más papeletas ganadoras tienen, son realistas, precavidos y trabajan desde el minuto 0, como mandan los cánones, sin confiar en la providencia y peleando cada voto, recorriendo cada rincón y visitando a cada persona que, con su voto pueda hacer una división más o menos orientada a su favor, con los pies en la tierra, porque saben que las ciencias en ocasiones fallan y los votos como mejor se cuentan es cuando se sacan de la urna.

Pero yo espero que mi calculadora falle y esas cifras que me arroja no tengan ningún parecido con la realidad, que aquella obligatoriedad de sacar el resultado exacto de los tiempos del colegio, simplemente era para el examen, pero ahora, que ya hemos aprendido algo –aunque no sea mucho-, sabemos que una división entre dos sería ideal, entre tres, bastante buena; cualquier otro resultado sería difícil de asimilar y en cuatro años el desaguisado podría ser demasiado evidente.


¿Quién nos robó aquella Noche Bruja?

Publicado por A. Cordero el 5/03/2019 9:03 Comentarios desactivados

Mucho se habla de la Noche Bruja de La Bañeza y quienes no saben de qué va el asunto están convencidos de que es la noche grande del carnaval bañezano, quizás por escuchar a sus padres y abuelos hablar de ella con nostalgia año tras año, o porque la nomenclatura ‘Noche Bruja’ tiene algo que engancha. Tal vez sea por eso que todos los adolescentes de la provincia se frotan las manos al imaginarse hacer realidad el sueño de asistir a uno de los eventos más sonados en el programa carnavalero.

Desde el ayuntamiento se hace un despliegue de medios para intentar tapar la mala imagen que los empleados de la limpieza se encuentran a la mañana siguiente y tratando de prevenir desgracias que, todo hay que decirlo, a día de hoy no se han producido, mientras añoran aquellas noches brujas que vivimos los que ya peinamos alguna cana y rememoran disfraces, lugares y momentos inmortalizados en viejas fotos.

Estos últimos años he oído decir, de forma muy acertada, que la mañana del sábado y parte de la tarde es ahora ‘la nueva Noche Bruja’, donde el auténtico carnavalero bañezano saca a la calle su personaje disfrutando y haciendo disfrutar a los que solemos verlos desde la barrera, pero admiramos el ingenio y la imaginación que se dan cita cada año en los aledaños de la Plaza Mayor. Sin duda es el momento más esperado por quienes lo hacen y quienes lo vemos, sin organización, sin normas, sin impedimentos de ningún tipo, pero carnaval auténtico, como suelen titular en los papeles.

Así, esos carnavaleros auténticos que –ayer mismo se lo dije a uno de mis favoritos– cada año se merecen ganar un premio, porque cada año se superan a sí mismos y cada año dan lo mejor de si, que salen a la calle interpretando un papel sin necesidad de grandes alharacas y –sobre todo– sin ir pegados a un vaso que les haga desinhibirse y romper el hielo para meterse en la piel del personaje al que dan vida de forma magistral.

Quizás decir que hemos perdido la Noche Bruja sea un poco exagerado por mi parte, así que voy a decir que con el ‘todo vale’ y el afán por atraer autobuses llenos de chavales a cualquier precio, la hemos convertido en algo que afea la imagen de un carnaval con ‘denominación de origen’ y recuperarla para que vuelva a ser lo que fue hace 20 años será casi imposible; por eso y para dejar buen sabor de boca diré que acaparamos las portadas de los periódicos de tirada provincial porque el Carnaval de La Bañeza se supera cada año gracias a todas esas personas involucradas en el éxito indiscutible de esta fiesta de Interés Turístico Nacional.

Sirvan estas líneas para felicitar a esos carnavaleros GRANDES que cada año se merecen un premio por el ingenio, la interpretación, la puesta en escena, el aguante, el trabajo que todo ello conlleva y por arrancarnos a quienes los disfrutamos tantas y tantas sonrisas. Ellos son el auténtico carnaval. Enhorabuena por tanto derroche de imaginación.


¿Qué tendrá la palabra gratis, qué tendrá?

Publicado por A. Cordero el 27/01/2019 9:09 Comentarios desactivados

Es indiscutible, si es gratis, como si es mierda, siendo gratis las opciones de interés crecen por minutos y todo aquello que exhiba la preciada palabra a su lado se convierte al instante en un asunto a tener en cuenta, mientras que si hay que pagar, aunque sea una mísera cantidad, la gente comienza a poner excusas y el preciado objeto de deseo ya deja de tener atractivo.

Cuando a mediados de diciembre se empezó a hablar de las cien mil bombillas que una conocida marca de bombones había colocado en Puebla de Sanabria, la noticia corrió como la pólvora y, mientras algunos pensamos de inmediato que, entre otras cosas, lo que perseguía la conocida casa italiana era asegurarse la promoción de la campaña navideña de sus productos, hubo quien sólo acertó a recordar que el día de la inauguración habían repartido bombones a todo el que se acercó a presenciar el encendido con autoridades, prensa, los rostros famosos de la cadena televisiva y la parafernalia que suele acompañar a estos saraos mediáticos.

Tanto es así que aquello se convirtió poco menos que en una peregrinación a la que, he de reconocer, también asistí, aprovechando un viaje de vuelta del país vecino, para ver qué era aquello que tanto daba que hablar en los corrillos modernos. Eran luces. Luces colocadas con bastante buen gusto que realzaban la indiscutible belleza de la plaza Mayor de un pueblo ya de por sí considerado uno ‘de los más bonitos de España’ y un letrero excesivo que, bajo mi punto de vista, lo que buscaba en todo momento era el postureo en las fotos de los perfiles y que el nombre de la marca estuviera presente en todas ellas a coste cero.

Quizás algunos, de los que sólo acertaron a recordar que el día de la inauguración se repartieron bombones, pensaban que los bombones colgaban de los tejados a modo de bolas navideñas, porque nada más llegar se oían los rumores de la ausencia del preciado botín, uno, dos, tres… cerca de una docena de golosos conocidos me encontré preocupados por el asunto ya que, al parecer, su única excusa para acudir allí fue la de hartarse de bombones, eso si, gratis.

Además de los comentarios y las caras de disgusto por la ausencia de los mismos y tras decir yo que lo que buscaba la tanto la marca, como el ayuntamiento de Puebla de Sanabria era la difusión de las fotos y la llegada masiva de visitantes ávidos de foto y bombones gratis, fue la pataleta de decir: “pues yo no pienso subir fotos, que se chinchen…” Y a continuación, tras informarle a una dama sobre la opción de comprar en el supermercado una caja de 3 unidades de Ferrero Rocher por un euro y una caja de 16 por poco más de cuatro, acabó diciéndome que no podía comer bombones, que tenía colesterol.


Buscando un cambio en la elección de los regalos

Publicado por A. Cordero el 25/12/2018 8:31 Comentarios desactivados

(Cuento de Navidad)

Hacía varios días que la nieve era la única protagonista, los copos no paraban de caer cada vez que Javier se asomaba a la ventana y, a juzgar por el color del cielo, todo parecía indicar que éstas serían unas navidades blancas. Las leves pisadas que, los más atrevidos dejaban en la nieve, desaparecían al poco rato porque la nieve seguía imparable y apenas se veían personas transitar por las calles cubiertas de un espeso manto blanco.

Javier seguía con la nariz pegada a la ventana tratando de reconocer entre las pisadas que se adivinaban bajo la nieve, las de los camellos que esperaba con tanta ilusión. Esperaba que no le fuera a pasar como el año pasado, que había recibido una carta de Papá Noel diciendo que debido a la mala ortografía, sólo podía dejarle un diccionario y un manual de reglas ortográficas junto a una buena reprimenda firmada de su puño y letra para que aprendiera a escribir correctamente.

¡Menudo disgusto!, este año, con la lección aprendida, Javier había encargado sus juguetes a los Reyes Magos; la experiencia vivida con la misiva de Papá Noel, le había hecho esforzarse más en el colegio y sacar un sobresaliente en Lengua. Había aprendido a distinguir bes de uves, a colocar haches, a acentuar las palabras, a usar todas las letras en los mensajes de Whatsapp y a mejorar la letra, pero todavía le quedaba alguna cosilla sin dominar del todo y, no quería otro diccionario, por eso había decidido depositar su confianza en otro lugar.

-Como dice mi padre: “cuando un político no hace lo que promete, o no da más de si, lo mejor es retirarle la confianza y cambiar. Así haré yo con este graciosillo vestido de rojo”, pensó Javier mientras escribía la carta a los Reyes. Seguro que estos, que dice mi abuela que son los de toda la vida, no me fallan-. No quería más tratos con alguien que, bajo su punto de vista y con la perspectiva de los nueve años, lo había engañado.

Y así transcurrió el día, ante el temor a que la nieve no dejara transitables las carreteras para facilitar el paso a los Reyes Magos, y con la duda de si ellos también tendrían alguna queja de las notas de Javier, de su comportamiento en casa, en el colegio, en el equipo de fútbol, en las clases de inglés. Javier se fue a la cama después de revisar una vez más el mensaje enviado, comprobando que no tenía ninguna falta.

El beso tranquilizador de su madre le hizo entender que este año todo estaba bien, que no tenía por qué preocuparse. Javier había aprendido en este último año una lección que recordaría toda su vida y podía dormir tranquilo. Así soñó –o creyó soñar– que tres reyes entraban en su casa y –además de los regalos que había pedido– le habían dejado una nota en la que le decían que estaban tan orgullosos de él que iban a hacer algún cambio para hacerle participar en el reparto de juguetes a los más pequeños del próximo año.


La Bañeza no existe

Publicado por A. Cordero el 11/12/2018 9:03 Comentarios desactivados

Dicho así… igual asusta un poco, pero creo que nos ha pasado a todos en nuestra constante batalla con los auto correctores; inventos que para algunos quizás sean una bendición por constituir la única forma de escribir regular, para mí son un tormento porque nunca he permitido que piensen por mí, por eso cuando pongo Bañeza y el susodicho se empeña en poner ‘bañera’, me sienta mal. Muy mal.

Pues eso es lo que pasa, que como la tecnología parece empeñada en hacernos la vida más fácil, a los que dominamos el arte de colocar haches o quitar haches, a distinguir las bes de las uves y las jotas de las ges y a repartir correctamente las tildes, el corrector no hace más que molestar y jugarnos malas pasadas si no estamos atentos a lo que da por hecho que queremos escribir.

Así, en el caso que acapara el titular y en tantos y tantos pueblos con nombres distintos a los vocablos que ellos dominan, en fiestas y tradiciones, en dichos populares y en casos que acortan la palabra antes de la cuenta o cambian la terminación de un verbo, puede meter la pata y quien escribe, por dejarse llevar por el trabajo fácil acaba escribiendo palabras ajenas al texto que muchas veces no guardan relación con el mismo, como en el caso de Bañeza/bañera que yo aproveché para hacer esta columna.

Por eso las citadas ayudas, han hecho más fácil la vida a muchas personas cuyos textos es mejor escucharlos que mirarlos, salvo en los casos en que hay/ay/ahí (táchese la que no proceda, jejejejeje) hay que saber cual es la correcta, y evitar confiar en la sabiduría del corrector porque no siempre sabe a qué nos referimos, teniendo en cuenta la extensión de nuestro lenguaje y las diferentes  formas de escribir una misma palabra para otorgarle distinto significado.

De este modo, es muy común ver en libros, periódicos, revistas, folletos, carteles, en la televisión y por supuesto en internet, muchos gazapos escritos por becarios que ese día no fueron a clase y por personas que no dominan el tema y confían en la tecnología pero que no saben que ‘a parte’ y ‘aparte’, ‘a cerca’ y ‘acerca’ no es lo mismo y no es correcto utilizarlos de forma simultánea.

Pero como esta columna está escrita en un tono más irónico de lo habitual, vamos a pensar que quien escribe lo hace correctamente porque (con estos también suele haber –que no a ver– problemas) quizás la culpa sea del propio corrector el que piense que, como la ortografía es un básico y esas lecciones son de primaria, quiera gastarle una broma dejando al sujeto de turno quedar en evidencia a propósito.


Aunque nos lo pinten bonito, comemos mierda

Publicado por A. Cordero el 12/11/2018 7:45 Comentarios desactivados

En casa siempre nos ha preocupado el tema de la alimentación y jamás compramos alimentos precocinados para evitar comer ingredientes extraños que de pensarlo nunca comeríamos, pero que el fabricante haya incluido en el producto y no sea “tan bueno” como dice la publicidad. En cuanto a los procesados, que algunos se han convertido en inevitables, siempre miramos las etiquetas de forma exhaustiva y rechazamos cualquier alimento que se salga de los cánones que tenemos marcados. Así han abandonado nuestra despensa muchos artículos que hasta hace poco parecían aceptables pero desde que la legislación ha puesto tan fácil descifrar lo que comemos, el rechazo hacia los productos con aditivos dudosos o –a nuestro juicio– innecesarios ha sido total. Sin paños calientes.

Entiendo que no siempre es fácil comer sano y natural, porque las prisas o la falta de previsión obligan a adaptarse a la tentadora oferta existente en los lineales de los supermercados, con esas comidas listas para comer, o en restaurantes de baja estofa que para ofrecer el menú por siete u ocho euros –en ocasiones hasta menos– sucumben a la rapidez y a la facilidad que les ofrece la marca más barata de salsas, aderezos y condimentos con los que disfrazan los humeantes platos que salen de la cocina y sirven para llenar la barriga que, dicho sea de paso, no es lo mismo que comer.

Quizás la guerra particular que tenemos en casa contra la innumerable lista de aditivos con los que la industria alimentaria trata de seducir a los paladares menos exigentes, sea un poco exagerada, pero echándole un vistazo rápido, tardamos muy poco en darnos cuenta de que comemos MIERDA, así, con letras grandes; y lo preocupante es que a las autoridades sanitarias, parece darles igual porque no prohíben un colorante que además de teñir los pantalones vaqueros o la gasolina de color azul, también se emplea en helados, golosinas, pasteles…, o el rojo, utilizado en innumerables productos que se comen a diario, se extrae aplastando un insecto llamado cochinilla pero que, bajo la denominación ‘rojo carmín’ o E-120 da un poco menos asco.

Así empezamos en casa a rechazar los alimentos procesados en las grandes multinacionales, los yogures, la bollería, los refrescos, las golosinas, muchas marcas de galletas, chocolates, el amarillo de la paella, las salsas industriales, las bechameles de los establecimientos hosteleros, las salsas ‘indefinidas’ y a decantarnos por fabricantes locales y pequeños artesanos siempre que el tiempo, la pericia en los fogones o la adquisición de la materia prima no nos impida hacer acopio de mermeladas, salsas y conservas con las que “demostrarle” a la industria alimentaria que está metiendo la pata y fabricando enfermedades en lata, en brik, en bolsa, en botella, en caja, en polvo…, para todos los gustos.

Y es que no hace falta esconder los colores, sabores y texturas naturales de los alimentos bajo unas salsas que solo aportan grasas y azúcares, o alargar de forma artificial la vida de un producto sano o medianamente sano a base de conservantes y aditivos muchos de ellos cancerígenos y que están muy presentes en nuestra dieta diaria, o en la alimentación infantil, que es más grave. Quienes me conocen saben que no me gustan los disfraces, que la carne y el pescado (aunque también tengan lo suyo), como mejor se degustan es a la plancha, con sal (que es otro veneno del que hablaré en otro momento) y aceite de oliva, ese lujo impagable que tenemos en España y que tanto envidian en muchos países, sin tener que recurrir a saborizantes, potenciadores del sabor o Umami, como dicen los japoneses.


La expresión es “Jaque al Rey”, pero léase presidente

Publicado por A. Cordero el 1/10/2018 8:09 Comentarios desactivados

Ya llevamos unos cuantos días en los que no se habla de otra cosa. La gran mayoría de los artículos de opinión, editoriales y páginas principales de los periódicos hablan de plagio, y aunque los hay que no han dicho ni “mu”, en la calle, en los corrillos, en las redes sociales y en todas partes está el tema como última novedad. Y como no se puede tapar el sol con un dedo, de poco vale que los incondicionales traten de defender lo indefendible, ya que las trampas, las mentiras o el engaño son muy rentables hasta que la careta –por guapa que sea- deja al descubierto la verdadera cara que se esconde tras ella; casi siempre no tan guapa.

De poco valen las pataletas, las amenazas o el tratar de convencer con una sonrisa de esas que ya no sirven para convencer ni a los de casa, cuando cada nueva ficha movida deja un poco más en jaque a un jugador que apenas le quedan ya unos míseros peones sobre un tablero, que de repente se ha vuelto tan resbaladizo que ya no se sabe dónde poner los pies. Queda claro que a medida que avanza la partida se va acercando un final que no debería haber tenido principio.

Quizás si estas prácticas tan poco éticas y vergonzosas de adueñarse del trabajo de otros (y no sólo hablo de los de arriba, también aquí, a nivel de pueblo que me compete bastante más), acabaran en el juzgado, esos que copian a diestro y siniestro, que cogen un texto, le quitan el nombre del que lo escribió y le colocan el suyo, o simplemente lo dejan sin ninguno, para que parezca un editorial para su medio de comunicación o su simulacro de periódico, se lo pensarían dos veces antes de hacer pasar por propio un trabajo de otros, más que nada por lo que en términos económicos pudiera suponer.

Lo de este “rey” ya pasa de escándalo, pero lo de quienes dan el visto bueno a un trabajo que está claro que no hay por donde cogerlo, a pesar de tener unas lujosas tapas de cuero y unas elegantes letras plateadas, creo que deja bastante en evidencia la calidad de la educación de algunas universidades, el prestigio de ciertos catedráticos (quizás con llamarles maestrillos lleguemos al nivel que demuestran tener) y la poca vergüenza con la que estos señores respetables se embolsan el dinero de otros, de los que si son serios, de los que además de pagar realizan sus tesis doctorales con esfuerzo, investigando y dedicando mucho tiempo a elaborar algo que si será digno de llamarse tesis doctoral.

Quizás cuando estas líneas se publiquen, el rey haya movido ficha y se haya obsequiado con unas vacaciones pagadas por todos los españoles, junto con algo más de eso que nuestros presidentes –a excepción de uno del que curiosamente nadie copia– se aferran como náufragos en altamar. Quizás le quede algo de dignidad, agache las orejas y deje que sean los españoles quienes decidan si realmente nos importa el doctorado o la ausencia del mismo, o si lo verdaderamente importante es un señor sincero, honesto, leal y capaz de trabajar para engrandecer un país que –últimamente– está mermando.


¡Qué tendrá la política, que todos corren tras un asiento!

Publicado por A. Cordero el 15/07/2018 8:20 Comentarios desactivados

Igualito que en aquel juego de las sillas en el que había que correr en círculo para colocar el culo en uno de los asientos disponibles justo al dejar de sonar la música. Solo que en el tradicional juego, el hecho de coger una silla no era tan ventajoso y el quedarse con el culo al aire tampoco era tan grave… Cosas del lenguaje, de los dobles sentidos y las metáforas con las que jugamos quienes nos atrevemos a dirigirnos al público desde una columna de opinión.

El caso es que de un tiempo a esta parte en la política de alto standing la cosa está que arde; las viejas glorias vuelven a salir de sus guaridas para volver a mostrar su cara (tratando de que no se la partan, claro está); muchas veces prometiendo un “más de lo mismo” de aquello que antaño no coló, pero bueno, quizás hay más desmemoriado del que pensamos y no se recuerdan hazañas ni proyectos empolvados por el paso del tiempo.

Y mientras que en los pueblos y ciudades de provincias se empiezan a recibir llamadas, saludos por mensajería y palmaditas en la espalda, algunas caras conocidas empiezan a sonar por los corrillos y comienza a notarse la cercanía de una nueva cita electoral, claro, que antes hay que empezar a colocar culos desde arriba hacia abajo, como mandan los cánones y hay demasiados pretendientes para esa silla que parece estar vacante aunque, que sepa querido lector, que no siempre es oro todo lo que reluce.

Es el momento en que el juego de las sillas pasa a otros niveles; el buen rollo y el compañerismo del tradicional juego se convierten en un torneo en el que todo vale y las armas utilizadas para conseguir la victoria son de lo más variopintas: guerras encarnizadas, faltas de respeto, intolerancia, insultos… todas las caras que el cinismo presenta en cualquiera de sus facetas, con un único objetivo: la preciada silla.

De todas formas, y como todavía falta un tiempo para ver cómo ha quedado el asunto, todas las quinielas son válidas y hasta completar los asientos todo serán conjeturas. Quizás cuando se publique este artículo, ya habrá quien habrá visto truncado su sueño de seguir sentado, quien habrá rechazado la silla porque no se ajusta del todo a las medidas de su trasero y quien comenzará a saborear las mieles del éxito cuando mejor se degusta; antes de conocer los sinsabores que ciertas sillas conllevan.


Cuando lo mejor de la tele acaba siendo la publicidad

Publicado por A. Cordero el 29/05/2018 7:52 Comentarios desactivados

Un día que por motivos personales no pude dar mi rutinario paseo nocturno, pensé que era buen momento para acomodarme en el sofá y echar un vistazo a la denostada televisión. Aprovechando que se trataba de una de esas noches en las que la mejor opción era una taza de leche caliente con cacao de Santocildes que decidí acompañar con el murmullo de la cariñosamente llamada ‘caja tonta’; pensé que estaría bien para hacer ruido en uno de esos ratos perdidos en los que tendría muchas posibilidades de quedarme dormida antes del primer intermedio.

Pero no. Agoté todas las teclas del mando  sin poder encontrar en la parrilla un solo programa que mereciera algo de mi atención y me hiciera sumergirme por un rato en lo que pasa al otro lado de la pantalla pero a medida que iba pulsando uno a uno los números del mando a distancia (incluido el cinco, rompiendo uno de mis principios pero probé suerte en el canal de la bazofia por excelencia), iba engrosando el montón de la basura cual papelera atiborrada de documentos inservibles…

Ya a punto de terminar la leche, al relamerme los bigotes de chocolate, pensé que aquello era una especie de ‘telepacto’ entre cadenas para evitar que yo pudiera malgastar mi tiempo una vez terminados los informativos. He de reconocer públicamente que mi escasa cultura televisiva me impedía conocer las estrategias de las cadenas, tanto las estatales como las privadas que se habían puesto de acuerdo (léase copiado) para emitir similar basura a la misma hora, y eso que no sabía que los grandes grupos: RTVE, AtresMedia y Mediaset están sentando las bases para establecer una especie de acuerdos sobre la programación que –desconfío– prometan más de lo mismo, en fin, yo pienso seguir paseando por las noches.

El caso es que justo antes de abandonar mi periplo por las dimensiones del mando para sumergirme de lleno en mi dosis diaria de Facebook y tal y tal, me quedé un rato mirando la pantalla viendo algunas –casi obras de arte si las comparamos con las apuestas de las cadenas para el prime time– y me convencí que después de los informativos, el tiempo, alguna serie de calidad y poco más, lo mejor de la tele eran los anuncios; algunos llamativos, otros sugerentes, otros útiles y todos ellos muy currados y con las imágenes y palabras justas para cumplir su objetivo. Con razón la publicidad es una carrera universitaria a la que los alumnos dedican varios años de su vida… pero eso lo voy a dejar para otro día.

Así, –como sigo con mi teoría de que las cadenas están confabuladas–, hice otro recorrido por las teclas del mando y me quedé un rato mirando los anuncios, sí, queridos lectores, los anuncios. Coches, perfumes, ofertas de supermercados, antigripales y diversos artículos que acapararon mi atención más tiempo que los mal llamados periodistas, tertulianos y fauna variada, algunos de los cuales no se me ocurre nada bueno para definirlos; aspirantes a captar la atención del pobre televidente y que campan a sus anchas por los platós de televisión a cambio de sueldos millonarios por mostrar al mundo sus miserias.


En La Bañeza sí hay algo, hay ferias multitudinarias

Publicado por A. Cordero el 1/05/2018 8:57 Comentarios desactivados

Otro año más, y van siete, la plaza Mayor se volvió a dejar impregnar del olor característico de un buen chorizo; es decir, de carne, ajo, sal, orégano y pimentón. Sabemos que hay más cosas que –yo que soy de pueblo y acostumbrada a las elaboraciones clásicas de la matanza– prefiero pensar que no llevan para permitirme el lujo de degustar un producto rico, artesano, tradicional y de calidad, como es el chorizo de León (al ibérico de las dehesas salmantinas tampoco le hago ascos, todo hay que decirlo, aunque se le cuele algún E- de esos con los que en casa somos intransigentes).

El caso es que a pesar de la climatología nada favorable para montar el chiringuito en plena calle, todo resultó según lo esperado y los aficionados al chorizo con huevos fritos y patatas fritas nos armamos de botas, ropa de abrigo y paraguas y salimos a disfrutar de uno de los Manjares de Reyes leoneses en todo su esplendor. En mi caso a hacer un poco de vida social, a adquirir unas provisiones de esas que la OMS califica de insanas y a hacer un vídeo para que los lectores de Ibañeza que no lo pueden oler, al menos lo vean y se imaginen su sabor, como siempre, rico, rico.

Las ferias aquí suelen ser multitudinarias en general, pero ¿qué tendrán las ferias de comer que tanto atraen? Hace unos días, cuando ya se había difundido la noticia de esta feria fuera de La Bañeza y sus comarcas  y de la degustación por tres euros de la “tartera de la feria, compuesta de chorizo, dos huevos fritos y patatas”, alguien me decía que el domingo vendría a La Bañeza, “porque daban gratis –remarcando lo de gratis– una degustación de chorizo”, y que ya le habían dicho personas que habían venido otros años que era “suficiente comida”. Otra vez la palabra gratis anticipándose al resto de propiedades…

Pero a pesar de no ser gratis, sino casi, del cambio brusco del tiempo, de las actividades “similares” programadas, repescadas y meditadas y de la fecha de la feria, colocada en medio de un puente que a estas alturas del año ya invita a hacer alguna escapada, las cifras –y no sólo las de la organización– han sido buenas y siguen consolidando la segunda de las citas gastronómicas ineludibles del calendario de actividades de La Bañeza, que crece cada año.

Porque, queridos lectores, a pesar de los comentarios nostálgicos esos de que “en La Bañeza ahora ya no hay nada”, como en décadas pasadas, está demostrado que La Bañeza está viva, que La Bañeza se mueve; sólo hay que darse una vuelta por donde está el ambiente, echar una ojeada a los programas y carteles, mirar las carteleras de cine y de teatro, los eventos deportivos, intentar encontrar mesa en un bar a determinadas horas para tomar algo. Seguro que hay algo que nos llame la atención.

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