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Dicen que cada vez nos cuidamos más, y quién soy yo para decir lo contrario. Quizás algunos reportajes en blogs y revistas sobre vida sana y hábitos saludables pasan por alto ciertas cosas o han sucumbido al soborno de las grandes multinacionales, o quizás sea el propio consumidor que haciendo excesivo caso de la publicidad y sin pensar que ésta tiene otra funcionalidad, en ocasiones le lleva a creerse al pie de la letra todo lo que dice la tele, pero el caso es que cada vez hay que estar más atentos a lo que comemos, porque los ingredientes extraños se cuelan con mucha facilidad en nuestras mesas.

Con tanta hartura de programas en los que chefs y aprendices de chef denominados innovadores y a los que ya no les sirve presentar en el plato una comida normal, nos bombardean con productos químicos que -según ellos- garantizan una textura, un color, o una apariencia muchas veces innecesaria y siempre antinatural, desde el otro lado de la pantalla animan al ama de casa de toda la vida a experimentar nuevas técnicas que no pueden competir ni de lejos con una paella, un plato de pasta, un estofado o unas Alubias de La Bañeza, por poner algunos ejemplos.

Tanto es así, que las amas de casa tradicionales se acaban sintiendo desplazadas cuando llega –vamos a suponer– la sobrina entendida y moderna con la brillante idea de hacer al cocido de garbanzos de toda la vida una deconstrucción, una esferificación, una liofilización, una cocción con nitrógeno líquido o cualquier otra técnica llegada del programa de la tele; un lugar donde la superficie de trabajo más parece la mesa del laboratorio de un científico sacado de un capítulo de Los Simpson que una cocina, y donde los recipientes con polvos sospechosos ocupan el lugar de las especias y los ingredientes de toda la vida.

Quizás en estas cosas se me nota mucho mi procedencia rural, pero yo no me como una tortilla comprada ni aunque me aten de pies y manos y me la metan en la boca… es más, desde que al Ministerio de Sanidad le vale todo, yo puedo dedicar un cuarto de hora en el supermercado a mirar los ingredientes de todas las marcas de un único producto y acabar dejándolo de nuevo en la estantería si el fabricante no logra convencerme.

Hace ya bastantes años y gracias al último supermercado que aterrizó en La Bañeza y a sabiendas de dónde envasa muchos de sus productos de marca blanca, no meto nada en el carro sin haber hecho antes un análisis exhaustivo de todo aquello que no tiene que llevar. Por ejemplo: antioxidantes, humectantes, conservantes, colorantes, potenciadores del sabor y un sinfín de pócimas o “venenos lentos” que tras un código que intentan disfrazar con un inocente  E- se esconden ingredientes nada recomendables para el consumo humano; algunos de ellos prohibidos por las autoridades sanitarias de otros países de la UE.

Dice Arguiñano (y era el único cocinero televisivo del que me fiaba hasta que empezó a publicitar caldos concentrados), que “somos lo que comemos”, por eso en mi casa no comemos cualquier cosa. Es así que cuando vi que una conocida marca de magdalenas en cuyo envase figura en letras grandes la palabra ‘natural’, mientras exhibía entre sus ingredientes glicerina (yo pensé que se utilizaba para hacer jabones y perfumes…) empecé a comprar las magdalenas a Tomás Guerrero siempre que la pereza o la falta de tiempo me impide coger harina, huevos, azúcar, zumo de naranja o de limón, levadura y unos cuantos papeles y hacerlas en casa. Con el resto de alimentos, igual.


Mi participación en el III Congreso de cofradías

Publicado por A. Cordero el 3/02/2017 8:17 Comentarios desactivados

El pasado domingo tuve ocasión de compartir una experiencia nueva, gracias a que la Junta Profomento de la Semana Santa de La Bañeza confió en mí para ejercer las labores de presentación de un evento que también para ellos suponía un reto; el de superar con nota una jornada dedicada a compartir todas las inquietudes y cuestiones -en ocasiones- menos gratas y que se encuentran de puertas adentro de cualquier hermandad o asociación. Y lo consiguieron. La Bañeza volvió a demostrar una vez más su hospitalidad, sus dotes organizativas y su poder de convocatoria, juntando a una treintena de cofradías de toda la provincia y la presencia del Sr. Obispo para clausurar con una Eucaristía una jornada en la que los asistentes tuvimos ocasión de disfrutar y aprender.

Me siento afortunada por presenciar en primera fila el recorrido por pueblos y ciudades de toda España, de la mano del Cronista Oficial de Orihuela, Antonio Luis Galiano, que desgranó con todo detalle muchas curiosidades que acompañan a algunas imágenes, cofradías o procesiones de toda la geografía nacional y que resultaban desconocidas para mí. Muchas por no haber tenido ocasión de viajar a esos lugares y otras porque nos acercó pequeños detalles que suelen pasar desapercibidos; tal vez por no prestar la atención que se merecen las tallas, o por desconocimiento del significado de la simbología que el autor de los pasos escondió entre lo más vistoso, lo visible para quienes no nos detenemos a estudiar los detalles, como este experto alicantino que nos regaló su conocimiento y las conclusiones de sus viajes por la iconografía de la pasión.

Pero no menos interesante fue la segunda parte, a pesar de que por el título hacía pensar en densos temas legales, esos que son menos atractivos pero que hay que tener presentes para cumplir con las exigencias fiscales vigentes. Sin embargo, fueron los puntos sobre la gestión humana de las Entidades lo que más espacio ocupó en la mesa-coloquio, donde pude atesorar conocimientos y unos cuantos titulares para escribir de cada uno de ellos una columna de opinión, pero he preferido hacer solo una a modo de resumen y de forma más genérica y resaltar únicamente la riqueza que adquirí con mi presencia en el III Congreso-Simposium de Cofradías de Semana Santa de León.

Aspectos distintos al ser cofradías diferentes, pero idénticos, porque los patrones de comportamiento se repiten en todas ellas, así fueron los temas tratados en los distintos apartados que Marcelino García Seijas puso sobre la mesa para ser debatidos. Las bandas, los braceros, los ex, los radicales libres… Una extensa biografía  que se ajusta a las identidades de todos los miembros de una cofradía y que ilustraron -sin nombre ni rostro- a los que alguna vez han ido por libre sin pensar que “la entrada en una Cofradía es libre, pero una vez dentro ya comienza a haber obligaciones”, conclusión a la que llegaron en algún momento todos los componentes de la mesa y que no siempre se comparte.

Así, bajo la agente mirada de Nuestro Padre Jesús Nazareno, inmortalizado en la fotografía de Xenia, que ilustra el cartel de este año, me di cuenta de lo afortunada que soy al haber  sido elegida para poder participar en esta enriquecedora jornada dedicada a la Semana Santa y de la suerte que tenemos los que pertenecemos a una cofradía, aunque nuestra labor no sea la de tocar un instrumento o pujar un paso; imagino que eso es un orgullo añadido. Es por eso que he querido que estas humildes palabras sirvan para agradecer a la Junta Profomento el que hayan contado con mi presencia para un acto de esta categoría. Por la jornada del domingo y por vuestra confianza, Gracias.


Los perritos de sus dueños y los excrementos de los vecinos

Publicado por A. Cordero el 20/01/2017 8:49 Comentarios desactivados

Hace un año por estas fechas estaba ultimando el pregón que tenía que pronunciar en la fiesta de San Antón, y jugando entre lo serio y lo jocoso, metí entre los versos de mi discurso algunos que hacían mención a los dueños de los perros y de lo poco que agradarían al Santo algunas actitudes tan poco sociales y tan distintas a las normas de convivencia que nos rigen y que a todos nos gustan. La intención era que el eco de mi ironía se mezclara con la bendición y llegara a alguno de ellos, a ser posible perdurando en el tiempo.

Creo que no lo conseguí, porque cada noche cuando salgo a caminar por las calles aledañas a la mía, tengo que ir pendiente de dónde pongo los pies si no quiero llevarme un recuerdo para casa. Se nota que cuando se deja de hablar de las ordenanzas municipales en materia de excrementos perrunos y de la multa que le pusieron a “Fulanito”, los dueños de los perros se relajan y continúan cada día dejando su impronta en cualquier rincón apartado donde pasa menos gente que en el centro, sin despeinarse y saltándose a la torera todo tipo de normas, leyes, conductas y comportamientos.

Ajenos al hecho de ser protagonistas de este artículo y creyéndose poseedores de una bula o similar que les deja hacer a su antojo, hacen uso de la doble vara de medir y no se paran a pensar ni por un momento en el derecho que tienen los paseantes y los vecinos del portal de tener su entrada libre de semejantes dádivas. Se parapetan detrás de los derechos perrunos y no se cortan un pelo en poner a los pobres animalitos a dejar sus deposiciones en cualquier parte, sin distinguir si el lugar elegido por el can es la puerta de la iglesia o las escaleras de una casa particular.

Quizás la proximidad de la festividad de San Antón y la devoción que me inculcaron mis padres de pequeña, me ha servido a mi como inspiración para este artículo; espero que de igual modo les sirva a los marranos (de dos patas) para tomar conciencia de lo que significa tener devoción a un santo y dejarse llevar por sus enseñanzas; o más bien, para intentar al menos meterse por un momento en la piel de San Antón e imaginar lo que éste les diría si los sorprende obsequiando a los vecinos y viandantes con este tipo de presentes.

Igual imaginan bien, porque tontos no son y eso que se imaginen es lo que desde estas líneas les recomendaría que les digan a sus hijos cuando los encaminen a la plaza del Salvador a recibir de manos de don Arturo la bendición del Santo y, claro está, ponerlo en práctica cada día, porque San Antón no descansa y es patrón todo el año…

*Dueños de dulces perritos, ¿se imaginan a sus hijos recordándoles cada día que San Antón los mira y los ha visto dejando un recadito olvidado? No, no se precipiten y piensen bien lo que les van a responder.


Atesorando nostalgia, recuerdos y sillas vacías cada Navidad

Publicado por A. Cordero el 24/12/2016 15:01 Comentarios desactivados

Cuento de Navidad

Al contrario que el resto de niños de su edad, Jorge no se sentía especialmente atraído por el espíritu de la Navidad. Ese sentimiento que inundaba calles, casas y corazones, para él no tenía el mismo sentido, ya que a su alrededor hacía tiempo que no se respiraba esa alegría teñida de rojo y música navideña. Los villancicos que cantaban en el colegio y las guirnaldas de colores con las que el ayuntamiento había decorado las calles, contrastaban con las sillas vacías de su casa.

Desde la ventana veía salir de la tienda donde parecían recobrar vida los juguetes, a infinidad de personas cargadas de paquetes e intentaba impregnarse del espíritu navideño que llenaba cada rincón de la ciudad. No podía evitar soñar como cualquier niño, aunque su madre no pudiera decorar la casa ni acompañarlo a enviar la carta a los Reyes Magos, pero Jorge se quedaba embelesado, con la nariz pegada al cristal esperando ver a uno de los pajes reales de la tienda; uno que siempre se fijaba en él mientras recogía todas las cartas.

Tal vez ese paje sabía por qué Jorge estaba triste tras el cristal, porque cada año al levantarse de la cama se encontraba algún presente y sabía que era cosa de aquel paje que lo miraba desde la tienda cada Navidad. Jorge cerraba los ojos para imaginarse un mundo que ya no existía, pero en lo más recóndito de sus sueños, o tal vez la magia de la Navidad, hacía posible.

Diciembre de 2016. 70 años después

Un año más al mirar hacia el piso de arriba de la vieja casa veo a Jorge que, a sus 80 años sigue pegado a la ventana, como cuando era niño, envuelto en la nostalgia que cada año le produce la Navidad. A pesar de estar tantos años empapado del ambiente navideño existente a su alrededor sigue sin gustarle la Navidad, lleva desde niño acumulando ausencias impregnadas en naftalina y recuerdos en viejas fotos amarillentas y atesorando sillas vacías alrededor de su mesa.

Tal vez, aprovechando que los niños de ahora utilizan otros medios para enviar sus mensajes a los Reyes Magos, no se note mi ausencia si dejo a un lado mis labores como cartero real y le llevo un poco de ilusión a Jorge. Seguiré cumpliendo con mi cometido de repartir la magia de la Navidad y… Quizás él necesite más mi presencia que los niños y consigo llenar por esta noche una de esas sillas vacías.


Correctores innecesarios, ignorantes y muy poco fiables

Publicado por A. Cordero el 28/11/2016 9:09 Comentarios desactivados

No puedo con las faltas de ortografía, pero intento ser respetuosa con quien las comete y nunca jamás lo dejo en evidencia, no se las corrijo en público y, a veces evito escribir la misma palabra correctamente porque soy consciente de que lo notaría, optando por un discreto sinónimo. Quienes me conocen lo saben y quienes me leen –aunque en algunas ocasiones se encuentren palabrejos sin sentido– entienden perfectamente lo que se esconde tras ellos, a pesar de que el diccionario no se haya percatado de lo que intento decir.

Quizás esa discreción que utilizo cuando veo textos en las redes sociales con faltas de ortografía, es la que espero que tengan conmigo si alguna vez se me cuela una tilde indebida o un gazapo en alguno de esos comentarios que escribo deprisa, o con el móvil que muchas veces se encarga de corregir y me hace meter la pata. A todos nos pasa alguna vez. Una vez leí en el muro de un profesor de primaria unos ‘hojos’ que casi me salen los míos por el impacto, pero no quise poner en un aprieto a quien se dedica a enseñar a los más pequeños porque se supone que sabe más que yo.

Acepto las críticas, por supuesto, pero las críticas de verdad, con fundamento; de hecho he aprendido muchas cosas por dejarme aconsejar y escuchar esas críticas. Pero no es ese caso el que traigo hoy a estas líneas, sino el contrario, ya que suele ser el más ignorante y el que no sabe distinguir la b de la v (ya que suenan exactamente igual) o colocar adecuadamente ‘hay’, ‘ay’ y ‘ahí’, el que sale en defensa del castellano cuando ve Dabiz, Letizia o Ibán,  y dice a quien sabe más que “vigile la ortografía” porque David “no se escribe así”, o que al “izado de una bandera” le falta la h.

Y se ofenden cuando una tercera persona les corrige, porque se piensan que no hay nadie que sepa más, y van con sus ‘vaya’ y ‘valla’ o con sus ‘a’, ‘ah’ y ‘ha’ colocadas de forma aleatoria al fin del mundo, pensando que, como suenan igual, el lector entenderá lo que han escrito, sin pensar en que un texto que exige ‘a’(preposición) no tiene cabida ‘ha’ (del verbo haber) ni ‘ah’ (sorpresa o admiración), ya que son tres palabras distintas y, como no dicen lo mismo no se pueden colocar indistintamente, aunque ellos piensen que una hache más o menos no tiene ninguna importancia.

Si a ese texto nauseabundo, le añadimos que sobran o faltan comas, puntos y demás signos ortográficos y lo colocamos en las redes sociales o en una nota seria todo escrito en mayúsculas, no hay quien lo lea. Y qué curioso, que suelen ser estos correctores ignorantes e innecesarios los mismos que escriben con total libertad lingüística y se permiten el lujo de corregir algunas de esas distracciones o autonomías que se toma una persona a la hora de escribir su nombre de una forma diferente a lo que nuestro ojo está acostumbrado a ver, sin que por ello sea considerado falta según el diccionario. En fin.


Halloween: esperpento o versión macabra de la belleza

Publicado por A. Cordero el 31/10/2016 8:23 Comentarios desactivados

La casualidad quiso que cuando me disponía a escribir este artículo, se cumplían 150 años del nacimiento de Valle Inclán, creador del esperpento; un palabrejo que el diccionario de la RAE define como ‘persona, cosa o situación grotesca o estrafalaria’ y que el dramaturgo gallego utilizaba para hacer una crítica satírica a la sociedad, en palabras de ‘andar por casa’. Una introducción a mi rollo que nada tiene que ver con la obra del genial poeta.

Quería yo decir que –a mi modo de ver– esta costumbre/celebración/fiesta o nosequé es bastante grotesca y antiestética. Quizás yo sea la rara, porque no me gusta Halloween, pero he de decir, sin arrugarme lo más mínimo y con permiso de don Ramón, que esta celebración me parece un esperpento y no pienso endulzar la afirmación ni dejarme convencer por ningún adepto a la moda importada del otro lado del Atlántico.

Cada año por estas fechas sigo tropezándome con multitud de disfraces, maquillajes y demás aderezos en los que la belleza está ausente para celebrar algo que nada tiene que ver con la fiesta que celebramos aquí: el día de Todos los Santos. Creo que para hacer una fiesta y comer golosinas no hace falta excusa y si son de las que por su aspecto apetitoso entran por el ojo… Pero no es el caso; Halloween es todo lo contrario. Es curioso que vivamos buscando la perfección y nos dejemos llevar tan fácilmente por la versión macabra de la belleza.

Hace unos días me encontré en internet una asquerosa versión de la tarta Red Velvet, clavada por un cuchillo y denominada ‘Tarta sangrienta’ para celebrar la “noche más terrorífica”, amén de todo tipo de recetas de aspecto nauseabundo con las que intentan aderezar el momento. Lo siento, pero yo soy más de dejarme conquistar por lo bonito y, aunque la nueva repostería trate de eclipsar a los tradicionales buñuelos, sigo admirando la hermosura y el sabor de las cremas y masas de toda la vida.


Aunque esté en internet y sea ‘robable’ no todo se puede robar

Publicado por A. Cordero el 14/09/2016 10:07 Comentarios desactivados

Hoy quiero dar rienda suelta a la ironía para esconder el mosqueo y voy a empezar mi rollo con un ejemplo: si yo voy a un restaurante (en una casa particular se notará más la falta), robo un plato, me lo llevo para mi casa y le quito el anagrama que delata el nombre del establecimiento, lo uso mientras presumo de tener un plato de lujo y mis amistades se piensan que el plato es mío; algunos hasta dirán: “vaya plato más bonito, se nota que es bueno, cómo me gustaría a mí tener un plato como ese, ya le costaría…” y resulta que el plato es robado y manipulado para hacerlo pasar por mío sin serlo.

Pero claro, robar un plato de treinta centímetros de diámetro en un restaurante no tiene que ser muy fácil y quitarle el logotipo que ha sido grabado para resistir agresiones por calor, frío y cientos de lavados en un lavavajillas, tampoco. No creo que se elimine con acetona o alcohol sin dañar el plato; aunque si le pregunto a mis amigos hosteleros, seguro que me cuentan unos cuantos casos de menaje desaparecido misteriosamente, de esos que el comensal dice querer llevarse “de recuerdo”, cuando el dueño o el camarero los pilla con las manos en la masa.

Pero, aunque no lo parezca, hoy no pensaba hablar de platos robados, sino de información, fotos, vídeos; contenidos virtuales que es mucho más fácil robar y, desgraciadamente, no siempre se nota. He dicho en repetidas ocasiones que internet es una casa sin puertas, todo está ahí, al alcance de un clic y sólo hay que entrar, mirar el muestrario y llevarse lo que uno considere que le hace apaño, hacerlo pasar por propio y vanagloriarse de ello, cobrando por un trabajo que no han hecho, haciendo crecer el ego y escondiendo tras él la inoperancia e ignorancia que les caracteriza tanto fuera, como dentro de las redes sociales.

En un plato no es tan fácil, pero en una foto o texto, si tiene marca de agua o copyright, se quita cortando media foto y si es un texto y hace falta decir que nos lo mandaron por una paloma mensajera, nos hacemos los tontos y  hasta que el dueño se entere e inicie los trámites pertinentes puede pasar mucho tiempo y con  un poco de suerte igual se le olvida. Si no tiene ningún impedimento, no hay ningún problema, nos adueñamos del efecto en cuestión y seremos la envidia de las redes sociales porque, a ojos de nuestros amigos seremos unos triunfadores por tener información de primera mano y saber manejar todas las técnicas, hasta que se enteren de la verdad.

Lo malo es cuando el dueño real del objeto es algo más avispado de lo que se esperaba y reconoce –entre cientos– uno de esos efectos robados que quien lo robó trata de hacer pasar por suyo y el verdadero dueño le saca los colores, o lo deja en entredicho, o decide ir más allá y hacer que todo el peso de la ley caiga sobre quien se ha dejado llevar por la codicia sin pensar en las consecuencias legales de un acto así, porque, que internet no tenga puertas, no quiere decir que todo lo que hay se pueda coger sin más.


Sacos de perras, falta de transparencia y cómodos sillones

Publicado por A. Cordero el 28/08/2016 9:03 Comentarios desactivados

Hace unos cuantos años me dijo mi suegra una frase que me hizo mucha gracia. Hablando de alguien y ante mi inexperiencia con un personaje recientemente conocido y con el fin de que no me engañara con su cara “de buena persona”, me dijo: “ten cuidado con esa, que tiene más caras que un saco de perras”. Buff, pensé yo, en un saco, por pequeño que sea caben unas cuantas perras… y si ella lo dice, que la conoce bien… Treinta años después y como nota aclaratoria diré que se quedó corta con lo del saco, pero eso es otra historia.

A lo largo de esta semana son muchas las personas que me han parado por la calle para tratar de convencerme con su versión de la traída y llevada Carrera de Motos, todos ellos con el mismo argumento. Parece que repartieron libretos encuadernados y se los han estudiado como si de una oposición se tratara, y pretenden que les dé el parabién y reconozca que Ibañeza.es miente, que “se ha pasado mucho con eso de sobresaliente”, que este año “todo fueron fallos”, porque “el Ayuntamiento y la empresa organizadora no tienen ni idea y el Moto Club lleva 56 años de éxitos”; (en versión resumida).

Yo, que de pelos en la lengua ando bastante escasa, me ha faltado tiempo para decir lo que pienso, exponiendo mi tranquilidad, mi salud mental y mi paciencia a un bombardeo incesante de colores de banderas, de comisarios inexpertos, alpacas de mala calidad, de inseguridad y de manos gesticulantes delante de mi cara que en más de una ocasión llegué a pensar: “al final este sujeto me da una torta”, para explicarme –como si de auténticos expertos se tratara–, que estos señores de Valencia, que nos llevan bastante (muchísima) ventaja en el mundo del motociclismo, que no tienen ni idea.

Agotada la energía del día en 20 minutos, pensé: “Al próximo que me saque el tema recurro al saco de perras de mi suegra y le digo a todo que si, que amén, que tiene razón, que… Con tal de mantener mi estabilidad emocional en su punto óptimo, tentada estuve a ejercer de moneda de doble faz y eso que a poco que ustedes, queridos lectores, me conozcan, saben que sólo tengo una y con alguna que otra cicatriz por haberla llevado por delante en todo momento. Pero no; ese no es mi estilo. Con mis argumentos al fin del mundo y estas son mis conclusiones.

Quizás si (no sólo la directiva del Moto Club, sino alguna institución más, cuyo nombre no hace falta poner) abandonaran esos cómodos sillones y enfrentaran este tema con seriedad, soluciones y transparencia, dejando de hacer de correveidile y de poner zancadillas, los ciudadanos de a pie podríamos seguir teniéndolos en consideración y desplazar las culpas hacia otro lado, como ellos pretenden; de lo contrario y ante el éxito indiscutible de la última cita del mundo del motor y sin argumentos claros, no nos quedará más remedio que seguir pensando que las cosas, para que sigan funcionando hay que dejarlas en manos de quien “aporta las perras” para pagar el evento (y no precisamente en un saco).


Aspirantes a suicida y la noche: un cóctel demasiado peligroso

Publicado por A. Cordero el 8/08/2016 8:28 Comentarios desactivados

Hace unos pocos días, en el transcurso de mi caminata nocturna, fui testigo de un no atropello y, aunque pensé que estábamos viendo en directo una desgracia, afortunadamente no pasó nada más que el susto, que nos llevamos todos los que andábamos por allí. Yo me llevé las manos a la cabeza mientras que recogí el argumento necesario para escribir hoy esta columna y tratar de que algún aspirante a suicida me haga caso y se fije un poco más al cruzar la calle, porque lo de “tengo preferencia” en los casos en que la vida está en juego, no vale.

No había demasiada luz cuando un grupo de cuatro inconscientes se dispuso a cruzar la carretera N-VI sin mirar. No pasó nada porque el coche, conducido por un señor de unos setenta años, circulaba a poca velocidad y pudo frenar a tiempo, pero el susto lo llevamos todos, los no atropellados, el conductor, los que paseábamos por el lugar. Inmediatamente los inconscientes que cruzaron sin mirar empezaron a dar voces, a lanzar improperios contra el pobre conductor y a exigir sus derechos diciendo que en (llamémosle, por ejemplo) Asturias esto no pasaba, que allí los peatones siempre tienen preferencia y tal y tal…

Aquí, en La Bañeza, los peatones también tienen preferencia, pero hay muchos peatones que cruzan sin mirar pensando que el coche que viene va a parar, amparándose en el derecho que les otorga el hecho de ser peatones. Hay conductores que no respetan los límites de velocidad, o que se despistan en un momento puntual, o que van hablando por el móvil, o con el pasajero del asiento de atrás, o que se giran a ver algo, o no tienen los suficientes reflejos, o un fallo en los frenos o… o mil y una situaciones que pueden ocasionar una desgracia en la que, sin duda, la peor parte la va a llevar el peatón. Los daños del coche los cubre el seguro, la indemnización por invalidez o por muerte, también.

Llevo conduciendo –todos los días– más de 25 años y mi mayor miedo es atropellar a una persona, por eso, en ciudad, voy más despacio de lo que exigen las normas de circulación y en los pasos de peatones siempre paro, en algunos que no hay nadie para cruzar también, porque un coche aparcado reduce visibilidad en algunos casos y me puedo encontrar un niño o una persona de poca estatura detrás. Cuando soy peatón, extremo la precaución y nunca cruzo hasta que el coche ha parado por completo y mirando a derecha e izquierda veo que no viene nadie, hasta en las calles de una sola dirección. Por si acaso.

Yo ya lo sé, seguro que todos mis lectores también, pero todos los días veo algún inconsciente que no sabe que es imprescindible mirar a ambos lados y esperar a que el coche pare. No podemos ir por el mundo pensando que por cruzar en los pasos de peatones ya tenemos el salvoconducto para que no pase nada, ni pensar que por el hecho de ser peatones, o ciclistas, o llevar un bebé o una silla de ruedas se puede invadir la calzada sin tomar precauciones, sólo por el hecho de tener preferencia en las zonas que conviven unos y otros. En estas ocasiones, como casi siempre, hay que utilizar el sentido común y no tentar a la suerte.


Con caña, con coña, con ñ de Ibañeza.es, con ñ de cumpleaños

Publicado por A. Cordero el 11/07/2016 9:03 Comentarios desactivados

En estos días este periódico cumple 6 años y, a falta de tarta, teniendo en cuenta lo golosos que somos en casa –aunque Ibañeza.es no se alimenta de dulces-, he querido aprovechar la ocasión para hacer algo especial: agradecer a todos mis lectores y rendir homenaje a mi letra cómplice, a la ñ, que columna a columna ha ido desgranando a lo largo de estos seis años unas cuantas situaciones que de forma irónica han ido desfilando por aquí y consiguiendo defensores y detractores de mis letras. ¿La ocasión?, ésta, con el fin de celebrar uno de sus cumpleaños.

Desde el principio, hablando de La Bañeza y de un periódico que se iba a llamar Ibañeza, tenía muy claro cuál sería el enfoque de mi columna. Digamos que puse el acento en la letra Ñ en esta sección buscando un guiño irónico a la actualidad; una crítica mordaz que en muchas ocasiones le quitara seriedad al asunto, diciendo las cosas de forma menos directa y una muestra de cariño en otras, por eso de que la virgulilla se pudiera asemejar tanto a una especie de ojo guiñado buscando complicidad, como a una guindilla con la que aderezar un texto anodino para darle algo de chispa. En mis columnas hay de todo.

Hace unos días me dijeron que “era una lástima que dejara de escribir esta columna”, porque parece ser que dije algo así como que “iba terminando”, o que “ya no pensaba escribir más”, pero por aquello de que se me estaban calentando los dedos, con lo que eso conlleva… y mi lector no se dio cuenta de rascar debajo de las letras para buscar lo que no está escrito, pensó que me retiraba del mundo opinante, pero no, aquí seguiré dando caña (con ñ) si la ocasión lo requiere o haciendo coña (con ñ también) en asuntos más distendidos, algo así como el yin yang, las dos caras de una misma moneda o el ángel y el demonio que llevo escondidos en mi signo zodiacal, según se tercie.

El caso es que, para regocijo de mis lectores fieles y para disgusto de los otros, tengo unas cuantas eñes escondidas por ahí en lo más recóndito de mi imaginación; hasta algún encargo que me hacen quienes tienen confianza conmigo para que hable de aquello que les preocupa y que poco a poco voy intercalando. Además, del día a día que constituye una buena despensa de temas con los que ir aderezando este espacio que, aunque cambie la cara y el paisaje, seguirá manteniendo la esencia de estos seis años precedentes. Palabra de eñe.

Es por eso, y teniendo en cuenta la “amistad” que me une con el alma máter de este periódico, pensé que una nueva imagen –a mí que me gusta tanto cambiar de modelito-, no me vendría mal y demostraría mi ilusión renovada y mi deseo de seguir sacando punta a la actualidad, con la excusa del nuevo cumpleaños y por la coquetería de buscar una foto en la que me vea más favorecida. Así que, queridos amigos, ha sido un placer compartir letras durante estos seis años y, cuando tenga algo que contarles, aquí estaremos: en Letras con eñe.


Si es usted tan amable póngame una de bazofia, por favor

Publicado por A. Cordero el 13/06/2016 8:33 Comentarios desactivados

Pues no, no voy a contar aquí mis experiencias gastronómicas, hoy voy a hablar de “gramática parda”. Hace unos días cayó en mis manos de forma accidental una publicación periódica de la poco querida prensa del corazón. Respetando todos los formatos –unos más que otros- y presumiendo de ser casi analfabeta en cuanto a temas de famoseo se refiere, he de alegar en mi defensa que no consumo semejante producto a no ser que me engañen o me lo edulcoren como ha sido el caso el pasado fin de semana.

Me explico: Pedí en el quiosco un periódico de reciente aparición y del que no pienso decir ni mu. Era una publicación que prometía, ya que estaba arropado por una buena campaña publicitaria y una oferta de las de ríase usted del 3×2 del supermercado, así que traje para casa –al peso- una buena cantidad de papel, apenas papel… el periódico en cuestión (del que no pienso decir ni mu, aunque lo estoy deseando), otro periódico deportivo, género que también estrenamos en casa, una revista dominical y una generosa ración de bazofia. Todo ello metido en una bolsa y por dos euros de ná.

Tras tres o cuatro días de estar la susodicha publicación sin nadie que le hiciera caso y en una de esas noches de insomnio en las que no hay entretenimiento que haga avanzar las agujas del reloj, me levanté y la curiosidad venció todas mis promesas acumuladas durante años. Cogí esa cosa por la que hay quien paga 1.70 € todas las semanas y el tacto del papel ya me dio repelús, pero nada comparado con el contenido. Pasé las páginas deteniéndome en algunas de las fotos porque me llamó la atención la nula calidad de los reportajes, la pésima calidad de las fotos y los comentarios insustanciales de los redactores; un auténtico atentado al buen gusto.

Acostumbrada que estaba yo a las pocas revistas que miro en la peluquería o en la sala de espera de algún profesional, que aquello no había por donde cogerlo. Mis anteriores (y escasas) incursiones en el mundo del revisteo del corazón, habían dado como resultado una experiencia menos traumática: personajes más o menos guapos, agradables al ojo al menos, viajes de ensueño, historias de amor o desamor, recetas apetitosas y casas con las que sueña cualquier mortal, pero aquello no se parecía en nada. Sólo aproveché el crucigrama y el autodefinido que no pude completar por incluir demasiados nombres de futbolistas que sobrepasaron mi escaso conocimiento del tema.

Fotos aberrantes, comparaciones absurdas, comentarios que incitan a sacar lo peor del género humano en unos reportajes de tres o cuatro páginas en los que cada movimiento y cada gesto de la cantante incitaba un comentario soez para deleite de los consumidores de semejante bazofia, entiendo. Afortunadamente no soñé con que yo era una de esas famosas a las que persiguen los fotógrafos de saldo que venden aquí su trabajo para arrebatarme unas fotos que si bien consiguen pasar el listón del ‘todo vale’, nunca llegarán al mínimo que la ética profesional y el buen gusto del consumidor demandan, por más que lo impriman en una publicación de tres al cuarto y lo regalen con el periódico (del que he conseguido aguantarme y no decir ni mu).


Comentarios vomitivos y crueles para un trágico suceso

Publicado por A. Cordero el 27/05/2016 8:45 Comentarios desactivados

Cuando la noticia de un suceso se propaga a la misma velocidad que las llamas, consterna no sólo a toda una ciudad, sino mucho más allá, ya que trasciende a las páginas de los informativos de interés nacional y llega y preocupa a miles de personas que –aunque no sean parte interesada– se sobrecogen ante una tragedia de esta magnitud. Saben que directa o indirectamente las cuantiosas pérdidas económicas nos terminarán afectando a todos, trabajemos o no en Embutidos Rodríguez o en cualquier otra empresa de esas características en cuanto a volumen de facturación y puestos de trabajo generados.

Al resto de bañezanos, a quienes no nos afecta directamente, porque no somos los dueños, no trabajamos allí y, tal vez nuestra única relación sea el hecho de ser consumidores de sus productos, la noticia tampoco nos dejó indiferentes, ya que lo que pasó el sábado mientras cada uno de nosotros estaba disfrutando de su tiempo libre, nos hizo llevarnos las manos a la cabeza y ponernos en el lugar de cada una de esas familias afectadas, sobre todo en el de la familia Rodríguez que con tanto esfuerzo  y muchos años de duro trabajo consiguió levantar el imperio que irremediablemente sucumbía bajo las llamas.

Trato de ponerme en la piel de los dueños y los trabajadores que día a día han hecho de Embutidos Rodríguez, una empresa de referencia en el sector de la industria cárnica y no puedo entender cómo hay personas capaces de verter tantos comentarios vomitivos en las redes sociales; personas a las que saludamos por la calle, con las que compartimos mesa y mantel en cualquiera de las cenas de sociedad que a lo largo del año se celebran en La Bañeza, o con las que tomamos café después de dejar a los niños en el colegio. Personas aparentemente normales hasta que sueltan por la boca todo el veneno que llevan dentro para acabar dando asco, asco por sus palabras, sus intenciones y sus pensamientos.

Es una pena que la libertad de expresión no siempre se utilice de manera correcta. Es verdad que uno opina lo que quiere y nadie tiene por qué estar de acuerdo, es verdad que está recogida en el capítulo 20 de la Constitución y nos brinda –sin pasarnos– a todos los españoles el derecho a decir lo que pensamos, pero hay casos en los que alardeando la bandera de la libertad de expresión, se dicen y se hacen cosas que rozan el delito y en las que sería conveniente ser empáticos y ponerse, aunque fuera por unos minutos, de la otra parte.

Náuseas me han provocado estos sujetos provistos apenas de media neurona y unas cuantas teclas a las que aporrear sin pararse un segundo a pensar en lo que están escribiendo, ni en el daño que hacen a los afectados; a quienes se alegran de lo sucedido y los que dicen con total impunidad que el incendio fue provocado. No me explico cómo tienen valor de seguir manteniendo –junto con su foto y su nombre completo– esas inoportunas palabras que dejan en evidencia la catadura moral de quien se esconde tras ellas.


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